LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 191

29 febrero 2016 at 11:19 11 comentarios

Simone no fue a la incineración en el cementerio Pierre Lachaise, en el entierro el cortejo fúnebre fue acompañado por cincuenta mil personas. Simone no podía participar de todas esas ceremonias. Cuenta que con un bolso con ropa dormía en lo de sus amigos. Tomaba pastillas de Valium, se emborrachaba, deliraba, se caía por la calle. Su estado físico era preocupante, fue hospitalizada con un edema pulmonar.
Concluye su relato de aquellos días, de este modo: “Su muerte nos separó. Mi muerte no nos reunirá, es así; de todos modos no deja de ser hermoso que nuestras vidas hayan podido durante tanto tiempo estar la una junto a la otra” (159).

En el año 1991, la editorial Verdier publica “Le espoir maintenant” (Les entretiens de 1980), de Benny Lévy. Esta vez el secretario dará su versión de los hechos que rodearon no sólo su relación con Sartre sino sobre lo que verdaderamente aconteció en la elaboración de famoso testamento del filósofo.
La metodología empleada por Lévy no es la más conveniente de acuerdo a las exigencias dque tendría un centro de investigaciones científicas. El hecho de que se trate del pensamiento de un intelectual que no lee ni escribe impedido por su ceguera, y que sus dichos corran por cuenta de un tercero que lo graba y desgraba, confiere algunas dudas sobre la autenticidad de la autoría.
La garantía de que no estamos frente a una lisa y llana estafa, es que el mismo Sartre, públicamente, reafirmó que lo enviado al Nouvelle Observateur en los comienzos de 1980, era la expresión de lo que efectvamente pensaba. Así se lo comunicó al director de la revista Jean Daniel.
Pero el argumento que le quedaba a los amigos de Sartre, así como a Simone, era que el filósofo a pesar de no estar de acuerdo con lo que se decía en el texto, no tenía ni las fuerzas físicas, ni la resistencia anímica, ni la paz interior, para oponerse al ímpetu de un hombre joven que creía estar llevando a cabo una tarea mesiánica.
Nunca se llegó a la verdad, porque quien se ausentó del convite para dictaminar el juicio final, murió. Pero si bajamos un poco la guardia y nos abstraemos de querer ofrendar a la posteridad una imagen idéntica de sí misma del filósofo, quizás podamos contar una historia sin fijarla con una máscara mortuoria.
Es increíble que Sartre cuya ontología afirmaba que el Hombre (Sartre siempre escribió “hombre” y no “ser humano”) se define por ser una conciencia proyectada, y que a pesar de su deseo de ser – o de “ser todo” como afirmaba su criticado y burlado Georges Bataille – , no sea, y que este no ser que siempre predicó, haya sido encarnado en vida. Lo que define al hombre es el “ser para sí”, y este “para”, no puede colmarse, es un hiato, una fisura, que sólo la muerte puede suturar.
Son los otros, la mirada póstuma de los otros, la que pueden cerrar la beancia y definir a un hombre. La existencia precede la esencia es el lei motif de la filosofía sartreana; el hombre es lo que hace, no es, y su hacer es tangencial a su vida.
Pero con Sartre este “para sí” no sólo lo acompaña hasta el último de sus días, y en su testimonio final, sino que pervive hasta hoy.
Sartre tampoco es, aún muerto.
La prueba está justamente en este último legado. Lo que le permite Lévy a Sartre, es perderse, es decir, a no confirmar sus verdades, seguier dudando de sí, aunque si bien es cierto que el filósofo llegó a pensar contra si mismo, en realidad, nunca se contradijo.
Volvió hacia sí tratando de rellenar huecos de teorías anteriores, incorporando nuevos elementos e integrando partes hasta lograr una unidad global. Su ambición era totalizadora, y el trayecto emprendido debía ser destotalizador.
Dicen algunos lectores, como Bernard Henry Lévy, que Sartre se dio cuenta en “La crítica de la razón dialéctica” que había perdido su batalla contra Hegel. La dialéctica hegeliana , como en su caso, también dibujaba un camino “progresivo-regresivo” hacia el triunfo del espíritu absoluto, que en el caso de Sartre culminaba en el reconocimiento fraternal del hombre por el hombre.
Pero mientras Hegel veía confirmados sus vaticinios, al ver pasar por la tierra de Prusia a Napoleón montado en su corcel, Sartre ni con Stalin ni con Mao pudo concretar sus deseos. Por el contrario, la totalización destotalizada por la praxis de hombres libres unidos en grupos en fusión, culminaba en un desastre.
El camino progresivo-regresivo no era más que una hermenéutica para leer a Flaubert, que además no podía sino quedar inconcluso, pero no era aplicable a la historia. Por un lado porque en Sartre no hay origen como en Hegel, no se parte de una identidad sino de una fracción, el hombre partido no puede tener sino una conciencia desdichada, pero, por el otro, porque, además, se quedó sin final. La lucha continua, y los fracasos también.
Benny nos habla de la violenta reacción de los sartreanos en el momento de la publicación de lo que definió como `conversaciones´. “L`espoir maintenant”, el título de sus diálogos, `la esperanza ahora´, era casi una provocación. Sartre nunca había sido un hombre de fe, sino de combate. La afirmación de que el marxismo era la filosofía insuperable de nuestra época, no se basaba en una creencia sino en una verdad.
La explotación del hombre por el hombre, el colonialismo y el imperialismo no eran maldiciones sino una presencia material. Sartre no “esperaba” nada sino que acompañaba y se solidarizaba con la lucha efectiva de los hombres por su liberación, y el socialismo revolucionario era un hecho histórico. Además era ateo, no sólo ateo, sino que hizo del ateísmo la condición sine qua non de su moral.
Lévi dice que fue Sartre quien insistió que fuera subrayada la palabra “esperanza”. La dimensión de futuro le era esencial y no quería renunciar a ella. Su asistente nos dice que Sartre le había enseñado que los pensamientos del ayer no contaban. Que en esa cuestión no importaban las fidelidades. Había que reencontrar la dimensión del “cogito”, de la instancia desde la cual todo se pone en tela de juicio y se vuelve a comenzar. También rememora el “Fedón”, en el que se habla del nacimiento del alma, del poder desligarse de intereses y pasiones, de retrotraerse en sí mismo, el cuidado de sí.
Por eso Lévy relaciona la actitud de Sartre con lo que Michel Foucault llamaba “ascesis”.
En este libro, Sartre dice algo que causó conmoción entre sus amigos de toda la vida, sus seguidores y sus lectores: “jamás conocí la desesperación, y nunca tuve angustia”. La reacción melodrática, casi escandalizada, de sus allegados, desde Simone a Olivier Todd, no se entiende por su ingenuidad.
El filósofo siempre fue un optimista explícito. Lo mostró día a día. Le gustaba comer, beber, fumar, las mujeres, estar con amigos, escribir, leer, viajar, conocer gente, drogarse, tener su lugar propio, estar cerca de su madre, tener lectores, ser reconocido, y asegurarse la eterna compañía de Simone.
¿Cuál es la sorpresa? ¿En que su filosofía habla de la angustia, que sus obras teatro nos hablen de que el infierno son los otros, del cinismo de Goetz, de la viscosidad de las cosas en la atmósfera de “La náusea”…? ¿Y por eso debía estar con respirador artificial que le insuflara al aire que la faltaba a su terrible existencia?
Que algo así lo pensaran los lectores y las juventudes de la década del cincuenta que creían que el existencialismo se distingía por un actitud rebelde, pesimista, transgresora, vestida de negro, emulando las poses de Juliette Greco y fumando a lo Serge Reggiani, vaya, y pase. También en nuestro país los “jóvenes viejos” vivían su aventura en Villa Gesell y las playas eran testigos de alguna copulación concretada al amanecer con su correspondiente mediodía culposo y desesperado.
¿Pero qué tenía que ver Sartre con eso? Su moral atea, carente del espíritu de seriedad que le hubiera permitido refugiarse en valores de alta gama como el ahorro, la familia o la honestidad, no lo tiraba a una zanja, por el contrario, parece que lo alivianaba.
Nada raro hay en esto. Los filósofos no se confunden aunque nos confundan. No hay vidas filosóficas calcadas sobre los escritos. Puede haber casos en que la vida y la obra se superpongan sin restos. Pero la filosofía no es un manual de buena conducta, no corresponde a una pastoral. Se juega en el pensar, y el pensamiento no sólo es parte de un acto vital, definitivo para la supervivencia, sino que es un oficio.
Su impulso inaugural tiene que ver con la decepción si de creencias se trata; del miedo si de protección también se trata; de conquista si de deseo se trata. Pero no tiene que ver con una expectativa ingenua que supone para quien piensa que la angustia al ser correlativa al derrumbe de los ídolos, o la existencia si se define por el absurdo al no tener garantías divinas, entonces, para volver a Camus, habría que suicidarse… no! Y menos cuando se tiene salud y ganas de escribir. Y ganas de mujeres.
Sartre no necesita defenderse, se relaja, deja de creer en sí mismo, no le interesa dar cuenta de que efectivamente es un notorio escritor llamado Sartre. Está en un momento en que sí, esta vez sí, siente que se cumple lo que escribió y fue citado innumerables veces, la de ser uno más entre los hombres. Sólo que lo hace frente a un secretario que cree que están viviendo un momento profético.

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11 comentarios

  • 1. Aldo  |  29 febrero 2016 en 20:48

    A mi me parece q la cuestión ateistica de creencia o lo que sea tomo mucha dimensión en los existencialista , en todo el siglo 20 se sobredimensiono un tema necesario pero tampoco para darle tanta hacha al tronco , los puntos se encuentran si son necesarios de lo contrario es la voluntad humana la que hace el conjunto o los separa . Por lo tanto ese dogma , muy de Simone de B y otros, escapa , castra a un pensamiento vitalisimo no solo para los filósofos para los seres humanos …… a la palabra de dios la juzgan los hombres ,ceder a la negación mas radical es dejar los puntos fuera del conjunto

  • 2. marlaw  |  29 febrero 2016 en 22:49

    Siento, porque lo mio es mas un sentimiento, que una idéa, que no solo los hechos son importantes, sino también lo son las motivaciones del sujeto que determinan esos hechos. Y esas motivaciones solo las puede conocer el sujeto que ejecuta esos hechos.

  • 3. Alejandro A  |  1 marzo 2016 en 0:26

    Motivos? quizás ley. No pudo cambiar el mundo como tampoco pudo Lenin tomando algunas desiciones que importaron algunos millones de almas. Como bien dice Tomas en estas lineas aprendio a no tomarse en serio y disfrutar un poco del whisky, las mujeres y tener algo que ver en los conflictos de su tiempo. era una variante de Roca o catalina la grande. Simone se confunde al pensar que la suya fue una vejez desgraciada o indigna. la infinita mayoría de nosotros es olvidada en la misma tarde del entierro. Nuestro problema suele ser pasar inadvertidos en nuestro propio cumpleaños, sin embargo henos aquí hablando de el a 36 años de su muerte. Por razones obvias no he podido disfrutar de su filo, si de sus novelas y algunos escritos en un pueblo perdido de la pampa, y me parecieron formativos de toda una generacion. Adieu mon petit castor…

  • 4. Alejandro A  |  1 marzo 2016 en 0:33

    Es decir: “ojo que no me estoy muriendo loco”

  • 5. philo  |  1 marzo 2016 en 19:19

    Me hizo recordar una entrevista que vi hace tiempo, la cual me impacto.

    Participo en no se que tribunal, y cuando le preguntaron ¿quien es usted para juzgar? él respondiò ¿quien soy yo? soy cualquiera.

  • 6. marlaw  |  2 marzo 2016 en 7:23

    Algunas veces me encuentro frente a la disyuntiva, de callar para no extenderme en demasía, y dejar que transcurran, una sucesión de malos entendidos que en definitiva precipitan la confusión, o tener que salir a aclarar las cosas punto, por punto.para tratar de disipar esa confusión
    En mi comentario que lleva el N”1 yo me refería a las palabras del Profesor que voy a citar de modo textual: “Son los otros, la mirada póstuma de los otros, la que pueden cerrar la beancia y definir a un hombre. La existencia precede la esencia es el lei motif de la filosofía sartreana; el “hombre es lo que hace” no es, y su hacer es tangencial a su vida.
    Entonces, cuando hacía hincapié en la motivación, lo que intentaba decir para que se entienda es que cualquiera se puede llegar a apropiar de los hechos, o de las palabras de otro hombre, para luego de su muerte interpretarlas, o re-interpretarlas como mejor le parezca, pero de lo que nadie se puede llegar a apropiar, son de los motivos verdaderos, que tuvo esa persona para pronunciar esas palabras o realizar esos hechos. Quizás esta forma mía de ver las cosas, se deba a una deformación profesional.
    Cuando se sanciona una Ley en una Legislatura, mayormente esta norma, se encuentra precedida de una: “Exposición de motivos” Se trata de las razones y las circunstancias que fuerón tenidas en cuenta para sancionar una Ley Los jueces que son los encargados de interpretar esa norma, al momento de hacerlo, deben tener en cuenta tanto esa Exposición de motivos, como asimismo el texto de la Ley.
    Asimismo las personas nunca pensamos en abstracto, siempre existe una motivación previa conciente o subconciente, que nos impulsa a decir, o a escribir alguna cosa, por esta razón, y me reitero, señalaba la importancia de los motivos.

  • 7. Pablo Fasoli  |  2 marzo 2016 en 15:22

    Bueno a veces pareciera que Levy le hizo un efecto vigorizante y rejuvenecedor a la debilidad de Sartre causada por la edad y sus infortunios de salud ,,pero por otros ratos pareciera que el bailoteo inquieto de Beny podia perturbarlo un poco ,,,,,,
    Y que tonteria seria que algunos de los seguidores de Sartre se hayan desilusionado enterandose que en el fondo no era un angustiado ..y si un Bon Vivant ,, y que no se perdia ninguno de los placeres de la vida ,, Es como decir que si a uno le gusta la melodia y la letra de un bolero o de un tango triste ,,va a tener uno que sufrir la tristeza de la melodia ,,,,pero no ,,,se puede disfrutar de la bella melodia de un bolero patetico,,,degustar sus tonos y no encarnar el patetismo ,,,,,,Justamente creo que habla bien de Sartre que el no fuera un depresivo encerrado y angustiado existencial ,,, ,porque da cuenta de que la angustia que el trataba ,,la trataba de manera clinica , cientifica y sin personalizarla ,,,,,como un estudioso de criaturas fantasmagoricas del museo de las ciencias naturales del ser,,,,,,igual seguro tendría sus momentos ,,como todos ,,,

  • 8. Pablo Fasoli  |  2 marzo 2016 en 15:29

    Senior Marlaw , respondiendole a la ultima parte de su enunciado ,,,creo a veces las motivaciones son instintivas,,son pulsiones de vitalidad ,,las pulsiones que nos arrastra el universo ,,provienen del caos ,vienen de unas profundidades desconocidas ,,,,no se puede llegar a los fundamentos de todo lo que nos impulsa a actuar,expresar o a pensar o crear etc, etc ,

  • 9. philo  |  2 marzo 2016 en 19:11

    Les recomiendo vean “MIRINDAS ASESINAS” un corto de Alex de la Iglesia. Confusiones dialécticas y sus consecuencias extremas.

    En fin, cuando hablamos y peor aun cuando escribimos, nunca terminamos del todo entendiendonos por más que nos esforcemos.
    Pero vale el esfuerzo

    Por mi parte cuando marlaw habla de motivación subconciente y pablo de pulsiones …dicen más o menos lo mismo

  • 10. Pablo Fasoli  |  3 marzo 2016 en 18:59

    Hola philo ,,,si ,,creo que tenes razon ,,,,es que al leer la palabra “motivos´´me sono a fundamentos racionales mas que motivaciones en si ,,,

  • 11. marlaw  |  23 marzo 2016 en 4:54

    Filo cuando hablamos los seres humanos no solo nos valemos de palabras, sino que también hacemos gestos, con nuestro rostro, con nuestros ojos, movemos los brazos, etc para tratar de enfatizar, o de aclarar mejor lo que queremos decir.Nos valemos de todo nuestro cuerpo para hablar, para poder decir algo. No obstante el riesgo de no ser comprendidos por nuestro interlocutor, se encuentra siempre presente. Esa dificultad dá cuenta de las dificultades del idioma cuando tratamos de decir algo, que requiere la mayor atención, por parte de quién nos está escuchando.
    Con el lenguaje escrito las dificultades se agigantan, no solo porque ya no contamos con la ayuda de nuestro cuerpo para expresarnos, sino también porque la gramática, tan solo nos provee de dos signos para mostrar nuestros estados de conciencia: el signo de interrogación, y el de admiración. Yo el signo que inventaría sería aquel que pudiera señalar la ironía, o la broma. Es muy frecuente que cuando una persona trata de expresarse con ironía de forma textual, un lector no alcance a reparar en ello, y tome en serio palabras que fueron escritas con otra intención.


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