LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 26

6 noviembre 2014 at 8:07 3 comentarios

Elegí dos textos de inicio para el curso de filosofía que comencé a dar en el Colegio Argentino de Filosofía cuando lo inauguré en agosto de 1984. Agrego que mi intención era crear una institución de estudio paga, en la que los inscriptos tuvieran obligaciones bien especificadas, de acuerdo a orientaciones previamente establecidas. Todo muy correcto y bien intencionado. Se anotaron más de ochenta alumnos. A fin de año quedaron sesenta. Los profesores cobraban el 60% de cada cuota por alumno y el Colegio 40% para solventar gastos de secretaría, materiales y alquiler (cero, el lugar era mío)  más expensas y servicios.

Había cuatro orientaciones: lenguaje, poder, deseo y existencia. Los profesores eran Enrique Marí, Alejandro Rússovitch, Oscar Terán y yo. Cada uno daba lo que quería. El curso de Marí era sobre el derecho y el poder. Terán sobre El sentido de la Historia; Rússovitch sobre Peirce y/o Gombrowicz, y yo el que ahora detallaré.

Antes otro agregado. Las clases eran cursos teóricos de hora y media a dos horas, con preguntas durante y después de la exposición. Distribuí fotocopias de lo que había que leer. Mi propósito era crear un ambiente académico sorboniano antes del 68, o al menos Princeton. Un ambiente distendido y de fuerte vocación por el estudio. Experimenté – para usar una palabra astringente – que la gente pagaba para que no les exigiera nada, para eso pagaba. Y me hicieron saber con el tiempo que en un lugar así, el contacto personal con el profesor es una obligación del profesor que debe encarnar la buena teta – en términos de Mélanie Klein – y no sigo con otras bondades, ser simpático, tener un trato casi íntimo, y bancarse que no paguen en fecha si es que se acordaban de tal menudo y prosaico menester.

Ahora sí mis textos.

Pero no puedo omitir lo siguiente: ¿cómo se hace para que el público se entere de que se abrió un colegio de filosofía e informar de sus actividades?

Con publicidad, es decir con dinero. Volantes a distribuir en donde sea, no sólo en facultades, hasta afiches, y avisitos en los diarios que siempre te arrancan la cabeza.

No se me ocurrió contratar a un cadete para que se ponga una careta de Foucault y que meta su cabeza por el agujero de un cartel de dos piezas con la inscripción correspondiente: COLEGIO ARGENTINO DE FILOSOFÍA-DEL SABER AL PODER- PARANÁ 774, 1ro B.

No lo hice porque a Foucault no lo conocía nadie, y tenía un cierto temor de que alguien me reconociera en caso de no contratar a un cadete. Ya era profesor titular en la UBA y no estaba bien que descubrieran al Dr Hyde.

¿Cuáles eran los dos textos de mi curso? Recuerdo que la finalidad que anuncié renglones atrás era mostrar la necesidad de lo que denomino “presencia del mundo común” cuando se estudia un texto filosófico, acepción que asimilo a lo que Foucault designa como “pensamiento del afuera”, y Deleuze: “la no filosofía”.

Uno de los textos es el primer capítulo de un pequeño libro del Fondo de Cultura Económica, “La filosofía”  de Karl Jaspers. De la biblioteca de mi cuarto adolescente, lo tenía guardado en una caja de cartón que destapé después de décadas. El filósofo alemán habla de los tres estados de ánimo que incitan a filosofar. El otro libro es de Jean Pierre Vernant, “Orìgenes del pensamiento griego”, de Eudeba. Dos textos pequeños.

Decidí confrontar a ambos. Confrontar textos no es un mal método de enseñanza de la filosofía. Al menos desde mi punto de vista, ya que el pensamiento es un ejercicio de contra-dicción. No hay filosofía sin adversario, como no la hay sin obstáculo, sin tropiezo, sin dificultad.

¿Por qué los elegí? Porque producen una vez cotejados un brillo, un resplandor, una fricción con su destello. Recuerdo la frase de Nietzsche cuando habla de ese invento que se llama “conocimiento”…mejor cito a Foucault en su primera conferencia de “La verdad y las formas jurídicas”: “Dice Nietzsche que el conocimiento es como `una centella que brota del choque entre dos espadas´, pero que no es del mismo hierro del que están hechas las espadas”.

Jaspers dice que la filosofìa nace con tres estados de ánimo: el asombro, la duda, y las situaciones límites. Hay tres filósofos interpelados por esta definición: Aristóteles, Descartes, y el tercero no resulta tan claro. Creí en un principio que era una referencia a Séneca y a los filósofos estoicos que prolongan la tradición socrática que piensan a la filosofía como una preparación para la muerte. Pero, de acuerdo a la trayectoria y a los intereses de Jaspers, creo que señalamiento es a la filosofía de la existencia, de Kierkegaard a los fenomenólogos.

Una más cuidadosa revisión del escrito ayudaría a despejar la incógnita. El asombro ante el Ser, la duda ante el saber y las creencias recibidos, y nuestra reacción en los momentos existenciales en que lo aprendido no sirve, me parecía una buena síntesis de la pulsión filosófica, y del acto de filosofar.

Jaspers nos remite a momentos concretos de la historia de la filosofía, pero extrae de ellos su perfume, su esencia.

El libro de Vernant es un estudio histórico del origen de la filosofía, que el autor incluye en sus trabajos de una disciplina que llama “antropología”. Esta es una palabra que no designa un saber con sus aristas bien delimitadas como puede serlo la psicología o la sociología. La perspectiva antropológica tiene una trayectoria amplísima desde la elaborada por Kant que describe la sociabilidad cotidiana, a la antropología filosófica que se centra en el Hombre con sus facultades y sus vínculos con el mundo; a las corrientes etnológicas de las investigaciones sobre las sociedades primitivas o de pensamiento salvaje – según se adopte el punto de vista evolucionista o estructural – , la antropología física que tiene por objeto los restos fósiles y los modos de vida del hombre primitivo, a un tipo de estudio cultural que analiza relaciones entre manifestaciones artisticas y las sociedades del modo en que lo hace la “nueva historia”.

Por lo que esta escuela de antropología de la Grecia arcaica de la que Vernant es pionero, con antecedentes en Louis Gernet, lleva a cabo un análisis de instituciones cuyo funcionamiento es dispar con el de nuestras sociedades, pero que no le son ajenas ya que su objetivo es similar. Los modos de impartir la justicia, los rituales guerreros, la distribución de tierras, los cultos religiosos, las alianzas entre familias, las jerarquías y las jefaturas de clanes, son algunos de los temas que aborda la antropología de la antigüedad.

Este proyecto tiene por objeto teórico, en este caso, una cultura que se reconoce como propia en el desarrollo de la civilización Occidental ya que se la valora como fundante.

Vernant afirma que la filosofía es una de las manifestaciones de una experiencia cultural que tiene el nombre de “Polis”. Polis no es ciudad en nuestro sentido de oposición a lo rural, sino comunidad organizada, tal como lo dijo el general que no es Platón ni Patton ni Nerón, pero casi.

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3 comentarios

  • 1. R. Nadaud  |  6 noviembre 2014 en 11:48

    Élegí dos textos de inicio’ : Á la recherche du temps’ y nos agradecidos.

  • 2. Gustavo Berti  |  6 noviembre 2014 en 13:38

    Experimente una situación límite, la muerte de un hijo, que me llevo primero a la duda y luego al asombro ante una nueva manera de ver y ser en el mundo, por lo que siento profunda empatía (si es la palabra apropiada), con Karl Jaspers:TTambien sus memorias “Entre el destino y la voluntad”, son significativas.

  • 3. R. Nadaud  |  7 noviembre 2014 en 8:15

    en las páginas de un libro encuentras : y a veces en los títulos de obras que quizá algún día lleguen : Tsvietaieva, en el país de la esperanza : Erikson, Mi voz ira contigo…


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