LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA 8

19 octubre 2014 at 10:05 9 comentarios

Mi trabajo para la formación docente apelaba a la subjetividad del profesor basada en el trabajo y en la conexión con los pensamientos propios que se generaban. Era algo bien concreto. Se aplicaba en las reuniones en las que a una disertación le seguían las discusiones. Es muy posible que en la disputa se juegue algo más que la búsqueda de la verdad. Es una prueba de fuerzas, la adrenalina desencadenada por el desafío, la voluntad de poder, la fecundidad, el goce por estar en un umbral, en un límite inquietante sin saber el próximo paso.

Quería trasladar los modos en que se genera una escritura a la actividad filosófica, materializar la frase de Deleuze: se escribe sobre lo que no se sabe.

De esa manera el profesor no le trasmite al alumno lo que puede leer en el libro, sino su propia manera de estudiar, de buscar, perderse y volver al camino, de insistir, de saber esperar, de investigar.  De darle forma a su no saber.

No es una ironía afirmar que para decir lo que se piensa hay que pensar. No se trata de pensar antes, no se trata de un libreto escrito en nuestra mente que hay que leer en voz alta. Se piensa mientras se habla como se piensa cuando se escribe. La división atomística del tiempo no nos sirve para entender que no nos referimos a la simultaneidad sino a una inmanencia.

Hay un momento de registro y otro de conexión, pero la conexión no está limitada por el paso previo. La conexión al ser rizomática abre surcos y recorre senderos insospechados.

Uno de los bienes heredados por la tradición filosófica que más que bienes son males, es el de la distinción platónica entre doxa y episteme. La degradación de la opinión como fuente de engaño, efecto de las apariencias, recurso caprichoso y arbitrario de un sujeto, ha modelado el saber sobre una matriz cognitiva esencialista, universal y objetiva. De ella deriva el valor de verdad.

Sin embargo, la filosofía no produce conocimientos como la ciencia, no hace bisagra con el mundo de la técnica, no hace más ni menos que expresar puntos de vista. El criterio de validez de las mismas que tanto inquieta a la burocracia universitaria y a los espíritus teológicos, se mide en la contienda pública y su mentado valor depende del interés que despierta.

Esto no es marketing sino sensatez sobre los límites de un saber conjetural que ya desde tiempos del mismo Platón se distinguía del saber trascendente al aplicarse a artes como la navegación, la medicina o el gobierno, diferentes de la geometría o la astronomía. La llamaba la recta opinión, intermedio entre la doxa y la episteme.

Saber riguroso, sí, pero anexacto, como sostenía Husserl.

Nosotros en nuestras reuniones de estudio debíamos opinar, lo que no quiere decir comenzar una intervención con un “ a mi me parece…”, y mucho menos: “ yo siento que…”, y ni hablar de un “yo siento de que…”.

Lo que damos no es un parecer ni un sentir sino un punto de vista. Y en lugar de perifrasear el lenguaje del autor, enumerar consignas y aires eruditos para mostrar que hemos asimilado el salvoconducto lingüístico por el que nos graduamos en ontología, psicoanálisis o semiótica, dar una opinión es digerir la palabra de otro, su estilo propio, pasarlo por nuestro estómago y contarlo.

Dar una opinión es contar lo que pensamos del pensamiento de otro. Y cuando empleo la palabra “contar”, evoco el género del cuento como el más afín a la filosofía en su trasmisión oral y escrita.

Lo practicó Nietzsche, lo hizo Montaigne, hasta el mismo Foucault nos cuenta en sus cursos el estado en que se encuentra de acuerdo a sus lecturas.

El hecho de buscar nuestras palabras y contarlas, nos obliga a entender lo que leemos, ya que de haber sido hecho prisioneros del vocabulario de Hegel, Marx, Habermas, o de quien fuere, en la forma del resumen de lectura o en la repetición textual, nos fuerza a adaptarnos a la tarea infinita de dar cuenta de la obra completa de siglos pasados,  a la tarea infinita de la exhaustividad bibliográfica, o al hallazgo novedoso de un documento ignorado. Esta tarea siempre renovada del especialista, a pesar de sus aportes, no es más que  el pretexto y la demora de no haber podido apropiarse del pensamiento de otro y pasarlo por el tamiz del nuestro para contarlo.

El cuento es la tierra del filósofo.

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9 comentarios

  • 1. MaCristina  |  19 octubre 2014 en 12:45

    Sin entrar en terrenos filosóficos para no meterme en camisa de once varas, los encuentros que tenemos con una amiga casi septuagenaria como yo, “curiosa de la vida” como la llamo, son charlas de más de dos horas seven up de por medio con idas y vueltas sobre el terreno de la vida y sus circunstancias. Una vez al mes intercambiamos opiniones y pareceres, resulta enriquecedor para las dos. Podríamos ser dos pseudo-filósofas.

  • 2. Aldo  |  19 octubre 2014 en 15:47

    El filosofo debe estar en la esencia , una pared por ejemplo , tiene una esencia , una guerra , una cena , todo deviene de la esencia , el filosofo no debe pensar lo particular sin haber pensado la esencia , no se puede abandonar una de las dos cosas y decir torpemente , yo pienso lo particular lo otro son meras pavadas Platonicas , . Nuestro siglo 20 ardió en el infierno , quizás por no haber pensado la esencia de la ” tecnica ” como esencia y no particularidad por las ” exigencias ” del mercado industrial , armamentisitico etc

  • 3. Aldo  |  19 octubre 2014 en 16:36

    Nada puede ser pensado sin que no haya sido habilitado por la esencia de lo que se muestra y tiene que ser pensado , el hombre no puede pensar la esencia de la nada por que no se le muestra , y si la nada quiere ser pensada por el hombre tendrá que ir de apoco , de hecho ahora somos todos ateos por que la tecnica misma nos lleva a ese lugar , de alli que heidegger decia que esta . la técnica – es el mal o mejor dicho lo anti-cristiano

  • 4. magu  |  19 octubre 2014 en 17:38

    La determinación de que sería doxa o palabra hueca y episteme o palabra verdadera, a veces depende de la arbitrariedad de las autoridades científicas o académicas, quienes deciden por ejemplo, a que investigador becar, a qué pensador publicar y a cuál no. A qué médico desmentir y descalificar, o no darle voz. Es como un juego de figura y fondo. Leí un libro sobre un científico médico que al referir a las preguntas diagnósticas con sus pacientes algunos especialistas no pueden tomar en cuenta síntomas o comentarios que no estén en los casilleros de las respuestas, dentro de las variables. Por ejemplo, dice, están acostumbrados a preguntar por las manchas de las vacas pero si un paciente le habla de las manchas de las cebras las desestiman porque no analizan cebras. Se sigue leyendo un estudio energético (ej: una resonancia) con viejos parámetros físicos y no energéticos. Quizás esa calificación que distingue y desecha hace que no se evolucione de manera integral (las cáscaras de las papas son útiles también). Sobre el post cinco: me preocupa que LA FE sea manipulada por pastores que hacen negocio de ella, (hablo de las curaciones milagrosas por medio de un show de la fe, pasando por alto la recomendación de acudir al médico y hacer estudios, también), es deshonesto.

  • 5. marlaw  |  20 octubre 2014 en 2:33

    Algo de esto me decía a mi mismo cuando leía Shakespeare el antifilósofo.Por una parte me decía que debía colocarme en su lugar Profesor para tratar de interpretar sus palabras, pero asimismo conjeturaba que pese a esa intención yo solo podía interpretarlo desde mi mismo que el efecto que me provocaba la lectura era siempre mio y que no podía correrme de ese lugar.

  • 6. roberto marcos nadaud le bihan  |  21 octubre 2014 en 21:06

    cuales son los caminos para que un siglo piense la tecnica, piense la esencia : cómo detiene a la Liga Pangermánica, a la Liga de la Marina Alemana : a la nación que Bismarck calificaba de potencia “saturada”.

  • 7. philo  |  23 octubre 2014 en 7:21

    “apropiarse del pensamiento de otro y pasarlo por el tamiz del nuestro” es la maravilla y a la vez el infortunio de la palabra dicha

  • 8. silvia  |  2 noviembre 2014 en 10:29

    Siempre me intereso el cuento como genero literario. Pero nunca lo habia pensado como la herramienta genuina del filosofo. Grato descubrimiento. Gracias.

  • 9. diana monnier  |  2 noviembre 2014 en 21:20

    No he trabajado en ello, pero respeto opimiones de los filosofos ( gente formada en el campo de la Filosofia y que continua en sus filas)cuando expresan su pensamiento, el que ,aunque no lo comparta, es una elaboración personal de alguien que esta interesado en el tema. Y a lo que me estoy refiriendo es a la posibilidad de la existencia de múltiples modos de pensar la misma cosa. Y esto es también, Filosofía.


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