LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFIA 116

2 julio 2015 at 9:57 5 comentarios

Trataremos de pasar por una procesadora con su respectiva juguera todos los artículos que llenan la verdulería de Peter, y extraer su jugo. Para eso, intentaremos hacer caso omiso del modo en que legitima por medio de la historia universal sus posiciones teórico políticas. Iremos a contracorriente de su estilo: seremos breves.
Peter está en contra de todas las personas, y en especial, intelectuales, que se dicen decepcionados. Aquellos que han llegado a la conclusión de que los valores derivados de la Ilustración no se han realizado. Estos decepcionados y falsos ilustrados, son los cínicos de la modernidad. Pueden ser realistas o idealistas, tanto en uno como en otro caso, son hijos de la apatía, no aman lo que saben.
Hoy en día nuestro saber hace gala de su escepticismo, sabe que la verdad en singular no existe, y que todo pensamiento es estratégico. Por eso es melancólico, de una melancolía que pretender ser poderosa y que se satisface con lanzar al mundo mentiras piadosas. No cree, pero deja creer. Es lo que Sloterdijk llama el cinismo señorial.
Peter está en contra de la histeria antitecnológica. Los experimentos por crear vida en laboratorios, las clonaciones, los descubrimientos de la ingeniería genética, no son el anuncio de una cárcel a la G.Orwell más el infierno de A.Huxley. Nada tienen que ver con los neonazismos, las manipulaciones de poderes sádicos, los planes de exterminación de peligrosos y disidentes, ni se trata de homúnculos diagramados para controlar emociones, generar sentimientos computados y envenenar con productos bioquímicos a masas de sobrantes de la tierra.
Para él, lo que se llama técnica es lo que en el siglo XIX se llamaba arte.
Peter está en contra de todos los humanismos que en nombre de la esencia del hombre, siembran el pánico ante las nuevas formas de libertad creativa que se implementan. Pretenden ignorar que el humanismo derivó en un momento de un proyecto de cofradía aristocrática sostenida por un intercambio epistolar y la posesión de un saber gramatical, que siglos después se coronó con el trabajo domesticador de sacerdotes y con el servicio militar obligatorio, cumbre de la fraternidad universal.
Está en contra de la izquierda y de todas las ideologías revolucionarias que no son más que inversiones de ira y venganza, y de todas las derechas disfrazadas de populismo justiciero que buscan perdedores para organizar nuevas hordas orientadas por la sola rabia.
Peter está en contra de Heidegger a quien califica de especialista en pastoreo y en contra de toda la tradición alemana de la que tuvo que “desgermanizarse” gracias a sus desplazamientos geográficos e intelectuales hacia la India, los EE.UU y Francia.
Está en contra de toda la cultura del stress que se encarna en una movilidad incesante y una cinemática personal y grupal que necesita tanto del escándalo mediático como del consumo desenfrenado.
Se opone a la tradición contemplativa que ha fijado al filósofo en una silla, y lo ha apartado de las cosas en nombre de la pureza mental, del soplo del alma, de la superioridad del espíritu, o de la carne fenomenológica.
Además está en contra de la metafísica y del monoteísmo.
¿Qué es lo que le gusta y qué es lo que concita su adhesión y entusiasmo?
Le gusta Mad Max y Matrix, pero no un futuro de rayos láser, vibraciones mágicas y motos con campera negra y rapados con aros. Sino un mundo hipertecnológico habitado por gente sencilla que camina con ojotas, pero no como en Calcuta, sino como en San Francisco. Un retorno de Diógenes parado en uno de los ingresos de un mega shopping de Berlín jugando al balero, que según el diccionario se dice en alemán: beliebtes geschicklichkeitsspiel für kinder, es decir, nuevamente, balero.
Es un hombre jovial y despreocupado que por las tardes en un cybercafé le hace jaque mate a un programa de ajedrez de una computadora de última generación.
Un Steve Jobs sin empresa, que juega como Heráclito de Éfeso al borde del mar, o un yogui en Sillicon Valley.
Le gustan los gúrúes, no todos, uno sí en especial: Rajneesh Osho, el anarcoyogui. No renuncia al conocimiento extático, cree en las intensidades máximas.
Pero a Peter también le gusta la sabiduría pos-orgiástica, la de todos los días, la vida de lo humano demasiado humano, que se logra con calma mientras se disfruta de lo cotidiano, de lo trivial, y de lo habitual. Una sensación de liviandad lejos del hang over de las borracheras, que mantiene la sorpresa de existir.
Más aún, define a la filosofía como una búsqueda entre orgías.
Le gusta la novela, tanto que dice de su propia escritura que es novelesca. En nada quiere parecerse a los monógrafos consuetudinarios que con gravedad hablan del Ser, de la Verdad y de la Teoría.
Su mundo es el mundo de las espumas, de los discursos sin control de referentes externos, de una producción caótica de sentido, de un vértigo crónico, una ideología de surfistas.
Peter es un niño, es como don Fulgencio, un filósofo alemán erudito dibujado por Lino Palacio. Quiere abandonar a la filosofía a la que considera una disciplina que afea a quienes la practican, que convierte a sus aficionados en sedentarios y cobardes, melancólicos y solemnes, contemplativos y pusilánimes, abandono que quiere concretar de la mano del arte novelesco, de la sabiduría hindú y de la tecnología de punta.
Para alejarse del Rhin debería abandonar Europa, a la que califica de provinciana, ignorante, al tiempo que saluda la reconquista y el redescubrimiento de Occidente en manos de los nuevos navegantes que esta vez provienen del extremo oriente.
Estamos en vísperas de la suma de los universales de Atenas, Persia, Palestina, India, China, contracara del choque de civilizaciones de Huntington. En este nuevo cosmopolitismo aneuropeo, en el que pasamos de la era del carbón al de los genes, de la gramática al algoritmo, de la eterna lectura a la meditación trascendental, se avecina una aurora de sujetos refinados en alegre y franca cooperación.
Hay una nueva gaya ciencia.
Peter es positivo. Está harto de la teoría crítica y del espíritu de sospecha. Trata a J.Habermas de diplomático de la teoría, pastor civil, manager de discursos, provinciano ignorante; de Heidegger dice de todo, lo bueno y lo malo, de anacrónico agustiniano a hermano de Lao Tsé.
Ama la vida y acepta lo que llama la muerte social para quienes se desvían del sendero de lo académicamente riguroso, de lo políticamente correcto, de lo revolucionariamente emancipador. Dice que en su Alemania no lo toman en serio, pero que sabe que ha sido bien recibido por el gran público.

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Tomás Abraham: “Ética y Economía” (03-09-1997) A MODO DE RECORDATORIO (SOBRE CONSTANTINO, EN PAN RAYADO 18/4/2009)

5 comentarios

  • 1. Roberto Nadaud  |  2 julio 2015 en 12:10

    el “gran público” que recibe bien a Grey, Rihanna, Messi, Obama : adelante,el bufón de turno sigue.

  • 2. Marcelo Grynberg  |  3 julio 2015 en 16:52

    Podria concluirse que para Sloterdijk la vida humana ya es plena y feliz, en tanto que la filosofia ha devenido un fosil que solo interesa a unos pocos amargados (y odiadores …). Adorable. No se quien es mas pelotudo: Sloterdijk o Heidegger.

  • 3. Roberto Nadaud  |  5 julio 2015 en 9:39

    sería interesante escuchar ARGUMENTOS : los insultos y descalificaciones son bailanta-fascismo.

  • 4. Marcelo Grynberg  |  5 julio 2015 en 10:16

    Eso, argumentos y menos poesia.

  • 5. Sergio R.  |  8 julio 2015 en 22:45

    Leí Ira y Tiempo de P.S., pero no me entusiasmó tanto como esta descripción. Me aburrí un poco con el libro, se ve que no pude captar este pensamiento tan copado que describe Tomás…


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