LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 87

30 marzo 2015 at 16:44 2 comentarios

Objeto de análisis interminable de parte de los lógicos y de los filósofos analíticos, todos aquellos que encuentran en su obra (un único librito) o en sus papeles (muchos y desparramados), legitimación para su necesidad de rigor conceptual; fuente de inspiración para quienes con Schopenhauer, Nietzsche, hasta Derrida y el postestructuralismo francés, ven en el segundo W una concepción de la filosofía como invención, creatividad literaria, discursividad marginal, forma narrativa.
Y tema de perdición para quien no se decide a entrar a su caverna por el temor a que le cierren el orificio de la entrada para quedar encerrado a oscuras en medio de espectros que hablan en inglés y sonríen con cortesía.
Como George Edward Moore, un otro yo antagónico de W, quien junto a Russell eran los patrones de Cambridge en los tiempos en que Ludwig pedía ingresar a sus claustros. Lo único que me falta es volver a buscar en mi biblioteca aquel libro en inglés de Moore en el que hablaba sobre las correspondencias y diferencias entre la idea de Bien y la imagen del amarillo. Volver a vivir mis inquietudes de hace un cuarto de siglo cuando los profesores de filosofía analítica dominaban la facultad de filosofía y letras y levantaban una muralla fiscal para no dejar entrar la charlatanería contestataria francesa; me sorprende este retorno. Pero no es igual, hoy se han retirado a cuarteles de invierno, y la condenada charlatanería hoy domina los claustros y levanta su propia muralla para que no penetre nadie que no adhiera a los miembros de secta del género, la de la biopolítica, a la de los pueblos condenados de la tierra, a los del camarada León y su primo Néstor.
De ahí que este regreso a Moore se da en una situación distinta, no tiene otra justificación que este texto en donde se me ha colado W, como un virus, por lo que esta misión no es tal, ni hay cruzada que la legitime.
Este virus expansivo, no me gusta la palabra cancerígeno, no la repito, pero su propagación rizomática esta vez es cierto que abre espacios, desterritorializa y se va por los márgenes, invade. Y ya estoy a bordo, navegar es preciso, leer a W, también.
Pero viene Moore, y con él, el grupo Bloomsbury cuyas peripecias narra el sobrino de Virginia Woolf, Quentin Bell, en un libro que saqué y volví a colocar decenas de veces en un estante; y, en su proximidad, el centimetraje que ocupan los libros de G.K.Chesterton, de quien soy otro de sus admiradores, y vuelvo a tener en mis manos “The Victorian Age in literature”.
Voy por un camino largo que va y se pierde.
Imaginen que un hermano espiritual de Ludwig como Thomas “Endiablado” Bernhard haya sido invitado a una pasantía académica en el departamento de literatura europea de la universidad de Princeton, y que el vate vienés se expida en su primera clase sobre el magnicidio gastronómico que presenció ante la primera salchicha que le ofrecieron en un carrito de la vereda que lo llevó a increpar al puestero en su esforzado inglés porque vendía embutidos light, esos frankfurters con el índice calórico al lado, y arme un escándalo de insultos que repite ante sus atónitos alumnos que esperan que les hable de poesía y teatro y no que defienda su aperitivo nacional. Las salchichas son lo único bueno que inventó Viena!, gritaba desde el pupitre.
Digo con esto que W tenía el mismo mal humor que Thomas, y que los dos se exigían a sí mismos casi tanto como a los demás, “casi”, lo que marca una diferencia a su favor.
Uno en cabañas noruegas, sólo en la oscuridad ya que decía odiar la luz, en la noche eterna y el frío digiriendo proposiciones lógicas y gritándole a su invitado Moore cada vez que le hacía una pregunta estúpida; el otro en sanatorios con un sobrino de Ludwig,como lo cuenta en su novela “El sobrino de Wittgenstein”.
Furia como la lanzada aquella vez en que Moore le pidió que completara un formulario para que él y Russell lo apadrinaran para una beca en Cambridge, y Ludwig le dijo que si era una exigencia de la facultad que no podía evitar prefería irse al infierno antes que malgastar su tiempo en necedades burocráticas, pero si era una ocurrencia de Moore ésa de alinear antecedentes, que se quemara él solito en el infierno.
Todo porque esos prestigiosos académicos querían darle un lugar en su propia institución. Así es la gente impaciente, de mecha corta e inteligencia larga. Y cuando alguien se incorpora a un ambiente en el que prima la voz en sordina, la mueca sonriente pegada a los labios, la cortesía protocolar, y la discreción, el apurado por las presiones de la existencia, encandilado por sus visiones, o es catalogado como genio, o le cierran la puerta en las narices, sin ruido. Un despido mullido digno de británicos.
Y W era considerado un genio. Los dos gigantes de la filosofía inglesa, Moore y Russell reconocían la superioridad de W, que incluía sus gritos y sus locuras. Quizás su cuna aristocrática, su moverse con todo desparpajo por todos los ambientes, este hijo de la fortuna más grande de Europa que sólo quería ser jardinero, imponía un respeto dinástico que no hubiera logrado un plebeyo cualquiera. A Lord Russell podía gustarle departir con un hijo de barones.
Pero abrí el libro de Moore, al azar, página 59, capítulo tres, de la edición inglesa, Cambridge University Press, de “Principia Ethica”, su texto fundamental. Trata sobre el hedonismo, es decir, la doctrina que establece que el placer es el bien, no un bien, sino El Bien.
Llegué a la página 64, cinco páginas mientras desayunaba un café expresso y un jugo de naranja en un establecimiento de la esquina de mi casa, como es sábado, el dispositivo turístico del barrio – palabra anacrónica para una zona invadida por boutiques y restó de marcas – ofrece un branch con huevos, salchichas, fiambres, jugos, que desestimo ante mi rutina inquebrantable de la tinta negra con azúcar.
Seguí aburrido la clara prosa del catedrático que comenzaba a distinguir aquello que nos gusta, de aquello que aprobamos. Una cosa es disfrutar, y otra encomiar. Dice, con razón, que podemos disfrutar de cosas que nos parecen malas, y, no lo dice, pero agrego como alumno aplicado, que podemos padecer cosas que nos parecen buenas, como lo establece la ética protestante, así como sufrir y apenas soportar, asuntos de importancia, como las “Investigaciones filosóficas”.
El libro de Moore no es tan grueso, no más de doscientas páginas, con un tamaño diez para sus caracteres, pero es lánguido, rumiante, con un trote inglés que hace sentir cada paso, que sentimos en el upite, y todo para despejar las famosas confusiones con sus respectivas inconsistencias.
Gracias a Quintin Bell, me informo que Moore era un filósofo admirado por el círculo de Bloomsbury. Hablamos de un distinguido barrio de Londres, en el que un grupo de escritores e intelectuales sentó sus reales a principios de siglo y creó la leyenda que incluye a Virginia Woolf y J.M. Keynes entre otros prestigiosos personajes londinenses, como lord Russell.
Este grupo nace en la universidad de Cambridge unos años antes de que Ludwig recalara en sus aulas, y se constituyó en un dique de resistencia ante la censura victoriana. En aquella segunda mitad del siglo XIX, durante el reinado de Victoria, la Inglaterra Imperial, dominaba el mundo con su carbón y su industria textil, además de su flota, y en el interior imponía una moral austera en la que combinaba contención sexual, maneras rígidas en el trato, una jerarquía de clases feudal, la obediencia ante las autoridades, la compasión ante el inferior, es decir, los miembros de la clase obrera, a quienes había que cuidar de un modo continuo de sus propios vicios. Del castigo a la vigilancia, como decía Foucault en sus análisis del panóptico de Jeremías Bentham.
Mundo retratado por C.Dickens, diagramado por el utilitarismo benthamiano, edulcorado por el liberalismo de Stuart Mill quien pondera al individuo, declara la igualdad entre el hombre y la mujer, y la inferioridad del bárbaro o del colonizado respecto del amo colonial.
En el círculo de Bloomsbury se reunen hombres y mujeres, sólo para conversar, leer textos, discutir temas, sin restricción. Es una isla igualitaria en medio del puritanismo represor. El aspecto más saliente de este espíritu emancipador, es la presencia de la mujer en pié de igualdad.

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LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFIA 86 INVITACIÓN

2 comentarios

  • 1. Claudia  |  31 marzo 2015 en 12:37

    Gracias profesor por lo que veo voy a tener que ampliar mi biblioteca e incorporar nuevas lecturas.! Que tenga una buena semana!!!

  • 2. magu  |  31 marzo 2015 en 15:05

    Don Abraham
    Este comentario es censurable porque no parecería tener lógica, pero leyendo toda esta clase 87 me pregunto si fue Wittgenstein el que pidio´la beca, o fue la misma Universidad que lo llamó y le pidio´o le ofreció que estudiara allí ?.// Sobre la solemnidad inglesa (victoriana, lo de la mueca incrustada y la discreción), me imagino a Ludwig en un capítulo de Downton Abbey perfectamente (bueno, en la casa de los Crawley en vez de la facu) sobresaliendo.// Pero esa rigidez exasperante (para Isadora Duncan) sería de la que Bergson se reiría (al hablar de lo mecánico, del “Muñeco como si”, impostado). El año pasado me llovió (al morir mi tío Gustavo) una catarata interminable de fotos blanco y negro impolutas, que el guardaba de mi madre, se su primer casamiento en el 61 con mi padre, dónde estaban los abuelos ingleses, sus tíos, y ninguno sonreía en ninguna foto ni miraba a la cámara, estaban como congelados, no sé si es reminiscencia de esos modales que acá contrastaban con la natural alegría del acontecimiento, o una rareza atípica. // Pienso en la coincidencia entre Wittgesntein y Chesterton (juntos en su estante) ambos se convirtieron al catolicismo (Merton también pero es posterior), y sobre Chesterton y Julien Green otra vez (antes con mamá) me volví a encontrar con las obras completas (todas sus novelas y ensayos) en lo del tío y los volví a donar sin leer, pero recuerdo la anécdota en su AUTOBIOGRAFÍA de LAS LONJAS DE CARNE servidas por la cocinera a la invitada del NORTE, leealas, (buena educación: comer todo, mala educación; dejar al invitado con hambre……por el mal entendido sociocultural : se comió un kilo entero y casi muere).


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