LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 168

5 enero 2016 at 16:11 4 comentarios

¿Quién puede afirmar que ese “Hombre” del que habla Sartre, es un existente, un ser real?

Foucault con “La muerte del hombre” en un capítulo de “Las palabras y las cosas”, y Althusser que en “Pour Marx (La revolución teórica de Marx)”, reconstruyó los implícitos del humanismo “real”, sabían que el eslabón débil de la bisagra entre la fenomenología y el marxismo cuyo jefe teórico era Sartre, se llamaba “hombre”.

El reconocimiento del hombre por el hombre, es un deseo que abarca todos los deseos imaginables por las grandes concepciones del mundo: desde el cristianismo…al cristianismo. Sartre reconocerá con su sentido del humor del que no se salva ni él mismo, que hay un fondo cristiano en su visión de la historia.

Esta humanidad de la que habla Sartre, y que se define por el reconocimiento de todos por todos, se vuelve más concreta en sus análisis de los procesos revolucionarios. Decir humanidad no es más que una constatación biológica, para que tenga consecuencias, deberá por un lado dinamizarse, y por el otro, fragmentarse.

No hay humanidad posible en el mundo de la ética, no hay humanismo concebible, sin una idea de lucha. El grupo en fusión es el contingente de hombres que toma por asalto una fortaleza en la que el poder se refugia. Es la multitud de los sin poder representado por la toma de la Bastilla.

Es el momento excelso, apocalíptico, en el que los hombres ofrendan su singularidad al grupo sin por eso alienarse. Por el contrario, es una entrega emancipatoria. A la manera del contrato de Rousseau, pero con una diferencia, esta vez no se trata de una entrega de la libertad de cada uno de los individuos, y la conquista de la libertad universal por un canje igualitario, sino de un ataque a un enemigo que hace iguales a sus miembros.

Es la agresión la que une; es la violencia la que despierta el ánsia de libertad. No es un gesto de generosidad transitiva sino un acto prerreflexivo que transforma sus portadores mientras se lleva a cabo.

Dice Aron que el grupo comienza a existir en el instante en que descubre a un enemigo. Y agrega: “la teoría del grupo aporta un fundamento a una filosofía de la violencia”.

Frente al grupo se levanta como un muro de cemento lo que Sartre llama `práctico inerte´, cuyo efecto en la constitución de lo colectivo es la serie.

De la fusión a la serie se recorre el mismo trayecto que de la movilización a la institución. Aron dice que lo que Sartre desdeña es la configuración de la sociedad moderna, una de cuyas carácterísticas es la masificación.

La serie se ejemplifica con la fila que espera la llegada de un ómnibus. Hay gente agrupada pero sin relación entre sí. Esta vez  no son las conciencias ensimismadas en su soledad tal como se presentan en el diseño anárquico de la fenomenología sartriana, sino una colección de individuos agrupados por la necesidad común de satisfacerse o de sortear un obstáculo, el ir a trabajar y desplazarse, pero sin que este hecho cotidiano y repetido, provoque acontecimiento grupal alguno.

Lo práctico inerte es un fenómeno de fosilización que deriva de la organización, del orden social, y de la creación de instituciones. Incluso para Sartre es un fenómeno inevitable. Ejerce sobre los individuos una violencia pasiva, que se puede aceptar como un fenómeno natural.

Para romper este encantamiento que inmoviliza a los individuos, es necesaria la acción. Pero la única que puede tener poder es la que se constituye de modo colectivo e instala entre sus componentes una relación de hermandad. La fraternidad. La relación fraterna no se basa en uin contrato sino en un juramento, es una promesa de lealtad.

Todo aquel que viole el pacto será enjuiciado por ser traidor a la causa. Es el paso que Sartre llama el momento del  “terror”, y que también considera inevitable.

El juramento prolonga la espontaneidad de la explosión del grupo en fusión, lo que denomina `el momento perfecto del apocalipsis revolucionario´, e intensifica la libre rebelión en el tiempo.

Dice Sartre que el grupo se garantiza a sí mismo como fuerza activa por la coerción y el terror. No se trata de cinismo, sino de un maquiavelismo ajustado al tiempo de las masas revolucionarias. No estamos en el siglo XV en el que el consejero del Príncipe recomienda la formación de milicias populares para contrarrestar el poder de los `condottieri´, porque, en principio, no hay Príncipe en el siglo XX, salvo que así llamemos al Partido y no sólo a la Bastilla, como emblema de poder. Este último un poder opresor para defender un antiguo régimen, el primero el ungido para ordenar lo obtenido por el pueblo.

La necesidad de orden es inevitable. Por lo que la constitución de series también parece  serlo. La justificación de la serialidad es que el grupo en fusión no puede evitar dispersarse si sólo perdurara por las explosiones de su motor a combustión. Apenas se queda sin combustible, corre el riesgo de apagarse. De ahí que al Partido lo defina como un ancla. Con el agregado, dice Sartre, de que se organice sobre el recuerdo de las luchas populares, una praxis estatal o una totalización serial. Ya no será una serie de elementos sin conexión, sino una serie integrada a un sistema cerrado sobre sí mismo. Nos dice, además, que este fenómeno de totalización produce un efecto fascinante.

No es más que lo que Hannah Arendt llamaba burocracia totalitaria. A lo que se le suma el culto a la personalidad.

Sartre intenta comprender el pasaje de las masas revolucionarias en el asalto al Palacio de Invierno en relación con el fenómeno stalinista. Dice Aron: “La `Crítica´ tiene como objetivo, entre otros, fundar filosóficamente el papel del Partido en relación a la clase. Esta relación se transforma en la relación del Ser con la Praxis” (pag 82).

La totalización de la que habla Sartre es un híbrido que ni es puro aparato ni pura combatividad. No cree que el stalinismo y los fenómenos de burocratización sean buenos, pero en un mundo bipolar, el maniqueísmo oficia de religión oficial. Por eso nos da a elegir; “¿Terror u Opresión? Y el guante que recoge Aron en nombre nuestro es: ¿por qué preferiría la violencia de la fraternidad-terror que acabará en el culto de la personalidad, a la violencia opresiva y difusa de la democracia burguesa?

Sartre da varias respuestas. La verdad de los hombres se encuentra del lado de la víctima; la mirada de los desdichados nos hace tomar conciencia de nuestros privilegios y nos revela la intolerable injusticia que nos da el poseerlos.

La revolución es una redención, aún cuando su germinación luego de dar sus frutos fraternos culmine en el terror, y luego en un culto a un déspota liberador. Raymond Aron define a la obra de Sartre como una novela filosófica, una odisea de la conciencia alienada en lo práctico inerte, luego se libera de la servidumbre y deviene revolución que no sobrevive sino por la organización que la congela y suprime. La revolución es traicionada en el mismo momento de su triunfo.

Si esto es así, tal como lo afirma Aron, a la idea de redención revolucionaria, le sigue el martirologio. El grupo en fusión alcanza su meta por su aspecto de avalancha, de acto desesperado motivado por la necesidad y la humillación, y debe hacer perdurar su estado de indignación, es decir, conservar a su enemigo, no derrotarlo ni permitir que se rinda, para mantener la mística de combate.

Lo hará desde el llano por la resistencia o desde el poder por medio de la denuncia de estar cercado por una permanente conspiración. No hay paz ni tregua posible, no hay hermandad sino en el combate. Como si Sartre presentara el monumento del templario comunista, el cruzado de la fraternidad.

Dice Aron: “Sartre me parece ser el primer filósofo que en Occidente haya admirado sin reserva la multitud revolucionaria” (pag 117). Después de citar  estas frases laudatorias de los grupos de combate como arquetipo moral, su ex amigo y devoto lector no ahorra verter algunos comentarios tajantes.

Aron dice que la serialidad al analogarse con la reificación, con la pasividad, con la alteridad, con la impotencia, no es más que otro modo arcaizante de criticar a la modernidad en nombre de un sentimiento nostálgico hacia comunidades estrechas y cálidas.

Es lo que necesita Sartre para compensar su idea religiosa de un hombre abandonado por los dioses, relegado a no ser más que una pasión inútil. Lo que lo hace miembro de una cofradía bastante mediocre, que Aron bautiza como la asociada a la biblioteca rosa del populismo revisado por el marxismo existencialista.

Este humanismo de la violencia es el relato que autoriza a Sartre a manifestar su interés por dos tipos de desclasados: los obreros y los judíos. Esta ironía aroniana apunta a la necesidad que tienen los intelectuales de buscar una causa que legitime su quehacer solitario y autocomplaciente.

Podríamos armar una mesa de pokér en el casino de Montecarlo con estos dos naipes sartreanos y otros dos, los locos y los presos, del naipe foucaultiano, para que Aron complete su muestrario de buenos valores en subasta.

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4 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  5 enero 2016 en 22:32

    En relacion a: “La necesidad de orden es inevitable. ” Seria ello una consecuencia de la progresiva “racionalizacion” (o funcionalizacion) de la vida ? (Max Weber). Se reduciria entonces la nocion de “verdad” a su funcionalidad ?

  • 2. marlaw  |  6 enero 2016 en 5:31

    Salvo para los anarquistas, que propician el desorden generalizado,
    pero valiendose para ello del órden existente, este es tan necesario en una economía capitalista, como en una socialiasta.Al fín de cuentas uno debe conocer de antemano quién tiene la prioridad de paso en las bocacalles, para no andar chocando en cada esquina. ¡ No habría sueldo que aguante, sí así fuera! y además no se llegaría nunca a ningún lugar.

  • 3. Marcelo Grynberg  |  7 enero 2016 en 13:10

    Marlaw: Acepto de buen grado su tomada de pelo (aunque me queda poco). El humor es necesario. Pero aludia a un orden que ya individualmente ningun hombre puede entender. Me refiero a la totalidad de los saberes especializados (burocraticos ?) que dieron y siguen dando forma al “curso del mundo” o a la administracion del mimso. Una totatlidad incomprensible (pero necesaria ?) que se nos aparece como una segunda naturaleza. En fin, tratemos de ser felices dentro de las condiciones dadas a la existencia 🙂
    Saludos

  • 4. r .nadaud  |  8 enero 2016 en 15:23

    después de siglos, desde la zarza ardiente a las torres gemelas (serían dos tablas, leyes del Kapital) estamos llegando: quién quiere golpear las puertas del Castillo?


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