LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 129

19 agosto 2015 at 11:14 4 comentarios

Hannah Arendt que escribió páginas imborrables sobre el tema, habla de judeidad, en contraposición al judaísmo. Mientras los judíos constituían un grupo segregado, cumplían una función social. Se distinguían por sus costumbres, tenían sus propias autoridades, vivían en su territorio, los ghetos. Había labores y profesiones que les eran prohibidas y otras a las que se dedicaban con habilidad reconocida y envidiada. Los pogroms y las expulsiones, se alternaban con épocas de convivencia pacífica, y así la vida de la Diáspora mantenía la unidad del pueblo hebreo alrededor del Libro de Dios y del templo en que la memoria se fraguaba.
Tenían tradición.
La asimilación los incorpora en la humanidad anónima, se despojan de sus vestiduras, rediseñan su aspecto, y cambian sus apellidos. Están preparados para ingresar en la universalidad. Pero con el judaísmo asimilado no desparece la figura del judío, por la razón que el siglo de las Luces no ha borrado los odios ni la segregación secular entre etnias, naciones, grupos, sexos. Menos aún con aquel que fue el pueblo maldito de la cristiandad durante sus mismos orígenes establecidos como un deicidio.
Por lo que al no encontrar más a los judíos manifiestos, había que buscarlos, y develarlos detrás de sus nuevos disfraces. Sospechar de las narices ganchudas e inconfesas, averiguar antecedentes y remontar linajes, sospesar las fuentes del oro en circulación, y penetrar las cuevas de su anonimato. Eso es lo que Hannah llamó el nacimiento de la judeidad, y Jean Claude Milner, siguiendo a Sartre, la aparición del judío de la negación.
Milner pregunta si le es posible al judío ser sujeto del saber relacional a la vez que sujeto de afirmación en el estudio de la herencia judaica. Cita como ejemplos de quienes lo intentaron una vez que aceptaron romper con las vanas ilusiones del judío del saber: Maimónides, Lévinas, Benny Lévy.
El nombre judío no es un nombre cualquiera, no se disuelve en la impersonalidad de la razón. Pero para no olvidar el nombre, hay que hacerlo renacer cada día con el estudio. La letra y el texto son dadores de identidad.
Milner nos dice que al contrario de lo que sostiene la versión convencional de la historia de la ciencia, la ciencia galileana lejós está de reducirse al anuncio de que la naturaleza está escrita en lengua matemática. En realidad, los valores de exactitud nacieron del lado del estudio de los textos.
Galileo comparaba la naturaleza con un libro. Pretendía ser tan exacto y preciso en física, como lo eran los editores de textos griegos y latinos.
En su libro “Claridad de todo” (de Lacan a Marx, de Aristóteles a Mao), dice: “…cuando Galileo dice que el gran libro de la naturaleza está escrito en letras matemáticas, la palabra importante es letras y no matemáticas. Aquí me separo de la concepción de Koyré. Según Koyré, las que cuentan son las matemáticas y no la literalización. En mi opinión, el humanismo florentino, es decir, el establecimiento de los textos a partir de los manuscritos, tuvo importancia capital para el desarrollo de la ciencia galileana. Galileo encontró primero la letra en quienes establecieron los manuscritos, el texto auténtico de Platón, el texto auténtico de Cicerón…Sólo después se le plantea la pregunta: qué es lo que podría cumplir el rol de la letra en la naturaleza? A lo cual responde: las matemáticas”.
El humanismo inventó el universo de la precisión bajo la invocación de la letra, la vía regia de Petrarca y sus sucesores. El texto es el referente primero tanto del saber, de la ciencia, como del estudio judío. Pero para los dos primeros cabe un nombre cualquiera, el del hombre como ser racional y razonable, pero para el último cabe el nombre judío.
El estudio no le es funcional al saber porque interpela a un sujeto. Milner cita a Max Weber como prueba de un refuerzo universalista, cuando en su “Política y ciencia” nos habla de la neutralidad científica que anula la subjetividad en la operación cognitiva.
Sometido al régimen del saber, ya sea en nombre de la moral, de la objetividad, o de la racionalidad universales, de “lo cualquiera”, como dice Milner, el nombre propio adelgaza al máximo y se convierte en un apéndice.
Existe una universalidad `fácil´. Es la que se inventó con Pablo de Tarso por la que quedan anuladas todas las diferencias. No hay judíos ni griegos, ni libres o esclavos, sólo hay criaturas del Señor. Esta mismidad totalizadora será ampliada por Kant y Hegel.
Dice Milner en la página 152 de “El judío de saber: “Si el nombre por el cual retorna lo no-cualquiera es el nombre judío, si lo universal y lo cualquiera son disociados por este nombre de manera más radical que ningún otro, entonces las raíces paulinas del universal fácil resultan atacadas más allá del olvido reinante. No sólo están maduros los tiempos para un pensamiento de lo universal difícil, sino que además, el retorno del nombre judío obliga a este pensamiento. Un universal que no se una a lo cualquiera; un universal que no sea a imagen de la Iglesia; un universal cuya otra cara no sea una llamada a la conversión de todos: esto es lo que reclama la asunción que ha tenido lugar”.
Los tiempos están maduros, dice Milner, ¿qué quiere decir con esto? Lo siguiente: que hizo falta el terror absoluto para apartar al saber de su condición soberana. Nuevamente Auschwitz, Adorno envió la poesía a la nada de la impudicia después del genocidio nazi; ahora Milner hace lo mismo con lo que llama saber, ¿qué más podríamos agregar, qué otro abandono es posible sumar? Hobbes después de las guerras de religión que devastaron Europa con millones de víctimas, resolvió separar a la Iglesia del Estado y creó el Leviatán. ¿Qué debe descartar a su vez el personaje que Milner llama “judío de afirmación” que se enfrenta al judío de excepción, al judío de saber, al judío ciudadano y al judío de la negación?
Hay otro judío, el de la interrogación, aquel que dice: “¿qué le diré a mi hijo?”. Me adelanto a lo que el autor sostendrá en otro libro, lo que dirá es que el también es hijo y que su padre es también hijo, y así hasta Abraham.
Hablábamos de Auschwitz, y Milner vuelve a quien no debería abandonar nunca, aunque fuere para curarse de algunas manías que conserva del famoso judío de saber a la francesa, y nos habla de la banalidad del mal. Es decir de Hannah Arendt.
No sólo no debería abandonarla nunca sino, además, leerla mejor. En “Claridad de todo”, ante una pregunta sobre la filósofa y su libro “La revolución”, en el que analiza de un modo diferenciado las revoluciones nortamericana y francesa, Milner dice que no está de acuerdo con la visión de Arendt que piensa que los beneficios de la revolución norteamericana respecto de la francesa es que la primera aseguraría la paz y la estabilidad por una Constitución fundante, y la segunda desemboca en el terror.
Es una lectura hecha con anteojeras de antinorteamericanismo bien francés, para seguir con su estilo, hecha con el `nombre francés´. Arendt no habla de paz, sino de dignidad y libertad, frente a la consigna francesa de igualdad y fraternidad; distingue el derecho de las minorías frente a la idea de unanimidad, de voluntad general. Y entonces, sí es posible que diferencie a las dos sociedades, en una podía ser paria con alegría, en la otra una perseguida por su singularidad.
Por eso el listado de violencias del imperio norteamericano que hace Milner, que van desde la guerra civil a los asesinatos de presidentes, poco tienen qu ver con la tesis de Hannah Arendt.

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PAN RAYADO ONDA CORTA 26 POR AM Y TA

4 comentarios

  • 1. philo  |  19 agosto 2015 en 12:30

    1º Me gusto

    2º antes de emitir mi opinión sobre el párrafo de Galileo le canto unas estrofas:

    ♫♫si la historia la escriben los que ganan eso quiere decir que hay otra historia♫♫la verdadera historia quien quiera oír que oiga♫♫

    No es que uno determina al otro, no hay primero ni segundo, más importante y menos, (aunque montoto lo afirme), todo es resultado de una CONVERGENCIA

    C,O.N.V.E.R.G.E.N.C.I.A

    pero bueno… todos tenemos nuestro ego

    cariños profe, ¿encontró la variable que no corresponde?

  • 2. Roberto Nadaud  |  21 agosto 2015 en 9:15

    D.F. Sarmiento invoca a Facundo, podemos hacer lo mismo con Hannah : ya que nadie de fuste se anima con el enchufe : háblanos de la Franja de Gaza, Arendt, tú que escribiste en Jerusalém eligiendo la Palabra.

  • 3. magu  |  21 agosto 2015 en 11:22

    DON ABRAHAM
    No puedo, en este momento comprender ya a estas posturas, tal vez, me parecen históricas, ya anacrónicas. Es decir: el único problema real que existe ahora entre ISRAEL Y PALESTINA es geográfico político, nada más ?o hay más?………..y sobre todas estas sectas (o como se denominen) pseudo musulmanas, ISIS y demás, que tienen problemas con los judíos y con DIOS y MARIA SANTÍSIMA (es decir, todo tipo de cristianos) y no sé que quieren (si ganas de matar, o problemas también geográficos, políticos y religiosos a la vez). Me parece que en el resto del mundo, al menos en el OCCIDENTAL, estas denominaciones caducaron. Como digo e insisto. El mundo hoy, está potencialmente en manos de los chinos y punto. Todo lo demás es prehistoria. Ahora, sobre el deseo de SER, PERTENECER, IDENTIFICARSE, creo que la nostalgia por el pasado: ser de tal nación, de tal clan (como por ejemplo, clanes escoceses, celtas, etc) o pueblos originarios, reivindicaciones de etnias, razas, grupos. No sé, es como un paraiso perdido, cada uno puede recordar a su nono venido de tal lado, y usar su gaita, o su poncho, o su sombrero, o su violín, sea d edonde sea, es como querer volver a tner una identidad qeu se pierde en la globalización……….o no entiendo nada.

  • 4. Marcelo Grynberg  |  22 agosto 2015 en 21:43

    Mas sobre el pensamiento judio y la modernidad


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