LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 163

20 diciembre 2015 at 11:27 5 comentarios

Quizás una de las relaciones más apasionantes que tuvo Sartre fue la que mantuvo con  Raymond Aron. Lo curioso es que fue una pasión unilateral, su intensidad fue monocolor. Podríamos pensar en una relación amo y esclavo tal la descripta en la inmortal escena hegeliana. Pero podemos desconfiar de ese desencuentro sabiamente organizado por el filósofo de Jena en el que hay un ser mayúsculo indiferente a todo y un vasallo diligente que cada mañana tiene el desayuno listo para servírselo. ¿Qué haría el amo sin ese criado que lo admira? Nada, porque es lo que hace, nada, se da el lujo de no hacer nada. El gran hombre que miró a la muerte de frente desprecia la vida. Quien vivió las altas cumbres de la intensidad existencial no está dispuesto a iniciar el trámite de lo cotidiano.

Nos hemos desviado un poco del tema que es la relación entre Sartre y Aron ya que no se moldea de acuerdo al relato de “La fenomenología del espíritu”, sino sobre un vínculo en el que uno de ellos se dedica al otro con una entrega total, y el otro ni lo toma en cuenta.
Hay pocos lectores de Sartre como Raymond Aron. Se trata de un intelectual que no acepta ese término que lo adjudica a una pose de bulevar y a una fama provinciana que sólo seduce a unos pocos parroquianos que se creen el centro del mundo. Tampoco de un filósofo ya que abandonó la disciplina una vez que terminó su tesis de doctorado sobre la filosofía de la historia. Prefería la identidad de sociólogo, quizás por dos razones. Una es de semblante, denunciaba el desprecio con que los filósofos piensan la realidad. Percibió que la filosofía a pesar de ser un saber glorioso, la base del pensamiento occidental, había quemado sus últimos cartuchos. Y consideraba una actitud mezquina el de no correrse a un costado para que otros saberes que eran sus herederos, ocuparan la escena para crecer de acuerdo a la gestación de nuevas obras.

La filosofía al insistir en su lenguaje, por interrogar a la realidad desde una altura sin investidura, se volvía una caricatura de sí misma. Por otra parte, consideraba que la joven sociología, tenía todo el vigor de su mocedad, y que por su impulso inicial, estaba despojada de  los anacronismos de su progenitora. Con la sociología emergía un nuevo objeto teórico que se llama “realidad”, pero no la del materialismo o la del realismo filosófico, sino la realidad social, o, lisa y llanamente, la sociedad.

En la Universidad de Vincennes había una materia electiva para la carrera de sociología que se llamaba “Formación del campo sociológico”. La dictaba Daniel Defert. Recuerdo que se iniciaba con la mención de las primeras encuestas realizadas por un tal Villermé, un médico que a principios del siglo XIX, se dedicaba a una disciplina sin nombre que luego se llamó medicina del trabajo.

Defert, el compañero de toda la vida de Michel Foucault, nos decía que la obra de Marx y la de Durkheim hubieran sido posibles sin el material estadístico y las monografías sobre la situación de la clase obrera en la era de la industrialización, y sin la contabilidad llevada a cabo para ordenar la proliferación de bienes y personas en un tráfico mercantil y una producción fabril que revolucionaba aquel mundo.

Por lo que el inicio de la sociología no se debía a las ideas de grandes pensadores o filósofos preocupados por lo social, a la manera de un Saint Simon, por ejemplo, sino a la tarea aparentemente menor y de poca monta, de estos “intelectuales específicos” –  nueva categoría inventada por  Foucault un poco más tarde – que trabajaban en el terreno.

Este tipo de literatura, este modo de acercamiento a la realidad es lo que le interesaba a Aron, y que veía característico de la sociología.

En tiempos en que Aron escribe sus primeros libros de sociología, aún estaba en boga la fenomenología. Un de los conceptos favoritos de esta corriente filosófica era el de “concreto”. Los filósofos de la fenomenología se desvivían por esta palabra, a la que adjuntaban “vivido”, para de este modo acercarse al centro del remolino, al inicio de ese vórtice, y develar aquel supuesto misterio de lo real.

La palabra “existencia” que ya tenía un amplio recorrido desde los escritos de Kierkegaard, era la matriz de la nueva inquietud que perforaba al Ser con el Tiempo, y de esta sangría ontológica nacía la existencia. Hablamos de un mito, como el de la castración de Uranos por su hijo Cronos, una mutilación que con la sangre derramada dio origen a los Gigantes, y que en el idioma del logos genera a este vástago llamado “existencia”.

En un primer tiempo, hubo que acercarse con sigilo a este nuevo totem filosófico, con mesura y con cierto temor, porque la existencia no era otra cosa que lo que Heidegger llamaba “ser ahí”. Y se definía por ser para la muerte. El hombre es el único ser que sabe que es mortal, y ese conocimiento define su vida.

Pero una vez que la fenomenología agotó las elucubraciones sobre la fisura temporal del ser que lo destinaba a una meditación sobre la muerte, la nueva camada filosófica buscó otras fuentes de inspiración siempre dentro de la problemática establecida por los maestros alemanes Husserl y Heidegger.

Fue la reaparición de Kierkegaard, por un lado, y por una nueva lectura de Hegel, de su fenomenología, lo que introdujo dos nuevos filosemas en la meditación sobre la existencia: la conciencia, por un lado, y el cuerpo, por el otro.

Con ambos se pretendía disipar el tono sombrío de un pensamiento centrado en la finitud, o en el absurdo, para asir la positividad que también ofrece lo temporal. De ahí que Sartre partiera de la intencionalidad de la conciencia hacia una ontología de la libertad, y Merleau Ponty con sus estudios sobre la percepción, descubrió el cuerpo, que daba lugar a esa entidad nombrada como “la carne” del mundo. Los dos partieron fundamentalmente de los aportes de la psicología, en especial los de la Gestalt.

Ningún lugar ocupaba la sociología en esta búsqueda de los concreto, por el contrario, se la consideraba una especie de falsa ciencia burguesa, una ideología derivada del positivismo que hablaba de la sociedad en términos ya fueran teatrales – roles y representaciones-, atomísticos – familias, grupos, empresas –, con abstracciones aparentemente neutras – las interminables elucubraciones sobre la noción de `acción social ´ -, con metáforas biológicas – el modelo organicista de la sociedad que analiza la dinámica social en términos de funciones – , en suma, una disciplina que encubre el verdadero andamiaje de la estructura social y de sus relaciones de poder.

Para esto último se contaba con el marxismo, la filosofía insuperable de nuestra época, como decía Sartre, el pensamiento silenciado de la academia.

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5 comentarios

  • 1. marlaw  |  20 diciembre 2015 en 12:22

    Probablemente Jean Baudrillard haya sido un sociólogo atípico, porque se valiò de la lingüistica y la semilogía para analizar la Sociedad de Consumo, pero a mi modesto entender, ninguno como él para describir y hacer inteligible la sociedad de nuestro tiempo.

  • 2. philo  |  20 diciembre 2015 en 19:51

    El animo de desplazar al otro e imponerse reina en todas partes

    La muerte…sabe usted que para la física no existe, la energía no desaparece, la materia se recicla, solo falta saber que pasa con los recuerdos….que creo son pilares para que exista consciencia.

    Sueño con una especie de martrix donde almacenar lo que me hace ser quien soy

    Lo que más me gusta de sus escritos es cuando se desvia del tema y escucho sus pensamientos.

    Buen atardecer

  • 3. marlaw  |  22 diciembre 2015 en 11:32

    Muchas Felicidades y buen Año Nuevo para todos los participantes de este Blog

  • 4. Marcelo Grynberg  |  22 diciembre 2015 en 17:54

    Gracias Marlaw. Tambien para Ud. y los demas blogistas felicidades y un muy buen 2016 (dentro de lo posible … 🙂

  • 5. Diana  |  3 enero 2016 en 1:23

    Philo, es el mejor comentario que he leído suyo,apareció la coherencia después del champagne y los besos. Good night teacher and happy holidays! Ya no quiero pensar e nada filosófico por un mes al menos? seré una simple y común mortal woman.


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