LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 72

14 febrero 2015 at 8:00 7 comentarios

A MH no le interesan las cuestiones metafísicas. Sabe que existe una maquinaria universal de la que forma parte el hombre; también piensa que la humanidad tal cual es desaparecerá para dar a nuevas formas de vida; cree que existe un proceso de implosión irreversible en lo que concierne a la civilización occidental, y que no tiene afición alguna por preguntarse por el quién, el cómo, desde qué origen, la máquina fue montada. Funciona como funciona.
Presume que habrá una nueva conciencia en el momento en que las máquinas lleguen a cierto grado de desarrollo.
Sus referencias no se encarnan en los humanistas de BHL, sino en espíritus trágicos como Pascal y Baudelaire, algo así como los – para usar una metáfora bien argentina – “borrachos del tablón”, seres frágiles y desesperados ya fuere por el infinito galáctico como Pascal, o por la urbe caricatural en Baudelaire.
Parece que BHL le cae simpático, una simpatía mezclada de condescendencia ante una especie de ingenuidad. Su narcisismo inmune a las críticas, le parece una anomalía, y esta creencia en el “ruah” bíblico, le hace pensar que su amigo está tocado por alguna “gracia”, de la que él carece. En realidad, le da un poco de gracia, de la otra, la demasiado humana.
Tampoco puede tomar partido por Jerusalén contra Atenas. Para él la filosofía occidental tiene el mérito de haber puesto en el primer plano el problema de la verdad.
Que un novelista se lo diga a un filósofo parece una especie de malentendido, pero no lo es. Cree que la religión no sólo es importante sino imprescindible. Sin ella, las sociedades se suicidan. Pero con ella, se matan entre sí. Este es el doble enclave del callejón sin salida al que nos conduce Houellebecq. Tampoco le encuentra una solución al conflicto árabe israelí, en especial por el choque entre dos espiritualismos. Otros dicen fundamentalismos, como si hubiera diferencias. Le gusta la apreciación de su admirado Chesterton, quien sostiene que el aspecto más razonable de las religiones es fijar un calendario. Pero admite que nada vale en ese aspecto si no se cree en la vida eterna.
Admira a Schopenhauer, en especial por considerar que la verdadera moral se basa en la compasión. Si la compasión desapareciera, también desaparecería la humanidad, aunque quizás, añade, no sería una mala noticia.
Sin embargo, no se trata de la dignidad humana, no se identifica con ningún humanismo. Siente la misma pena, la misma piedad, ante un niño desnutrido que ante un animal herido por el hierro de un cepo. No encuentra diferencia de naturaleza.
Tampoco ve en su misma persona una dignidad especial. Si lo maltratan, lo vejan, lo torturan, se quejaría como un animal y no específicamente como hombre.
Finalmente, se declara positivista, cree que lo que el hombre necesita no son exactamente leyendas sino, más bien, metáforas.
Dice que la filosofía ha tenido un momento regresivo. Hace un par de siglos, un filósofo como Kant no renunciaba a ciertas pretensiones. Para nada le parece que las ambiciones de la razón crítica, sean idealistas o ilusorias. Es una pena haber renunciado a postular que hay un criterio necesario, independiente de las condiciones contingentes de la humanidad, y al mismo tiempo razonable, como guía de nuestras acciones y lugar en el mundo.
De todos modos, ser kantiano le es una meta imposible, más en su caso, el de un novelista que crea personajes como si fuera una entidad divina, y que para lograrlo debe meter la mano en una humanidad viscosa, como una melaza. Revuelve bien el ensopado, y al sacarla envuelta en engrudo, encuentra razones para justificar todo, hasta llegar a convertirse en un ser complaciente, senil y azucarado. Quizás a este estado se le llame nihilista.
La imagen de Kant que tiene BHL, es otra. Insiste en que el filósofo de Könisberg estaba algo loco. Ya vimos como adhirió de inmediato al cuento de la residencia de los neokantianos en Paragüay. Pero esta vez aporta datos que supone más realistas. Para comenzar demistifica la leyenda que habla del sedentarismo absoluto del filósofo. Nos informa que Kant viajó al exterior de Könisberg. Llama “exterior” al pueblo y a la iglesia de Judtschen, que quedaba a pocos kilómetros, y a Osteroden, eso sí, a más de setecientos kilómetros, adonde fue a trabajar de tutor.
No es mucho más el material que puede aportar BHL para sostener su tesis: un fondo esquizo encubierto por una disciplina casi maníaca y un pensamiento analítico sin fisuras.
Le responde a su amigo que sus reflexiones sobre la filosofía pueden ser interesantes…para un amateur. Se pone la toga del profesor severo, y le llama la atención sobre la falacia que consiste en hablar de filósofos y filosofías al por mayor, de extraer pensamientos fuera de contexto, de aislar elucubraciones. Le recuerda que cuando ingresó a `École, lo primero que hizo el docente Jacques Derrida, fue advertirlos sobre la impropiedad de hablar del pensamiento filosófico como si derivara de iluminaciones conceptuales, o exudara ideas en general.
“Un filósofo profesional, jamás cita sin contextualizar”, le dice de un modo terminante. Nadie ha de prohibir, señala, que se escriban libros “chic”, es decir, textos sin notas ni citas, pero no es serio.
Respecto de Kant, tiene algo más que decir. Recuerda que el filósofo alemán decía que el destino es la política, un pensamiento que por lo que sé, no es más que la reproducción de lo que le dijo Napoléon a Goethe cuando lo visitó. El escritor le hablaba del espíritu trágico, y de la herencia clásica, a lo que emperador le contestó que la figura del destino ya no le correspondía a la tragedia sino a la política.
Si de determinismo se trata, los días de la revolución inauguraban la era en que la suerte de los hombres ya no se decidía por su relación con los dioses, sino por la guerra entre naciones en nombre de ideales bien terrestres.
De todos modos, BHL refuta a Kant, y afirma que el destino tal como se urde en la actualidad, no es la política sino la reputación. Por lo que nuevamente nos sitúa en el universo de la calumnia que tanto inquieta a ambos.
Otra vez la sombra de Rousseau y su lucha contra el rumor y la difamación. Por su lado, MH ha llegado hasta la paranoia. Nombra a críticos literarios que lo han degradado, insultado, calumniado. Desconozco a casi todos ellos. Pero son muchos. También rescata a otros comentaristas amigos, que son pocos, en quienes reconoce al menos una sana intención de lectura. Todo el resto es una jauría. Lo rodean con su odio y no le dejan ninguna salida.
BHL nuevamente recoge su lanza y arremete. A él nadie lo ha de amedrentar ni podrá hacerlo retroceder. No le teme a la jauría porque todo malón de bestias humanas es miedosa, estúpida y débil. Así alecciona a su compañero.
Frente al ataque grupal, sólo hay que hacer una cosa: moverse rápido, desplazarse al máximo. Le recuerda que eso es lo que han hecho Sartre y Camus.
A nosotros, lectores entusiastas del cono sur, nos puede sorprender, que se hable de ataques masivos a esas dos glorias de la cultura francesa, por el contrario, los imaginamos universalmente admirados, premiados, requeridos y homenajeados. La distancia nos aleja del día a día de la producción cultural, de la forja que genera las obras, de los mil y un acontecimientos que rodean la salida de un libro.
MH en una carta anterior, decía que a mitad del siglo pasado, Francia podía “soportar” a Sartre, Camus, Becket, Ionesco, y que en el tercer milenio, ni siquiera tolera a gente como ellos.

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7 comentarios

  • 1. Sergio R.  |  14 febrero 2015 en 8:30

    Gente que perdió la fe y la esperanza. Dani me dice que cuando lee ciertas barbaridades que hacen los hombres también por momentos pierde la fe en la humanidad.
    El otro día lei que los niveles de dopamina en el cerebro condicionan nuestra credulidad, si tenés mucha dopamina sos proclive a la astrología, el tarot, etc. Tal vez sea una característica de los filósofos muy escépticos, tener bajos niveles de dopamina. Que golpe al ego sería! Toda una teoría, una postura pensada y trabajada durante años, no es resultado de nuestro yo, si no de algo similar al nivel de aceite que tengamos…

  • 2. Marcelo Grynberg  |  14 febrero 2015 en 10:02

    Respecto a la opinion de BHL sobre Kant: ” … un fondo esquizo encubierto por una disciplina casi maníaca y un pensamiento analítico sin fisuras.” Esa descripcion parece corresponder a la etica protestante (Weber) de los tiempos de Kant.

  • 3. David  |  14 febrero 2015 en 22:18

    quizas los niveles de dopamina varien segun la actividad, como por ejemplo si uno piensa que la vida no vale la pena y es mejor dormir hasta que la situacion mejore… una especie de indisolube unidad entre lo que se piensa y lo que produce lo pensado (la idea y lo extenso), salvo que uno este enfermo y no sea normal.
    El publico de pan rayado se toma el palo la segunda quincena de febrero, filosofe ahora o nunca.

  • 4. David  |  14 febrero 2015 en 22:21

    quien es mas burro? el burro o el que censura al burro.
    Liberen a Magu! los que sabemos como piensa: No la leemos!

  • 5. Aldo  |  15 febrero 2015 en 13:57

    No hay nada mas facil que denostar psiquicamente a un filosofo , es muy facil , por ejemplo, decir que el único ” sano ” de los ultimos 4 siglos haya sido Marx , quizass los sea , pero de ahi a salir con refutaciones medicas – psiquicas es mucho , se mueve todo en un plano muy facil de elaborar , ¡ inventemos enfermedades desde el siglo 21 !! pero hay un aliciente a todo esto , y es que por lo menos nos movemos dentro del plano psiquico , lo grave seria esponer las patologias de los antiguos con cuestiones como , diabetes , colesterol , hipotiroidismo etc

  • 6. diogenes  |  15 febrero 2015 en 17:40

    que le decimos a los K don tomas Tomás Médici

  • 7. Sergio R.  |  17 febrero 2015 en 10:23

    “Admira a Schopenhauer, en especial por considerar que la verdadera moral se basa en la compasión. Si la compasión desapareciera, también desaparecería la humanidad…”

    Algunos que tuvieron educación muy católica en su infancia y que luego renegaron de ella y de la religión, dicen que lo mejor que les enseñó la religión es la compasión. En realidad, les escuché decir: “la solidaridad con el otro”, de alguna manera les inculcaron el compromiso de ayudar al que sufre.


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