LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFIA 15

26 octubre 2014 at 7:26 7 comentarios

La lengua filosófica debe tener un paladar amplio. Más hoy en día en que la tradición no la protege de otros lenguajes. Sartre decía que un intelectual es alguien que  se mete adonde no lo llaman. Un filósofo es un intelectual.

Foucault definía su quehacer como intervenciones en áreas ajenas a la herencia filosófica. “Intervenir”, “meterse”, “desterritorializar”, “deconstruir”, son imágenes del pensar filosófico de hoy. No se trata de sistemas, sino de cuerpos sin órganos, de rizomas estocásticos. La estocástica designa el conocimiento conjetural, del que ya hablamos,  definido por el azar y la probabilidad.

Aquel fin de la metafísica que anunciaba Heidegger, y su mención del pliegue de Nietzsche que la da vuelta pero sin cortar el paño, creaba el espacio para que el pensamiento filosófico se concentrara en el lenguaje. Cuando ya no hay Cosa, queda la palabra.

La palabra es la morada del Ser, dice el filósofo alemán. Wittgenstein le da una nueva vuelta a esta concentración problemática con su noción abarcativa de juegos de lenguaje. Y Foucault define su horizonte filosófico como el del nominalismo histórico.

Esto no quiere decir que todo sea palabra, sino que nada es sin palabras. Unos dirán que queda la música, o el cuerpo, las energías, puede ser, no tiene sentido discutir sobre  primacías ontológicas. En todo caso, la filosofía se dedica al aspecto “palabra” del orden del Ser.

Para unos será la palabra-disputa, para otros la palabra-escucha, y la palabra-juego. Foucault, Heidegger y Wittgenstein, se referencian para cada una de estas perspectivas.

Gilles Deleuze nuevamente me evoca la música del pensamiento, su lado conectivo, sus enlaces, sus máquinas, sus dispositivos, sus montajes y desniveles. Superficie, profundidad, simulacro y copia, conexión, disyunción, reconciliación, paseo, grito. Las formas plásticas a la vez que musicales del lenguaje.

Pero hay usos de la palabra, uno de ellos se relaciona directamente con su propiedad. Ser propietario de la palabra con fines de poder es lo que caracteriza uno de sus usos: la jerga.

Los aficionados a la filosofía se sienten cómodos cuando comparten una jerga. No les hace falta aclarar nada cuando intercambian salvoconductos conceptuales. Les basta con una sonrisa sobradora para recordar a esos ilusos que aún creen en el sujeto, o en el objeto, o en la realidad, o en cualesquiera de los supuestos fetiches aptos para ingenuos.

“Estar entre nosotros”, ser parte de un batallón, guardar en las alforjas un par de sobreentendidos, es un golpe al corazón de la filosofía. Degrada lo más valioso de su labor. Quien está en “estado” filosófico, no sabe nada, ni nadie es nada. Pero si alguien cree entender algo debe saber usarlo. Palabras como Ser, Pensar, Ontológico, Verdad, Sujeto, Hermenéutica, no deben pasar sin pagar peaje. Siempre hay que decir: “¿Y esto con qué se come?  No hay que dejar pasar a vocablos investidos por el prestigio de supuestas autoridades competentes.

Son dos mil quinientos años en los que en la historia de la filosofìa nadie se pone de acuerdo sobre nada. Ni sobre la relación entre filosofía e historia, ni sobre la categoría de sistema, ni sobre las relaciones entre las palabras y las cosas. Por algo es. Hablamos de la nada y el algo.

No por eso deja de haber respeto entre filósofos, lo hay, como hay admiración. Pero no es sólo inclinación ante el erudito, sino más bien gratitud ante alguien que nos despierta, que sabe cómo conmover nuestro pensamiento, que emplea un tono y un modo de acercamiento a la vida que detiene nuestra rueda mental en los momentos en que cruje.

Es lo que dice Schopenhauer al otorgarle a lo que llama “arte” el poder de detener el dolor de vivir, al darle a la belleza el poder de vislumbrar por un momento fugaz el estado de Nirvana.

Es el resplandor del que habla Platón, son esas luces intermitentes en medio de la oscuridad el que ofrece la filosofìa.

Por eso no es revelación, ni iluminación, ni sabiduría. La filosofía es una de las artes que logra instantes de belleza evanescente por medio del juego de ideas y valores. A ese instante inolvidable sólo por su intensidad y no por su contenido, se lo llama Verdad.

Nuevamente aparece el flautista de la filosofìa, Gilles Deleuze, quien no cesa de hablar de “intensidades”.

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7 comentarios

  • 1. philo  |  26 octubre 2014 en 9:31

    nada es sin palabras? a veces siento que son precisamente las palabras las que arruinan todo

    tal vez si nadie se pone de acuerdo sobre nada, es por que no se pueda lograr tamaña empresa, además tampoco hay grandes acuerdos en otros campos

    y “La filosofía es una de las artes que logra instantes de belleza evanescente” , pero momentos de belleza evanescente hay en todas las artes y en la ciencia y para ambas es un momento de “verdad”

    me gusta leer filosofía, pero a veces su lectura me hace sentir como cuando tenía que desenredar la madeja de lana para seguir tejiendo luego de que mi gato ya había se cansado de jugar con ella y y a su vez arruinado mi trabajo, igual siempre seguí tejiendo

    pero ahora me voy a recorrer la feria de San Telmo con uno de mis hijos, mirar como esa gente usa las palabras, como también sienten la belleza evanescente y tratar de entender su filosofía silvestre, que también a veces tiene su destellos

    Buen domingo para unos tallarines caseros con gente querida

  • 2. Marcelo Grynberg  |  26 octubre 2014 en 10:39

    En relacion a los filosofos que mas le han interesado (e interesan), podria contarnos brevemente los motivos o razones de las (fuertes ?) diferencias entre Sartre y Foucault ? Si no recuerdo mal, S decia que F era un sofista.

    Saludos

  • 3. magu  |  26 octubre 2014 en 11:43

    DON ABRAHAM
    uh, que esto no salga, pero realmente me quedé sin palabras, (hasta que alguno comente algo y de ahi me agarro) qué belleza, qué linda y plena es LA VERDAD aunque no entendamos el contendio

  • 4. silvia  |  3 noviembre 2014 en 9:54

    Se puede explicar la VERDAD?! Para ello deberia recurrir a palabras que no la contienen. La VERDAD es una experiencia personal, intima e irreproducible. La filosofia es una camino que puede compartirse. La VERDAD algo personalisimo.

  • 5. marlaw  |  17 diciembre 2014 en 16:35

    Marcelo Y no te cuento como es de grande el tamaño del palo con el que Harold Bloom le pega a todos los franceses en su libro El Canon Occidental

  • 6. marlaw  |  17 diciembre 2014 en 16:56

    Harold Bloom a sus años, todavía se comporta como un muchacho travieso.

  • 7. Marcelo Grynberg  |  17 diciembre 2014 en 22:17

    Es que los franchutes modernos, con ecepcion de Foucault, son muy pero muy verseros.

    Saludos


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