LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 177

24 enero 2016 at 10:26 29 comentarios

Héctor Leis publica en el año 2013 “Un testamento de los años setenta” (Terrorismo, política y verdad en la Argentina). Es una extensión de una serie de notas publicadas en el Blog Trabajos Prácticos de Huili Raffo.
Leis fue militante montonero hasta noviembre de 1976, participó de la lucha armada, y dice haber matado. Pide perdón.
Fue colega mío en los comienzos del gobierno de Alfonsín, y los dos dábamos clases en la cárcel de Devoto. Pienso en la banalidad del mal. En este caso no se trata del mal, sino de una cierta banalidad en matar. Conocer a una persona que mató sin que nosotros sepamos que lo hizo, es una experiencia banal. Nada indica en su proceder que llevó a cabo una experiencia límite. Porque suponemos que lo es. Nunca maté a nadie. Pero si los filósofos – lo dijo Karl Jaspers, como antes Séneca y Kierkegaard – piensa que la filosofía nace de acuerdo a ciertos estados de ánimo, uno de los cuales se denomina “experiencia límite”, que es el caso de una enfermedad grave, la ruina económica, la pérdida de seres queridos, la soledad, suponemos que matar para una persona no perversa, es otra de ellas.
Leis era un hombre – falleció después de publicar el libro por una enfermedad cruel y lenta – tranquilo, lo recuerdo en mi casa de Colonia con su hija, o en nuestras conversaciones con Marta Laferrière en los inicios del CBC, jamás podía imaginármelo armado y disparando. No tenemos por qué imaginar un rostro de Lee van Cleef con la cara cortada para ubicarnos en profesionales del tiroteo, pero a Leis nunca lo escuché hablar de su pasado, y para mi era otro alfonsinista reciente una vez vuelto de su exilio. Un socialdemócrata, con un grado de convencimiento tal que bien podía haber nacido en una casa radical.
En realidad, eran muchos los que portaban tal seguridad en sus nuevas creencias políticas. Transitaban entre certezas.
El pequeño libro tiene dos prólogos, uno de Graciela Fernández Meijide, y otro de Beatriz Sarlo. El primero, el de Meijide, dice que a todos nos asiste el derecho “a una historia que no puede ni debe ser monopolizada por las víctimas ni por sus familiares ni por la memoria anclada en el pasado” (pag 9).
Lo que no queda claro es si este derecho es a la mera información – saber de qué se trata, conocer la verdad – o también incluye el de opinar y tomar posición. Por experiencia propia, el hecho de que yo no partipara ni de los grupos armados ni de la militancia en los años setenta, que fuera un `outsider´ político pero atento y nada indiferente a lo que sucedía, no me autorizaba de acuerdo a algunos protagonistas a ejercer la crítica a lo que sucedía en nuestro país durante el gobierno de los Kirchner en relacion a su política de los derechos humanos.
Leis mismo en una nota periodística sostuvo que sólo los directamemte implicados en la lucha armada, de uno y de otro lado, estaban invitados al arrepentimiento, al pedido de perdón, y a reconsiderar lo realizado en aquellos años.
Más allá del arrepentimiento, escribí que era incompatible tal reconsideracíón con una actitud que volvía a repetir el gesto de una vanguardia iluminada que se arroga ser portavoz de un pueblo, o que quiera circunscribir la reflexión a un grupo de elegidos como si el resto de los ciudadanos argentinos nada tuviera que ver, como tantos otros tampoco tuvieron que ver con las opciones que se les presentaban como excluyentes hace cuatro décadas.
Salvando distancias obvias, es cono si se hubiera reprochado a Hannah Arendt hacer un informe sobre el juicio a Eichmann y hacerlo como lo hizo, sin haber tenido parientes asesinados por los nazis. Y se lo reprocharon, aquellos que querían manipular la verdad.
Este derecho, sigue Meijide, se tiene “ante la malversación de la memoria histórica que hoy perpetúa el oficialismo, junto con algunos emblemáticos organismos de derechos humanos y ex guerrilleros que se cobijan bajo las alas del poder…”
Menciona como antecedentes al escrito de Leis, a lo expresado con anterioridad por Oscar del Barco y Héctor Schmucler.
Beatriz Sarlo subraya la diferenciación que se hace en el texto entre genocidio y terrorismo de estado, y hace notar la importancia de la novedosa tesis de Leis acerca de la guerra generacional en tiempos en que la “celebración de la juventud” no tenía precedentes desde los tiempos del Romanticismo europeo.
Leis en el comienzo de su escrito, dice que es una pena que el Ché hubiera muerto en 1967 porque de seguir vivo es posible que desestimara las futuras acciones terroristas. “Yo era un terrorista de alma bella”, confiesa.
No acepta el rótulo de “crímenes de lesa humanidad” con el que se califica al terrorismo de Estado, ya que la misma categoría de `humanidad´no tiene referente empírico. Dice que el Museo de la Memoria registra solamente las víctimas de un solo lado. Y pregunta acerca de cuál de los dos terrorismos es el peor: ¿el que se comete al servicio del asalto al poder, o el que se hace en defensa del estado?
Recuerda que la legitimidad de la lucha armada se agotó en 25 de mayo de 1973, con la asunción del presidente Héctor Cámpora. Y señala que fueron los grupos guerrilleros quienes fueron los primeros en llevar el terror a la nueva democracia, luego respondida por la Triple A.
Sostiene que la lucha de la dictadura contra la subversión fue legítima a pesar de haber sido demoníaca e ilegal, y llegar a extremos a los cuales la guerrilla nunca llegaría. (pag 46).
Luego plantea su idea de que en nuestro país hubo una guerra generacional, en la que parricidios y filicidios adquirieron una connotación política.
Dice que “fuimos aprendices de parricidas”, en tanto los militares satisficieron sus deseos filicidas. Hubo una tremenda lucha generacional, insiste, y da el ejemplo del general Julio Alsogaray y de su hijo Juan Carlos.
Ve en aquella década el desencadenamiento de una `locura sagrada´, una violencia apocalíptica que afectó a la mayoría de la población argentina. Este fenómeno no se restringe a un contexto político ni a una coyuntura específica, sino que venía precedido por un resentimiento histórico del que eran soportes los actores y de arquetipos de un inconciente colectivo persistente y activo.
Recuerda que entre los años 1814 y 1880, en la guerra civil argentina se libraron 419 batallas. Este enfrentamiento interno es un fenómeno de larga duración.
Agrega que la nuestra es una sociedad sin `phylia´, en la que predomina la dupla amigo-enemigo. Especifica que las generaciones enfrentadas son las nacidas a mediados de la década del veinte del siglo pasado, y la que nace durante la década del cuarenta. Considera que la primera fue mediocre, mientras la segunda tenía una homogenidad respecto de los grandes valores y de sus objetivos de los que carecía la primera.
Quisiera ahora marcar algunas breves pinceladas acerca de lo afirmado por Leis hasta este momento. Suponiendo que fuera el estado el atacado durante los años 1973-76, no por eso debe aceptarse que la única salida posible era un golpe militar y una dictadura. Existen mecanismos institucionales que preveen medidas en caso de que un gobierno llegue a una crisis en la que no puede asegurar la gobernabilidad. En la misma Argentina se ha dado el caso en el año 1989 cuando las fuerzas militares no respondían al poder ejecutivo, y en el 2001 en momentos de anomia y cinco presidentes en un mes.
Hay una variación de respuestas incluso cuando un estado se ve sometido a actos terroristas, se vió en la misma época con las Brigadas Rojas en Italia, y otros sucesos que conmocionaron a algunas democracias occidentales.
Lo que fracasó fue la democracia que no llevó a cabo un juicio político a la presidenta de aquel momento, y que dejó que formaciones especiales armadas y fuerzas paramilitares resolvieran su guerra hasta crear las condiciones para una intervención militar. Ni el partido justicialista ni el radical estuvieron a la altura ni en condiciones para proponer una salida constitucional.
Para mi era evidente que con los militares en el poder se venía una época de terror. No era ningún misterio la ideología de quienes asumían el poder. La mentalidad de las fuerzas armadas en su mayoría, era la de represores que se consideraban depositarios de la defensa de los valores del Occidente cristiano.
Así fue desde la época del golpe de Onganía que tuvo la anacrónica idea de instalar un nuevo franquismo en la Argentina. El hecho de que hubiera fracciones del ejército de prosapia liberal, era casi un lujo, un aditamento cosmético, ya que su liberalismo era paralelo a la prosripción política del partido mayoritario de la Argentina, y su liberalismo tampoco se inspiraba en antecedentes `virginianos´ ni en tradiciones en las que los derechos individuales y de las minorías fuera la condición sine qua non de una república democrática.
Siempre fue un liberalismo aristocratizante, despreciativo y clasista.
Respecto a la lucha generacional, no está tan claro que se deba a un asunto de edades, sin tomar en cuenta que la voluntad emancipatoria también fue la de los negros, las mujeres, los colonizados.
Es cierto que los jóvenes fueron protagonistas tanto de la contracultura como de la lucha armada, y que se constituyeron como `masa´. Pero se puede dudar de la homogeneidad de sus valores. No todos los gatos son pardos. Entre un hippie que toca el bongó, un peronista que toca el bombo, un montonero que agarra un fierro, un cura que da un sermón en una villa, un escritor que edita una revista de izquierda, de ser todos jóvenes, es posible que sus padres ingenieros, abogados, comerciantes, empleados bancarios, docentes, sufran de insomnio por su preocupación parental, pero no por eso hace que sus hijos sean iguales o parecidos.
Había una voluntad de cambio, seguramente debe haberla habido también en la Italia y en la Alemania fascistas, en las que no fueron vanguardías ni minorías las que gobernaron durante la entreguerra sino mayorías casi absolutas, de jóvenes también.
Recuerdo a Juan Carlos, o Lalo, estudiamos juntos sociología en la Sorbonne. La última vez que lo vi fue en mi casa cuando volví de mi estadía en Japón, después de mis años en Francia, yo estaba enfermo, y él me contaba que se estaba `entrenando´ para algo muy importante que un día me comentaría.
Sé que sus padres estaban desesperados y que su muerte fue brutal en la Tucumán de Bussi.

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29 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  24 enero 2016 en 11:13

    Ref: Arendt
    No lo veo a Gershom Scholem manipulando la verdad.

  • 2. r .nadaud  |  24 enero 2016 en 13:13

    pero si ya el silencio llegó,qué es lo que esperas, que esperas del dolor.

  • 3. Rodrigo  |  24 enero 2016 en 14:27

    Personalmente me gustó mucho la reseña crítica que Nicolás Prividera (cuyos padres creo que son desaparecidos) hizo de “El diálogo”, esa charla entre Fernández Meijide y Leis:

    “Hace años (al menos una década) que el cine argentino no entregaba cine político de esta envergadura. Podrán decir que los documentales de Nicolás Prividera la tienen. Sin embargo, casi nadie como la dupla Raccioppi-Azzi logra salirse del discurso oficial, casi nadie asumió un lugar tan incómodo desde el cual preguntarse por pasado y presente a la vez con armas absolutamente depuradas.” Así comienza Federico Karstulovich su consagratoria reseña de El diálogo para la cobertura del BAFICI en OtrosCines.com, y esta crítica es la previsible respuesta, pero no a la sugerencia de Karstulovich de que el autor estas líneas, a diferencia de ese dúo dinámico, no “lee al cine político (y a buena parte de la historia política) reciente a contrapelo de las tradiciones más cómodas”, sino a la complaciente lectura que cierto sector de la crítica (desde un antikirchnerismo militante, en simétrica inversión del “discurso oficial” que dice combatir) hace de películas de nulo valor estético y dudosa ética. Esa defensa se ampara en la también cuestionable premisa de que se trata de películas que hablan “en solitario frente al precipicio” (autorretrato complacido que ya estaba presente en la previa El olimpo vacío).
    “Había que escuchar (y dejar hablar) a la gente indicada –dice Karstulovich-, a aquellos que, a contrapelo de los discursos hegemónicos sobre la historia reciente, pedían la palabra. En este sentido El diálogo (…) resulta un pedido desesperado por retomar el habla.” ¿A qué habla interrumpida se refiere? A la del “cine político” (“¿cuántas películas dinamita tiene el cine político argentino de los últimos años?”) y a la que la “hegemonía cultural del kirchnerismo” -usando las palabras de Beatriz Sarlo- habría producido el mundo intelectual, artístico, etc. (aunque desde el retorno de la democracia no recordamos otro período en que se haya discutido tanto…). Se trata de dos cuestiones diferentes, pero efectivamente relacionadas (entre otras cosas, por la ausencia de una crítica -cinematográfica y política- honesta y consistente). Pero vayamos por partes.
    Hace más veinte años, Juan Gasparini escribió un libro palmariamente titulado Montoneros, final de cuentas, y hace más de diez años Pilar Calveiro publicó su notable Política y/o violencia: en ambos, estos ex militantes criticaban con justeza a Montoneros y su militarismo. Pero además lo hicieron con una rigurosidad argumental hasta entonces sólo vista en el señero libro de Richard Gillespie, Soldados de Perón.
    Todos ellos fueron (al calor de cada década) textos que marcaron una inflexión y contribuyeron a la crítica de las organizaciones armadas de los años setenta, en tiempos donde eso no era habitual (por izquierda, claro, ya que a la derecha nunca le interesó otra cosa más que la reivindicación de lo actuado, y por entonces no necesitaba enarbolar un contra-relato hegemónico parecido al de los abogados defensores de Videla & Cía.): eran tiempos donde aún regían las leyes de impunidad, y el campo intelectual parecía formar un sólido bloque contra ellas.
    Después llegó el kirchnerismo, y su magnificación discursiva de la militancia setentista se convirtió en uno de los blancos preferidos de sus críticos, como si aquellos que habían sido evidentes victimas en los ochenta (juicio a las juntas mediante) y reivindicados militantes en los noventa (frente al menemismo dominante), fueran ahora (después del famoso discurso de Kirchner en la ESMA) pasibles finalmente de volver a ser identificados con uno de los dos demonios de esa teoría antes repudiada, y que en su versión actual nos devuelve la imagen de una sociedad inocente frente a dos ejércitos tan simétricos como desatados: esa es la penosa sensación que queda después de ver El diálogo.
    Sobre todo si uno tuvo la oportunidad de estar presente en su estreno en el BAFICI, transformado en un nada extraño acto político.
    La película fue presentada por el ministro de cultura de la Ciudad de Buenos Aires, Hernán Lombardi (asumiendo con orgullo que la ciudad ayudó a producirla), quien no contento con esto luego también tomó el micrófono durante el Q&A final para hacer otro discurso, antes de que hiciera lo propio Gabriela Michetti (sólo para saludar su propia presencia) y luego de que hablara Darío Lopérfido (el único que atinó a disfrazar su intervención de pregunta, aunque luego de un largo speech antikirchnerista), para aclararnos que no se trataba de igualar a los montoneros con los militares porque los primeros eran “cuentapropistas” mientras que los segundos usaban “los dineros públicos” (diferenciación “económica” que al menos tuvo la preocupación por introducir alguna), para terminar invocando la responsabilidad del gobierno en generar un clima de violencia que explicaría los actuales “linchamientos”… Ese era más o menos el clima intelectual reinante, a pesar de que entre los asistentes no sólo estaban otros miembros del PRO como Laura Alonso, sino referentes como Ernesto Sanz, Luis Majul, y –obviamente- Juan José Sebreli (protagonista de El Olimpo vacío), además de la mismísima Graciela Fernández Meijide.
    El director Racioppi se quejó a su vez de la violencia cotidiana que se descarga hasta en las redes sociales… de lo que él es un buen exponente (por sólo mencionar alguno de sus twitts cercanos al estreno: “La puta oligarquía imponiendo que trabajen nuestros pungas. Gerardo Romano debería andar más por Recoleta para impedir linchamientos”). Esa doble cara es solidaria con el falso diálogo que la película misma pone en escena. Veamos:
    El diálogo se sostiene básicamente (en todo sentido) en una particular forma de entender la discusión política, ya que se trata en verdad de un monólogo de Héctor Leis, al que Meijide habilita con su asentimiento. Leis es un ex integrante de Montoneros que sostiene, con la misma soberbia con la que ayer decía representar al pueblo, que la Justicia se ha convertido ahora en “venganza” (y puede así ser aplaudido por ese mismo público que detesta todo lo que representa), en contraposición con lo que ha sido una política internacional desde la Segunda Guerra Mundial (como en el caso Priebke, sin ir más lejos…). Es decir: Leis se equivocó antes y se equivoca ahora, pero evidentemente lo hace con todo empeño (como una suerte de versión invertida de Claude Lanzmann), ya que en verdad lo que parece buscar -aquejado por una enfermedad degenerativa- no es una contribución social sino una redención personal, si bien él tampoco pide perdón: no es un “arrepentido”, como insiste en aclarar, pero tampoco nos cuenta de qué barbaridades fue “responsable”… No es esa, sin embargo, su peor contradicción: también dice que el reclutamiento de menores por parte de Montoneros fue un crimen de lesa humanidad, mientras sostiene que los militares no los cometieron, ya que al asumir el control del Estado contaban con “legitimidad” (de paso, Racioppi intentó explicar esa justificación en el Q&A confundiendo legalidad con legitimidad: la represión no solo fue atrozmente ilegal por sus métodos inhumanos, sino ilegítima precisamente por asumirse como terrorismo de Estado, lo que define con claridad a los así llamados “crímenes contra la humanidad”).
    Es en ese y otros obscenos dislates argumentales (que ni Meijide ni la película ponen en cuestión sino que convalidan), donde su discurso deja ver el fanatismo del converso más que el espíritu ecuménico que invoca. Basta ver su falaz cita de la consigna “ni olvido ni perdón” a la que le agrega como conclusión “paredón” (como lapsus que desnuda su propia soterrada violencia), sin que Meijide, una vez más, haga otra cosa que repetirla.
    La ex miembro de la APDH parece más preocupada por poner en cuestión la cifra “simbólica” de los desaparecidos que por discutirle algo a Leis (salvo cuando por un segundo amenaza todos los presupuestos del film y su protagonista asumiendo que no se puede perdonar en nombre de otro y menos a quien no lo pide, frente a un Leis obligado a apelar a un perdón “político”… como el sostenido por su odiado Kirchner en el acto en la ESMA).
    Fernández Meijide hace así un papel muy triste -como si no le hubiera bastado su paso por la Alianza-, y tampoco logra escapar de la contradicción: habla con insistencia de la necesidad de no quedar en el rol de víctima, pero la película le dedica una de sus pocas intervenciones al pormenorizado relato del secuestro de su hijo. Y se entiende por qué: en la escuálida economía formal de El diálogo ella aporta sensatez y sentimientos, mientras que Leis encarna la astucia de la razón (e incluso el comic relief).
    Si los realizadores fueran al menos más arriesgados tal vez podrían haber puesto en escena un diálogo entre Meijide y Etchecolatz -al estilo de Mariano Grondona-, o al menos uno entre Strassera (también presente en la sala) y Cecilia Pando (que saludó el estreno con estremecedora alegría). Pero eso, claro, los enfrentaría a los límites del “diálogo”…
    ¿Es necesario agregar que además de carecer de novedad, tensión y profundidad, ese forzado diálogo está filmado sin el menor rigor, como para al menos justificar su inclusión en el BAFICI? Unos días antes había tenido lugar la presentación de otra película impresentable en un festival de esta envergadura y que de algún modo puede leerse en consonancia con este discurso impostadamente conciliatorio filmado sin atisbos de una sola idea cinematográfica: se trata de El copamiento, que haciendo honor a la parquedad del título relata -remedando lo que Arruti hacía con más timing en Trelew- un operativo del ERP a través de varios testimonios.
    El problema mayor (y lo que tal vez explica por qué se programó este documental televisivo hecho como trabajo final de cursada por dos estudiantes de periodismo) es que la última parte de la película está dedicada a un caso que merecía no sólo mayor espacio –o incluso su propia película– sino mayor rigor (investigativo, ético y estético): el secuestro y muerte del coronel Larrabure. Los directores contraponen a sus hijos con un ex participante en el copamiento al que no se le hace una sola pregunta sobre el controvertido episodio, pero del que se rescata -y repetida dos veces- la premisa de que hay que reconocer a los militares que combatieron dignamente… Sin mayores precisiones, El copamiento termina como El diálogo: con un llamado a la reconciliación, que se resume en la propuesta de Leis -que la película curiosamente excluye- de crear un memorial que reúna a “los caídos de ambos bandos” (sí, Leis usa la palabra “bandos” e incluso habla de “guerra”, sin que a Meijide se le mueva un pelo).
    La idea no es nueva, pero para no remontarnos hasta el “altar de la Patria” de López Rega (donde los otrora enfrentados personajes históricos como Lavalle y Dorrego yacerían a la par) o al “parque de la reconciliación” que Menem pretendía erigir en la ESMA, citémosla tal como fue enunciada hace exactamente veinte años, en tiempos más esclarecedores: “terminado el fragor de la guerra, todos los muertos son de todos”. La frase es del almirante Emilio Eduardo Massera, en su alegato final en el Juicio a las Juntas (y permítanme recordar que ya la cité en mi película Tierra de los padres, que intentaba esa “historia de la violencia” que Racioppi mencionó en su alocución como algo pendiente en el cine argentino…)
    Volviendo entonces a la crítica complacida y complaciente: en la nota que le dedica El Amante -también firmada por Karstulovich- se nos dice que El diálogo presenta todos estos dislates con “contundencia, complejidad y sin atisbos de demagogia” (aunque Huili Raffo -autor junto con Gustavo Noriega de un panfleto antiprogresista- acepte en Twitter que la película tiene “cero” valor artístico e ideas propias). Suponemos que si un crítico ve en algo tan endeble “contundencia y complejidad” (al igual que un programador que avala la presencia de estas películas defendiendo su supuesta calidad) no es por cinismo, sino porque ha terminado por dejar de lado su juicio (ético y estético) en aras de una abierta defensa ideológica. Así, Karstulovich pasa del embriagado ditirambo a la confesión de partes: “El efecto es, entonces, doble: catártico y emocional por un lado, hipnótico por otro (porque recupera el placer embriagador del recurso oral, de la voz humana, de la confesión pero también del perdón) pero también distante y reflexivo en su reverberación en los hechos del tiempo presente”.
    Está claro que es el crítico mismo quien hace una sugestiva catarsis emocional por esa directa “reverberación del presente”, usualmente dejada de lado en el cine que El Amante suele glorificar. Por eso no asombra que termine diciendo: “Hoy por hoy, con indudable esfuerzo, casi en absoluta soledad, Racioppi-Azzi son los responsables de la recuperación del cine político en Argentina, un cine que estuvo dormido o al menos silenciado a lo largo de la última década”. Efectivamente, ese cine estuvo dormido (y sobre todo silenciado…) gracias a críticos que saludaban y saludan venturosas estudiantinas que huyen de la realidad, para terminar alabando un discurso abiertamente reaccionario.
    Ese es el resultado final de ese antiprogresismo ciego, ilustrado por Karstulovich al decir que sin dudas “la película será recibida con fastidio por la progresía local (o al menos la que se considera progresista apoyando a este gobierno)”: no sabemos cómo se “considera” un crítico que en su afán antigubernamental ataca al progresismo (movimiento que arranca con la modernidad europea, no en los setentas y mucho menos con el kirchnerismo…), pero ese gesto de autoinflingida ceguera lleva a la crítica a renunciar a su condición de tal, para dedicarse a la mera defensa militante de esperpentos como los citados.
    Con un resto de mala conciencia, que se mira en el espejo al asumir que “saldrán varios a pegarle, manipularla, intentar fracturar la contundencia de su discurso. Pero El diálogo es una roca”: Si la derecha argentina pudiera tener un discurso sólido, estéticamente hablando, los progresistas estaríamos obligados a ser también más sutiles e inteligentes en nuestras críticas. Pero El diálogo no es “una piedra en el zapato del poder” sino apenas la muestra de su frustración: la cara dura de un discurso rancio que ni siquiera logra vendernos un espejo de colores con armazón moderno”
    Acá la fuente: http://www.otroscines.com/nota?idnota=8500

  • 4. Rodrigo  |  24 enero 2016 en 16:41

    Cecilia Pando tuiteó: “Fui a ver ‘El diálogo’, con Fernández Meijide y Héctor Leis. Muy bueno!! Felicitaicones a los productores!! https://twitter.com/ceciliapando/status/454430912575320064?ref_src=twsrc%5Etfw

    No me parece casual que a Pando le haya gustado ese documental. Tampoco me parece casual que a Ceferino Reato le guste la visión de Héctor Leis. En lo personal considero que su libro es malo, pobre, argumentativamente un retroceso. Prefiero la visión de Pilar Calveiro en “Política y/o violencia”. El libro de Leis guarda relación con discusiones vetustas, como la del libro “La soberbia armada” de Giussani. Como si no hubiese existido una bibliografía mucho más interesante, OOOOOOTRA vez vuelven con la misma cantinela.

  • 5. Tomás Abraham  |  25 enero 2016 en 13:01

    grynberg
    no hace falta verlo, con leerlo basta. scholem, gran amigo de hannah, se disgustó con ella por su falta de amor por su pueblo, a lo que ella contestó que el amor lo tiene por sus amigos.
    ver desarrollo en “Situaciones postales” (2002), Anagrama, De mi autoría.

  • 6. Marcelo Grynberg  |  25 enero 2016 en 15:43

    Tomas:

    Ademas de su poco amor al pueblo judio (Ahabá Israel), Scholem le reprocha a Arendt muchas otras cosas en su carta. Transcribo una de las mas importantes (a mi entender),
    relacionada a los dirigentes de la comunidad en esos dias terribles (Iamim Noraim).

    “En tu tratamiento del problema de como los judios reaccionaron ante esas circunstancias extremas -a las que ni tu ni yo nos vimos expuestos- detecto con bastante frecuencia, en lugar de un juicio equilibrado, una especie de demagogica voluntad de exageracion. Quien de nosotros puede decir hoy que decisiones deberian haber tomado en aquellas circunstancias los dignatarios judios, o como queramos llamarlos ? Yo no he leido menos que tu sobre esos temas y sigo sin estar seguro; pero tu analisis no me permite confiar en que tu certidumbre este mejor fundamentada que mi incertidumbre. Existieron, por ejemplo los Consejos Judios, algunos de sus miembros fueron unos cerdos, otros unos santos. He leido bastante de las dos variedades. Hubo tambien entre ellos muchas personas nada diferente de nosotros, que se vieron arrastradas a tomar terribles decisiones en circunstancias que no podemos siquiera intentar reproducir ni reconstruir. No se si hicieron bien o mal. Ni pretendo juzgar. Yo no estaba alli.”

    Tomado de Hannah Arendt, “Una revision de la historia judia y otros ensayos”,
    Paidos (2005).

    En fin, todo el tema me recuerda a la idea de “Zona Gris” de Primo Levi en “Los hundidos y los salvados”.

  • 7. magu  |  25 enero 2016 en 19:57

    tengo una breve cartita de gershom sholem a mi tío, en francés,no sé si enmarcarla, donarla o guardarla. él decía que hizo mucho por el diálogo ecuménico o interreligioso y que era un especialista en la kabala.

  • 8. Tomás Abraham  |  26 enero 2016 en 12:45

    marcelo grynberg: la carta de scholem es lúcida y comprensiva, estoy de acuerdo con él. no creo que hannah “exagerara” sino que habló, eso fue escandoloso, creo que dijo algo que nadie quería que dijera. eso fue lo exagerado. pero concuerdo con scholem en no juzgar.

  • 9. Rodrigo  |  26 enero 2016 en 13:45

    Marcelo Grynberg: seguramente habrás leído “Memorias del mal, tentación del bien” de Todorov. Si no lo hiciste seguro que ese libro te va a gustar mucho. Todorov es un tipo muy lúcido y muy equilibrado.
    Héctor Leis no me parece ni demasiado lúcido ni demasiado equilibrado, pero es mi opinión personal y no sé si TA tiene ganas de debatir al respecto.

  • 10. Marcelo Grynberg  |  26 enero 2016 en 15:31

    Tomas:

    En el libro (o recopilacion de escritos) de Arendt que mencione tambien esta la respuesta de Hannah, que todavia no lei. En fin, me gustaria leer tantas cosas, pero no encuentro el tiempo. Debido a mi trabajo estoy en camino a convertirme en un “pavote especializado” en temas tecnicos. Pero como les digo a mis hijos, mientras tanto voy juntando la bibliografia que me interesa para hacer de mi casa un lindo geriatrico cuando me jubile … 🙂

    Saludos

  • 11. r .nadaud  |  26 enero 2016 en 17:19

    quizás aquellos con derecho a preguntar no están, los hicieron bruma. pero en algún lugar, en el bando de los decentes alguien debe hablar, decirnos.
    y el juicio arrastrado a través del dolor nos sea oración.

  • 12. r .nadaud  |  26 enero 2016 en 17:24

    respecto a la sentencia debida al ‘oficinista’ A.Eichman
    Martín Buber dijo algunas cosas interesantes.
    y lamento mezclar dos nombres tan diferentes.

  • 13. Pablo Fasoli  |  26 enero 2016 en 22:41

    Nadie nunca habla del “èntre´´´ porque o sos asi o sos asa,,,,cuando se habla de la juventud maravillosa ,,,como casi todos tienen posiciones ya estratificas al opinar es “` ,,o eras un zurdo montonero de m. ´´´ que merecia morir. o eras un heroe de la revolucion igualitaria segun el otro polo ,,,En esa juventud ,como en todas ,,hubo de todo ,,ese idealista de un mundo igualitario pero vegetariano ,,,el que el fin justifica cualquier medio con habano y boina ,,,el que era pariente cercano y por si acaso lo quemamos ,,,el que dudaba y era complice por no adherir a nada ,,los sindicatos ,,los padres villeros ,,,nunca se sabe qien mata a quien ,,,,todos se parecen en esencia con distinto disfraz de presencia ,,y de aprovechamos amortisamos la purga ,,,y hacemos contratos ,,acuerdos ,,,negociamos y putrificamos mas el poder ,,,,,,,pero el tema era ese ,el nivel de responsabilidades ,,,porque no se puede juzgar al revolucionario anti democratico y sin aprovacion del consenso popular general al mismo nivel que un asesino comun?????????? ,,,,,porque hay gente que piensa que las ideas valen mas que las vidas ,,,esos que adhieren a la causa ,son espiritus tristes

  • 14. rodolfo lópez  |  26 enero 2016 en 22:42

    Es curioso, coincido con Rodrigo: el que pide perdón debería hacerlo de manera humilde, no dar cátedras. Del mismo modo Nicolás Prividera no debe dar cátedra para evitar pedir ese perdón.
    El perdón alivia, en especial a aquel que llegó a la “situación límite” de matar. No conozco a Prividera, que tenga padres desaparecidos no legitima los crímenes que pueda haber perpetrado. Leo muchas palabras aquí sin humildad. En Argentina el que pide perdón -y se arrepiente sincero de sus hecho- tira su honra a los perros, que la destrozaran. Es ese el precio; hay que tener huevos y hablar poco.

  • 15. Marcelo Grynberg  |  26 enero 2016 en 22:45

    Roberto: No se si era precisamente un “oficinista” pero la descripcion se acerca bastante. Escuche o lei alguna vez (ahora no recuerdo bien donde), que Eichmann en una oportunidad discutio acaloradamente con una de sus victimas, luego de lo cual le pidio disculpas por sus modales … no se puede creer.

  • 16. Rodrigo  |  27 enero 2016 en 2:50

    ¿Qué crímenes “perpetró” Prividera?¿De qué estás hablando Rodolfo? No es una “cátedra” sino una crítica de una película que él considera mala. A mi juicio argumenta bien el motivo por el cual él cree que la película es mala. Eso de “tener huevos” y hablar poco no lo entendí.

  • 17. Tomás Abraham  |  27 enero 2016 en 7:37

    Rodrigo
    este párrafo no lo entiendo, el citado más abajo en el entrecomillado.
    Mi libro “La empresa de vivir”, editado en el 2000, termina con la mención del libro de Pilar Calveiro y de su aporte a un tema silenciado en nuestro país. Pero fue en la dècada del noventa. Fue el gran e inmenso aporte de Pilar a quien conocí porque Héctor Schmucler destacó su texto. Sobre Prividera escribí en algún medio, quizás en El amante, durante los noventa, no recuerdo, sobre su excelente película. Es hijo de desaparecidos.
    Creo que su texto contiene la indignación por un elogio presumiblemente desmedido sobre el film en cuestión. (no lo vi)
    Pero destaco la actitud de Mejide. Hace poco en el programa “Intratables”, explicó la razón por la que no aceptó un cargo de derechos humanos en la pcia de Baires. Dijo que su figura está asociada al pasado, al de su hijo de 17 años desaparecido. Y que se debía nombrar a alguien que represente los derechos humanos de hoy y de mañana.
    No sé quienes son las víctimas del ochenta de las que habla prividera, ni los militantes del noventa, sin duda de que no fueron los kirchner, que eran cavallistas y apoyaron los indultos.
    Respecto de Leis está mi texto, pero más allá de sus excesos, y del aprovechamiento del macrismo de un testimonio que nada tiene que ver con esa agrupación política, Leis muestra que la demagogia y el mentado pedido de perdón de kirchner, fue un gesto que denominé de inmediato de estafa ideológica, y de mentiras calculadas.

    “Todos ellos fueron (al calor de cada década) textos que marcaron una inflexión y contribuyeron a la crítica de las organizaciones armadas de los años setenta, en tiempos donde eso no era habitual (por izquierda, claro, ya que a la derecha nunca le interesó otra cosa más que la reivindicación de lo actuado, y por entonces no necesitaba enarbolar un contra-relato hegemónico parecido al de los abogados defensores de Videla & Cía.): eran tiempos donde aún regían las leyes de impunidad, y el campo intelectual parecía formar un sólido bloque contra ellas.
    Después llegó el kirchnerismo, y su magnificación discursiva de la militancia setentista se convirtió en uno de los blancos preferidos de sus críticos, como si aquellos que habían sido evidentes victimas en los ochenta (juicio a las juntas mediante) y reivindicados militantes en los noventa (frente al menemismo dominante), fueran ahora (después del famoso discurso de Kirchner en la ESMA) pasibles finalmente de volver a ser identificados con uno de los dos demonios de esa teoría antes repudiada, y que en su versión actual nos devuelve la imagen de una sociedad inocente frente a dos ejércitos tan simétricos como desatados: esa es la penosa sensación que queda después de ver El diálogo.”

  • 18. rodolfo lópez  |  27 enero 2016 en 11:45

    Rodrigo, el que va ha pedir perdón -en esta argentina caníbal- debe tener huevos para hacerlo, lo van a destrozar; además, el perdón se pide con pocas palabras, de manera humilde.
    Desconfío de las largas argumentaciones. Casi siempre el que más habla es el que menos dice; o esconde. La palabra perdón -en sí misma- vale por varios tomos de una obra mayor, aún inconclusa en nuestro país.
    El Profesor cree que “el texto de Prividera contiene la indignación por un elogio presumiblemente desmedido sobre un film que no vio” (ni yo). Algún compañero de blog me mandó hace tiempo partes del texto de Leis: no terminé de leerlo. Lo importante estaba dicho: “Pido Perdón. Por actos de los que me arrepiento”.

    No sé que crímenes perpetró Prividera, a quien no conozco; no leí siquiera entero el interminable alegato que reproducís; parece que por su extensión el mismo defendiera algo, ¿qué exactamente?.¿la lucha armada de los setenta? que incluye la desaparición de sus padres.¿El “límite” exacto de matar a otro por una idea política? (idea que puede estar errada, y con los años criticarse con razón)
    ¿Le molesta que otro pida perdón, le ofende, lo indigna?, ¿por qué? ¿La cuestión es la forma?, ¿le molesta el elogio desmedido que recibió la película?.
    Si Prividera se hace cargo del pesado legado que deja la lucha armada de los setenta, y lo hace de forma altanera, no humilde, parece arrogarse atributos que no le pertenecen, algo impostado. También corre el riesgo de hacerse cargo, por reivindicar sin criticar, de crímenes cometidos en la época, por los que un tipo, Leis, pide perdón. Él no perdona que el otro pida perdón, y por eso se hace cargo, simbólicamente, de los crímenes confesados por el otro

  • 19. Marcelo Grynberg  |  27 enero 2016 en 14:18

    Revelan manuscrito con solicitud de indulto del criminal nazi Eichmann

    http://www.radiojai.com.ar/online/notiDetalle.asp?id_Noticia=79040&utm_source=Campa%c3%b1a%20Radio%20Jai&utm_medium=Email&utm_campaign=Newsletter%20-%20Radio%20Jai

  • 20. Rodrigo  |  27 enero 2016 en 16:21

    Rodolfo, sugerís que Prividera perpetró crímenes. Es de un nivel de estupidez enorme. Me decís que “desconfiás de largas argumentaciones”. Es como decir que “Eichmann en Jerusalén” de Hanna Arendt es un mal libro porque presenta “argumentos demasiado largos”. Y tampoco leíste el “largo alegato” que puse con la crítica de Prividera. Si querés excusarte de discutir o dialogar usando de pantalla al Profesor, está bien. No hay ningún problema, la cortamos acá.
    Sobre el kirchnerismo ni tengo ganas de discutir, sería un monólogo en paralelo donde ninguno se enriquecería en nada.
    Saludos

  • 21. r .nadaud  |  27 enero 2016 en 20:07

    Buber, Eichmann and the death penalty, Samir Chopra.
    son las Erinias las principales impulsoras de los indultos.

  • 22. Marcelo Grynberg  |  27 enero 2016 en 21:08

    Roberto: Ademas de Buber, el mismo Scholem tambien pidio que la sentencia no fuera ejecutada. Transcribo brevemente sobre ese punto otro parrafo de la carta que le envio a Arendt.

    “A este respecto debo se\~nalar que, ademas de firmar una carta al presidente de Israel suplicando que la sentencia no fuera ejecutada, expongo en un ensayo critico en hebreo por que considero que la ejecucion de la sentencia -que Eichmann habia merecido en todos los sentidos, incluido el de la acusacion- es historicamente un error, precisamente por nuestra relacion historica con el pueblo aleman. No volvere a argumentar aqui el asunto de nuevo.”

    Una lastima, porque no se bien a que se esta refiriendo.

  • 24. rodolfo lópez  |  28 enero 2016 en 13:37

    Rodrigo, En el com 18 aclaro que Prividera se hace cargo “simbólicamente” de los crímenes que Leis confiesa, al negarle la posibilidad o el derecho de pedir perdón por ellos.
    A Leis no lo picanean, reconoce y confiesa los crímenes por propia voluntad, con la idea de aportar luz a una época todavía oscura de nuestra historia.
    Leis es contemporáneo de los padres desaparecidos de Prividera, y tiene derecho a opinar o sentir lo que sea sobre esa época. Los padres de Prividera fueron víctimas, él también lo es, respecto de aquel Estado miserable y verdugo. Pero él no puede contestarle a Leis en nombre de sus padres, habla por sí mismo, y debe hacerse cargo de lo que dice.

    No creo que vos o lo que vos decís sea estúpido. Al contrario, creo que hablás de buena fe, con inteligencia, aportando lo mejor. Este breve intercambio -que tenemos- me interesa y alegra, ojalá podamos tener otros de manera respetuosa, constructiva.
    Respecto de las “largas argumentaciones” reconozco que es un defecto mío, me pierdo en tantas palabras, no soy muy inteligente. Opino sobre los setenta en base a la propia experiencia no sobre cosas que leí, por más pergaminos que tenga el que escribe. Te confieso, expreso mis opiniones casi como obligación, es lo único que puedo aportar, no soy una persona especialmente valiosa. En aquel momento estuve demasiado callado, confundido, abrumado por una realidad trágica que veía venir y no atinaba a detener. La viví intensamente la llevo grabada. Escribo -yo también- de buena fe, para aportar a los que no vivieron la época, 20 o 30 años menores tal vez, o a mayores que vieron desde lejos el drama. Que es complejo, no se resuelve designando “buenos ” y “malos”, el relato K.
    Me aterra Rodrigo la idea de que aquella época pueda repetirse. Saludos.

    PD, se me ocurre, sin poder fundamentarlo, que cuando pasen los relatos oportunistas como el “K”; cuando decanten testimonios como el de Leis, otros. Después de una autocrítica necesaria de parte de los protagonistas de la época; recién entonces la épica setentista podrá ser un legado común, nada menos. Que pueda aprovecharse por todos en la real magnitud de testimonio político, con importantes valores que aportar al futuro argentino.

  • 25. r .nadaud  |  28 enero 2016 en 16:44

    Marcelo : ‘discutir-pedir disculpas’ nos habla de seres sensibles, amabilis. desde Jano los monstruos nos llegan bifrontes.
    Himmler, protegió a su vecino del vecindario, judío, desde su llegada al poder: eran ordenes expresas y taxativas.
    en un Läger honraron su visita con fusilamientos, sorprendido por un joven con rasgos radicalmente arios lo interrogó, pero inocente y campesino qué podía responder?: luego de la matanza una oportuna lipotimia irrumpió en la tormenta de acero y H.Himmler volvió a su oficina.
    en un libro editado en la RFA sobre la SS una de las fotos muestra a dos oficiales en un campo de flores con ramilletes de lillas.
    en estos temas el sorprenderse es reemplazado por el espanto.

    PD Puede el Mal ser banal? le puedes decir a miles que su muerte es parte de un ridículo pues los verdugos son grotescos?
    luego de su último libro Freud decía que ahora él había venido a quitarles lo único que les quedaba: Abraham.
    y Hannah apura el olvido: que puedes preservar si la matanza estuvo a cargo de bufones de Clio, de Falstaff buscando redención en la batalla de Shrewbury.
    no llegar a la muerte como los heroes griegos a manos de Aquiles. Agamenon y el resto de los Aqueos.
    un mal de pacotilla, así termina el camino de 30 siglos en busca de un lugar en el mundo.
    seguro que la idea se la dio Martin.
    sorry, los viernes siempre desvarío y a veces adelanto

  • 26. philo  |  28 enero 2016 en 19:50

    que bueno!!! todos conversando. En cualquier momento el profe hace un nuevo grupo…”El seminario de los martes”… yo voy disfrazada de philo, jajaj

    cariños

  • 27. Marcelo Grynberg  |  28 enero 2016 en 21:28

    Gracias Roberto por sus consideraciones. Si el mal es banal, no lo se (en su carta a Arendt, ese es otro punto que Scholem le reprocha). Pero definitivamente hay ocasiones en que la vida de los hombres adopta rasgos de abierta locura. En fin, tratemos de no torturarnos con estos temas, aunque es inevitable pensar en ellos. Saludos.

  • 28. r .nadaud  |  30 enero 2016 en 14:46

    Grynberg: evocas los libros de historia: el Irán de los Persas y Sasánidas, Sardes y Susa, Ciro y Jerjes : el tiempo de Imperios y Batallas, el resto preguntadle a Borges
    Y llegamos al presente con su líder espiritual convocando a un concurso de dibujos graciosos…
    el resto es silencio en las tragedias, pero diríamos que más allá de la banalité están los berretas, menudo destino el de los viejos indoeuropeos cruzando las tierras sin mapas.

    PD la tenemos facil aquí, está carta en Teherán nos llevaría a lapidación, azotes o deguello : gracias B.P.

  • 29. Eduardo Reviriego  |  26 febrero 2016 en 12:35

    No es fácil entender la “tragedia” de los 60/70, pero así opinaba en esos años y su opinión era bastante compartida:
    “El director de La Opinión el diario de la clase media ilustrada y progresista de entonces, Jacobo Timerman, escribió en dicho periódico al comenzar diciembre de 1975 una nota titulada «La guerra de los argentinos» en la que, mediante el recurso retórico de afirmar que los argentinos, como pueblo, no estaban en guerra, no sólo concedía que la situación fuese ya de guerra entre facciones de extrema izquierda y de extrema derecha, sino que a su vez impelía al gobierno a convocar a toda la sociedad a una guerra sin cuartel contra los bandos enfrentados. «A pesar de las pomposas declamaciones de algunos funcionarios», escribió Timerman: el país, la Argentina, no está en guerra, no ejerce la guerra. Las batallas y los bárbaros asesinatos que hoy ensangrentan el territorio y llenan de espanto a sus habitantes, tienen sólo tres participantes: el Ejército, los delincuentes subversivos de izquierda, los delincuentes subversivos de derecha. Si el país no está aún en guerra, es porque no fue convocado. Los argentinos quieren la guerra contra los dos terrorismos, y saben que pueden ganarla. Pero a una guerra se es conducido por las Fuerzas Armadas, después de ser convocado por el Gobierno. Cuando el pueblo –principal interesado en derrotar a los dos extremismos asesinos– sea convocado a la guerra, y conducido en la guerra por su natural conductor –las Fuerzas Armadas–, recién entonces se podrá ganar esa guerra. Si se quiere transformar esta guerra en algo particular o algo partidario, se perderá. Si se la convierte en la guerra de todos los argentinos por la supervivencia de la vida civilizada en la República, se ganará. Del retardo en la convocatoria no es culpable el pueblo. Pero se asombrarán las Fuerzas Armadas cuando comprueben la magnitud de la voluntad civil de combatir por el destino de la Nación, precisamente junto a las Fuerzas Armadas.”
    http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/carassai1.pdf


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