LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 99

3 mayo 2015 at 8:46 10 comentarios

La mente vuela. Pensé en Carlos Correas, escritor, otro miembro del seminario, que había escrito y publicado un libro sobre Kafka, y dio una charla al grupo sobre el tema. Alfredo Tzveibel, también seminarista, no habló de Kafka, pero me hacía pensar en Bartleby. Los dos se suicidaron hace unos años, los dos se arrojaron por la ventana, como también lo hizo Deleuze.

Ya en la autopista – ¿en la autopsia? –  me dejo llevar por estos recuerdos de amigos desaparecidos, e imagino un par de escenas.

Les presentaré a seis personajes en busca de un autor. Se llaman Alfredo, Carlos, Hermann, Franz, Bartleby, y Joseph K.

El 5 de diciembre de 2013, el día de mi cumpleaños, coincidió con la última charla del Seminario de los Jueves, en un ciclo que estaba dedicado a la obra de Shakespeare. Todavía teníamos un par de meses de disertaciones sobre la obra del bardo, pero para no dejar las cosas para último momento, buscaba un nuevo tema. Estaba cansado. Me faltaban aire y ganas de seguir. Tres décadas de orientar a un grupo, de proponer temas, de buscar lugares, de animar discusiones, de preparar conferencias, me habían agotado. Por razones políticas el clima de camaradería que siempre había existido, se había esfumado, dando lugar a una atmósfera protocolar en donde lo que no se decía era mucho más que lo que sí se decía. Habíamos censurado a la amistad, y nos reconocíamos con sordina. Por eso ya no nos reíamos como antes.

Para mantener la llama viva, me exigí a mí mismo más aún, y estudié con ahínco para cada reunión. Pero Eolo estaba cansado, me sentía aquel dios del viento sin aire para soplar.

Pensaba en la última charla de aquel año, que coincidía con mi cumpleaños, un número importante, 67 años, un señor mayor que a pesar del cansancio, no se sentía viejo sino agotado.

Un nieto que me alegraba la vida, pero padres ancianos a los que debía atender casi cada día, habían contribuido a mi desazón.

No sé por qué pensé en Alfredo. Su muerte ocurrida hacía un par de años había sido un trauma, que, como todo golpe, era asimilado en el silencio y la distracción. Lo tomé como ícono de la vida de ese grupo que invité a estudiar durante treinta años, y que perdía vigor, que se iba como se fue también nuestro compañero.

Estaba deprimido, creo que es la palabra más fácil para dar cuenta de mi estado. Por eso hablé de Alfredo, conté como lo conocí, y de qué modo se había convertido en el personaje quizás más pintoresco de nuestras reuniones.

Y no es que no tuviera competencia. Tuve la suerte y el mérito de rodearme de gente singular, anormal, poco convencional, que creó a lo largo del tiempo un clima de creatividad y alegría poco común en ámbitos académicos, y nada común entre supuestos filósofos.

Pero luego de Mallea, Chibán, Murgo, el gordo Bruno, el tuerto Oscar, Alejandro Rússovich, Hebe, Alicita, Correas, muchos de ellos fallecidos, Alfredo fue el último que conservaba la rareza y la excentricidad de los primeros tiempos.

Así que conté cosas de la vida cotidiana que me tocó compartir con aquel amigo, el modo en que planchaba las medias, su temor a casi todo lo existente, su humor de frases breves, su ingenuidad, su total torpeza para sobrevivir a lo cotidiano, su extremada lentitud, su aspecto anónimo con camperita crema y pulóver celeste escote en vé, su erudición en alemán y griego, su manía de mascar chicles y pegarlos bajo la mesa, ese fuego interior que no tenía salida, y recordé la noche en que luego de preparativos de meses, nos invitó a cenar a su casa – en la que vivía con su madre y sus dos tías – y luego de dejar la comida servida, desapareció, y ninguno de los invitados sabía adónde  se había ido.

Relaté que decidí buscarlo por aquella inmensa casona desvencijada, lo encontré metido bajo las frazadas de una gran cama vieja, le dije que lo estábamos esperando, me confesó su cansancio, y que preferiría quedarse en la cama. Pidió que nos fuéramos después de comer.

Insistí en que no estaba bien invitar a gente a la casa y no atenderla, desaparecer sin motivo, y que debía acompañarnos durante la cena, con la promesa de que nos iríamos temprano.

Una vez más me dijo que preferiría no hacerlo. Era Bartleby.

Pero al recordar la escena años después, no se me ocurrió que hablaba de una reencarnación del personaje de Melville, sino, no sé por qué, de Kafka.

Al evocar estas escenas, había llegado por los milagros de la dispersión, al nuevo tema del ciclo de los jueves: después de Shakespeare, vendría Kafka.

¿Por qué? No lo sé. Quizás, el señor Gregorio Samsa, encerrado en su cuarto, con la familia en los otras habitaciones de la casa, una cucaracha escondida en un cuarto sucio escuchando lo que se hablaba en el comedor, y el “I would prefer not to”, se combinaron en mi inconsciente, pero la circunstancia algo depresiva de mi vida familiar, en especial por el estado en que se encontraba mi padre – otro señor judío de Europa central que había gobernado una fábrica e impuesto la ley de la obediencia – , hicieron reflotar uno sólo de los dos nombres, el de Kafka.

Pero ahora que mi padre falleció hace un par de semanas, y gracias a la intervención de Claudia Fagaburu, puedo rememorar a la otra pareja del binomio, a  Bartleby, y a Alfredo, una vez más, pero en compañía de Carlos Correas – como dije, excelente escritor, y colaborador de mi revista La Caja – en un complemento kafkiano.

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LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 98 Entrevista que me hizo hoy Mario Pergolini

10 comentarios

  • 1. Marcelo Grynberg  |  3 mayo 2015 en 12:07

    Lamento el fallecimiento de su padre y el de su amigo, Alfredo Tzveibel.

  • 2. rodolfo lópez  |  3 mayo 2015 en 13:05

    Tomás, mi pésame por el fallecimiento de tu papá.

    Aparte. Corriendo riesgos, me voy a atrever a decir algo que venía pensando al leer las últimas 20 o 30 Enseñanzas; todas me lo sugerían pero no encontraba el momento -oportuno- de expresarlo.
    Un escritor es naturalmente vanidoso, el orgullo es por su obra; un filósofo le agrega a esa vanidad un orgullo distinto, desmesurado, combativo, que surge de la lucha de egos con otros filósofos, ya que deben opinar sobre autores o temas comunes.
    En esto TA no es menos que ninguno, escritor o filósofo, (X, W o Z).
    Tal vez siempre ocurrió pero yo advierto ahora que la Generosidad de Tomás ha triunfado. Venciendo a su gran vanidad, a su ego, a su orgullo, ganados por el gusto y la necesidad de ayudar a otros, a desconocidos, a discípulos lejanos o cercanos de cualquier edad, impartiendo enseñanzas amenas, finas y trascendentes, dentro y fuera del blog, en el ámbito que fuese. Y no es que hayan sido vencidos sino que sencillamente depusieron sus arma, se inclinaron ante la gran Generosidad triunfadora, reconociéndola -no hubo perdida sangre-.
    Y la Generosidad -generosa al fin- hace jugar a vanidades y orgullos en el mismo equipo: la vanidad es un 9 goleador, el ego es un 5 bravo defensivo, que sabe salir en el contra-ataque, y el orgullo es el divertido, el chistoso del grupo.
    La Generosidad de Tomás es la directora técnica estratega.

  • 3. philo  |  3 mayo 2015 en 16:13

    Profe….un abrazo.

  • 4. David  |  3 mayo 2015 en 17:33

    Para que hablar?
    En esta hora de soledad
    Donde ya no hay amigos
    Ni el sueño de un camino

    ¿A donde vas, entonces?
    – preguntan-
    Y el que pregunta
    al parecer soy yo.

    Y hablan diez voces
    Yo los oigo y olvido
    Ahi no hay nadie
    Que importa lo que digan
    Las ideas idiotas

    Quizas haya otro Cielo
    de silencio, negro

  • 5. Diana  |  3 mayo 2015 en 17:41

    Muy sensible relato, casi confesional y sobre cosas tan humanas, tan cercanas; algunas irreparables, otras inexplicables o inentendibles y las sin contar todavía, esperamos la continuidad de esta historia real muy pronto y Profesor, Ánimo, todos estamos con usted, desde aqui, en el mundo. Saludos.

  • 6. Diana  |  3 mayo 2015 en 18:14

    Y Profesor, lamento mucho lo de su padre.
    Gracias por compartirlo. Abrazos.

  • 7. Edson  |  3 mayo 2015 en 23:45

    En primer lugar, mis condolencias.
    Segundo, dejo el enlace al artículo de Página/12 de hoy, donde se anuncia un documental sobre Foucault que se exhibe mañana, lunes, por la tarde, en la Alianza Francesa:
    http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-10573-2015-05-03.html
    Saludos.

  • 8. robero nadaud  |  4 mayo 2015 en 6:35

    aqui está la parcialidad, y vamos a seguir.

  • 9. maria  |  4 mayo 2015 en 18:02

    Estimado y respetado Tomas:mis condolencias por la perdida de su Papa….esta no sera tal——-El vivirá siempre en sus recuerdos y memoria……………
    un fuerte abrazo.

  • 10. marlaw  |  5 mayo 2015 en 8:18

    Desde mi modesto lugar, lo acompaño en su duelo Profesor. Aunque intentemos prepararnos desde siempre, para enfrentar estos hechos, que sabemos de antemano que en algún momento sobrevendrán, siempre nos toman por sorpresa. La pèrdida de un padre, es una de las mas significativas, en la vida de todo hombre.
    Un abrazo virtual, y tomese todo el tiempo que necesite para hacer el duelo Profesor.


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