LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÌA 107

5 junio 2015 at 9:20 10 comentarios

Vimos que en sus análisis del fin de la historia y de Bartleby, Agamben partía de la distinción aristotélica entre potencia y acto, ahora, en esta conjunción con el poder soberano, que en potencia también tiene la facultad de suspender en acto toda garantía establecida por un poder constituido, dice: “Pero quizá la objeción más fuerte contra el principio de la soberanía es la contenida en un personaje de Melville, el escribiente Bartleby, que con su `preferiría no´, resiste a toda posibilidad de decidir entre potencia de y potencia de no.” (Ibid, 67)
Pero no hemos agotado la presencia del insignificante copista en el pensamiento de Agamben. Arne De Boever, de la universidad de Columbia, en el primer número de la revista Parrhesía (2006), su artículo “Overhearing Bartleby: Agamben, Melville, and inoperative power”, nos remite a nuevas inquietudes agambenianas sobre la conducta de Bartleby y sus resonancias globales. Esta vez se trata de los indocumentados, realidad de las migraciones que en nuestros días acaban tanto en expulsiones y cautiverios como en náufragos cuando no ahogados.
Un diagnosticador del presente no podía ausentarse de esta nueva calamidad generada tanto por estados fracasados ya sea en el primer como en el tercer mundo. Más aún si recordamos esta cita de su libro sobre la `nuda vida´: “las grandes estructuras estatales han entrado en un proceso de disolución. La sangrienta mistificación de un nuevo orden planetario. Estamos en la urgencia de la catástrofe.”
Detengámonos en esta nueva manifestación puntual de la catástrofe mundial. El indocumentado no quiere ser repatriado ni tampoco desea perder su identidad y asimilarse a su nuevo lugar. Pide la legalidad que le confieren los mismos derechos y garantías que goza todo habitante que pisa suelo en una república de hombres libres, pero lucha por conservar su religión, sus costumbres, su forma de vida aún en los espacios públicos en los que se exige la homogeneidad ciudadana. Prefiere no ser ciudadano ni refugiado, no se naturaliza ni acepta ser repatriado. Nuevamente, hay alguien que se sitúa en una zona intermedia. Entre quienes gozan de sus derechos y aquellos que carecen de ellos, es un “ser no sin derechos”, ni con, ni sin, sino: “no sin”. Un espacio bartlebiano, de indefinición, de una preferencia negativa.
“Preferiría no ser repatriado”.
De Boer extiende la fórmula a los casos de sospechosos de terrorismo, al “no no terrorista”, nueva zona de indefinición que señala a quien podría ser terrorista. Cita un análisis de Judith Butler sobre los presos de Guantánamo a quienes asocia con la muerte del electricista brasilero perseguido y baleado en un subte de Londres, el que también era un “no…no suicida terrorista”, quien bien podría serlo o no serlo.
Nuevamente la potencia y sus alcances. Por eso se habla de “inoperatividad de la ley”, una nueva forma en que el estado de excepción se impone a las autoridades que la representan. Nadie es inocente sin ser por ello culpable, pero la ejecución sumaria o la tortura se lleva a cabo…por si acaso.
Por supuesto que estas reflexiones poco tienen que ver con Bartleby, no directamente, pero permite pensar en la dirección por la que se orientan los filósofos del presente y el modo en que capturan a personajes de la literatura para que rellenen determinados lugares. En especial el lugar de la víctima. Ya sea Cristo, el refugiado, el perseguido por su piel y sospechoso de atentados, o un redentor, un mesías o un anunciador de la fraternidad universal.
Miembro de esta comunidad de filosofantes y diagnosticadores del presente, es Byung- Chul Han, un filósofo coreano que escribe en alemán, un caso poco usual en la historia de la filosofía, y que quizás no sea más que una muestra del asunto recién comentado sobre las migraciones de nuestros días, aunque con mejor suerte.
Está de moda. Sus libros llegan a nuestro país. Son pequeños, como si fueran capítulos de un libro mayor. Y en su libro “La sociedad del cansancio” (2010), incorpora a nuestro personaje, al incansable Bartleby.
Un diagnosticador del presente puede ser un fino observador, como lo es un buen novelista. A diferencia de este último, no le basta con la descripción de la vida cotidiana ni con los personajes que la habitan. Necesita hacer un diagnóstico, por eso los llamo diagnosticadores. Son médicos morales y su vocación se inclina más por el auscultamiento de una enfermedad que por comprender el sentido de la existencia. Algunos necesitan curar como lo proponen los epígonos de la filosofía analítica, que consideran que nuestros males derivan del mal uso del lenguaje. Otros se inclinan por otro oficio de referencia y se inspiran en operaciones policiales. Sospechan, desconfían, algo huele a podrido, detrás de cada argumento olisquean un interés inconfeso. Hay quienes no se satisfacen con el espíritu de denuncia y reclaman un programa de cura, una terapia, sin la cual el recuento de síntomas y el estado de alarma frente al peligro generalizado, no son más que una etiología sin destino.
Pero el filósofo coreano también se decide por suspender la metafísica y ponerla entre paréntesis para dedicarse a hablarnos de lo que todos sabemos.
Es una extraña metamorfosis de la sentencia socrática: del “sólo sé que nada sé”, al “sólo sé lo que tu sabes”
Todos sabemos que el trabajo precarizado es propio de la sociedad globalizada; todos sabemos que el Estado ha dejado de ser de Bienestar para pasar a ser débil o fracasado; todos sabemos que ya no rige en el cielo de las utopías un sistema totalizador gracias al cual imperará la justicia y la igualdad; todos sabemos que cada uno de nosotros si quiere ganar buen dinero no sólo tiene que producir sino que además debe saber vender; todos sabemos que la publicidad comercial e institucional nos estimula cada día a ser más creativos, a disponer de nuestra libertad, a creer en nosotros mismos, a besarnos cuando nos miramos al espejo y a ser espontáneos tres veces al día ; todos sabemos que la jornada laboral no tiene límites si queremos ser alguien en el mundo corporativo, y que ya no se trata de ponernos la camiseta de la empresa sino de tatuarnos con su logo hasta los hue…perdón, el alma como debería hacerlo todo integrante de la generación Y; todos sabemos que si no somos famosos quince minutos en la vida, nos comen los gusanos; todos sabemos muchas cosas, como que sin smartphone, ipads, y cinco mil amigos en Facebook, doscientos setenta `me gustan´ por día, y acceso al twiter de los grandes, que sin eso, no hay prozac que alcance; todos sabemos que a falta de salvación garantizada basta la salud eterna y que la megaindustria farmacéutica es nuestro nuevo Vaticano; y que si el varón no tiene erecciones hasta el coma cuatro y la mujer humedad vaginal mientras teje escarpines para sus nietos, nos arrojan al arcón de los no reciclables…, en fin, perdone el lector este listado, pero quería informarle acerca de la materia prima sobre la que trabajan los diagnosticadores del presente cuando analizan la vida moderna.
Otros, los militantes combativos, pondrán en escena el dolor en su máxima expresión y la crueldad sin mitigar, desde la cantidad de niños que mueren de hambre por minuto a las ablaciones de clítoris en sociedades tribales, o los refugiados, o los sin techo, o la nómina de cien hipermillonarios cuyo ingreso equivale al pan de la mitad del planeta, y de todos aquellos que jamás han escuchado la palabra postre.
Chul Han es un diagnosticador del presente, que como otros, es sagaz en su percepción de las formas de vida y ocurrente en el empleo de metáforas, aunque ya sepamos de lo que habla.
Es perspicaz cuando dice en “Psicopolítica” (2014) que el modo en que se digitan los celulares le recuerdan a los devotos que recorren las pequeñas cuentas de su rosario – se olvidó de mencionar el `kombolói´ griego – y remata su ironía comparando los “me gusta” del Facebook, con el amén de las oraciones. De todos modos, a pesar de estos hallazgos, resulta algo exagerado equiparar al mentado Facebook con una iglesia o una sinagoga universal; ni hablar de su asociación del smartphone con una aparataje de torturas.
En su libro “La sociedad del cansancio”, nos dice que nuestra sociedad es permisiva y pacífica, pero a costa de un sobrecalentamiento del yo que produce infartos psíquicos al dejar un tendedero de almas agotadas.
Chul Han dice que a la sociedad disciplinaria la sucede la sociedad de rendimiento, en el que el sujeto está libre de un dominio externo y es dueño y soberano de sí mismo. Proyectos iniciativas, motivaciones, reemplazan a la prohibición, al mandato y a la ley. El “tu puedes” sustituye al “tu debes”.
Vivimos tiempos de un ego hiperactivo y hiperneurótico que hace de nosotros muertos vivientes. Este es el diagnóstico. ¿La solución? Ser Bartlebys.
Este hombre cautivo entre las pareces de Wall Street, se niega a aceptar lo que Chul Han llama `el imperativo tardomoderno´. No le interesa ser parte del rendimiento social ni incrementar porciones de su yo. El coreano critica a Agamben, nada ve en Bertleby que se asemeje a ningún enviado de Dios, descarta las interpretaciones ontoteológicas.
Quizás la tesis de Chul Han acerca del cansancio positivo, del paréntesis que conviene hacer para no dejarse tragar por el dragón capitalista; el elogio de la vacilación y del aburrimiento profundo, todas estas propuestas de una suerte de meditación sin tradición alguna que invita a retirarse a uno de los rincones del silencio, es posible que esta preceptiva new age se reencuentre con el empleado de Melville.
Bartleby anunciador del reino de los cielos, indocumentado y no terrorista sin dejar de serlo, hombre cansado que se resiste a ser productivo, receptor de mensajeros sin destinatario y remitentes abandonados, un ser para la muerte que elige la desnutrición, símbolo de la fraternidad universal, personaje literario abrumado por tantos símbolos, aguantador como el que más de la curiosidad universal, será adjudicatario de un último comentario.

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10 comentarios

  • 1. R. Nadaud  |  5 junio 2015 en 16:36

    bien-aventurado el que se retira a uno de los “rincones del silencio”
    pues ha sido bendecido con una buena cuenta bancaria.

  • 2. R. Nadaud  |  7 junio 2015 en 9:30

    el Pais.es : La escabrosa autobiografía del pianista J. Rhodes.:
    aquí hay uno que prefirió sí hacerlo.

  • 3. R. Nadaud  |  8 junio 2015 en 11:53

    nessun scribe . me siento como el último mohikano

  • 4. Tomás Abraham  |  8 junio 2015 en 12:01

    así es nadaud, quizás el penúltimo, me reservo el final…

  • 5. philo  |  8 junio 2015 en 14:25

    Yo siempre leo sus posts, no tengo tiempo de delirar con mis escritos hasta fin de mes.

    cariños

    no se enoje con mi broma, soy así, no puedo tomarme la vida del todo en serio, de todos modos mi oferta sigue en pie,jajaj

  • 6. Marcelo Grynberg  |  8 junio 2015 en 21:32

    El ultimo de los mohicanos ? Bue, no es para tanto. Ya vendran otros malones 🙂 Mientras tanto, aqui va una cancion alusiva.

  • 7. R. Nadaud  |  8 junio 2015 en 22:05

    los post tienen diferentes astillas del madero que los naufragios de relatos y logomaquias acercan a las orillas del plata.
    pero siento que el denominador común en ellos es la bondad : aquí tienes, pensares de mi molino, vituallas para el camino nos dice el
    amanuense Tomás.
    y nos cada tanto decimos al viento que pasa gracias professore.

  • 8. Elías  |  9 junio 2015 en 14:19

    La filosofía no se comenta. Simplemente se lee.
    Elías pensador contemporáneo

  • 9. R. Nadaud  |  9 junio 2015 en 22:38

    en el medioevo le llamaban exégesis,
    aburridos sin tv ni otra pesadilla Faraday se dedicaron a simplezas
    más complejas que leer.
    N. delirante extemporaneo.

  • 10. R. Nadaud  |  9 junio 2015 en 22:53

    tengo entendido que en el desierto de Gobi el calor es permisivo y las dunas son pacíficas.
    el sobre-calor infarta la tierra en granos de arenas y las almas cansadas de las caravanas anhelan los verdes de Medinah.
    podrá un coreano convertise al Islam?
    y el camello le dirá prefiero no llevarte cuando piense que una beca Fulbright puede ser acorde a sus nuevas visiones.
    en ese momento….


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