LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 42

25 diciembre 2014 at 12:03 12 comentarios

Perdonen los lectores si interrumpo estas disquisiones, con  el siguiente agregado de una autocrítica, que como todas las autocríticas tiene algo de falso. Se anticipa a la crítica ajena, que siempre duele más. Me di cuenta que a veces peco, y digo bien “peco”, de pasarme de ingenioso. Hay escritos míos en los que me complazco en lo que en francés se llama “boutade”. ¿Qué es una boutade? Vayamos al diccionario: intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar.

Feo, me siento feo, trato de justificarme, pero fallo. He enviado una nota política al diario del que soy columnista, y se me apareció el pater seraficus para decirme que en realidad, el texto más que inteligente era una boutade, y no me gustó su sentencia.

Traté de responderle y decirle que es la misma realidad de la política  argentina la que es una boutade, pero no lo aceptó. Insistí en que todos escriben con determinados tonos, y que en los análisis políticos abunda el melodramatismo, el tragicismo, el chicanismo, el mesianismo, y que no veía en qué mi boutadismo es más criticable como estilo.

Pero tampoco lo aceptó. Me dijo que yo quería ser inteligente, agudo, original, y no un falso actor que sólo quiere lograr el aplauso de la platea, que era lo que finalmente hacía.

En fin, dejo a mi padre putativo en el subsuelo del mundo desde el cual forja los antivalores. Y sigo con el tema de la erudición.

La erudición nos alivia del sermón, y de la boutade. Gracias a que Foucault es un archivista nos ahorra escuchar o leer todo el tiempo lo que piensa. Gracias a que Heidegger gusta de las lenguas muertas, nos evita, por su pasión filológica, ahogarnos en sus reflexiones personales. Gracias a que Wittgenstein es un lógico, con sus juegos de lenguaje puede ocultar el desconcierto que tiene de las cosas.

Decir todo el tiempo lo que pensamos, pensar todo el tiempo, meter ideas en filas y hacer de la reflexión una gran bolsa recolectora que desembuchamos como visionarios, derrite, pudre.

Hay dos vías para la mente gráfica: una es escribir sobre lo que otros han escrito, es de lo más divertido. Nos introduce a uno de los mayores placeres de la filosofía que es la dialéctica, el antiguo y primerizo arte de la disputa argumentativa que fue la aurora del pensamiento griego. La otra es la de contar lo que vemos, tocamos, olemos y oímos. Este tipo de relato no se restringe a un inventario de objetos, salvo que nos declaremos adeptos  del “nouveau roman” para creer que el arte de la novela consiste en matar todo intento de historia, de temporalidad, de intriga, de psicología, y de personajes.

Contar al ras de sensaciones es lo que hace Pessoa cuando escribe con el heterónimo de Bernardo Soares “El libro del desasosiego”. Seguimos a una voz que narra lo que ve y piensa. Pero piensa entre cosas: el ruido de un tranvía, lo que se ve desde la ventana de un despacho de aduana, el ruido de las tasas en un café antiguo en el que los parroquianos se dicen poetas.

Un filósofo es un lector. Antes de ser un escritor es alguien que lee textos de filosofía. Puede no escribir y dedicarse a la docencia. Ser alguien que trasmite un saber o un modo de pensar ante quienes registrarán sus palabras. De Aristóteles al brasileño Claudio Ulpiano, no todas las palabras pensadas por filósofos han sido escritas por quienes las han pronunciado.

Foucault ha dicho algo importante. Definió su tarea como una arqueología del saber, y precisó sus pasos como los de alguien que lee textos y recorre la superficie de los enunciados. Habla de textura, de materialidad, de un universo de palabras que se combinan, se relacionan, en conjuntos que llamó de diversas maneras: discursos, positividades, saberes. Insistió en que su labor iba a contracorriente de la hermenéutica que buscaba el sentido en lo no dicho, en lo oculto, en lo silenciado. El trabajo del filósofo es el reordenamiento de los discursos o saberes en epistemes. Es decir, en conjuntos delimitados por reglas de construcción de enunciados.

Digo esto para intentar acercarme a un punto de dificultad, a un obstáculo, en el que intento circunscribir la función de la erudición en filosofía. El filósofo piensa desde sí, todo el tiempo está fuera de sí. Quizás no haga más que reproducir el impulso de toda escritura: la de salirse de sí. El Yo que escribe no es el yo que vive, ni siquiera el yo mudo que piensa. La escritura no traduce el movimiento de la mente, sino que lo crea.

Cuando un filósofo medita, en la posición de pensador que dice lo que piensa, en un acto sin mediaciones entre lo que surge en su mente en dirección a la mente del lector, hay algo que se cierra, en la atmósfera no hay suficiente oxígeno. Hablar de sí es lo contrario de hablar desde sí.

Se necesita un tercero, un elemento que desde esa posición incorpore la multiplicidad. Este factor exterior al autor y al lector es el orden del discurso, o lo que Blanchot llama el murmullo infinito del lenguaje.

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ENTREVISTA DE MAXI MONTENEGRO A TOMÁS ABRAHAM (22/12/2014) LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 43

12 comentarios

  • 1. roberto nadaud  |  25 diciembre 2014 en 13:30

    parece que el pan dulce y la sidra os inspira.
    esperaís noche buena para tomarnos a traición al día siguiente.
    a ver dónde están los guapos, que que salgan al ruedo os falto agregar…

  • 2. philo  |  25 diciembre 2014 en 14:55

    Es que en las fiestas tienen algo de decadencia y destrucción.

    Yo también me desperté y mientras mis huéspedes dormían me puse a trabajar, el tiempo que nos resta es limitado, no se puede desperdiciar.

    Difícil cuando nos critican como escribimos, pues escribimos como somos, y si el estilo que usted llama boutadismo es el que eligió es porque se siente a gusto con él y de alguna forma lo representa.

    Cuando me han puesto límites, ha sido para cortarme las alas, para convertirme en alguien que no soy.
    Tratando de conformar al otro se pierde algo de uno mismo. Generalmente cuando uno se debe esforzar por gustar es el comienzo de fin. Triste pero real

    Deje de sentirse feo!!!, por favor!!! ya le dije que no me haga decir piropos

    Y ahora me voy a dar un paseo con mis hijos y mis invitados, es un hermoso día y hay que saber tener equilibrio entre juego y trabajo y además ser una buena anfitriona

  • 3. Marcelo Grynberg  |  25 diciembre 2014 en 16:34

    Me parece que estamos incurriendo en una apologia del lenguaje. Pensar, no solamente es hablar o escribir (creo). No sera el lenguaje algo asi como el “packaging” del pensamiento ? Talk is cheap.
    Buon Natale !

  • 4. roberto nadaud  |  25 diciembre 2014 en 17:04

    en ciertos niveles cualquier sentencia de ecos exóticos titila.
    cuándo es el día de los Inocentes?

  • 5. marlaw  |  26 diciembre 2014 en 5:53

    Le monsieur Fontevecchia est un censeur ou un cache-cernes? qui sait

  • 6. MaCristina  |  26 diciembre 2014 en 9:37

    A palabras eléctricas oídos desconectados, decíamos de chicos, parafraseando a la original, uno debe auto examinarse pero no permitir que lo echen a los perros.

  • 7. Alma Carolina  |  26 diciembre 2014 en 23:09

    Hay que desoìr las crìticas y ser como uno quiere ser sin lìmites.
    Cada uno tiene su estilo y es bueno tenerlo y no perderlo,es el sello que identifica a los diferentes.Nunca hay que hacer lo que otros quieren que hagamos.Ser libre en la mirada y volcarla en la escritura o las actitudes de esa forma es lo que UD hace y debe hacer.

  • 8. marlaw  |  26 diciembre 2014 en 23:31

    “Je ne comprends pas” le decía un francés a un gallego. Y este le respodía: Y a mí que me importa que tu no quieras comprar pan.

    Felicidades para todos

  • 9. Marcelo Grynberg  |  27 diciembre 2014 en 8:45

    Marlaw: muy bueno, me dio mucha gracia. Hay que poner mas humor en el blog.
    Saludos

  • 10. philo  |  27 diciembre 2014 en 18:43

    marlaw últimamente esta ocurrente!
    Si es gracioso, yo lo uso con frecuencia en ese sentido, aunque deformado en lugar de pas digo pan.
    y si, hay que ponerle humor a la vida, cuando se acaba el humor comienza el declive.

    (*▲*)

  • 11. Gustavo Romero  |  29 diciembre 2014 en 2:52

    Respecto de la enseñanza de la filosofía y la erudición, se me ocurre el nombre de Rancière (de Cioran a Rancière, he mejorado en pocos días).
    Me gusta, por ejemplo, su amateurismo para pensar la estética cinematográfica, amateurismo que él mismo reconoce, y admira las construcciones metafísicas hechas por Deleuze sobre el mismo tema.
    Pero, ¿cómo habrá sido (o es, no sé) Rancière como educador, cómo llevaba a cabo sus cursos?
    Luego, ¿cómo juega el método de Jacotot en estas disquisiciones sobre la enseñanza de la filosofía?

  • 12. mariano  |  5 enero 2015 en 0:25

    Lo que abundan son los que opinan desde el narcisismo, cuando lo que mas les interesa es dejar en claro que ellos saben del asunto en cuestión, y utilizan palabras poco comunes para reafirmarlo y parecerse intelectuales en serio.


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