LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 164

23 diciembre 2015 at 15:04 4 comentarios

En la década del sesenta, el libro de Aron “Les étapes de la pensée sociologique” era un texto obligatorio de la materia Introducción a la Sociología en la Sorbona. Debíamos estudiar un manual en el que las mencionadas etapas transitaban por Montesquieu, Tocqueville, Marx y Max Weber. También desfilaban otros prohombres que recuerdo menos como Comte o Durkheim, y el colmo llamado Pareto. El estilo escolar del texto resultaba insoportable para un joven estudiante, más aún si quería prepararse para la revolución.

Por supuesto que estaba Marx, un filósofo cuya importancia reconocía Aron, que trataba como una reliquia y un antecedente de valor para quien estaba interesado en los primeros fundamentos de las ciencias sociales. Alguien imprescindible para el estudio de la disciplina. Pero para nosotros, los estudiantes, Marx era el futuro, además del presente, y lo que era pretérito, casi anacrónico, era Raymond Aron, un hombre de derecha, conservador, un liberal a la usanza de la tercera república francesa – y que en mi caso lo asociaba con los escritos periodísticos de Mariano Grondona, es decir alguien que usaba prosa aristotélica, por su claridad y precisión, para justificar actos abominables  – , que, además, apoyaba las acciones del imperialismo norteamericano en Vietnam y Latinoamérica.

¿Por qué debíamos estudiar a semejante fósil y a este ideólogo aparentemente insípido que a la vez que se inclinaba ante la prudencia de Montesquieu, la lucidez de Tocqueville, la ecuanimidad de Weber, nos ofrecía un Marx inactual, casi objeto de compasión?

Además, algo había en la prosa de Aron que lo volvía particularmente irritante. Una sobriedad y una tranquilidad de espíritu, una falta de ardor polémico, una ausencia de ironía salvo una dosis de sarcasmo mínimo que se evidenciaba como una sonrisa ante ciertas ingenuidades a las que eran proclives espíritus apasionados.

Hablo de un aire de suficiencia, Aron se divertía con los marxistas. Por un lado con los comunistas orgánicos cuyo dogmatismo los petrificaba de tal manera que no hacía falta un artista para poder caricaturizarlos. Y por el otro, los marxistas de la filosofía, los que combinaban logos y praxis o vuelos fenomenológicos con aterrizajes materialistas, que sólo merecían una palabra de consuelo por su labor esforzada e interminable para subirse al tren de la historia.

Quienes estudiábamos sociología en la Sorbona debíamos digerir el tomo de Aron, sin que ningún otro autor compensara ese disgusto. Por el contrario, para completar esa carrera inútil, apolillada, debíamos estudiar a un tal George Gurvitch, en apariencia ruso de nacimiento, como Kojève, o Koyré, pero sin la inteligencia de aquellos dos `Alexandres´, el hegeliano y el historiador de las ciencias, sino un hombre inspirado en Bergson – buena carta de presentación en la Francia de la entreguerra – que nos daba una paliza conceptual tratando de restituir en el lenguaje sociológico la dinámica infinita de la vida social. Lo recuerdo como un acordeón, el fuelle iba y venía para dar cuenta de la totalización y luego de la destotalización, para que sintiéramos el tiempo en el instante, en su fluidez…especialmente en su fluidez. Su prosa se derretía en millones de partículas que debíamos aprender de memoria.

Y estudiar a Durkheim, en los trabajos prácticos, porque era francés, porque era un señor republicano, porque había dicho que los hechos sociales eran ante todo “hechos”, y que la conciencia colectiva estaba formada por representaciones. Y había escrito un libro sobre el suicidio que fue lo que más me interesaba de la propuesta académica pero que no nos daban para leer.

Tenía una vida paralela porque al tiempo que debía adiestrarme para digerir la prosa sociólogica sorboniana, me iniciaba en las lecciones de Louis Althusser que anunciaba que existía un Marx científico, que poco y nada tenía que ver con el joven Marx que encantaba a los humanistas ya fueran católicos, comunistas o progresistas, y que su cientificidad se debía a una ruptura epistemológica, a un corte, que nos hacía decidir entre la ciencia y la ideología. Todos optamos por la ciencia, es decir, por Althusser.

Aron ni lo nombra. El señor profesor creía que no se trataba más que de una moda. Es cierto que su asistente Pierre Bourdieu ya estaba en camino de inscribirse en la epistemología ambiente en la que resaltaban los nombres de Bachelard, además de Canguilhem, por la que publica en 1968 “Le Métier du sociologue” (El oficio del sociólogo), en colaboración con Passeron y Chamboredon, un texto al que los althusserianos noveles le dimos la bienvenida; es cierto, además, que en las filas de Aron, también militaba Paul Veyne, la luminaria que instruyera a Foucault en sus estudios sobre la antigüedad, pero nada de eso que ocurría a su alrededor le importaba al maestro.

Y cuando explotó mayo del 68, y Bourdieu como Veyne lo festejaron con entusiasmo, Aron los trató de pendejos, de revolucionarios de salón, de poco serios, y se quedó sin su compañía.

Pero Aron sobresalía por una cualidad de la que muchos de sus enemigos carecían: era generoso. Por eso Paul Veyne ingresa al College de France por su recomendación. Y por eso Sartre, que lo ignoró olímpicamente – salvo en los momentos en que los se acordaba de él para insultarlo – , fue objeto de su amor, porque fue amor, un amor intelectual.

En su meticulosa lectura de “La crítica de la razón dialéctica”, Aron escribe en la conclusión de sus análisis de la obra de Sartre: “Algunos de mis amigos se asombran de que yo prosiga el diálogo con un interlocutor que, por su parte, rehúsa el diálogo. Las injurias que esporádicamente me dispensa no se compadecen ciertamente con la regla de la reciprocidad (…) Tales consejos no me desalientan: a diferencia de aquellos que me rodean, he conservado mi admiración de juventud por la extraordinaria fertilidad de su espíritu…” (pag 161).

Pero Aron fue implacable en su consideración sobre el pensamiento del grupo afín al marxismo fuera cuales fueren sus variantes. Si bien no hacía distingos de nombres y obras, sin duda que elegió como cabeza de serie a Sartre, tanto a sus posiciones políticas como a sus obras.

Raymond Aron era un outsider de quienes en la cultura francesa dominaban la escena filosófica. En los años de la posguerra Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y Merleau Ponty, desde el año 1945 a 1960, forjaron un clima de pensamiento que se hizo conocer en todo el mundo.

Podemos hablar, entonces, de una generación intelectual. Si bien es cierto que cada uno de los que formaron parte de ella, son autores singulares, y no sólo eso, sino que no ahorraron tinta en confrontar sus posiciones, en diferenciarse, o emprender caminos distintos, de todos modos crearon un aire de época.

La palabra “existencialismo” fue un condensador o un elemento sintetizador que poco dice sobre el contenido de las obras generadas, pero permite nombrar la singularidad de un movimiento cultural respecto de otros.

Estos motes que agrupan variantes en una única mención, tienen un fin didáctico, y no son del todo errados. Ocurrió lo mismo poco después, desde comienzo de los años sesenta, durante una década, con la palabra “estructuralismo”, que reunió bajo su significado a filósofos, lingüistas, psicoanalistas, etnólogos, hasta novelistas como Robbe Grillet o Butor, a los semiólogos, que para una lente más afinada se distinguen entre sí sin confusión posible. Sin embargo también es posible reunir mentes tan dispares bajo algún distingo separador que recorta un período determinado por una preocupación común.

Respecto de esta última camada, sabemos que hay quienes la han bautizado con el nombre de “giro lingüístico”, por el interés común por la problemática del lenguaje, ya sea en la forma de escritura, o por las elaboraciones sobre la noción de signo o significante.

Lo que no superpone a Foucault con Althusser, Derrida o Barthes. Hay muchos que se han especializado en uno de ellos con muy pocos conocimientos de otros de la supuesta misma familia. Es el más común de los casos.

En esto de las generaciones, tomaremos en cuenta los efectos del existencialismo entre nosotros, los aires de época que se produjeron en el, o los grupos, que se constituyeron.

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4 comentarios

  • 1. marlaw  |  23 diciembre 2015 en 15:43

    Me causa mucha gracia, la frescura con la que relata sus vivencias sobre Raymond Aron Profesor. Me retrotraen a mis tiempos de estudiante.

  • 2. marlaw  |  23 diciembre 2015 en 15:51

    Es verdad una prosa Aristotélica, clara y precisa, logra seducir al lector, de tal manera, que nos puede hacer creer que nos encontramos frente a la verdad revelada.

  • 3. Marcelo Grynberg  |  24 diciembre 2015 en 11:20

    Que puede tener en comun Aron con Grondona ? La prosa aristotelica tambien se usaba en la Edad Media …

  • 4. Aldo  |  24 diciembre 2015 en 13:30

    Al leer a Grondona se encuentra un poco de todo , tambien tiene una veta popular , recuerdo aquella nota cuando pedía a los periodistas ” sean como Pepe ” haciendo referencia al fallecido periodista Pepe Eliaschev ,,,.. las ideas son catapultas ya que hablamos de Grondona y Aron , solo basta bajar la palanca para derribar muros , ir por la libertad se necesitan ejércitos de Pepes , uno podria decir no ? muchos critican al Doctor pero saben que si aprieta el zapato van ser como Pepe ,,,, es un criculo vicioso que se maneja en un micro clima frivolo y por que no decir antipopupar , pero el doctor tiene cosas populares ,,,, como Pepe


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