LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 156

23 noviembre 2015 at 11:22 5 comentarios

En 1960, diez años después de su denuncia de los campos, pocos meses antes de morir, en “Signes”, M. Ponty escribe un prefacio en el que nos da su nuevo pensamiento sobre la vigencia del marxismo.

Aunque poco tenga que ver con el desarrollo del texto, Merleau cita en el comienzo una frase de Freud que es digna de reproducirse: “el humor es la dulzura del Superyo, ése quizás sea el máximo relajamiento del superyo de la historia”.

Esta indicación de la potencia del humor que no deja de ejercer su autoridad aunque de un modo amable, invitante, pero siempre desconcertante, es previo a una especie de queja que hace el filósofo en cuanto a su labor.

Intentar comprender el marxismo para justificar una toma de posición respecto de un acontecimiento político, puede resultar una tarea infinita. Recorrer el laberinto conceptual hegeliano, dar de cuenta tanto del Marx joven como del maduro, de sus relaciones y diferencias; luego incursionar en los treinta y tantos tomos de Lenín, la obra de Trosky, para culminar en el intento de poder dar un diagnóstico lo más preciso posible del régimen staliniano, parece un destino propio de una condena al Gulag del teoricismo. Dice que es un trabajo demesurado.

Merleau reconoce sus dificultades en su relación con el marxismo y con el comunismo, que oscilan entre la fidelidad y la ruptura. Imagina que quizás un día, el proletariado reencontrará su rol de clase universal y se hará cargo de la crítica marxista. Pero un llamado a un porvenir indefinido no puede oficiar de una direccción de conciencia, y menos de una adhesión no cuestionada. El mismo Marx afirmaba que esas ilusiones de porvenires venturosos eran el vicio de la filosofía.

Ha llegado a una conclusión dolorosa, a una decepción que no parece tener aquellas circunstancias atenuantes a las que acudía en sus críticas anteriores. Dice que se rompió la ligazón marxista entre filosofía y política. En palabras de Michel Foucaut, lo que M. Ponty señala es que el marxismo ha dejado de ser una política de la verdad, y la verdad de una política.

Su carácter de cientificidad ha dejado de ser una guía para la acción. La diferencia resulta clara, añade, entre la regla marxista de no destruir la filosofía sin realizarla, y la práctica stalinista de simplemente destruirla.

Con los acontecmientos que le tocó presenciar, Merleau sostiene que el marxismo sin perder su valor heurístico, ya no es verdadero en el modo en que creía serlo.

Pensemos que estas conclusiones a las que llega, son casi contemporàneas a los primeros avances teóricos de Louis Althusser que prepara sus textos sobre la cientificidad del materialismo histórico y la función ideológica de toda la historia de la filosofía premarxista.

¿Qué queda entonces del marxismo para M: Ponty?: un Marx como filósofo clásico, un nuevo Descartes, que tornará vana la discusión entre ser o no ser marxista, como es ridículo discutir si se es o no se es cartesiano.

La dialéctica hegeliana por la que el trabajo del negativo preñaba de provenir al presente, ya no garantiza nuevos nacimientos. Y si se quiere compensar esta carencia por medio de un marxismo spinozista, el que asegura un acceso a lo positivo de un modo infinito, el intento no va más allá de una pirueta o de una pseudonimia de la angustia desnuda.

No será más que una pretensión de atravesar lo negativo para llegar a la otra orilla, con el fin de totalizar e interiorizar la muerte. Un deseo de eternidad.

En el prefacio a “Signos” Merleau nos habla de Sartre. Incluye en una presentación teórica a un libro de ensayos filósoficos y políticos, una rememoración de un vínculo personal, que puede resultar llamativa. Lo es menos en este caso.

Con cierta frecuencia, el pensamiento de un filósofo se elabora en relación a otro filósofo. Es una discusión explícita, y otras veces tácita. Se trata de un contrincante que puede volverse hasta necesario para no sentirse solo en un ring. Es un estímulo para generar nuevos pensamientos, un desafío que no deja que bajemos los brazos, una sombra que nos acompaña si no es que no nos persigue.

Está a nuestra altura y amenaza con sobrepasarnos. La amistad entre Merleau y Sartre era de este tenor. Podemos enumerar otros casos en que estos lazos se dan entre filósofos, escritores, artistas.

Son varios los libros y otros escritos en que he presentado lo que llamo “tensiones” entre personajes cuya obra es un ida y vuelta con otro yo que no es enteramente ni un otro ni un semejante.

Ni siquiera a veces es necesario que esta tensión se manifieste entre dos presencias, pueden evocarse o imaginarse. Tampoco es imprescindible que la tensión implique hostilidad, o almas en pugna, también pueden ser hermanas que se pasan una llama olímpica que en cada tránsito amplía su luminosidad.

Son múltiples los modos en que las tensiones entre hacedores o creadores, se expresan. Lo que muestra que más allá de la composición de un texto, de la articulación de los conceptos o ideas, también interviene un temperamento que no es el de su autor, sino el del escrito.

Los escritos vehiculizan su propio temple. Algunos lo llaman estilo, siempre que no la acotemos a tropos, formas de sintaxis, usos morfológicos, empleo de metáforas, al análisis semántico, y otros artilugios de la crítica literaria cuando se complace en la madre retórica.

Existe una intensidad que no se descompone en unidades linguísticas o en combinatorias de semantemas.

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5 comentarios

  • 1. marlaw  |  23 noviembre 2015 en 14:56

    “Y si se quiere compensar esta carencia por medio de un marxismo spinozista, el que asegura un acceso a lo positivo de un modo infinito, el intento no va más allá de una pirueta o de una pseudonimia de la angustia desnuda.” Me pregunto sí esa “angustia desnuda”, no se corresponde con el desvanecer de la utopia marxista

  • 2. marlaw  |  23 noviembre 2015 en 15:17

    Aunque ahora no venga al caso, también me pregunto sí esas tensiones a las que alude el Profesor no tienen que ver también con el origen del pensamiento de Heidegger, del modo en que lo expresa Pierre Bourdieu en su obra:” La ontología política de Martin Heidegger”

  • 3. roberto nadaud  |  25 noviembre 2015 en 9:35

    Stalin reía: según dicen su sentido del humor sería inolvidable.

  • 4. marlaw  |  25 noviembre 2015 en 16:09

    ¿Como hacer para poder desentrañar la “verdad” que se oculta en el interior de farragosos textos que nadie alcanza a leer en su totalidad o en los Libros Sagrados escritos y vueltos a re-escribir a través de los siglos ?

  • 5. marlaw  |  26 noviembre 2015 en 1:42

    Nadaud Stalin estuvo a punto de participar con Olmedo en el Sketch de “Costa Pobre”


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