LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 122

23 julio 2015 at 9:15 4 comentarios

¿Cómo hacer para que la razón universal llegue a la mayoría de los hombres, tomando en cuenta que la humanidad no está conformada por filósofos?
El libro de la “Ética” es un escrito para filósofos, pero el “Tratado teológico político” debería llegar a todos los hombres que sin ser filósofos, al menos tengan la posibilidad filosofante de comprender el dictado de la razón.
La Iglesia imaginada por Spinoza, sería para Lévy, una compuesta por filósofos y artistas. De hecho, si todos fuéramos filósofos, no se necesitaría un Estado. Pero dado que los filósofos no pueden evitar encontrarse con el vulgo ignorante, la necesidad de la política se hace perentoria. De no ser así, el ideal del filósofo sería la anarquía.
Para Lévy el democratismo de Spinoza es despreciativo. Denigra al pueblo judío como un conjunto de tribus de esclavos educados bajo la legislación egipcia. Más aún, Spinoza afirma que luego de desaparecer el Estado de Israel, y la dispersión de los judíos en la diáspora, la identidad de los judíos ya no tiene vigencia alguna.
Vemos los motivos de la acusación de traición. Para él, el judaísmo ya no tiene razón de ser, por eso, Lévy recuerda que el historiador León Poliakov sostenía que Spinoza pulió las lentes del antisemitismo moderno.
Lévy dice que de acuerdo a Spinoza hay un Dios de los sabios y un Dios de los ignorantes. Y lo asocia al pensamiento de Mao, si antiguo líder, que hablaba de un Frente Unido. La filosofía, ya sea el materialismo dialéctico como la filosofía cartesiana, debe unirse a la mayoría sin utilizar un lenguaje docto. Spinoza, como San Pablo, recomienda el uso de un platonismo o de un cartesianismo para el pueblo.
Para lograrlo es necesario adherir al espíritu de Cristo que es el que nos guía del universo del conatus, de los deseos egoístas, al espíritu comunitario. Es por su palabra que podemos abandonar la amistad como forma filosófica y viril por excelencia, por un concepto de reciprocidad que nos haga pasar del Uno al todos.
La pregunta persiste: ¿Cómo pasar del Uno al todos cuando los miembros de la comunidad no participan de la razón universal ni tienen grabados en su corazón sentimientos caritativos? ¿Cómo puede el deseo de posesión y conservación cobijarse bajo el derecho de otro, del prójimo, como si fuera el propio?
Para que el ideal se haga realidad, se necesita un cuadro normativo. Interviene la teología política, la necesidad de un jefe, pero, además, la voluntad democrática de Spinoza, descubre la utilidad de la convocatoria a las asambleas populares.
Para que la irracionalidad de los individuos se vuelva razonable, hay que juntarlos en estado de asamblea. La locura distribuída parece neutralizarse, y Spinoza acude al sentimiento de vergüenza para que sea efectiva la contención de las pasiones descontroladas dentro de los límites de lo prudente. Por eso lo que aporta la asamblea, es decir la multitud reunida en deliberación pública, es el miedo, ya sea bajo la forma de vergüenza y otros sentimientos similares mientras puedan ejercer la presión conveniente. Basta imaginar lo que puede padecer un `desvergonzado´, que siempre hay, para convertir el pudor no asumido ni autoinfligido en otra forma de sanción.
De ahí que el salmo a la multitud que en nombre de Spinoza hacen comentadores como Antonio Negri, al menos en la lectura de Benny Lévy, tiene otras connotaciones.
Sin embargo, el estado de asamblea restituye la dictadura de la opinión, realidad que siempre ensombreció a los filósofos desde Platón hasta hoy, pasando por Rousseau.
El Divino Jean Jacques, en el capítulo siete de su “Contrato Social”, nos dice (recordemos que para que la voluntad general se instaure como la entrega incondicional y unánime de la libertad de cada uno para recibir la de todos, es necesario que opere lo que llama una razón sublime´ encarnada en un Legislador : “El alma grandiosa es el verdadero milagro que debe dar pruebas de su misión. Cualquiera puede gravar tablas de piedra, o comprar los servicios de un oráculo, o simular tener un intercambio con alguna divinidad, o inventar in pájaro que nos habla al oído, o encontrar otros medios groseros para imponerse al pueblo. Podrá así congregar a una turba de insensatos, pero nunca fundar un imperio, y su extravagante ultraje morirá junto con él. Prestigios vanos no hace más que unir con lazos pasajeros; sólo la sabiduría es duradera.
“La ley judaica, que subsiste aún hoy, aquella del hijo de Ismael que a lo largo de diez siglos reina sobre la mitad del mundo, evocan en nuestros días a los grandes hombres que las han dictado; y mientras que la orgullosa filosofía o el ciego espíritu faccioso no ve en ellos más que impostores agraciados, la verdadera política admira desde sus instituciones aquel gran y poderoso genio que preside realidades duraderas.
“No por eso hay que concluir como Warburton (teólogo inglés), que la política y la religión deben tener un objeto en común, pero, en el origen de las naciones, una servía a la otra”.
Por lo que desde Platón a Rousseau, para que la sociedad humana sea posible, es necesario un gran hombre. Lévy lo designa con una gran S, y al pueblo que le obedece con pequeñas “s”. Se trata de comprender el modo en que la gran S, la potencia soberana, obtiene el consentimiento y la promesa de sumisión de todas las s.
Hay un problema. Ninguna necesidad inteligible tiene la fuerza de otra que surge de la existencia. En otros términos, una cosa es escuchar la voz del mismo Dios, y otra que un delegado divino nos cuente que la escuchó y que debemos cumplir su mandato si no queremos perecer. Y menos fuerza aún tiene que alguien en nombre de la razón, nos explique la necesidad de seguir al pie de la letra los mandamientos porque hace a la armonía del grupo.
Pero todo el pueblo judío “vió” la voz, nos dice Lévy en la página 244 de su libro. Ver la voz, no es una fe de erratas, ni una falla de la imprenta, Levy quiere decir taxativamente que el pueblo judío fue testigo de la presencia divina en la forma de una zarza ardiente de la que emergía una voz tronante.
Hay que distinguir la voz, que en hebreo se dice “kol”, de la palabra: “dibour”. Todos oyeron la voz en tanto los dibourim son pronunciados por Moisés. El kol es inmediato, provoca lo que Lévy llama “traumatismo fónico”, también dice: fonocracia. Pero la voz se apaga, Dios se retira, y el vacío de su presencia es ocupado por el profeta.
El profetismo oficia de visión política del mundo para ponee fin a la dictadura de la opinión. Lévy nos dice que la verdad del sujeto (nechama) implica la destrucción (shemana), la nada, la noche del fuego. Lo asocia con la nada sartreana como condición de libertad. El profetismo, agrega, asegura la libertad de pensamiento, aunque hayamos perdido el secreto de la voz clara.
Pero estimo que lo que hemos perdido es el sentido común, que no es sólo un concepto del empirismo inglés, sino el mero contacto con la realidad que nos evita la psicosis. Es interesante el análisis del fracaso de la filosofía occidental que hace Lévy, conoce bien su tema. Menos se entiende, el refugio que encuentra en el mundo mesiánico.

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PRESENTACIÓN 22 DE JULIO 19HS Entrevista Mariana Arias (Segunda parte)

4 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  23 julio 2015 en 10:41

    Interesante. Respecto al fracaso de la filosofia, o mejor dicho sobre el incorrecto despliegue del proyecto ilustrado, me parece mas razonable -hasta donde entiendo- lo que piensan Adorno y Horkheimer.
    Saludos.

  • 2. Roberto Nadaud  |  23 julio 2015 en 12:59

    vendrán Asambleas y Mesias : si el ecosistemas aguanta el Armagedon ecológico este milenio vera poblados de desesperación hasta el último confín de las tierras: desde Akenatón a Kim il-sung las flora y fauna, los humildes aguantan : y de las élites gobernantes solo han recibido corrupción e indiferencia.
    Nogales de Altenburg : creo que era Malraux quien escribía acerca del echo de asistir al fin de una civilización.

  • 3. Marcelo Grynberg  |  27 julio 2015 en 10:08

    Nota de actualidad en:

    http://www.periodiconuevasion.com.ar/articulo.php?id=6198

  • 4. Edson  |  28 julio 2015 en 10:02

    La nota a Detelev Claussen está muy interesante, pero me pregunto: ¿dónde está el antisemitismo en la recomendación de El Mercader de Venecia?
    Honi soit qui mal y pense.


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