LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 155

19 noviembre 2015 at 10:59 4 comentarios

La posición de M.Ponty respecto del movimiento comunista varía. Dice que no puede haber socialismo en un país cuando uno de veinte ciudadanos es enviado a un campo para estar encerrado para un llamado trabajo corrector. En el artículo de 1950 “La URSS y los campos” se pregunta cómo fue posible que el proyecto revolucionario de 1917 se hubiera convertido en una sociedad jerarquizada en la que un burócrata tiene un ingreso hasta veinte veces superior al de un obrero.

La prédica y la acción pionera de los primeros revolucionarios contradecía en cada uno de sus términos una organización social con tal inequidad. M. Ponty señala que no había ni una sola palabra que no “haya sido sana” en Trosky, Lenín, e inclusive, en Marx.

A estos privilegios, había que agregar ahora el hecho del cautiverio de unos diez millones de “esclavos”, condenados por razones que resultaba casi imposible de justificar.

M.Ponty leyó las fórmulas del `Código de Trabajo Correccional´ soviético,  en las que se sostiene que bajo el socialismo no existe el castigo sino la reeducación. Un pensamiento análogo al del profesor de filosofía que nos decía en la Universidad de Vincennes que en la China de Mao habían desaparecido los brotes psicóticos. Todavía me asombra que nadie le haya preguntado el motivo de tal milagro.

En este caso, en el de la URSS, el Código explicaba que a los criminales había que considerarlos como ciegos. Este diagnóstico inesperado, es una imagen tan compasiva de alguien que cometió un delito, que supera en comprensión y tolerancia, los alcances del garantismo contemporáneo.

Pero Merleau no sólo no se deja engañar por la fraseología caritativa, sino que se mostrará exigente en cuanto a la distancia entre el ideal comunista y una realidad que la deforma.

El Código amplia su caracterización al precisar que en una sociedad que abolió la explotación del hombre por el hombre, toda actitud que linde la pereza, o la insumisión, es un malentendido.

Destaquemos estos dos pecados anticomunistas: trabajar de menos, y hablar de más. Cuando se producen este tipo de desviaciones, el Estado debe proteger a estos individuos que no entendieron el mensaje, o que lo malinterpretaron, y separarlos de la sociedad, con el fin de evitar que el pueblo los linche.

La ira del pueblo, dice el Código, es inclemente.

La estancia en el campo durará el tiempo necesario hasta que el individuo “retardado” (attardé, es la palabra que emplea Merleau) alcance la fase vivencial o el nivel de conciencia, de sus compatriotas.

Esto no es cinismo, es jurisprudencia. Pero en este momento aparece el otro yo de Maurice Merleau Ponty, que le advierte que mida sus palabras, que las contextualice, que no olvide de incluir los adversativos pertinentes, y que explique que el comunismo no es fascista por más campos con diez millones de esclavos adentro.

Y se da como resultado literario y teórico, además de político, que en un texto en el que se pretende denunciar  el confinamiento de disidentes y demás asociales bajo el stalinismo, se prolongue en una ramificación de sutilezas sobre las diferencias irreductibles entre comunismo y fascismo.

De no hacerlo, muchos malinterpretarían la denuncia, y nadie quisiera verse unido por un mismo espanto con determinados personajes.

Es cierto, dice Merleau, que antes de la implementación de las cámaras de gas – al parecer invento patentado por los nazis – los campos de concentración del Tercer Reich se habían diseñado de acuerdo al modelo previo de los campos rusos; una copia que se sumaba a otros procedimientos miméticos del fascismo respecto del comunismo, como la organización del partido, y la idea misma de propaganda.

  1. Ponty dice: “el fascismo es una angustia frente al bolchevismo, del que toma su forma exterior, para destruirlo”. Es un proceso de identificación extremo que llega hasta la simbiosis canibalística.

Pero las diferencias son insalvables. Nunca un nazi estuvo preocupado por el reconocimiento del hombre por el hombre, agrega, ni por el internacionalismo, y por una sociedad sin clases. Además, el fascismo oculta la crisis del capitalismo.

Para quienes replican que, en realidad, los comunistas no tienen valores sino fidelidades, Merleau responde que “se hace lo que se puede para conseguirlo”… (parece un peronista…si se me permite un poco de humor).

Aunque subraya que gracias a Dios, nadie puede vivir sin respirar, y tenemos valores aún a nuestro pesar.

Mientras el filósofo hace todas estas elucubraciones, seguramente los diez millones de esclavos ya son once. O doce, porque continua con la ampliación de su concepción del mundo con el otorgamiento de cupos de denuncia de acuerdo a derecho.

Sólo pueden condenar la existencia de los campos de encierro soviéticos quienes hayan condenado previamente la represión fascista en Grecia y la dictadura de Franco en España. Además, si se dice que esos campos son las colonias interiores del socialismo soviético, y que parte de su población ha sido colonizada, se puede invertir la sentencia, y decir que las colonias de los imperios europeos, son los campos de trabajo de las metrópolis coloniales.

Por lo que, concluye, es necesario conservar “islotes de libertad”, para que las denuncias no se restrinjan a condenar lo que sucede en la URSS, ya que, huelga decirlo, “el horror concentracionario no determina una política”.

En síntesis, si se está contra el mal, no hay que olvidar ninguno. Menos aún en el plano  político en el que la dupla amigo-enemigo, es resolutiva. Señalar el mal no es un acto inocente, siempre beneficia a alguien, y ese alguien no siempre es bueno.

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espejitos de colores amarillo y naranja LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 156

4 comentarios

  • 1. marlaw  |  20 noviembre 2015 en 14:05

    “En síntesis, si se está contra el mal, no hay que olvidar ninguno. Menos aún en el plano político en el que la dupla amigo-enemigo, es resolutiva. Señalar el mal no es un acto inocente, siempre beneficia a alguien, y ese alguien no siempre es bueno”

    Esta posición no deja de coherente con el marxismo, doctrina que pregona el “holismo social” a ultranza.

  • 2. rodolfo lópez  |  21 noviembre 2015 en 19:13

    Me quedó picando exactamente el mismo párrafo que transcribe Marlaw. En otro sentido mañana hay elecciones no digo nada.
    La veda permite agregar que en “Trilogía de Nueva York”, de Paul Auster, que acabo de leer, y a través de distintos detectives de ficción -todas las historias son búsquedas- el autor intenta encontrarse él mismo (en la realidad) todo el tiempo. Y juega con su nombre, Paul Auster, como personaje de la supuesta ficción.
    Sería bueno que mañana encontremos como comunidad lo que buscamos hace tanto tiempo, no importa el nombre.
    El libro estaba hacía 20 años en la biblioteca, lo descubrí por suerte y sin querer hace dos semanas. En la ciudad de N.Y. no había en 1990 internet, teléfonos móviles, nada de lo que hoy parece imprescindible. La gente se enviaba cartas por el correo.

  • 3. marlaw  |  21 noviembre 2015 en 23:43

    Rodolfo La ansiedad que deparaba aguardar correspondencia de un ser querido, leer la carta con fruición, y luego guardar ese papel, como algo muy cálido, es algo que la tecnología no puede brindar.

  • 4. marlaw  |  23 noviembre 2015 en 5:34

    Retomando la clase del Profesor y volviendo a esa concepción Holistica, en la que “el todo” resulta superior a las partes, la patria se encuentra por encima de los individuos que la componen,etc, que llega a determinar por ejemplo. que durante la Segunda Guerra se sacrificaran ingentes cantidades de recursos humanos (léase vidas humanas) en pos de alcanzar la victoria contra el nazismo, nos encontramos frente a una concepción que en los hechos presupone una evidente negación del valor de la vida del individuo, vida que resulta susceptible de ser sacrificada en pos de “objetivos mas altruistas” como Patria, el Partido, la Victoria etc. De este modo esta “desvalorización de la vida” individual, paulatinamente se debe haber incorporado hacia dentro de la sociedad Soviética como una “regla de sentido comun” en el sentido que Wittgenstein, le otorga a este concepto. Luego: a partir del momento en que la vida humana queda sometida a esta regla de carácter “universal” no nos puede extrañar ni tolerancia, ni las argumentaciones que trataban de “justificar” la existencia de los Gulag.


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