Una indiscreción formidable, por Florencia Aguirre

29 noviembre 2012 at 6:35 22 comentarios

I. Cuentan que Foucault solía repetir a los que lo rodeaban: “Ne me faites pas le coup de Max Brod avec Kafka” , una pesada admonición que evocaba la desobediencia de Brod a la voluntad de su amigo Franz Kafka de destruir sus inéditos en caso de muerte. Para mayor garantía, Foucault también dispuso en su testamento una interdicción expresa para prevenir publicaciones póstumas. Daniel Defert, compañero de vida por más de veinte años, fue designado por el filósofo como ejecutor testamentario y recibió entonces una importante herencia, gravada con esa clara prohibición.

Sin embargo, tras la muerte de Foucault surgieron dos fuentes de “nuevos” materiales de su autoría. Por un lado la edición de sus Dits et Ecrits, que no es sino la compilación ordenada de artículos, entrevistas y conferencias ya publicadas, muchas veces en ediciones extranjeras o poco conocidas. Por el otro, la publicación de los cursos del Collège de France, que se ampara en las palabras del filósofo al comienzo de Il faut defendre la societé, en el sentido dar libertad a los auditores de hacer lo que quisieran con lo que allí escucharan, anotaran o grabaran. Resumiendo entonces: ni la reedición de entrevistas, artículos y conferencias publicadas, ni la publicación ordenada de cursos, parecían torcer, al menos no directamente, la voluntad póstuma de Foucault.

En el año 2004, al cumplirse los veinte años de la muerte de Foucault, se realizaron en París una serie de encuentros, exposiciones, proyecciones y emisiones radiales a modo de homenaje. Los días jueves 30 de Septiembre y viernes 1 de Octubre de 2004, Radio France produjo la representación teatral de una entrevista inédita hasta ese momento de Foucault, realizada por Claude Bonnefoy. Los actores Eric Ruf y Pierre Lamandé leyeron esa entrevista para el público allí reunido, y esa representación fue grabada y transmitida por Radio France poco después.
La extensa y singular entrevista, que se había realizada en varios encuentros, estaba efectivamente inédita, tal como lo reconoce Daniel Defert, había sido originariamente grabada magnetofónicamente y luego desgrabada por Bonnefoy y dactilografiada, pero no publicada. Foucault jamás la revisó ni corrigió, algo que hace pensar al mismo Defert que ello se debió a la tácita confianza en que ese curioso reportaje jamás vería la luz. Y eso fue lo que habría ocurrido, hasta que la versión tipeada habría aparecido en una carpeta, tras la muerte de Bonnefoy en 1979. Aparentemente.
Antes de la emisión radiofónica de la entrevista, Radio France dialogó con Daniel Defert y François Ewald, quienes dieron sus impresiones sobre la representación teatral que habían presenciado días antes. Ewald dijo en ese momento, que se trataba de una entrevista biográfica, personal y muy lograda, pero de imposible publicación. Ello toda vez que la experiencia del récit de Foucault no se hizo sino a través del ejercicio de la palabra, y eso es justamente lo que Foucault dice hacia el final de la entrevista: que transformar lo que ha dicho en escritura lo haría desaparecer.
“Document transgressif d’un débat d’époque, cette parole ne sera désormais accessible qu’interprétée par des comédiens”. He aquí las palabras de Defert con ocasión de la presentación del CD, producido por Gallimard, en la colección A haute voix. Por esas razones, se dijo en ese momento, la entrevista Bonnefoy sólo podría permanecer inédita, no podría existir sino como una retransmisión, como una pieza de teatro: se debía guardar esa forma de palabra, o eventualmente transformarla en un CD. Intención poética pero quimérica: una emisión radial sostenida en internet durante un par de meses y vendida en formato CD, sería prontamente tipeada y circularía inexorablemente como texto.
En el año 2011 la entrevista se publicó como libro bajo el título Le beau danger, en una edición exclusiva de la Ecole d´Hautes Études en Sciences Sociales, y no conjunta con Gallimard, modo en el que se editaron todos los cursos y los Dits y Ecrits. La presentación y la dirección de la edición de Le beau danger corresponden al joven Philippe Artières, y no a los clásicos Ewald, Fontana y Gros que venían ocupándose de esa tarea. Nuevos aires.
Franqueando las dificultades vitales y editoriales que la habían separado del público lector de Foucault por casi medio siglo, aquella entrevista casi imposible, es tinta sobre papel formando un libro. Es una rareza por varias razones: porque en ellas Foucault incursiona con detalle en reflexiones biográficas personalísimas sobre las jamás había hablado y sobre las que no volverá, porque estaba inédita al momento de la muerte de Foucault, porque no fue corregida, y finalmente porque logró emerger de la no-existencia venciendo todo tipo de impedimentos.
Esta entrevista se ha liberado de las trabas materiales externas (su situación olvidada en los archivos de Bonnefoy, su calidad de inédito) para alcanzar hoy una existencia real para los lectores. La edición escrita difiere de la representación teatral/radiofónica al haberse retirado un tramo final, el equivalente a un par de páginas.

II. La entrevista comienza cuando Bonnefoy se interesa por el Foucault escritor, al que pide se exprese sobre lo que representa para él, el hecho de escribir. Nada hace prever las respuestas que seguirán.
Foucault, movido por un impulso que sobrepasa largamente la invitación de su entrevistador, hace una contraoferta: se propone hacer sobre sí algo bien diferente de lo que hace sobre los otros. Foucault dice haber tenido especial cuidado, al hablar de un autor, de no tener en cuenta sus factores biológicos, sociales o culturales, es decir, se esforzó en considerarlos como puros sujetos parlantes. En este caso, Foucault aprovechará la ocasión que la entrevista le ofrece para volver contra sí mismo el sentido del discurso que ha tenido con relación a los otros. “Voy a hacer palinodia” dice . Foucault intentará decir, en ejercicio de ese modo de discurso, qué es lo que la escritura ha significado para él. Qué ha sido para él, en el curso de su vida, el hecho de escribir.
Inicialmente, dice no haberse sentido jamás fascinado por el costado sagrado de la escritura, hacia la que reconoce haber experimentado más bien, una desconfianza casi moral. Confiesa haber tenido cuando niño, grandes dificultades para escribir en el sentido más llano del verbo: sostener el lápiz y producir páginas legibles, al punto de haber sido sometido a ejercicios especiales por los maestros de la primaria. Luego, en los cursos superiores, las redacciones, los resúmenes de texto, las disertaciones escolares lejos de convocarlo hacia la escritura, lograron lo contrario: tornar su relación con ella en algo complicado, pesado.
Dice que sólo pudo reconciliarse con la escritura tras su estadía en Suecia. Allí, tras experimentar dificultad para comunicarse en una lengua extraña, pudo amigarse con el francés, que se revelaba como una suerte de hogar frente a la hostilidad de la incomunicación. Esta revaluación de su lengua natal fue la que le hizo sentir por primera vez las ganas de ponerse a escribir.
Luego, Foucault comparte algunos pormenores de su infancia y juventud, que considera vinculados con su propia relación con la palabra y la escritura. Allí habla del desprecio de la palabra que se dejaba adivinar en el medio médico provincial en el que fue criado. El médico casi no habla, sino que escucha, y escucha para diagnosticar, para arrancar al discurso de los otros la pista que lo guía hacia el mal que los aqueja. La palabra del médico es escasa: hablar es cosa de pacientes. El cirujano es especialmente callado, mudo casi, al fin y al cabo, cuando él trabaja, el paciente está convenientemente dormido. El cirujano no entabla diálogos: él corta, él opera. Foucault es hijo de cirujano, es decir un médico cuya virtud principal es la de actuar para erradicar enfermedades, él procede directamente sobre el cuerpo en que los males que se manifiestan y sutura, limpia, extirpa. Durante su infancia, Paul Michel pudo advertir que la enfermedad mental y el médico que las trataba eran moneda devaluada. Para los médicos de provincia entre los que se crió, la enfermedad mental era sospechosa, y, por carácter transitivo, también la palabra del médico que lidiaba con tal fantasmagoría. Enfermedad dudosa, medicina inverosímil. Foucault dice creer que en el origen de su Historia de la locura yace esa desvalorización de la enfermedades que no supuran ni se gangrenan.
Foucault relata que algunos de sus lectores le habían manifestado sentir su escritura como algo seco y algo agresivo. Dice que esta impresión le resultaba contradictoria, ya que la escritura había devenido para él una actividad suave, ronroneante y aterciopelada. Concede luego, que tal vez en esa impresión ellos hayan sabido percibir algo que creía haber disimulado: él sólo escribe tras postular la muerte de los demás. Es más, solo puede escribir porque ellos son cadáveres. Cuando escribe acerca de las vidas de esos muertos lo hace como un anatomista, que con su pluma-escalpelo corta tejidos y abre órganos en busca el foco ponzoñoso que explique la causa del deceso. Y tal vez por eso se sorprende cuando los escucha gritar: ¡Caray, no estaban muertos entonces!
El entrevistado dice encontrarse a gusto entre los muertos: dice necesitar sus muertes para que exista entre su actividad y las vidas pasadas, un delay, una distancia. Escribir para Foucault no es una celebración de la vida que fue, no busca revivir nada, sino constatar estrictamente la muerte, el estado frío de lo muerto, yaciente. El presente lo incomoda, prefiere el cuerpo presente.
Si pudiera poner una etiqueta a aquello que hace cuando escribe, dice, no elegiría la de filósofo, ni la de historiador, ni la de sociólogo. El se llama a sí mismo diagnosticador: aquel que con su escritura incisiva saca a la luz la verdad de lo que está muerto.
Tan pronto hace esta definición de su tarea, dice que: “sabe bien que no debería decir esas cosas…y que está un poco espantado ante la idea de que sean publicadas”.
Esta reticencia frente a lo dicho y revelado se repite a lo largo de la entrevista como una cantinela: no debería decir esto, me cuesta decir esto, esto que digo no le interesa a nadie, esto que he dicho no debería ser publicado.

III. LA PARTE OMITIDA: Como corolario de la entrevista, Bonnefoy pregunta a Foucault, casi tras bastidores, cómo ha resultado para él esa experiencia de la palabra. En esta parte final, se condensan y se concentran las reticencias que había sembrado a lo largo de la entrevista.
Foucault dice que como buen profesor gran parte de su vida transcurre hablando y escribiendo, pero que entre esas dos actividades no hay, en su caso, una comunicación sencilla: “Escribo lo que no puedo decir, y escribo lo que no quisiera decir, y digo seguramente lo que no quiero escribir. Creo incluso que me ocurre frecuentemente no que diga lo que no pienso, pero sí que diga cosas para no pensarlas más. Eventualmente también de pensarlas sin decirlas, para no decirlas.”
Bonnefoy dice que todas las cosas que surgieron a lo largo de la entrevista, no se deben a su habilidad como preguntador. Allí Foucault baja la guardia por un instante y dice que todas las elucubraciones que viene de hacer pueden deberse a su neurosis obsesiva, pero dice haber temido mucho ese ejercicio al que Bonnefoy lo había convidado. El entrevistador dice haber detectado una cierta renuencia al principio del dialogo, que atribuyó a la condición profesoral de Foucault, para quien, pensaba él, las cuestiones secundarias harían perder el hilo de lo fundamental. Foucault, algo incómodo, reniega de haberse comportado como un profesor, pero reconoce haberse sentido acorralado, huyendo incluso de la mirada de Bonnefoy. Argumenta que el primer encuentro había tenido un carácter íntimo, en el que Bonnefoy lo había interrogado sobre asuntos personales, sin eficacia para aclarar su trabajo. En ese momento, Bonnefoy salta (con razón) y le hace notar que no fue él, sino Foucault mismo quien había traído a colación esos datos personales y biográficos.
Foucault no discute ni chicanea. Vuelve a decir que efectivamente, nunca había hablado de esos temas. Dice no saber a quién podría interesarle todo eso, pero que le gusta mucho haberlo hecho y atribuye a la obstinación de Bonnefoy el haber llegado hasta esa instancia. Dice que hasta ese momento la sola forma de discurso que soportaba y aceptaba hacer pasar por la impresión y la edición era la escritura, el libro. Pero la forma de lenguaje de esta entrevista está muy lejos de la escritura y es por ello que dice tener la impresión de estar cometiendo una indiscreción formidable.
Foucault dice, que alguien que se quiere filósofo, historiador o analizador, ¿tiene el derecho de decir: no sé por qué hago esto, debe ser por esto o por aquello? Se siente invadiendo el terreno de la crítica, respondiendo de antemano las preguntas que los críticos deberían hacer respecto de su obra. Pesimista, augura una mala comprensión de la entrevista, que ya imagina bajo las garras analizadoras de los críticos con vocaciones frustradas de psiquiatras.
Algo se juega en esta forma de expresión metamórfica que nace oral pero será luego escrita y publicada: a Foucault le cuesta (y lo dice sin ambages) separar lo publicado de lo redactado, como si la oralidad intermediaria dejara ver algo que la redacción deliberada sabría ocultar. Pero no son todas las entrevistas, sino ésta en particular la que lo incomoda. Le cuesta tolerar esa ventana que ha dejado abierta.
Bonnefoy le pide una mirada retrospectiva sobre la entrevista concluida y le pregunta si pensaba que un ejercicio semejante era posible. Foucault responde tajante: Imposible. Hay imposibilidades que no tienen lugar, y esas no existen. Hay imposibilidades como las de esta entrevista que es la de encontrar su lugar. He aquí el peor de los peligros: habremos de demostrarnos a nosotros mismos en qué lugar y hasta que punto esta entrevista era imposible y no debió jamás haber tenido lugar.

IV. Imposibilidad, imprudencia, inconveniencia, incorrección, retractación son algunas de las restricciones que Foucault menciona para referirse a sus propias palabras. Todas son maneras de restringir la palabra dicha, o de modificarla al colocarla deliberadamente bajo una luz especialmente escogida.
Leyendo el reportaje se advierte cuán resuelta y espontáneamente Foucault se conduce hacia esas confidencias cuya repercusión luego dice temer. ¿Es esta una manera de destacar indirectamente su importancia? ¿O deben tomarse esos reparos como el arrepentimiento sincero ante un contenido que hubiera preferido mantener oculto? ¿Son sus reparos un modo de control y selección de su propio discurso?
Imposible, imprudente, inconveniente e incorrecto, evocan lejanamente a lo prohibido, a lo desvalorizado, lo falso frente a lo verdadero.
En lección inaugural en el Collège de France, Foucault agradece a Dumézil, que fue quien lo “incitó al trabajo a una edad en la que yo creía todavía que escribir era un placer”. Pero, ¿no había pasado de la escritura-dificultad escolar a la escritura-entusiasta en Upsala? ¿Palinodia de la palinodia? ¿A quien le creemos? ¿Al Foucault de El orden del discurso o al de la entrevista de Bonnefoy?
En 1973, en ocasión de otra entrevista, Foucault pide prudencia con las cosas que dice en esos casos: “Ud hace referencias a cosas que yo no he escrito, dichas solamente en el curso de una entrevista. No estoy seguro de que yo las sostendría tal cual…”
Al hablar de su infancia, de la profesión de su padre, de su viaje a Suecia, parece estar revelando algo desconocido, parece estar haciendo una suerte de confesión, de revelación de una verdad sobre sí mismo. Sin embargo, no son los hechos que Foucault nos cuenta los que nos llaman la atención. La prosaica Wikipedia nos dice que Paul, el padre de Foucault, era cirujano; que sólo su hermano menor Denys siguió la profesión paterna; que Michel dejó de usar su primer nombre de pila (Paul) cuando era joven; que tuvo dos tentativas de suicidio en 1948 y 1950 que resultaron en su consulta con el psiquiatra Gaillot, y que en esa época se despertó un gran interés por la psicología; que en 1954 obtuvo el puesto de consejero cultural en Upsala gracias a su amigo y mentor Dumèzil; que en 1958 viajó a Varsovia, etc. Nada de todo esto fue nunca un secreto.
No son los hechos o las circunstancias de la vida de Foucault los que resultan tan interesantes en la entrevista, sino la relación que el entrevistado plantea entre ellos y su propia escritura. No podemos saber siquiera si Foucault es sincero al decir lo que dice: el hecho de estar hablando de cosas que ocurrieron y constatables, no nos garantiza que la relevancia y aún que la relación que establece entre ellas sea sincera. ¿Por qué querríamos sinceridad de alguien que cuentas cosas de su vida? ¿Por qué un autor que decía escribir sólo ficciones, habría de ser veraz al momento de relatar su vida o su relación con la escritura? Si las cosas que Foucault dice sobre su escritura hubiesen sido dichas por un crítico, las tomaríamos con cuidado, como una aventura interpretativa. ¿Por qué razón actuaríamos de otro modo en este caso?
La palabra confesión no encaja para designar aquellas palabras dichas. La expresión de Foucault se advierte incómoda pero no podríamos decir que esa incomodidad provenga del contenido de lo dicho, sino más bien del simple hecho de dejar ver un costado de sí que no era el usualmente visible.
En esta entrevista encontramos a Foucault haciendo una experiencia que lo asombra y le parece singular, pero que no volvió a repetir. Hay algo en la auto-referencia en el que se mueve que resulta perturbador para Foucault y que nos resulta extraño a quienes la leemos.
Artières dice que en esta entrevista se produjo un extraño acontecimiento: la puesta en peligro de Foucault por sí mismo. Yo no creo que haya en esta entrevista nada que realmente preocupara a Foucault más allá del aspecto estrictamente estilístico.
El estilo atrevido que Foucault intenta ya desde el inicio de la entrevista, lo tienta y lo seduce: quiere hacer la experiencia, pero al mismo tiempo no lo convence totalmente.
Cuando los sentimientos del poeta son demasiado visibles, el público puede sentirse incómodo, enseña un maestro de haiku, y tal vez tenga razón. No importa mucho si los sentimientos de Foucault son sinceros o si sus recuerdos son fieles: tal vez no queríamos escucharlos.
Pero claro, eso sólo podemos decirlo tras haber sido indiscretos.

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Gaza, por Oded Balaban El buen muchacho peronista ( Perfil 2/12/2012)

22 comentarios

  • 1. Juan Martin Masciardi  |  29 noviembre 2012 en 8:50

    Muy bueno el artículo. Esa rara sensación que tenemos de querer conocerlo todo, de llegar a lo más íntimo.
    Por cierto, alguno de los lectores del blog, leyó ¨El poder es una bestia magnífica¨ porque acá en san juan, vi el libro en la vidriera de una librería, ofrecido como un texto inédito. Me llamó la atención. No tengo ningún tipo de referencias sobre este libro, supuesto inédito. En fin. Saludos!

  • 2. mariano  |  29 noviembre 2012 en 9:53

    qué encanto de texto y qué importante! sobre todo porque van a ir apareciendo de esas cosas no escritas por Foucault, y que aparecen escritas y atribuídas a Foucault, con nombre y foto. lindo trabajo para los críticos, creo. ¡y la entrevista también es ‘formidable’! muchas gracias.
    Respecto al libro nuevo de Foucault, tengo entendido que son inéditas en español, pero que se encuentran en los Dits et Écrits

  • 3. mar  |  29 noviembre 2012 en 10:39

    Muy interesante el análisis. Abraham ya nos había acercado al blog “Le beau danger”, y en particular esa visión de Foucault de sentirse más libre para escribir ante muertos.
    Es curioso, porque mi sentimiento al leer iba mucho más allá de sentirme “indiscreta”. Concretamente, tenía un malestar, algo así como un sentimiento de traición, por saber que Foucault no había avalado esa publicación explícitamente, y yo lo estaba leyendo igual!
    “Cuando los sentimientos del poeta son demasiado visibles, el público puede sentirse incómodo, enseña un maestro de haiku, y tal vez tenga razón.”
    Y cuando los sentimientos del poeta son los de incomodidad de solo pensar que se publicara algo de él después de su muerte?
    Como público me siento traidora.

    Con respecto a la entrevista, y a una supuesta discrepancia entre lo confesado escrito y lo confesado oral, veo una coherencia en la incomodidad de Foucault frente a una entrevista que sólo puede hacerle un vivo . (y que “lo mira” diría Sartre). Los muertos no entrevistan.

    Gracias por el texto.

  • 4. papiro cerrado  |  29 noviembre 2012 en 11:27

    El problema con las entrevistas es que es un mensaje unidireccional, emisor (activo) y oyente (pasivo), una relacion de amo y esclavo,un circuito cerrado. Prefiero los debates donde se produce la dialectica, las posiciones encontradas , los bucles de retroalimentacion, salen a la luz las contradicciones y se manifiestan aspectos de la verdad, es un proceso dinamico , donde las ideas se crean y destruyen, los roles se intercambian, sobre todo se plantean nuevos problemas, ese es el camino abierto, el camino de la Democracia.
    Como escritor , tomo la actitud de Heraclito, el cual escribio para si,como un proceso intimo, personal y entrego sus escritos como ofrenda a Atenea , reconociendo lo sagrado de la escritura , actitud esta compartida por los antiguos, que no escribian tanto , pero decian mucho, contrario a lo que hoy ocurre en la cultura copiar-pegar, donde mucho se escribe y poco se dice.

  • 5. Juan G  |  30 noviembre 2012 en 5:19

    Comparto totalmente con el Sr.Michel Foucault, tampoco son de mi agrado quienes hablan mucho o escriben en cantidad, también yo soy del tipo cirujano. Según mi humilde entender quienes asi proceden son en general unos chantas, además de pesados. Lo breve si breve dos veces bueno, dijo alguien que sabía mucho del tema, el prudente, el gran Baltasar Garzón, agudo e ingenioso pensador barroco, uno de los primeros proto-existencialistas del que se tenga conocimiento.
    Saludos Sra. o Srita. Florencia, muy interesante su artículo.

  • 6. Juan G  |  30 noviembre 2012 en 11:17

    Mil disculpas por el error cometido en el comentario anterior, quize expresar otro apellido, en lugar de Baltasar Garzón debe leerse Baltasar Gracián.
    Atte.

  • 7. Rosa  |  30 noviembre 2012 en 12:17

    Interesante: pasamos del indiscreto encanto de las publicaciones póstumas a una confusión formidable, supongo que deliberada.

  • 8. Juan G  |  30 noviembre 2012 en 13:06

    Doña Rosa, ya aclaré el error pero mis comentarios salen con un delay de un promedio de 24 horas aprox. Fue un error de tipeo, o un acto fallido, no lo tengo bien claro. Que macana, trato de quedar bien, de presentarme lo más cultivado posible para no desentonar, pero no hay caso, soy sapo de otro pozo…. Mil disculpas

  • 9. Lu  |  30 noviembre 2012 en 16:36

    q lindo, escribir es una forma de encontrarse con uno mismo..y por lo tanto una forma de estar en compañía …de sentirse menos solo, aún en soledad… algo así le pasó a Michel, cuando dice q empezó a interesarse por la escritura cuando se sentía incomunicado, en una tierra ajena, extraña…escribir fue como una forma de “volver al hogar”..

    no he leído Foucault, me resultan medio difíciles los filos posmo, pero me encanta su cara.. tiene cara de feliz. .. me gusta la risa de MF .. lo veo como un hombre muy vivo, pero no en el sentido de viveza sino de vida ..

    coincido con lo que dice, hablar poco pero bueno ..hablar poco… es mejor hacer, actuar… los hechos son más importantes q las palabras …

    muy clara la comparación con el cirujano …”El cirujano no entabla diálogos: él corta, él opera” .. tambien escucha a los pacientes, analiza, observa… piensa

    la naturaleza es sabia, nos dio dos ojos, dos orejas y una sola boca, porq tenemos q ver más, observar más, escuchar más y hablar menos

  • 10. mazerradbergel  |  1 diciembre 2012 en 0:34

    Alguien dijo, “Si Magritte no hubiera existido nunca, Foucault lo habría tenido que inventar, para justificar su teoría”. Mi teoría, es que a los surrealistas, (lo considero a Foucault un surrealista), no hay que entenderlos, hay que sentirlos, hay que penetrar en su universo.
    El surrealismo, es voluntad de poder, esta entre la ensoñación y la realidad. Por algo se le llamó realismo mágico. En música, siempre me atreví a decir, que para mi, el primer surrealista, fue Beethoven. EEs muy interesante, este articulo. Gracias TA.

  • 11. mARCELO  |  1 diciembre 2012 en 12:58

    “Los Foucault de Abaham son aburridos”
    Bien, antes de que pensemos apresuradamnete en que lo aburrido y lo divertido no tiene nada que (ver) con la filosofía ,tenemos que hacer un alto y decir SI tiene mucho que ver
    Hay filosofías aburridas que enferman al pensamiento lo contaminas y hay otras filosofías que potencian ,hay como una explosión semen tica en la acción -pensar
    No quiero desestimar a Florencia por que el texto esta muy bien escrito ,lo que si ¿a que lugares llevabn a Foucault?
    Foucault y la traduccion ,Foucault y la escritura,Foucault y los griegos,,Foucault y la etica., Foucault y el espíritu ,,Foucault y el teatro Isabellino ,bue basta
    En mas en estos lugares que abraham y los estudiantes llevan a Foucault son fríos. aburridos .que se yo Foucault se debe estar revolcando en su tumba si estos son sus discipulos
    Foucault tiene que estar en la accion , en los hospitales ,en la politica , en la historia, hasta diría en el mundo de las finansas, wall street ese es nuestro panóptico real de ahí se ve todo , pero no, hay agunos que prefieren llevar a Foucault a los sentimientos o al medioevo
    En fin estos bodios del pensamiento niegan al verdadero Foucault y hacen lo que yo llamo filosofia para carteras . compre señora ,un hermoso museo de pensadores la pera

  • 12. mARCELO  |  1 diciembre 2012 en 12:59

    no salen los comentarios esperaremos

  • 13. mARCELO  |  1 diciembre 2012 en 13:01

  • 14. mARCELO  |  1 diciembre 2012 en 13:18

    y cog,,,, mas , le diría un buen cirujano

  • 15. Rosa  |  1 diciembre 2012 en 15:15

    Estimado Juan G. no tiene porqué disculparse, se entiende perfectamente lo que usted quiso decir (aunque cambió, en forma involuntaria, sentencia y autor)
    Seguramente usted es una persona mucho más culta que quién esto escribe, pero desde que estoy en el blog me ha resultado imposible abstenerme de realizar bromas estudiantiles.

    Quizá el prudente Baltasar Gracián haya mencionado en alguna ocasión el siguiente adagio popular: el que tiene boca se equivoca y el que es prudente (no es mi caso) se calla la boca.

  • 16. mar  |  1 diciembre 2012 en 15:31

    jaaaja qué neurosurgeon panrayense!
    por tu ortografía, entendemos todos claramente que la alentás a que cogite,,,,

  • 17. santiago  |  1 diciembre 2012 en 15:42

    “El entrevistado dice encontrarse a gusto entre los muertos: dice necesitar sus muertes para que exista entre su actividad y las vidas pasadas, un delay, una distancia. Escribir para Foucault no es una celebración de la vida que fue, no busca revivir nada, sino constatar estrictamente la muerte, el estado frío de lo muerto, yaciente. El presente lo incomoda, prefiere el cuerpo presente. Si pudiera poner una etiqueta a aquello que hace cuando escribe, dice, no elegiría la de filósofo, ni la de historiador, ni la de sociólogo. El se llama a sí mismo diagnosticador: aquel que con su escritura incisiva saca a la luz la verdad de lo que está muerto.”
    Es muy bueno ese autoanalisis que se hace Foucault para mi. En un escrito de Abraham en este blog que se llama “la prosa del mundo” escribi porque me parecia que Foucault hacia eso cuando escribia. Pero para hay un problema en ver las cosas como si estuvieran muertas o estaticas. Muchas cosas que sucedieron ejercen siempre su sutil efecto hasta el hoy. Algunas de las cosas que sucedieron estan vivas. Y esas cosas hay que analizarlas de manera distinta hasta como hoy entendemos el analisis, el hombre no puede meter mano ahi, no se puede crear un division artificial para definirlas.
    muy bueno el escrito. saludos.

  • 18. mARCELO  |  1 diciembre 2012 en 16:41

    ahora viene lo mejor Mar , si es que sale el comentario ,
    muchos besos

  • 19. mARCELO  |  1 diciembre 2012 en 17:02

    no es para tanto eh , pero la pegue en palo

  • 20. Lu  |  1 diciembre 2012 en 21:14

    no se si entendí bien, pero yo también pensé algo parecido a Santiago, pensé q Michel veía las cosas muertas porq es más difícil analizar, captar, algo q esta vivo, algo q cambia continuamente, en movimiento, con el dinamismo inherente a la vida, q algo muerto, estático. pero para mí es un análisis incorrecto, porq analizar algo vivo como si estuviera muerto no es real.

    con respecto a la entrevista publicada sin su consentimiento, es una situación incómoda, me produce sentimientos encontrados, por un lado cierta impresión, como q uno se mete donde no debe, eso de traición q decían, violación de su intimidad … pero por otro lado tampoco me parece tan mal, porq creo q se hace con buena intención, para saber más sobre una persona valiosa como él .. de la q todos quieren saber más.. así q no lo veo tan mal .. porq no es para dejarlo mal .. y esta bueno q conozcamos sus propias contradicciones, la cocina de su pensamiento..si se aclara q es eso …solo una especie de borrador.. nadie va a criticarlo por eso, al contrario, creo q lo hace más humano

  • 21. Juan G  |  2 diciembre 2012 en 0:35

    Gracias Sra Rosa, por su comprensión. Que decir del Gran Gracián, si hasta el mismísimo Borges le dedicó un poema, que muchos creyeron burla pero fue metáfora, de su propia autocrítica, valga la redundancia.
    Saludos Cordiales.

  • 22. mariano  |  2 diciembre 2012 en 9:54

    “…tal vez por eso (Foucault, diagnosticador) se sorprende cuando LOS (a los cadáveres que opera) ESCUCHA GRITAR: (sorpresa) ¡Caray, no estaban muertos entonces!”
    yo creo que lo hacen por dinero. puede que, de parte de aquellos que eran sus amigos y a los que les confiaron realizar su voluntad, sea una traición. por mi parte, me hace feliz y me encanta ser así indiscreto
    Para mARCELO lo divertido de Foucault es el panóptico ahora aplicado al mercado, porque es un resentido y un lector aborregado.
    Saludos


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