LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 173

16 enero 2016 at 18:35 1 comentario

Por ahora nos detenemos en estos tiempos en que el Proceso de Reorganización Nacional gobierna la Argentina, momentos en que su plazo en el que ejerce el poder es ilimitado, y en el que un grupo de intelectuales de izquierda en el exilio extrae las conclusiones de lo sucedido en su país.
Uno levanta el estandarte del Ché y con él llama a una resistencia. El otro denuncia el error político y el sectarismo de las corrientes clasistas, a las que suma la acción nefasta de las organizaciones guerrilleras. Y por último, hay un diagnóstico de delirium tremens de parte de una sociedad que en nombre de la revolución pretende conquistar el poder sin antes haber extirpado el padre despótico que gobierna nuestro inconsciente.
La pregunta que hacemos insiste nuevamente: ¿qué puede entender un lector francés que no conoce la Argentina, a partir de estas reflexiones? ¿Tendrá una idea más cabal de lo que es el populismo? ¿Un perfil más acorde de quién es Perón? ¿De por qué se organizó la lucha armada en la Argentina? ¿La causa por la que ninguno de los intelectuales citados menciona la presencia del imperialismo norteamericano en la Argentina? ¿Acaso el Río de la Plata está lejos del Caribe?, pregunta esta última no tan extemporánea luego que tras un encuentro casual en una estación de tren parisina un pasajero me preguntara si Buenos Aires quedaba cerca de Zaragoza.
Este francés imaginario a quien no le resulta fácil entender el “entre” del encabezamiento del número de la revista que situa a nuestro país entre el militarismo y el populismo, de haber vuelto a interesarse por nuestra historia un cuarto de siglo después, estaría asombrado ante la férrea estabilidad de nuestras preocupaciones.
Los argentinos no hemos cambiado de tema. La guerra fría terminó hace décadas pero nuestro maniqueísmo insiste y persiste. El ideal revolucionario ha perdido tanto a sus modelos como a la concepción del mundo que lo nutría. La ideología universalista y las utopías correspondientes se vieron demolidas por acontecimientos históricos que conmovieron al mundo. La URSS desapareció del mapa junto a los estados socialistas. China es una potencia capitalista. El comunismo no es reinvindicado por nadie salvo por un par de partidos comunistas que aprovechan el aislamiento cultural en países como el Uruguay.
El ideal revolucionario se ha vaciado de contenido al perder el sueño de una nueva sociedad en la que prime la justicia y la abolición de las clases. Ya nadie puede imaginar lo que es una sociedad sin clases salvo la de un paraíso de ángeles desnudos rodeados de las delicias terrestres. Sin embargo, la igualdad material entre los hombres es una consigna vigente entre lo que se llama la izquierda, y a la igualdad de oportunidades del viejo liberalismo se le agrega la igualdad de resultados impuesta desde una autoridad que es un gran hermano sin rostro.
Nadie quiere una sociedad a la Orwell, ni una planificación que culmina en un estado policial. Sin embargo, la necesidad de un estado omnipresente es un canto coral. Se dice que lo estatal es lo mismo que lo público y lo público es de todos, y lo que es de todos es democrático. Esto en palabras, pero en los hechos no se consigue plasmarlo si no es en una burocracia clientelar, corporativa, ineficiente y corrupta.
Nuestro mundo globalizado ha debilitado a los estados nacionales y a sus estructuras políticas tradicionales, desde los parlamentos a los partidos políticos. No hay monopolio nuclear. La biología ha sustituído a la física como disciplina generadora de armas letales. La volatilidad, la entrada y salida de capitales, la inmediatez de la información, la instantaneidad de las transacciones, la inmensidad de los números que pretenden describir el peso del capitalismo financiero en la riqueza mundial, las fusiones corporativas que borran identidades y propiedades, y las mil caras de un sistema que combina modos de producción e instituciones políticas que de ser antagónicas llegan a ser funcionales como en la China, o que de ser funcionales pasan a ser antagónicas como la coexistencia entre una democracia parlamentaria y una prensa independiente y el capitalismo global, como en Europa, este mundo nuevo no ha podido ser pensado con nuevas ideas, y se lo jibariza con las viejas, hasta hacerlo familiar, doméstico, bien nuestro, el de siempre. Viva Perón. Viva el Ché. Que vivan los vivas de hace medio siglo, aunque se muera todo.
Nuestro mundo no es el de Sartre. Pero hablamos como se hablaba en ese entonces. Discutimos lo mismo y del mismo modo. Con la desventaja de que el filósofo francés tiene una obra, y que su parábola es tan magnánima e ilustrativa como la de Sócrates.
En este ensayo quisiera escribir nuevamente el “Fedón”, pero ahora, quien hace el discurso de Sócrates frente a sus discípulos, es Sartre. Ése es mi sueño, poner por escrito la decepción de Sócrates ante el camino seguido por la democracia ateniense, en una vida paralela, como en la obra de Plutarco, con la decepción de Sartre del ideal revolucionario.
Fedón es Benny Lévy. Sócrates de acuerdo a Platón es el último de los sabios. Pero Sartre no es un sabio. El ateniense tenía una visión del viaje del alma después de la muerte. Un pasaje a la inmortalidad. Sartre no tiene compensaciones para su decepción. Es ateo. Se deja guiar por su discípulo como un maestro sin doctrina. La filosofía insuperable de nuestra época, el marxismo, ha sido superada por otra época. Cronos se tragó a Marx, aunque no termina de digerirlo. En realidad, el filósofo alemán auguró el comunismo a una sociedad en la que los bienes terrenales sobraban. Como en el estado natural de los filósofos clásicos. Cuando la escasez se convierte en abundancia. Pero se tragó también a los marxistas y a los estados que se diagramaron en su nombre.
Pero no pudo hacerlo en nuestro país. El fantasma que acecha el mundo cambia de sábana, pero no deja de habitar nuestras pampas. Se puede llamar boliviarianismo, antiimperialismo, colonialismo, u otros nombres del siglo XX o de la guerra fría.
El problema es que el Diablo viste a la moda, “the devil wears Prada”. No es que haya dejado de existir ni que sea una ilusión, cambió sus alhajas.
Nosotros aún creemos que viene con cuernos y que la codicia a Margarita.
Sartre sin marxismo está desnudo, además de ciego. Benny es su báculo. Lo guia por los senderos que él mismo ha descubierto: la Torah, el Antiguo Testamento.Y le propone repensar la política, pero no lo hace para fundamentar una nueva política en lugar de la vieja. Sino para interrogar un nuevo camino de espiritualidad, pastoral. No imaginemos a dos anacoretas que han resuelto meterse en una cueva a llevar una vida de pan y agua a la espera de las carrozas de fuego.
Uno es un maoísta desarmado, el otro un filósofo que apoyó todos los movimientos armados en los cuatro continentes. Su espiritualidad no es la de una religión cuyo Dios enuncia mandamientos o que pregona el amor.
No hay amor en el diálogo entre Benny y Sartre, nunca dejan de ser intelectuales duros, intransigentes en las lides argumentativas, polémicos. El filósofo con la ayuda de su discípulo vuelve a sus obras y las revisa. No está satisfecho. Las critica. Pero no vuelve más atrás. Su punto de partida no va a esos lugares míticos que habitaba Heidegger, a las soledades griegas en las que una palabra olvidada se vuelve a escuchar.
Sartre parte de la conciencia y de la historia, de la fenomenología y del marxismo, y la insuficiencia que encuentra en ambos no por eso los hace olvidar. Conforman la estructura de su mente.
Al querer entender la idea de mesianismo, no lo hace a la manera del judaísmo ortodoxo, que reinvindica una palabra divina. La llegada del Mesías es para Sartre un promesa humana, una tarea humana, un deber aquí y ahora. Pero esa promesa carece de nombre, no tiene rostro ni tierra, y menos un pueblo elegido. Es lo que lo diferencia de Lévy hasta el día de su muerte.
Sartre vuelve a circunscribir su ideal del reconocimiento del hombre por el hombre a la paz entre israelíes y palestinos. De lo universal del humanismo, a una situación particular que siente un peldaño a una posterior reconciliación planetaria.
Pero ahora volvamos a casa, al momento en que el tema de la revolución y de la violencia, es discutido por un grupo de intelectuales argentinos en el exilio, en momentos en que el Proceso de Reoorganización Nacional aún es todo poderoso. Era en el año 1981.

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1 comentario

  • 1. philo  |  17 enero 2016 en 9:12

    “Cronos se tragó a Marx” pero no lo terminó de digerir, lo sigue regurgitando.


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