LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 150

31 octubre 2015 at 8:36 6 comentarios

Es lo que proponía discutir Camus con su libro “El hombre rebelde”, desde el momento en que aceptamos la distinción entre conflicto y violencia. Cuando estas dos palabras se hacen una sola, convertimos la muerte de un hombre por otro hombre en un hecho natural. Nadie puede negar que las relaciones humanas siempre atraviesan por fases conflictivas, y que no es concebible una organización sin tensiones entre sus integrantes. Pero la violencia estalla cuando el conflicto se hace insostenible, y la dificultad, para todos, es dictaminar ese momento de insoportabilidad, o, cuando un hecho producido por un hombre o un grupo de hombres, es considerado “abominable” – como calificaba Foucault hechos que consideraba aberrantes – que justifique darle muerte.
Si se tiene una visión de la vida y una concepción del mundo por las que se cree que hay una guerra planetaria entre un bando que representa al bien y el otro al mal, no es extraño que se tome una posición guerrera aún cuando no se participe de fuerzas militarizadas. Es lo que hacen los intelectuales que a pesar de no participar de la lucha armada, son jefes ideológicos. Son los que Judt llama irresponsables.
En la posguerra no hubo tregua. De inmediato el mundo se dividió en dos. Las bombas atómicas lanzadas sobre las ciudades japonesas con la muerte de millones de civiles, no fue el fin de una guerra sino el inicio de una era.
La guerra de Corea fue la primera escaramuza de los tiempos que se venían. Estampar con un sello la calificación de cada uno de los polos hegemónicos en los que se dividía el mundo, y tomar partido por él, no era una opción de una claridad tal que debería parecernos obvia.
Es prejuzgar desde hoy respecto al ayer sostener que la alternativa era entre la democracia con libertad, y el totalitarismo genocida. Entre el plan Marshall y el Gulag. Muchos consideraron que la derrota nazi se produjo en Stalingrado, gracias la heroicidad del pueblo ruso, y, además, por la política industrialista de Stalin. Impuso medidas a favor del desarrollo de una industria pesada poderosa que no podía evitar el costo en vidas y el sacrificio de millones de campesinos y el rigor de un poder centralizado. Comunistas y adherentes consideraron que era una crueldad necesaria sin la cual Hitler hubiera vencido para convertirse en el amo de la humanidad.
Por otra parte, no para todos los hombres del mundo, y menos para los intelectuales franceses, los EE.UU encarnaban una sociedad ideal, respetuosa de los derechos humanos, garante de de la libertad individual.
Su política colonial, el comportamiento de sus corporaciones, el mentado complejo económico militar, el macartismo y una política racista por la que pervivían huellas de siglos de esclavitud, al menos moderaban ciertos estusiasmos liberales.
Raymond Aron eligió su campo, y para defenderlo debió callar o ponerle sordina a actos condenables aún de acuerdo con sus propios criterios. La justificación que siempre dió es que en una regímen político democrático liberal y pluralista, los defectos del sistema siempre se pueden mejorar, en cambio, en el totalitarismo – concepto atribuido a cierto tipo de dictaduras cuyo uso conceptual fue posterior – no hay posibilidades de cambio.
Aron afirmó que la diferencia entre democracia liberal y comunismo, radica en sus versiones opuestas acerca del cambio social. No lo acotó a una concepción del mundo ni a una jerarquía de valores, sino al cambio.
Por lo que la diferencia tampoco se fundamentaba entre los defensores del statuo quo y los revolucionarios. La idea de cambio no les era ajena a ninguna de las dos perspectivas políticas.

Es frecuente entre intelectuales decir que el mundo está en guerra. Esta palabra justifica la necesidad de optar por uno de los bandos en pugna. En medio de una batalla no cabe más que pelear. Es posible que para un cierto tipo de análisis el mundo siempre esté en guerra. Que siempre lo estará mientras haya injusticias. Mientras exista el hambre. El tiempo en que sobre la tierra haya sociedades en que un grupo de hombres oprima a otros.
Marx le daba a esta concepción una visión de tipo científica por la que la historia estaba determinada por una ley que precisaba el tipo de conflicto que enfrentaba a los hombres. La clase social es la que agrupa a los hombres de acuerdo al lugar que ocupan en la produccíón. La noción de que el trabajo y no la naturaleza; el trabajo y no el lenguaje o el pensamiento; el trabajo y no la contemplación de entes trascendentes, define al ser humano, esta idea de trabajo fue revolucionaria. Porque el trabajo al que se refiere Marx, no es un atributo perteneciente a una esencia sino a las condiciones de existencia del hombre.
Estas condiciones determinan su conciencia. Por otra parte el trabajo no se define por una relación con las cosas, en todo caso, éste aspecto sólo es un aspecto de la labor que se lleva a cabo, sino por una relación entre hombres.
Por eso el concepto de “fuerza de trabajo” y de “relaciones de producción”, son las que están imbricadas en la idea de clase social. Energía de transformación de las cosas que se vende a quien es propietario de los medios de producción, es decir, del capital, es lo que determina una relación que Marx llama de “explotación” por la generación y apropiación de plusvalía.
La historia de la humanidad es pensada como una larga e inconclusa serie de conflictos no se explica por la mera contingencia, por los azares de la vida, o por los caprichos de las ambiciones individuales.
Marx pretende ir más allá de Shakespeare, es decir, más allá del poder encarnado en la locura y el arrebato asesino de reyes y pretendientes, una historia de sangre y conspiraciones, para encontrar el lei motif de la historia, la repetición de una diferencia que se expresa en conflictos, en guerras y luchas civiles.
La idea de que esta gesta de antagonismos puede tener fin con la victoria política y la conquista del estado por la única clase que nada tiene que perder salvo sus cadenas, que la masa de proletarios que sólo tienen el recurso de su capacidad de trabajo es la que puede concretar una sociedad mundial sin clases, es la base teórica del concepto de revolución.
Un concepto perteneciente a una teoría que tiene el nombre de materialismo histórico.
Esta rememoración de lo que durante décadas del siglo veinte era el abc de la cultura de la izquierda, que le hizo decir a Sartre que el marxismo era la filosofía “insuperable” (indépassable) del siglo XX, es decir de su presente – y para muchos aún del nuestro – funcionó como una utopía y una teoría, como ciencia y como creencia, como racionalidad explicativa y como ideología.
Las ideas de igualdad, libertad y fraternidad, dejaron de pensarse como deseos, como metas ideales, como universales nominales, para fundamentarse en el conocimiento. Pero la historia no se hace sola, no tiene ese resplandor de lo sublime, de una inmensidad mesiánica, ante la cual los hombres deben esperar prosternados.

Los tiempos se producen por la acción humana, por la praxis, por quienes son los parteros de la historia. Esta imagen socrática se desprende del platonismo del alma, y por la vía del otro extremo de la historia de la filosofía, el que elabora Hegel con su dialéctica en la que lo negativo es el motor del acontecer, determina que cada momento de la historia está preñado por aquello que lo contradice y que lo convertirá en su otro. El capitalismo, por el mismo proceso de su desarrollo, dará lugar a su negación: el comunismo.
Repito estas ideas que pueden parecer escolares de una filosofía que fue hegemónica, dominante durante un siglo, y que estimo una simpleza pensar que su valor se reduce a ser un espejito de colores, una especie de engaño que fascinó a los hombres, que los sometió a regímenes de terribles dictaduras, les lavó la cabeza, y los hizo esclavos de una ilusión.
El problema no es la consistencia teórica del marxismo, ni siquiera tratar de comprender la seducción que tuvo sobre la vida de varias generaciones. Tan sólo pensemos en el siguiente escenario.
Lenín y el partido bolchevique toman el poder en una Rusia de ciento sesenta millones de habitantes, de los cuales el 85% vivía en zonas rurales. Lo hace en medio de una guerra que puede considerarse como un genocidio recíproco acordado entre el paneslavismo y el pangermanismo, con el aval y la participación del resto de Europa.
Pan y paz eran las consignas. Con una industria que a pesar de su desarrollo acelerado no dejaba de ser incipiente, y de una masa enorme de campesinos que a pesar de la abolición de la servidumbre en 1861 eran en su mayoría analfabeta, el partido revolucionario, decide realizar el ideal de la sociedad comunista con un proletariado poco numeroso, un pais pobre y atrasado respecto de las grandes potencias.
La necesidad de una dictadura del proletariado tiene su germen en una organización sobre la base de soviets, consejos obreros que en un principio funcionaban como comités de obreros en huelga y después como bases del gobierno revolucionario.
La paz con Alemania da inicio a una guerra civil con millones de muertos. Por eso la pregunta que se plantea es sobre la relación entre las teorías y la filosofía de Marx y esta realidad soviética que se inicia con el siglo XX.

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6 comentarios

  • 1. isabel  |  31 octubre 2015 en 8:53

    Muy claro y lúcido, como siempre. Me encanta aprender y reforzar algunas presunciones de la mano de las reflexiones de este pensador. En otro orden de cosas, siempre me he preguntado por qué el blog se llama Pan RAYADO con Y y no Pan Rallado con LL. Porque entiendo que al pan se los RALLA para molerlo y no se lo RAYA con garabatos o rayas. Gracias por compartir.

  • 2. Tomás Abraham  |  31 octubre 2015 en 9:41

    rayado porque es un locoblog

  • 3. marlaw  |  31 octubre 2015 en 13:17

    Muy buena lectura. Profesor, cada quién ve las cosas como se las propone ver y en el caso de la Revolución Soviética, acude a mi memoria ese sacerdote Francés que cita Furet en su libro:”El Pasado de una Ilusión” que llego a tener algo muy parecido a un delirio místico, con respecto a esta.

  • 4. r.nadaud  |  31 octubre 2015 en 16:14

    Troski y Lenin sentían devoción por los campesinos.
    y el triunfo no era contra la injusticia social sino el aceptar la leyes de la Historia.
    menudo Destino el de los eslavos.

  • 5. marlaw  |  2 noviembre 2015 en 8:59

    Nadaud Los soviéticos se parecen a los mejicanos, por las balaceras que provocan sus devociones

  • 6. r.nadaud  |  2 noviembre 2015 en 12:38

    me temo que la aspersión del materialismo histórico en Mexico solo profundizaría la somnolencia y la criminalidad.
    infernos habrás de ver.


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