LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 132

31 agosto 2015 at 12:38

Ante la orden de eliminarse en nombre del universal plural, el nombre judío se dice en singular: yo soy ese nombre y no otro. Dice “yo”, no dice “todos”, Milner lo llama universal auténtico.
El universal plural que se le contrapone tiene un origen en el mismo silogismo que dice: todo hombre es mortal. De ahí se deduce un conjunto que designa a una multiplicidad de hombres posibles. Pero Milner propone otra lectura. Al decir “todo hombre es mortal”, se hace de la “mortalidad” un punto extremo de afirmación del nombre `hombre´. A este punto extremo lo llama “intensidad”. No remite a una cantidad sino a un extremo, a un límite que no llamamos ni esencia ni profundidad por lo que connotan de pensamiento binario.
Este punto extremo Milner lo percibe en Heidegger cuando define al hombre como `ser para la muerte´. A esta concepción por la que lo que distingue al hombre de cualquier otro ser es la mortalidad, le opone la definición de Sartre por la que este definición se da con el nombre de libertad.
El hombre es libertad no se dice como en un silogismo: todo hombre es libre, sino que no puede soslayar la primera persona: yo soy libre. Una asunción de la subjetividad.
La afirmación del nombre judío exige la primera persona. No se enuncia en una tercera persona como sucede con las identidades nacionales: el ser argentino que nos identifica como pertenecientes a una entidad común. Ni a una segunda persona, como en las “Reflexiones sobre la cuestión judía” de Sartre, en la que la identidad del judío está dada por el antisemita que lo odia e insulta.
El nombre judío es una primera persona que se afirma como no siendo otro. Es el único enunciado que puede hacer resonar lo universal en lo singular. Por eso, dice Milner, el deber es romper con Alejandro y todas sus variantes ulteriores.
Para concluir su reflexión, Milner evoca sus encuentros con Benny Lévy en momentos en que discuten el fracaso del maoismo y las consecuencias que produjo en el pensamiento de ambos.
Dice que superpusieron lo numeroso con lo intenso. El nombre de “revolución” lo subsumía todo. Cuando los guardias rojos acometen la revolución cultural, subordinan el segundo término – cultura – al primero, revolución, y una operación de tal naturaleza termina en un crimen de sangre.
Milner dice que al ver que la política no podía desprenderse de lo muy numeroso, pensó que sí podía valerse por su intensidad. De ahí la nueva consigna de ser parte de un movimiento de masas sin multitudes. Esa fue la dirección tomada por el grupo Izquierda Proletaria (La Gauche Proletariènne).
El nombre judío era el nombre faltante, es el que vuelve una vez que cesa la política con el nombre de revolución. El nombre judío es singular, y para su enunciado no necesita lo numeroso, ni las multitudes. Le es suficiente con que haya un testigo, un único testimonio. Milner cita a Isaías:
“Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí.”
Así termina Milner su escrito. Me permito dos reflexiones: los maoístas que han renunciado a su militancia en nombre del nombre judío, que han convertido lo numeroso en intensidad, transitado de las multitudes al testigo, hacen pensar en la idea de vanguardia revolucionaria. ¿En qué otra entidad que la vanguardia se legitimaron para que su realidad de minoría mantuviera la llama de la verdad encendida y una praxis revolucionaria siempre vigente?
La pregunta que sigue es: ¿qué relación hay entre pueblo elegido y vanguardia revolucionaria para que el nombre judío enunciado desde lo singular, como único testigo de lo universal, constituya la posibilidad de salir de la política y encontrar una nueva identidad…eterna?
Milner como Benny Lévy militaron en la izquierda maoísta. Se corrieron del lugar y buscan la salida ya no de la idea de revolución, sino de la política. No conciben otra política que la revolucionaria, todo el resto es paz y administración, y el gobierno de las cosas.
¿Qué queda? ¿La ética? Pero poco alcance tiene un cuidado de sí a la manera griega, una subjetividad aislada del mundo que tan sólo busca la propia serenidad. Si la revolución fracasa porque culmina en el crimen, el separarse del mundo, es una huída y no una superación.
Milner dice que la posibilidad de que haya política parte de un axioma de supervivencia. No matar al otro es la base de la política. El punto de vista de lo ilimitado pone en discusión la cuestión bruta de la supervivencia. Fue lo que ocurrió durante la revolución cultural china.
¿De qué nos habla Milner? ¿Volvemos a preguntarnos con algún cambio de léxico, al problema de los medios y de los fines? ¿El fin justifica los medios? Pero una vez atravesados por los maravillosos sesenta y por el aprendizaje de la lengua lacanoalthusseriana, el asunto se dice así: ¿por qué hay cultura y saberes más bien que nada? La respuesta: porque la cultura y los saberes responden a una demanda de supervivencia.
Si apreciáramos la maravillosa década del cincuenta posteriores a la segunda guerra mundial, en ese caso deberíamos planternos esta cuestión de los medios y de los fines en relación a un deseo de revolución, en los términos que empleaba Sartre en “El fantasma de Stalin”, Merleau Ponty en “Humanismo y terror”, y Albert Camus en “El hombre rebelde”.
Pero Milner continua así: ¿qué ser hablante demanda la supervivencia? Respuesta: el que piensa en sí mismo en lugar de pensar en la revolución. Esta fue la afirmación denunciada por los líderes de los guardias rojos. La revolución debe ser un más allá de la muerte, o un más allá de la vida, propia y ajena.
Pero como existe la defensa propia y el instinto de conservación de los ideales ya que no de la vida, la supervivencia no puede ser una filosofía sino la posibilidad de la política.
En “Controverse (Dialogue sur la politique et la philosophie de notre temps)” Jean-Claude Milner y Alain Badiou discuten estos problemas como pueden hacerlo dos compañeros de ruta que saben que sus diferencias no dejan de establecerse siempre de un solo lado de la trinchera. Con los del otro lado nada se discute, son reaccionarios, o, peor, renegados (palabra frecuente en el vocabulario de Badiou).
La preocupación por la supervivencia, le merece a Alain Badiou el siguiente comentario que cito porque vale la pena: “Para mí, la política no tiene el menor interés si se reduce al problema de los cuerpos y de su supervivencia. Lo que es fácil de entender, ya que en el final de los finales, nos moriremos todos. De ser así, deberíamos admitir que la entidad más criminal entre los criminales en materia política, es la Naturaleza! En lo que se trata de amontonar cadáveres, no tiene rival. Por eso, como bien lo vió Spinoza, la muerte y la supervivencia, sólo han inspirado al pensamiento moral o religioso. Lo que en verdad preocupa a la política es la pregunta: ¿cuál es la una verdadera vida? Lo que también puede decirse en los siguientes términos: ¿qué es una vida colectiva bajo el régimen de una Idea? En abstracto la supervivencia de los cuerpos deriva del funesto concepto de `biopolítica´(…) No nos sentimos concernidos por la preocupación de los cuerpos y de su supervivencia, sino por la posibilidad efectiva de que el cuerpo colectivo pueda compartir activamente una idea general de su devenir” (pag 31).
Milner defiende su postura con su escepticismo respecto de las verdades en política, ni tampoco adhiere a la afirmación de que en el rubro ideas con mayúscula, esa entidad tiene más valor que la sobrevida de los cuerpos.

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