LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 111

19 junio 2015 at 11:57 7 comentarios

Son curiosos los años sesenta. En la filosofia francesa de la posguerra, la figura de Sartre hegemonizaba el campo cultural. Los comunistas lo odiaban porque capturaba mentes que les disminuía el volumen de la masa revolucionaria, a favor de la rebelión burguesa. La derecha lo acusaba de degradar al espíritu y a las bellas artes, en nombre de un compromiso utilitario, prosaico, al tiempo que rechazaba sus denuncias de irresponsabilidad política y complicidad de los escritores con los opresores.
Sartre era otro que junto a Nizan confeccionaba el listado de los “chiens de garde”. Pero por otra parte, se había convertido en el escritor más fascinante en el lapso de tres lustros, gracias a sus obras de teatro, a sus novelas, y a su talento polémico. Sus mismos adversarios reconocían sus virtudes literarias.
C.L.Strauss en “La pensée sauvage” de 1962, aún le dedica un capítulo para discutir con él la oposición entre razón analítica y razón dialéctica. Pero no pasó mucho tiempo para que los nuevos protagonistas de la escena literaria y filosófica comenzaran a faltarle el respeto, una antesala para ignorarlo de ahí en más.
Sartre dejó de estar vivo, es decir, de molestar, y sólo con mayo 68 vuelve a ser mencionado y convocado pero ya como celebridad, monumento, pasado y recuerdo.
La despedida de Sartre, el adiós a su figura, es concomitante con una despedida de la filosofía, en un sentido que hay que especificar. Por supuesto que no desapareció la carrera de filosofía, ni los profesores de filosofía. Ni siquiera la vanguardia dejó de componerse de filósofos. Pero al atacar a la yunta de fenomenología y marxismo, a la bisagra entre conciencia y praxis, aquello que quedó con el nombre de filosofía fue: el análisis del discurso, una rama de la semiología.
Quizás Derrida y Deleuze aún mantuvieran sus atributos filosóficos, pero otra vez la excepción confirma la regla. El caso más notorio ha sido Foucault. Sus cursos en el College de France son clases de lectura de textos, nuevas interpretaciones de vocablos griegos y latinos, dedicación detallada a lo escrito. La filosofía es eso: pensar lo pensado a partir de los textos. La filosofía se ha quedado sin misión, sin sentido de la historia. Sin Sartre. Y, al menos, como premio consuelo, en la última etapa de Foucault, a falta de misión, vuelve a interrogarse sobre el significado de una “vida filosófica”.
La filosofía reducida a veridicciones, es una filosofía sin verdad. Y al carecer de verdad, y de misión, es como si fuera una religión sin salvación, sin iluminación. ¿Para qué sirve entonces? Es la pregunta que pueden hacerse los filósofos sin filosofía, los nuevos huérfanos del saber.
Deleuze parecía seguro y terminante cuando decía que la filosofía producía conceptos, y que por tal práctica se definía. Pero los conceptos no son herramientas que cualquiera de nosotros aplica a la realidad. El dicho de que la filosofía es una caja de herramientas puede confundir. No se trata de martillos, tenazas y destornilladores abastractos, que cada uno de nosotros se mete en la cabeza para hacerla funcionar como un mecano.
La filosofía nos tiene que dar ideas, y desmantelar otras. Su eficacia no se mide por su confrontación con otras filosofías. La filosofía no refuta ni demuestra, no es una ciencia. Ilumina zonas y despeja confusiones, devela incógnitas, o crea nuevas. Más que instrumento es un arma en el espacio de la opinión, y no una clave para descifrar el misterio o el dolor de la existencia, si no es sólo por trozos.
Este espacio de la opinión no es el de la libre expresión de los individuos de una sociedad, sino la organización del sistema de creencias por medios de los dispositivos mediáticos y de los canales institucionales. Incluye a los aparatos de Estado y a los poderes corporativos que regulan el mercado.
La palabra `opinión´ es demasiado pobre para dar cuenta de la circulación de los saberes en una sociedad. Pero es en esa instancia y no en el intercambio académico entre especialistas que se mide la eficacia filosófica. En este sentido tiene razón Nizan cuando connmina al filósofo a cotejarse con la gente vulgar.
¿Qué aporta la filosofía al debate general y en qué se diferencia de otros modos de expresión? ¿En qué es reconocible? No lo sabemos, aunque hay un modo sencillo de ubicar a la palabra filosófica en medio del flujo global de los vocabularios circulantes. Y es la pedantería, la ostentación de referencias eruditas, el esforzado intento de elevarse por sobre el sentido común. Y es ahí en donde no sólo fracasa, sino que se convierte en bufonería de tanta solemnidad con la que se reviste.
Cuando decimos que la falta de verdad es decapitación lisa y llana de la disciplina nacida en Atenas y reforzada en el siglo XVII por el `saber natural´, para coronarse con el saber absoluto de la dialéctica hegeliana, este espectro acéfalo no es el pensador débil. Y menos aún el posmoderno. Ya no es filosofía renovada sino opinología ilustrada, doxología fuerte.
Si la filosofía se define por el `sólo sé que nada sé´, entonces su trabajo desde la ignorancia asumida, tiene grandes escollos para desarrollarse. Se concierte en superflua a pesar de ser interesante.
¿Qué hacía Sócrates? Usaba el `sólo sé que nada sé` como un arma para desvalijar de su contenido a los sabihondos griegos. Era anarquista. Luchaba contra el poder de los que dominaban: sofistas, tiranos y demagogos. Los artistas del engaño. Esta labor actualizada no constituye de por sí un saber, menos una ciencia, ni un corpus teórico. Depende tanto del practicante como también dependía hacia dos milenios y medio. No existe el socratismo, puede haber reverberaciones de su actitud teórica en los cínicos, pero tanto el mago de Atenas como sus seguidores, hablaban y sólo escribieron más tarde.
Como bien señaló Platón, la escritura modifica el espacio comunicacional, y su impronta la obliga a construir un artefacto cuya acción es independiente de su emisor. La letra debe tener poder en sí misma, ya que la majestuosidad del sujeto de la enunciación desaparece con el autor, y se disipa la fuerza de su personalidad.
Sin embargo, la despedida de Sartre, dejó sus huellas. El mentado “compromiso” obligó a sus sepultureros a bregar por causas de todo tipo. Desde el ideal revolucionario, a la subversión iraní, la liberación de los enclaustrados en nosocomios y cárceles, todo la estela del después de Auschwitz, después del Gulag, y todos los después que se acumulan con el tiempo, saca al filósofo de su caverna, no para encandilarse con la luz, sino para ver la noche del mundo.
Todos se rieron de Sartre. Se burlaron de su humanismo, de su razón dialéctica que progresaba y regresaba al ritmo de la bencedrina; de su tragicismo constante; de su apego a las causas de jóvenes extremistas que lo usaban de canillita. Fue condenado por jugar al juego de la guerra fría del modo más confortable posible: eligiendo un bloque, desde el otro bloque.
Se rieron de su renunciamiento, no sólo a los premios, al mayor de ellos, sino a escribir literatura. A sus cincuenta y cinco años anunció que no escribiría más novelas, ni relatos, ni obras de teatro, ni guiones de cine. Que se dedicaría a la filosofía, a la extensión del método dialéctico para entender una vida, y de todas las vidas posibles, la del idiota de la familia, el escritor por antonomasia: Flaubert.
Pero de lo que estamos hablando aquí es de otra renuncia, la del filósofo a hacer filosofía, y no la del escritor a la literatura para dedicarse a la filosofía, todo lo contrario. Cuentan que Foucault tenía deseos de salir de la filosofía y dedicarse al periodismo…
Pero el único que renunció a lo anunciado fue Sartre. Sus dardos estuvieron dirigidos a la literatura, a la ficción. Una vez rendidas las cuentas con la filosofía tradicional, una vez concluída la porfía con los “chiens de garde”, con la publicación de sus libros de fenomenología en los que batallaba contra el idealismo y contra la psicología profunda, en nombre de una conciencia abierta al mundo, corona su empresa filosófica con “El ser y la nada”, un texto hermoso en lo literario, y no tan brillante en sus conceptos. Sus “en sí” y “para sí” hegelianos, o sus devaneos en torno al “ser” que nos evoca a Heidegger, son menos inspiradores que la noción de “mala fe”, con la que ataca a la burguesía.
Es imposible entender a Sartre y a su renuncia a la literatura sin este odio a lo burgués, al “salaud, como lo define, en nuestros términos callejeros: al sorete. Para él, la idea misma de literatura y de escritor es inseparable de la burguesía que se instala desde los comienzos del siglo XIX. El idiota de la familia, es el tonto y el bufón de la familia burguesa.

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7 comentarios

  • 1. Diana  |  19 junio 2015 en 15:24

    Bueno, creo que la filosofía no produce conceptos, ( ..) produce obras y seguidores por milenios. Ahora veamos si podemos desvestir (pero no desnudar) a la Filosofía de sus ropajes epocales y occidentales, digamos y observar su molde, como una Venus, inmóvil , firme, esperando…Qué? A quién? Cómo acerse ahora ? Y qué decir? (Ella posee el Ser de todas las cosas. ..) Es momento de una gran asepsia, de preguntarle más cosas, pero otras cosas y de otro modo, quizás puedan hacerlo esos desconocidos, esos otros nostros, pero hay que hacerlo.

  • 2. Diana  |  19 junio 2015 en 16:33

    .y cordiales saludos Profesor, haber si quizás usted, puede intentar dar forma a esta cosa del mundo, que es la filosofía.

  • 3. Roberto Nadaud  |  19 junio 2015 en 17:15

    París siempre valió una misa.

  • 4. Roberto Nadaud  |  19 junio 2015 en 19:29

    “el escritor más fascinante” el Hado de G. Steiner debe andar preocupado: Despues de Babel, por ej. nos dice de escritores que, desde el silencio han dejado la memoria del mundo y del siglo XX.
    S. no figura, y es preocupante que el fascinador haya sido omitido.
    PD: R.Arón tendría que haber sido menos tímido, alguien lo recordaría, y ese otro que escribió Humanismo y Terror, paciencia.

  • 5. philo  |  19 junio 2015 en 22:43

    Este párrafo me encanto:
    “La filosofía nos tiene que dar ideas, y desmantelar otras. Su eficacia no se mide por su confrontación con otras filosofías. La filosofía no refuta ni demuestra, no es una ciencia. Ilumina zonas y despeja confusiones, devela incógnitas, o crea nuevas”

    Puedo animarme a dar una hipótesis? no será que nos ayuda en nuestro devenir?

    Hace un par de días estuve con mi hijo el Astrofísico y Dr en Física y Matemática. ( sus títulos me apabullan). Nuestros encuentros son apasionantes delirios.

    La pregunta que intentábamos responder era: ¿que pasaría si se pudiera confrontar a la persona que fuimos hace un año o diez o veinte, con la que somos hoy? Surgieron interesantes hipótesis.

    Porque traigo este relato, justamente porque usted esta planteando las mutaciones. Y yo me pregunto: si no mutamos,¿ como sería nuestra vida? tal vez insoportable

    cariños

  • 6. Marcelo Grynberg  |  20 junio 2015 en 12:21

    Evocando a Max Weber, tal vez el extra\~namiento y/o extravio al que parece conducir la filosofia y su lenguaje (muchas veces de “se\~nora gorda”), pueda atribuirse a la progresiva separacion del mundo vital (relaciones interpersonales, intereses culturales, religiosos, artisticos, etc.), de la esfera del mundo economico (practico, impersonal, prosaico, racional con arreglo a fines). Son dos logicas divergentes, con practicas, actitudes y/o eticas en gran medida enfrentadas. En resumen: una ezquizofrenia de nivel planetario.

  • 7. Claudia Garcia Astorga  |  20 junio 2015 en 15:48

    Excelente como siempre maestro! Fundamental para entender al pensador brillante que es Sartre.Gracias


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