LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 176

22 enero 2016 at 9:44 9 comentarios

Estimo que este tipo de discusión no tiene salida porque el punto de partida es falso, no erróneo, sino que no se dice lo que se piensa y se sabe. Las argumentaciones se escabullen por todas partes. Indudablemente si un filósofo toma posición respecto de un hecho político desde una filosofía de la existencia fundamentada en las sagradas escrituras, y otro filósofo le responde con la construcción de un mito en el que una Madre originaria ha sido reprimida y un padre despótico nos convierte en sujetos alienados, aquello de lo que se habla es una excusa para permitir la circulación de fantasmas de todo tipo.
Una fantasmagoría filosófica autosustentable.
Los dos ponen un velo en aquello que los convoca e interesa. Primero en lo que sucedió en la Argentina en la década del setenta del siglo pasado; y segundo en la convocatoria para reivindicar esos acontecimientos por parte del gobierno de Kirchner treinta años después.
Uno no está de acuerdo con la reinvindicación, el otro sí, y ninguno lo confiesa.
Los dos tienen peros, varios sin embargos, sus adversativos.
Rozitchner dice que está de acuerdo en no matar al enemigo vencido pero no porque sea otro absoluto, no porque merezca la existencia, “sino porque si llegara a truncar su vida, emputezco la mía…”
Por otra parte este freno a la acción letal, se refuerza con otro sentimiento de culpa una vez que desde las marcas maternas se intenta “comprender la caída en la puta abyección por lo que no hicimos…” Y agrega: es difícil ser un sobreviviente, “reconozcamos entonces que fuimos cobardes por estar ahora vivos”.
Ahora sí estamos un poco más cerca del punto en cuestión. Uno de ellos está arrepentido por haber sido cómplice de la muerte violenta en nombre de la revolución; el otro por no haber participado en ella, a pesar del emputecimiento personal.
Pero ¿qué hacer? Si como dice Rozitchner no hay que dudar en tomar las armas cuando nuestro enemigo es Videla, Bush, Hitler…o Menem…!
¿Hitler y Menem juntos y equivalentes?, o, como dijeron en nuestros días: Macri es Hitler. ¿Qué tipo de analista político, o de ser humano, es quien dice algo así? ¿Todo es lo mismo?
¿Tomar las armas y matar en nombre de la lucha contra el menemismo votado varias veces por la mayoría del añorado `pueblo´?
Y sí, parece que sí, toda la maternidad amorosa – que en la liturgia de Rozitchner se suma a su veneración por las Madres de Plaza de Mayo para combinar así mito e historia – se resuelve de este modo: todo aquello que no está de acuerdo a mi visión de las cosas debe ser eliminado. Todo matiz es un simulacro. Los detalles embarran la cancha. Hay que ir derecho al carozo y extirparlo. No hay otra ideología que ésa, y no sabemos qué nombre tiene. La palabra fundamentalismo le es escasa, ni hablar de autoritarismo y otras confituras verbales.
Del Barco no se amilanó ante este tipo de respuestas, ni ante otras que se acumulaban incentivadas por la misma serie que las precedía. Respondía a cada uno de sus replicantes, a su vez estimulado por la supuesta jerarquía de las devoluciones. Una cosa es que nos digan que somos un viejo en retirada o alguna que otra infamia, y otra que nos respondan con Lacan, Marx, Rosenzweig, Walter Benjamin, Schelling, y Peter Alexeyevich Kropotkin.
Había que estar a la altura del fundamento teórico cuando del “no matarás se trata”.
En una recopilación que Rafael Castellano hizo de las respuestas de del Barco y que puede encontrarse en la web, el filósofo dice que el recordatorio del mandamiento es un principio imposible de aplicar pero que hay que asumirlo como posible.
Es un pensamiento raro, más que una evocación del horizonte regulativo kantiano es un juego a las escondidas con uno mismo. Es un placer habitual de los filósofos estar en la guarida para que no se griten a sí mismos el `piedra libre´,.
Sucede cuando el filósofo se pone en el lugar del otro, no en el sentido humanista basado en el diálogo y la comprensión, sino en la tontería ajena. El otro es ingenuo, no sabe, me necesita a mí que soy sabio, y me pongo en su lugar y le hago decir como a un chirolita al paso: no matarás (aunque sepa que de nada sirve porque no es aplicable, pero es sano). Se lo hacemos decir “por su bien”.
Del Barco lo remite a la idea de empírico-trascedental que en un memorable texto Foucault bautizó como el Doble. Ser dos, la buena dualidad que me permite ejercer un mandato ético a pesar de todo.
Pero del Barco extrema sus palabras. Con el objetivo de demonizar al prójimo y señalar que todos tenemos no sólo la chispa divina sino la diabólica también, dice para ilustrar que si hay maldad, ella es constituva de todos los hombres: “Hitler es como usted o como yo”, afirma. Apuesta arriesgada de difícil demostración, ya que por más banalidad del mal que se difunda, no es seguro que cualquier pasante tenga la mente apta para planificar la ingeniería genocida.
Pero no se lo ha comprendido. “Mi carta, como diría Bataille, es un grito y no un saber, y ustedes la han reducido a los procedimientos de la cabeza (…) la han tratado como carta teórica”. El problema es que es difícil medir el dolor de alguien que juzga. Porque del Barco ha emitido un juicio sobre un acontecimiento político ocurrido en la Argentina, y ha hecho de él un problema filosófico, otro ético, uno más de índole religiosa, o lisa y llanamente existencial. Para ser un grito, ha sido bastante elaborado por…la cabeza.
Caín somos todos, agrega, y cita a Primo Levi, quien su “Es esto un hombre” ha escrito un testimonio inmortal por su sobriedad y distancia, lejos de ser un grito, fue una constatación de sobreviviente. El grito, de haberlo dado, lo debe haber lanzado solo, sin que nadie lo escuchara, cuando se suicidó.
Pero del Barco pide una escucha distinta, no del orden del decir sino del desorden de la poesía, el de la mística o del amor.
Cada vez más este intercambio sobre cuestiones aparentemente políticas, deja de serlo para ser limítrofe con la condición humana, y tras otro empujoncito desborda este umbral y merodea por lo divino, pasamos de la guerra interna al Cantar de los Cantares.
Nos pide “despensar”, otra tarea que no es fácil, porque por ahora en Occidente para despensar hay que pensar, si no fuera así, nada explicaría que la propuesta de uno de los filósofos más importates del siglo XX: Edmund Husserl, que invitó a poner entre paréntesis todo lo que sabemos y llegar así a la mirada primigenia sobre las cosas, escribiera decenas de tomos sin que su obra pudiera concluir ni su mirada transparentarse. Siguen los póstumos exhumados en la “husserliana”.
Llegar a la ignorancia a partir de la lectura de una biblioteca infinita no es una mala descripción de la historia de la filosofía. Durante dos milenios y medio no se ha hecho otra cosa que reflexionar sobre el “sólo sé que nada sé” de Sócrates.
Del Barco pide una política de la debilidad y de la beatitud. Cita a Norberto Bobbio, que dice que el más alto tipo humano es el manso. Rara palabra “manso”. No parece pertinente su aplicación a un ser humano, es más bien para animales no sapiens, un caballo es manso o brioso, un hombre no es brioso, es agresivo o tranquilo. Y Bobbio no es manso, su maravilloso libro “De senectute”, seguramente leído por del Barco, es una lección de finitud: “Dicen que la sabiduría consiste para un viejo, en aceptar resignadamente sus límites. Más para aceptarlos es preciso conocerlos. Para conocerlos, es preciso tratar de explicárselos. No me he vuelto sabio. Los límites los conozco bien, pero no los acepto. Los admito únicamente porque no tengo otro remedio”. (De senectute, 67).
Del Barco rechaza la crítica de quienes dicen que se saltea la política. Reafirma que no sólo no ha renunciado a la política, sino que “estoy en el tuétano de la política, en la poesía, en la pintura, la justicia, la música, el éxtasis, la mansedumbre, el pensar filosófico, la piedad…”
Quiere esperar “sin esperar”, morar por el desierto silencioso del “hay”. Posibilitar el no mal. Dice que somos una oscilación entre la violencia y la mansedumbre. El no mal afirma la posibilidad del no deseo, del no poder…
Propone una política de la debilidad y de la beatitud. Nos da una imagen hermosa, francamente hermosa, cuando dice que el último sermón del Buda fue levantar una flor.
No intento burlarme de del Barco, pero no puedo evitar sonreirme ante su esfuerzo por justificarse. El enorme trabajo filosófico que se toma para dar cuenta de sus ideas, si bien, es cierto, que la muerte, o la matanza, de seres humanos, no es una cuestión superficial, no por eso debe ahogarnos en profundidades oscuras como ésa que declara que “la culpa no es únicamente un sentimiento poderoso sino ante todo el ser que va hacia la nada y se siente culpable de su nacer, de haber abandonado el no-ser. El hombre se siente culpable como ser-de-la-nada, como destinado a morir o ya muerto en su primer muerte…”
A mí no me pasó, no me siento culpable por haber nacido, es lo único que me falta por ser judío, culpable por una noche de amor de mis padres.
Dice Bobbio: “Contra el miedo actúa el `taedium vitae´, que hace de la muerte una meta no temible sino deseable. A la esperanza, que puede socorrer al sufriente en situaciones que parecen desesperadas, a la esperanza de sanar o de estar en camino hacia una nueva vida, se opone el `cupio dissolvi´, o sea el desmoronamiento, de no ser. `Taedium vitae´ y `cupio dissolvi´ no tienen que ver, a su vez, con el `contemptus mundi´ de los místicos, para quienes la vida es igual de miserable pero la miseria no es fruto de un Dios indiferente o malvado, sino de una culpa y el desprecio del mundo, es `el trámite para ascender a Dios´”.
No sólo Bobbio, nosotros también nos estamos volviendo viejos, años más, años menos, hacemos lo que podemos, como dice el pensador italiano, y no podemos tanto. Simpatizo con del Barco porque hizo lo que quería hacer, y su acción es sana, lúcida, a la vez que frágil. No la fortalece la armadura sapiencial ni la poética, al menos desde mi punto de vista, singular.
A cada cual su temperamento y sus añoranzas. Trato de tener las menos posibles. Quiero que mi juventud sea la de mañana no la de anteayer. Si hablamos de imposibles, a cada uno el suyo.
Culpa, arrepentimiento, mansedumbre, etc, todo eso para llegar a decir, como efectivamente lo hace del Barco al afirmar: “Lo que Rozitchner no puede comprender es que nosotros (y buena parte de la izquierda) nos equivocamos en nuestros planteamientos políticos (…), un error de apreciación política (desgraciado y dramático), fundado en un desconocimiento de la realidad socioeconómica de nuestro país y en una concepción ideológica equivocada (ante todo leninista y guevarista) de la política. Nuestros errores fueron producto de nuestra propia ideologización e ignorancia”.
Dicho y hecho. No hacía tanta falta poner sobre la mesa a la madre originaria ni al bebé culpable por haber nacido, bastaba con el reconocimiento de un error, grave, y de una ideología revolucionaria y letal.

¿Estamos acaso fuera de tema, nosotros que queremos seguir el curso de la vida filosófica de un filósofo ejemplar como Sartre, y que estamos enfrascados en reflotar batallas culturales vernáculas? ¿O hemos olvidado que la curva sartreana toma un recodo abrupto en el momento en que relaciona el ideal de fraternidad universal con el terror?
La guerra de religiones que desangró a Europa se resolvió con la construcción del estado. El Leviatán. ¿Con qué sistema político alternativo resolveremos las guerras civiles que desangraron nuestras sociedades en nombre de la revolución socialista?

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LA ENSEÑÁNZA DE LA FILOSOFÍA 175 LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 177

9 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  22 enero 2016 en 10:06

    Imagino que Kropotkin hubiera suscrito y estado en completo acuerdo con la carta de del Barco.

  • 2. r .nadaud  |  22 enero 2016 en 13:01

    supongo que cuando Rozincher habla de tomar las armas tiene en aspiración a Sylvester Stallone o Bruce Willys: duro de matar, un profe miope tratando torpe de cargar la kalashnikov, fusilando revisionistas, asesinando colimbas, tibios y arrepentidos.
    si prospera su proyecto Koba va a quedar a la altura de un georgiano.

  • 3. Gustavo  |  22 enero 2016 en 20:02

    Para mi el hecho de tomar las armas atenta contra la Democracia. Al menos que haya un gobierno de facto ahi si se justifica. Pero si no no. Lo ideal es pensar bien antes de votar. Y que haya un poder judicial que se encargue de poner control a los gobiernos que pretendan llevarse todos por delante, encarcele de una vez por todas a los que estan acusados de corrupcion. Si no se repite siempre la misma historia. Con cada gobierno se cambian las reglas de juego. Y cada mandatario si es fuerte se lleva todo por delante. Porque una cosa es protestar. Otra tomar las armas. No se puede detener simplemente a una persona por protestar. Ni este gobierno ni cuando el anterior reprimia a los trabajadores de Lear, los que protestaban contra las mineras a cielo abierto, a los qom. Lo ideal seria que se escuchen todas las voces. Y que exista un organismo que defienda a las minorias para que Gobiernos o empresarios amigos del poder no arrasen con todo

  • 4. Sergio R.  |  22 enero 2016 en 20:20

    Vegano, vegetariano, orgánico, leer el aura, carta astral, cuarto camino, budismo zen, yoga, flores de Bach, homeopatía, reiki… hay un revival del hipismo, hay una vuelta a cierta vieja sabiduría la cual supuestamente el industrialismo y la sociedad de consumo tapó. La esposa de Saramago desconfaba de todo eso, decía que después de tantos años que la humanodad sufrió la falta de los medicamentos que hay ahora, no iba a renegar de ellos, los usaba lo mas posible para estar mejor y sentirse mejor. Hay un reflujo naturalista y espiritualista solo apto para la clase media y alta, para mi es una reacción a la impersonalidad que tiene la dinamica capitalista moderna que nos hace sentir tan solos, estas alternativas son un abrazo emocional. Por cierto nada desdeñable y muy necesario. Tal vez del Barco intente justificar sus acciones remitiendo a esa necesidad.

  • 5. philo  |  23 enero 2016 en 21:14

    “No hay sino dos clases de problemas en política: los que se resuelven solos y los que no tienen solución”.
    RAMON BARROS LUCO

  • 6. marlaw  |  24 enero 2016 en 1:24

    Hobbes, no estaba solo, cerca del él se encontraba John Locke. Creo que existe una suerte de “clima de época” que propicia el florecimiento de las idéas. Que existe una razón que hace que estas se precipiten, en el sentído químico de esta palabra. En cuanto a León Rozitchner, debo confesar que poco y nada sabía de él. La primera vez que leí su nombre fue a raíz de una declaración que hizo desde Méjico en nombre de la izquierda asilada en ese país, con motivo de la Guerra de Malvinas. Como se viene tratando de él en este foro. traté de saber algo mas, recurriendo a Wikipedia. Me resultó un dato interesante, que se haya graduado en Francia, que haya sido alumno de Maurice Merleau Ponty, y que haya regresado a nuestro país para difundir lo que aprendió.Quizás porque lo leí siendo aún joven a Herbert Macuse en Eros y Civilización y la relación dialéctica entre “Eros” ( leído como instinto de vida) y Tanatos (como instinto de muerte), me resultan familiares las idéas de del Barco.

  • 7. rodolfo lópez  |  24 enero 2016 en 15:14

    Después de un paseo por la filosofía universal de todos los tiempos, volvemos parece al pago, y justo en tiempo de festivales folclóricos. Esto me permite agregar a la generosa -noble- sabiduría de Tomás.

    Fui varias veces a Cosquín, y lo disfruté siempre, en la plaza Mayor o en las peñas desbordantes, de entusiasmo, de chacareras de zambas, de vino y fernet.
    Para mí lo máximo en folclore es el “Chango” Rodríguez, su decir inigualable; seguido de J. Cafrune. Pero una chacarera bien cantada me alegra el corazón seguro más allá de quién sea el interprete.
    Escribo ahora, después de matear con facturas de grasa, mientras escucho “zambita pa´don Rosendo” en la voz viril -aun lánguida- de Don J. Cafrune; y pienso que él debió ampliar su repertorio a la chacarera divertida y no solemne.

    A fines de los setenta iba yo a Córdoba seguido, era viajante de comercio entonces. Debía aquella vez visitar un cliente en Jesús María; y se me ocurrió sumar a la excursión a mi viejo, pues él se había criado en un campo cerca. Se vino papá nomás, de la terminal al hotel; desayunamos juntos y tomamos el micro.
    Pueblo pequeño, Jesús María parecía dejarse conocer sólo por darle dos o tres vueltas, desde la ruta a la otra punta. No era así.
    El cliente era lo de menos, seguiría yo los recuerdos de mi viejo.

    Muchas veces lo había escuchado decir sobre un verano lindo pasado con un tío y su mujer en “la casa azul de la toma”.
    Después de almorzar, milagrosamente papá encontró la célebre casita azul, pintada todavía de igual color (!) -la de mis recuerdos infantiles en su voz-; la bordeó en silencio, respetuoso, y después, más animado, me invitó a que lo acompañara a encontrar la toma misma (La Toma). La costa que se extendía sobre el pequeño arroyo -que se convertiría en impetuoso río con las venidas de las lluvias- estaba cubierta de hojas y de ramas. Mi viejo orientado sabía lo que buscaba, yo no. En un momento papá me llamó en voz baja, y ya conmigo al lado despejó un sector pequeño de suelo de hojas y de yuyos. Ante nuestra vista quedó allí expuesta una cañeria oxidada que bajaba al río; y que estaba cruzaba por una llave que podía cerrarla, también oxidada: La Toma.
    Seguimos en silencio recorriendo el pueblo, papá parecía contento.
    Dimos varias vueltas y cruzamos la ruta frente de una Shell. En una calle de tierra que se perdía subiendo un cerro papá se detuvo frente a una humilde casa.
    Supe que era la herencia de su mamá, casita comprada por ella ya desde Bs. As. con ahorros sufridos.
    Pregunté -insensato- de quién era la casa ahora, si conocía a la gente que la habitaba (los que nos miraban recelosos). Papá me indicó silencio. Eso no le interesaba. Sólo quería verla y reconocerla en reverencia.
    Seguimos paseando, el sol se ocultaba.
    Y casi en el centro, en una calle arbolada con casas centenarias, calle residencial por excelencia del pueblo -lugar por donde yo creía habíamos pasado antes-, papá aminoró su marcha y examinó despacio el frente de aquellas casas hermosas. Seguro y serio tocó el timbre de una.
    Salieron al cabo dos señoras mayores -casi ancianas- a la puerta.
    Ambas señoras miraban a mi viejo, y él las miraba también a ellas.
    Pasó un rato antes de que una de las damas, la mayor, tendiera su mano a mi viejo en gesto franco de saludo, afectuosa, y le sonriera; la otra señora hizo lo mismo, ambas entonces nos invitaron a pasar.
    En un distinguido living, frente a una mesa de cedro lustrado de tres metros de largo, sala adornada con armarios y vitrinas de gran calidad, con buen gusto, sin que nadie allí dijese nada, reconstruí en segundos la historia: Papá, criado en el campo en ambiente de peones rurales, había sin embargo estudiado cuatro años de primaria en Jesús María, ¿donde podía haber sido eso?. Allí mismo, en esa casa, bajo la protección de esas mismas señoras generosas, damas solteras y sin hijos, que lo habían visto crecer y por eso lo reconocían ahora -tantos años después- sin necesidad de formal presentación ni de palabras. En revuelo de emociones de infancia, que papá no pudo contener, sin palabras, estalló en.profundo llanto mi viejo. Llanto que, además, era agradecimiento.

    Comprendí que mi presencia en el lugar estaba demás, esa historia no era mía, era de papá y de nuestras anfitrionas, que amables le daban ahora de beber agua en un vaso y trataban de reconfortarlo, mientras asombradas a se miraban mutuamente emocionadas, y me dedicaban a mí una sonrisa lejana.

    El dicho dice: “no vuelvas al pago”, perdón papá.
    Yo iré todavía, si Dios quiere, a varios festivales, pero no asistiré al de Jesús María, por más que digan que es el más lindo.

    Gracias Tomás.

  • 8. marlaw  |  25 enero 2016 en 23:06

    ” Donde iremos a parar si se apaga Balderrama”

  • 9. r .nadaud  |  27 enero 2016 en 19:59

    fueron en cana por narcos.


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