LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 97

28 abril 2015 at 9:15 6 comentarios

A Deleuze le interesa lo nuevo y la creación, a los que concibe como procesos de diferenciación. Lo nuevo es lo diferente, claro, pero no aplica las categorías de clases, especies, géneros, para que la diferencia subsuma su singularidad en lo general.
En la diferencia hay algo irrepetible. Sin embargo hay algo que vuelve. ¿Qué es lo que vuelve?
Cada vez que se habla de repetición se pierde claridad. Han sido tantas las explicaciones que han dado los filósofos desde los años setenta del siglo pasado, que el develamiento del enigma no ha hecho más que reproducirlo.
Ocurre cada vez que los filósofos importan a su dominio, un concepto del psicoanálisis, como el elaborado por Freud al analizar el placer de la repetición, y viceversa, la repetición del placer.
El placer resulta de una diferencial de intensidades, y, además, funciona con la memoria. “Diferencia y repetición” es el título de la tesis doctoral de Deleuze, como “Escritura y Diferencia”, fue un libro emblemático de Derrida. Se trataba de conjugar lingüística y psicoanálisis.
Fue una excelente gimnasia mental, un duro trabajo de ascesis intelectual. ¿Si sirvió para algo? Mucho. La utilidad de la filosofía no se mide por la fabricación de nuevos artefactos ni por un incremento de la productividad. Sino por la creación de un problema que no plantea la necesidad de futuras soluciones, pero que tiene efectos críticos.
Llamo efecto crítico a lo que los filósofos denominaban `genealogía´, o `deconstrucción´. Es un nuevo modo de ver, de leer, de comprender, de desplazar bloques de ideas. Las nociones y los conceptos heredados de diferentes tradiciones, son puestos en tela de juicio, se ven perturbados, enjuiciados.
Conceptos como diferenciación y multiplicidad, tienen un efecto crítico sobre nuestras ideas de identidad, de universalidad, de unidad, de semejanza. A aquello que se discute en un ámbito teorizante, se le presenta una alternativa. O se convierte en una jerga y muere en la repetición de lo mismo, o interviene en otros lenguajes y obliga a la controversia sobre los supuestos en los que se basan las disciplinas.
El efecto crítico de Deleuze se evidencia en el campo del psicoanálisis como en el de la teoría política con Negri o en el discurso del arte y la arquitectura.
Por eso el para qué sirve, es una pregunta tonta, ya que se puede extender a todos los ámbitos de la vida, y la respuestas positivas y negativas ante cualquier hecho siempre se neutralizan, en otras palabras, esterilizan.
Hay que seguir, como aquí, seguimos, sin darnos vuelta si alguien nos acompaña, o si es que nos damos vuelta un instante, no demorarnos para continuar por el sendero de estas enseñanzas de la filosofía, a las que me someto como aprendiz.
Estamos en Villa Gilles, aún no hemos salido. Hablamos de la repetición. En su libro sobre Proust, Deleuze dice que la repetición produce placer, más específicamente, que la repetición de un sufrimiento produce placer.
Los hechos son tristes, dice Deleuze, pero la idea que extraemos de su rememoración nos da alegría. Hay coqueterías de la idea, un aspecto festivo, farsesco, que nos hacemos a nosotros mismos. Divertimentos de la esencia.
Nos dice: “hay algo trágico en lo que se repite, y una comicidad de la repetición”. El tiempo recobrado es una de las formas de la repetición. En Proust hay una nueva imagen del pensamiento. La verdad no se devela, sino que se traiciona a sí misma. No se comunica, se descifra. No se la busca o se la quiere, es involuntaria. Esta imagen de la verdad, concluye, no es apta para filósofos, sino para poetas.
El lei motiv del tiempo recobrado es que lo que fuerza a pensar son los signos que aparecen como resultado de la contingencia de un encuentro. Proust representa el antilogos; es la voz de Jerusalén contra Atenas, el humor judío contra la ironía socrática, el amor contra la amistad, y a la homosexualidad griega le opone la maldita homosexualidad judía.
No existen en Proust los grandes temas de la filosofía griega: la phylia, la Sophia, el diálogo, el logos, la phoné. Sin embargo, hay un platonismo en Proust, un puente entre reminiscencias y esencias. Pero una vez que el mundo ha dejado ser uno, y que el pan cósmico se desmenuza, y sus migajas y fragmentos, convierten el todo en un caos, las esencias no remiten a significaciones estables sino a estructuras formales, y la obra se define por una forma sin contenido, por el estilo.
Existen los escombros entre mundos sin que haya otro mundo, y la mentira formará parte del lenguaje de los signos, opuesta a la dupla verdad-logos.
Dice Deleuze que las palabras conforman un suelo geográfico y lingüístico para una psicología del mentiroso. El celoso, el mentiroso, son nuevos personajes filosóficos en el teatro deleuziano. Las vías del conocimiento ya no discurren por una ascesis cuya finalidad es la moderación y la prudencia. No vale el equilibrio como finalidad ni el logro de estado indispensable para la contemplación indolora.
El mundo griego es aquel en que la ley está subordinada al logos, y éste refleja al Bien. Las leyes regulan a las partes para que conformen un todo. Si el político, según Platón, es un tejedor, es porque sabe hilar de acuerdo a un modelo de unión. Pero, señala Deleuze, en el antilogos, la ley es primera, no deriva de la Idea. El Bien es lo que dice la ley, no es su modelo, no hay leyes específicas que coordinen cabos sueltos e intereses contrapuestos, sino una ley vacía y formal sin referente moral ni metafísico.
Por eso nada nos enseña la ley sino aquello que se marca en nuestro cuerpo. La ley es una sanción. La paradoja consiste en que no sabemos lo que es la ley hasta padecer el castigo, y sólo en tanto culpables debemos obedecerla.
Deleuze nos dice que esta interpretación de la ley en Kafka, manifiesta una consciencia depresiva, mientras en Proust se muestra una conciencia esquizoide de la ley. Para el escritor francés, la culpabilidad es consecuencia de un estigma social antes que un sentimiento moral e interior. La culpabilidad es social porque tiene que ver con la marginación social.
Deleuze describe la homosexualidad de acuerdo a la novela de Proust, y piensa en una relación entre parcialidades. Transversal. Cada uno de nosotros somos dos, masculino y femenino. La homosexualidad no es de género, resulta de la atracción que el varón siente por el varón que hay en la mujer; y la mujer se enamora de la mujer que hay en el varón. Así nacen y se aman el otro varón del varón y la otra mujer de la mujer. Por lo que la distinción entre hétero y homo, no da cuenta del amor.
No está mal esta idea de una homosexualidad espiritual, o mental, o pulsional, o imaginaria, en todo caso no carnal. Nos gusta una mujer porque se comporta como el varón que idealizamos, y la mujer que nos desea, hace el amor con la mujer ideal que ve en nosotros.
De todos modos, el arco iris de la sexualidad humana, tiene más colores que los primarios. Y esta propuesta de transversalidad mantiene la diferencia de géneros e su custodiado lugar a la vez que le regala los beneficios de la fantasía. Podemos estar tranquilos y felices, listos para volver al camino, `on the road´.

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LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 96 La dificultad

6 comentarios

  • 1. rodolfo lópez  |  28 abril 2015 en 12:00

    En la Enseñanza:”…Pero una vez que el mundo ha dejado de ser uno, y que el pan cósmico se desmenuza, y sus migas y fragmentos convierten el todo en un caos, las esencias no remiten a significaciones estables sino a estructuras formales, y la obra se define por una forma sin contenido, por el estilo…”

    En Berghof al caer la tarde, en invierno, después de nevar: “…Todo relucía con un brillo cristalino, todo eran pequeñas chispas de luz irisada, como los mil reflejos de un diamante. Los bosques se veían muy blancos y muy negros. En los parajes del cielo más alejados de la luna reinaba una profunda oscuridad bordada de estrellas. Sombras muy bien dibujadas e intensas, que parecían más reales e importantes que los objetos mismos, caían de las casas, los árboles y los postes telegráficos sobre la llanura resplandeciente.”

  • 2. marlaw  |  28 abril 2015 en 17:40

    A mi modo de ver, esto que se escribe en los últimos pàrrafos de la nota, podría verse del siguiente modo, sin necesidad de tener que apelar a la homosexualidad. Sí el hombre va hacia el encuentro con la mujer y recíprocamente esta hacia el hombre, sí pensamos que se trata de dos naturalezas antagónicas y también recíprocamente des-conocidas, si el hombre concurre a ese encuentro con su humanidad masculina y la mujer con su humanidad femenina, sería lógico pensar que cada uno de los partícipes de este encuentro, al menos en una primera instancia, para intentar encontrar los vasos comunicantes que posibiliten ese encuentro, para tratar de construir los puentes de ida y vuelta que posibiliten el futuro vínculo, traten de buscar en el otro aquello que le es recíprocamente común y conocido..

  • 3. marlaw  |  28 abril 2015 en 17:55

    Continúo, porque me dejo algo en el tintero. Si esto fuera de este modo, sí la relación se agotara en esa instancia, sí ni el aspecto femenino de la mujer, ni el masculino del hombre, quedaran a cubierto de esta relación. Un infinito sentimiento de soledad acompañaria a esas partes de cada uno de ellos, que permanecerián expuestas a la intemperie de esa relación. Quizá por ello se inventaron los y las amigas

  • 4. robero nadaud  |  28 abril 2015 en 22:22

    “cada uno de nosotros somos dos” Elíade : Mefistófeles y el Andrógino.

  • 5. maria  |  29 abril 2015 en 12:15

    ……..mi buen amigo: si en cada uno somos dos,si es ese amor que une ,que los une……..,esta encendida la llama del amor…..na hay nada que agregar…………verdad?

  • 6. marlaw  |  7 mayo 2015 en 2:33

    Ojalá fuéramos dos. Algunas veces creo que somos mas de cuarenta y pico.


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