LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 121

20 julio 2015 at 11:06 2 comentarios

En la segunda parte de “Le meurtre du Pasteur”, Lévy analiza los modos en que se incluye la figura del pastor en la modernidad a partir de la filosofía de Hobbes y de Spinoza.
Con Hobbes nace la filosofía política supuestamente atea. Maquiavelo, un posible antecesor, no es más que un estratega, un instrumentador, pero con Hobbes la filosofía opera en los orígenes, hace derivar el poder de la naturaleza.
En el estado natural los hombres se guían por el deseo. El deseo es insaciable. A cada satisfacción le sigue una carencia. Hay una ley de la inercia de la máquina biológica. El conflicto nace no sólo por la colisión entre seres deseantes sino por el miedo a la muerte. El instinto de conservación hace que el deseo primordial que es el de vivir, imponga sus condiciones. Defender nuestra vida es la primera. Nuestro prójimo es peligroso porque tiene el poder de matar y matarnos. Por las innovaciones tecnológicas de la época, un hombre débil puede matar a uno fuerte. La pólvora es democrática. El futuro es incierto, la amenaza a la muerte violenta exige la prevención.
A la inversa de Platón, para Hobbes, filosofar es aprender a no morir.
El mito cuenta que Prometeo borra de la mente de los hombres la fecha de nuestra muerte que Zeus nos había comunicado. Nos permitía anticipar nuestro futuro. Una vez borrada, nace la política a falta de destino. Hay política por el miedo a la muerte incierta y porque los débiles pueden ser poderosos.
La política sólo se ocupa de los cuerpos. Esta vez hay que tomar en cuenta las pasiones. Hobbes llama cuerpo a todo ser que es generado. Como la teología tiene que ver con lo increado, lo eterno, no debería regimentar los asuntos humanos. Pero lo hará de un modo compartido. Lo que le interesa a Hobbes ya no es la creación del mundo sino la omnipotencia divina. La presencia de Dios será necesaria para gobernar el mundo terrenal.
Lévy pregunta por la necesidad del doble teológico-antropológico, pagano-cristiano, para diagramar el poder de las nuevas unidades políticas, la causa por la que se instituye el doble cuerpo del rey. ¿Por qué esa redundancia?
Hablemos de la razón de Estado. Si para los griegos del caos de la opinión se salía por la episteme, para Hobbes se sale por la razón de Estado. Pero ¿para qué queremos un “plus” si la razón es universal? La legitimidad del poder se obtendrá por un doble carril que viene uno de arriba y otro de abajo. El Leviatán es el ídolo que nace por un pacto que impone la obediencia a la vez que un consentimiento. Por un lado: creer; por el otro: autorizar. El primero es religioso, el segundo policíaco. Gracias al gran estado hay que integrar un sistema de seguridad en el ansia de salvación. La creencia tiene por objeto lo sobrenatural, y la autoridad se plasma en un ente artificial.
Los autores del artefacto estatal autorizan al actor que los representa. Pero el delegado tiene una doble autorización. La de arriba, que viene del Dios que ya había autorizado a Moisés y Jesús; y la de abajo, cuya autorización proviene de un pueblo que por consentimiento delega en un gran actor su miedo a la muerte violenta.
El Pastor en la república de Platón, era un imposible. El problema más profundo de la metafísica que es la de pasar de lo múltiple a lo Uno, no tenía solución política. En Hobbes, el pastor es religioso y ateo, un consejero que tenemos a nuestro lado, que nos protege, y un policía que nos vigila.
Esta connivencia entre el Amo celestial, el Amo terrenal, y el pueblo, que permite que la figura del pastor se desdoble para garantizar la paz social, es un invento de la modernidad. La solución de Hobbes no ha sido la única. Benny lévy está más interesado en la que pensó Baruch Spinoza.

Spinoza ha sido un filósofo encomiado por la generación del sesenta. Tanto Althusser como Deleuze, han leído desde perspectivas distintas la obra del holandés sefaradí, resaltando su espíritu de vanguardia en lo político y en lo metafísico. Su adhesión a la república, su espíritu democrático, la denuncia de la casta sacerdotal, y una ética in more geométrico en la que la divinidad es concebida como un proceso inconcluso de transformaciones, en el que prima la potencia de vivir y una crítica de las pasiones tristes, hicieron de él una especie de beato laico y generoso, adelantado a su tiempo.
El hecho de que fuera excomulgado por la comunidad judía mediante el decreto del “jerem” por el cual se convierte en un marginado social y un desterrado de todo grupo humano, mostraron a un filósofo que pagó con su soledad el atrevimiento de haberse enfrentado a las autoridades de su tiempo, tanto en el terreno político como en el del conocimiento.
Benny Lévy va a contracorriente de esta tendencia a pesar de haberse formado con los maestros de filosofía recién nombrados. Adhiere a la posición de Emanuel Lévinas, de quien aprende y estudia las relaciones del judaísmo con la filosofía, y acusa a Spinoza de traición.
Es llamativa esta nueva condena que parece confirmar al protocolo de expulsión de hace cuatrocientos cincuenta años, más aún después de los intentos de Ben Gurión de levantar el decreto en el año 1953. Pero la traición a la que se refieren parece deberse menos a un acto de desobediencia o de herejía de la tradición judaica, que a una escena de celos, claro, no a celos de marido sino a celos de un Dios todopoderoso. El no adorarás a ningún otro Dios que al Innombrable, condena sin matices a un filósofo que por un lado edifica un sistema de inmanencias en la que la divinidad se disuelve en la naturaleza, que, además se opone a cualquier sistema tiránico, a todo despotismo legitimado en necesidades políticas o en ideales trascendentes, y que, sin embargo, eleva a Jesús como símbolo de la fraternidad universal, emblema de caridad y de amor.
Haber elegido a Jesús contra Moisés, es una traición a su pueblo, un paso cuyas consecuencias no son menos graves para la supervivencia del pueblo de Israel que siglos después llevó a cabo el movimiento de la Ilustración judía, la Haskalá.
Levy nos dice que el propósito de Spinoza es hacer congeniar la democracia popular con una teocracia ad hoc. En esto se diferencia de Hobbes que era partidario de una forma de despotismo conveniente, una servidumbre voluntaria, por medio de una cesión de libertades a un monarca absoluto.
Spinoza privilegia el conocimiento porque es por él que el hombre llega a la contemplación que llama beatitud, y que le permite el logro de la felicidad. Por eso la filosofia es primordial como ideal de existencia. Lèvy dice que lo que le interesa al filósofo es estudiar en paz. Siguiendo la prédica de Maimónides – el filósofo que se mantuve leal a la tradición a diferencia que su sucesor holandés – el mesianismo no es otra cosa que la posibilidad de estudiar en casa, y en paz, la letra de la herencia del más sagrado de los libros.
Lo que importa de la filosofía no es que domine las mentes de todo el mundo, sino de que se desarrolle en un clima de libertad, porque sólo en una atmósfera así, la razón puede desplegar su potencialidad.

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2 comentarios

  • 1. philo  |  20 julio 2015 en 13:47

    Un placer el texto!!!

    Yo lo quiero a Spinoza, En cierta forma me identifico con él.
    Creo que logró salir de lo que yo llamo caverna

    Bello, bello, bello el último párrafo

  • 2. Roberto Nadaud  |  20 julio 2015 en 14:11

    geográficas : dónde buscar, en qué texto de los filósofos y su entorno histórico, la coincidencia de climas de libertad y despliegue de la razón? : un autor, Frederick V. Grunfeld nos habla de los exiliados: quizá el peligro acechando a los razonantes sea trágicamente fertil, y los tiempos de paz, aburridos, plácidos.
    la lectura del libro de Grunfeld: no todos los libros de oraciones vienen, después de todo en versículos y Nihil Obstad : nombrarlos, a ellos, puede ser una oración, sus fotos, papel gastado, íconos del dolor y la memoria : en qué Edén a la vera de la historia se los podría pensar?


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