Primera vez en Tigre por Rodolfo Lopez

10 abril 2012 at 20:00 8 comentarios

                       

Me crié en Tigre y fui un pibe enfermizo y melancólico, se me hacían difíciles cosas que para otros chicos eran fáciles.

Los médicos que se ocupaban de mis bronquios me prohibían  transpirar; mamá, encargada de hacer cumplir los tratamientos, me recibía a chancletazos al volver de una escapada al campito para jugar al fútbol.

Existía un abismo entre mi necesidad de diversión, las recetas de los expertos en asma y el carácter aguerrido e imprevisible de mi mamá.

Yo era endeble pero la familia tambaleaba entera, por motivos diversos.

La primera vez con una mujer, tarea cabal de un varón, impostergable a los dieciocho, no resultó sencilla para mí.

Sobre el final de mis 15 años, en el verano de 1966, el tío ”Lolo” me llevó una noche a un pintoresco prostíbulo en Carmelo, Uruguay.

El tío me había llevado otras veces con él en algunos de sus tantos viajes a la costa Uruguaya navegando el barquito pescador de doble proa que era su gran pasión, viajes que para mí fueron una aventura extraordinaria.

En el último viaje me llevó al lugar donde me harían hombre.

Me encontré a media luz, en habitación perfumada, con mujer hermosa de unos 30 años. Su voluptuosidad me dejó perplejo.

No recordaba haber visto otra mujer desnuda.

(No espiaba a mis hermanas como hacían otros pibes con sus hermanas, y lo contaban luego entusiasmados. Los besos con chicas se habían grabado en mi memoria junto a sus lenguas incisivas, que mucho prometían, pero ellas después mezquinaban las tetas y de ahí hacia abajo, conmigo al menos, no progresaban. No me era permitido recordar el sexo de la mujer).

La lujuria que tenía enfrente superaba todo.

Atiné a fingir, puse excusa inverosímil para salir de aquel trance, mis ojos rogaron a la señora que me dejara escapar.

Ella sonrió en la penumbra -donde su cuerpo brillaba- y dijo que entendía muy bien lo que ocurría.

Nos vestimos despacio, con el tiempo que sus gestos indicaban, cuando estuvimos listos me dio un caramelo, cobró la mitad de la tarifa, me dejó ir con beso suave.

Antes de regresar a Tigre en el barquito volví otro día, temprano, a la casa que iluminaba luz roja al oscurecer

Una mujer en bata, con pantuflas, barría un porche, llegaba desde la cocina aroma de tuco en cocción, las ventanas estaban abiertas y el viento del río agitaba cortinas floreadas.

Junto a la pared cerca de la vereda nacía un parral que se extendía frondosamente sobre un patio.

Inmóvil allí a la hora de comer, sin apetito (la casa evocaba una familia y eso resultaba hostil a mis deseos) de pronto extrañé la femenina nocturna  desnudez.

——————

Al año siguiente, con chica algo mayor que yo, hice un intento propio.

Papá era cantinero de un club con botes en Tigre, ella trabajaba en el bar y la cocina, yo ayudaba por allí la veía con frecuencia.

Aquella noche, era un sábado, salimos juntos del club.

Caminamos dos largas cuadras bordeando un cerco, cruzamos el arroyo Reconquista sobre un puente, esperamos el colectivo en la parada.

Llegaban lejanos, acordes de cumbia desde el río.

El Tigre Club, a la vuelta de la esquina, tenía las luces encendidas para un baile. La noche parecía de fiesta para otros -mis días también- entonces le propuse a la chica ir a un hotel.

Antes nos habíamos dado besos rápidos detrás de heladeras o cajones de bebidas, mi invitación tenía ese antecedente y además, futuro incierto.

El hotelito, cercano del Tigre Club, pretendía y no lograba retener su esplendor. Se entraba por escalones de mármol sucio a un edificio de paredes agrietadas, habitaciones húmedas, mobiliario viejo.

Detrás del mostrador una bruja me dio una llave.

“Bachi”, que era alta y tetona, repitió “flaquito”, flaquito” durante un breve zarandeo en cama de bronce que hizo ruido metálico.

No hubo verdad en los jadeos de Bachi con gusto a cebolla.

Fueron ciertos la textura de sus pechos blanquísimos y el círculo de su pezón entre mis dedos. Su manera de acariciar era suave, contrastaba con su corpulencia y la rusticidad de sus manos.

Alcancé a eyacular quizá -no lo sé- en su centro de mujer, no lo sentí mío en ningún momento. No me hice hombre. Pretendí serlo voluntarioso (otros pibes lo eran) ella alentó con palabras.

Pero Bachi fue ajena como todo en mi vida en ese tiempo.

Al despedimos, cuando me pidió “unos pesos para pagar la pensión” sentí alivio, y tristeza al ver sus ojos cansados.

La realidad y los sueños se rozaron esa noche y me dejaron un sabor amargo. (“La acerba piedad tiene sabor amargo”, precisa Dante; en El Purgatorio).

Un año después, con diecisiete cumplidos, yo era un muchacho flaco de mirada triste. No había poseído mujer ni siquiera en sueños y en cambio tenía pesadillas; rondaba mi confusión arenas movedizas que llaman alma, que nos tragan con nuestras certezas a cada momento.

Mentía en rueda de varones cuando hablaban de “coger”, la voz de los que confesaban completa inexperiencia tenía más aplomo que mi voz.

Con besos nuevos a chicas, o caricias, pretendía ser fogoso: no lograba que el fuego no encendiese, dudaba de su existencia.

No actuaba con naturalidad, no abría mis sentimientos.

Cuando me gustaba en particular una chica, algunas veces ocurrió, sentía hacia ella un amor idealizado, romántico, subterráneo; una ensoñación despojada de deseo sexual, alejada del cuerpo de la piba.

Quedaba paralizado lejos de ella y de mí.

Por dentro me deslizaba -peligrosamente- hacia el terror.

————————————

Por eso empecé a buscar en libros lo que no encontraba en otra parte. No me atrevía con los “Clásicos Jackson” de mi hermana Nora pero sí con ejemplares de lomo delgado, más accesibles.

Así conocí a Dostoievski.

“Un corazón débil” -pocas páginas, tapa azul- retrataba a joven enfermo, de carácter tímido, que siente llegar el amor cuando conoce a mujer atractiva que lo corresponde, y enloquece.

El texto aniquilaba ilusiones, verdad era la locura no el amor.

(YLa Muerteproveía esa locura, cobraba en débil a todo hombre la osada irreverencia de existir. Ante su sombra el ilusorio amor era un pobre refugio).

Sin conocernos ni dirigirse a mí el autor me hablaba, preventivamente me alejé.

Pero después, era un imán poderoso, quise acercarme de nuevo.

Leí el cuento tranquilo, muchas veces, y encontré en esas lecturas un  extraño bienestar, los desvaríos del protagonista me ofrecían equilibrio.

Y el paroxismo final de su locura -con feroces fantasmas que lo acorralan-, la ausencia de una explicación de qué le ocurre -aquel vacío- disipaban ahora mis fantasmas.

Me aferré al cuento de Dostoievski como un náufrago.

—————————–

En el torneo de fútbol de 1968 Racing iba en camino de ser campeón, había ganado el título de 1966 y dos copas internacionales en 1967.

Y terminado mi secundario “Nacional de Tigre” conservaba de allí un amigo nuevo, diferente de otros pibes, dos años mayor que yo.

Fernando era un muchacho simpático, desenvuelto, popular entre nuestras compañeras de colegio -las que a mí me ignoraban- y podía llevarlas a la cama con facilidad.

Era divertido cómo contaba los lunes aventuras de sábado y domingo. Había jactancia en su forma de hablar ante quienes escuchaban boquiabiertos -yo entre ellos-, pero también había afecto de amigo para mí, me parecía que quería que yo contara pronto una hazaña.

En mayo del ´68 ocurrieron hechos trascendentes en París, en Europa, en el mundo. En Tigre, un viernes, Fernando saldría con una chica conocida esa semana y ésta vendría acompañada de una amiga.

Cerca de medianoche, mi amigo al volante de un Renault 4, fuimos al club donde trabajaba mi papá, del que me confiaba las llaves.

Quedaba frente a la confluencia del río Luján con el arroyo Reconquista (paisaje de mi niñez), ocupaba una manzana, lo rodeaba espeso cerco de ligustros.

Abrí el portoncito de madera alejado de la entrada principal y los cuatro atravesamos el frondoso parque haciendo el menor ruido posible.

Accedimos al edificio del comedor por la puerta de la cocina.

Por fin adentro del bar pudimos reírnos y nos servimos uno tragos, a esa hora no quedaba socio que pudiera importunar.

La mujer que acompañaba a Fernando se quitó el abrigo: su bellísimo cuerpo pareció escapar por un generoso escote ante mi vista; mi amigo, leal, la tomó de la cintura y la llevó.

Me había tocado una jovencita flaca, de hombros encogidos, callada. Parecía tener menos de 16.

No escuché su nombre cuando nos presentaron pero es posible hayamos tomado una copa o intentado mantener una conversación.

Sentados en los taburetes del mostrador.

Luego fuimos a la biblioteca, sala donde los socios jugaban a los naipes, y nos acomodarnos en sofá dispuestos a hacer lo que habíamos ido a hacer allí; nuestros amigos -seguramente- lo estarían haciendo.

El tono de voz de Alcira -era su nombre- de mínimo dejo provinciano, la risa nerviosa, el temblor de cuerpo, me dijeron que la chica tenía miedo. Igual que yo.

Intercambiamos en semi-oscuridad frases sin sentido.

Ella dijo que yo debía saber cómo hacer, que dominaba la situación con experiencia, lo decía pero no creía que fuese la verdad.

Estábamos aún vestidos, incómodos en el sillón, bajo la luz burlona de una vitrina con trofeos de victorias.

Nos dimos besos torpes, desgraciados; nuestras dentaduras chocaban entre sí y dejaban escapar finos hilos de saliva que Alcira intentaba secar con un pañuelito…

Hubo una pausa.

Nos sacamos la ropa en silencio.

Era delgada y de mínimos pechos, con suaves curvas en el inicio de las caderas.

Se volvió a mirarme antes de tocarnos, dijo algo que no entendí.

Había franqueza en aquella forma de mirar.

El temblor de su cuerpo iba en aumento a medida que yo me acercaba,  eso permitió que mi temblor disminuyese.

Los objetos de la habitación desaparecieron; uno por uno.

El murmullo de su voz -que apenas se oía- expandió de pronto mi pecho, mis pulmones, también mi alma, y en aquel momento milagroso quise protegernos -a los dos- de todos los males que hubiera en el mundo, de las acechanzas miserables que ahora cobardes escapaban, de cualquier otra que se atreviese a aparecer.

Crucé entonces El Umbral: avancé por el camino que ella y su belleza me ofrecían -debajo el tenebroso abismo de la muerte parecía inofensivo-, me acerqué más a la chica, trepé despacio a su cuerpo que me esperaba y en medio de un tenso abrazo (tinglado de torsos, brazos soportes) realizamos nuestra primera unión amorosa y sexual.

Algo desconocido.

Misterioso.

(Es innecesaria dimensión el tiempo).

Lo que allí ocurrió en realidad, el breve resultado, fue la mancha de sangre que vimos con asombro al levantarnos. Por los muslos de Alcira rodeando luego sus tobillos caían gotas espesas hasta el suelo.

Aún en la penumbra, recortada sobre el tapizado verde del almohadón,  observamos la prueba de lo que parecía un crimen.

Nos miramos.

No hubo verdadero placer esa noche pero el brillo en la mirada de Alcira, su mano aferrada a la mía, me aseguraban que estaba muy cerca.

El indicio de la pasión nos estremeció.

En poco tiempo, bajo la luna serena de Tigre, caminando de ida o de vuelta a su casa, por calle que cubrían hojas moradas en otoño o pétalos en primavera (todavía el Reconquista sigue a la calle en toda su extensión, le ofrece amor en tierra húmeda y la calle lo corresponde esparciendo sobre aguas y pavimento frutos de árboles), Alcira me decía en tono de broma: “¡Cruel abusador de mi inocencia!” mientras clavaba diez afiladas uñas en mi brazo hasta hacerlo sangrar; luego, enojada y pícara, bajaba los ojos como si estuviese arrepentida, tímida o soñadora, aunque su nuevo próximo arrebato volvería a torturarme.

Alcira, broche de humor, nuestra Hazaña.

Aroma de jazmines de esa orilla,

con flores silvestres del arroyo,

marejada que mece fino junco

que aún murmura río adentro.

La calle Liniers nos vio pasar

ella tomaba el brazo que hería,

añosos árboles allí se inclinan

funden sus copas en opuestos

para formar lo que permanece

“Arco de Triunfo de Tigre”.

Nombre y belleza de Alcira Albornoz.

                                    

                                           

 

 

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8 comentarios

  • 1. Ma.Cristina  |  11 abril 2012 en 7:04

    Tierno y conmovedor relato, Rodolfo, imagino que al poner su nombre y apellido la protagonista no se sentirá expuesta, sino protagonista de una hermosa historia de amor adolescente que dejó este recuerdo imborrable.

  • 2. mARCELO  |  12 abril 2012 en 22:44

    Muy buena historia ¡¡¡¡¡
    Búsquela por facebook Rodolfo,ahora ojo, que las minas te agregan y después empiezan a histeriquear y virtualmente se complica la cosa, por que si es en la realidad uno por lo menos huele el perfume o se hace el boludo y le toma la mano ,le rosa una teta ,la hace reír , que se yo .Facebook es como una religión para las mujeres, por eso el cristianismo siempre va mutando en otras formas ,pero siempre esta rompiendo las pelotas por ahí

  • 3. Liliana César  |  13 abril 2012 en 10:48

    No se si me gustaría que pusieran mi nombre y apellido al pie de una vieja historia. La historia es de los dos, no sólo tuya, Rodolfo.

    Hasta la aprobación de María Cristina encierra un “imagino” que demuestra duda sobre la cosa.

    Yo no dudo, me parece feo que expongas el nombre de ella así, después de 50 años. Salvo que, posible, ella sea ahora tu mujer.

  • 4. Gustavo Romero  |  13 abril 2012 en 12:38

    Pienso que, como en toda ficción, un nombre es sólo un nombre, entre tantos otros que podamos encontrarnos en el jardín del nominalismo. Lo que yo entiendo es que el texto de Rodolfo remite a una experiencia vital, que tiene un nombre, pero que en sí mismo, en tanto puramente un nombre, no importa; lo que importa es la experiencia, y para hablar de la experiencia, necesitamos nombrar, no nos queda otra, porque el hombre es un ser que nomina.
    Rodolfo llama a su experiencia “hazaña”. Hazaña que describe un límite donde se mezcla constantemente belleza y sangre. Arrebato inocente y temblor. Límite pintado con los colores del placer y del dolor.
    Muy bien, Rodolfo. Le envío un saludo muy cordial.

  • 5. Damian  |  13 abril 2012 en 19:02

    Hermoso lugar “el Tigre”, increíble semejante paisaje tan cerca de la ciudad, Rodolfo lo recrea con melancolía de río, a pesar de las tensiones la iniciación sexual es un gran momento. En un tiempo para los de la ciudad Tigre y sexo venían juntos, me la perdí, nunca pague por sexo, espero revertir este escarnio. La mujer escamotea el relato de iniciación, el hombre determinó que no se es mujer por la sexualidad sino por la menstruación, punto de partida menos exigente, después más conflictivo que el del hombre. Supongo que esto es totalmente antiguo. La historia de Alcira y Rodolfo configuran el amor de un tiempo.

  • 6. Damian  |  13 abril 2012 en 19:06

    configura

  • 7. mar  |  14 abril 2012 en 0:34

    Rodolfo,
    Qué bueno que sigas enviando tus escritos al blog. Suma sabor, y para mí forma parte de lo que disfruto por acá.
    Pienso que para vos primera vez en Tigre fue más allá de la iniciación sexual, y que Reconquista sigue fluyendo.
    Saludos, y merci beaucoup!

  • 8. Ma.Cristina  |  14 abril 2012 en 16:59

    Tenés mucha razón Gustavo Romero. el tema principal es el que señalaste.


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