Cada bucle en el tiempo.Luis Alberto Spinetta

14 febrero 2012 at 13:08 16 comentarios

En algún lugar un filosofo, que vivió casi 104 años, escribió que no se puede evitar que pasen los años, lo que sí se puede evitar es envejecer. Casi como un mandamiento existencial, ético y estético de mantenerse joven. No debe confundirse esto con una exaltación del juvenilismo militante o el ridículo a deshoras. Se refiere si se quiere a aquella jovialidad del pensamiento de la que hablaba Nietzsche. Se refiere a que ser adulto no significa agazaparse detrás de un conservadurismo timorato, a volverse sobrio y calculador; se refiere a apostar siempre a la próxima mano sin ahorro de energías. Nietzsche nos habló de deplorar las nostalgias y el uso del pasado como discurso defensivo, como conducta acorralada o adoración de monumentos. La vida no puede oler a museo. En definitiva, y sin ir demasiado lejos, se trata de un modo de encarar las situaciones que se presentan. De una forma de relacionarse con el futuro o de considerar el presente siempre en tiempo futuro. Evitar el fruncimiento de la seriedad o vivir bajo una pose senatorial. Pero esto no es tan fácil como escribirlo. Hay un elemento de resistencia que da sentido concreto a esta actitud: el destino. O como quiera que se llame a lo que presenta batalla al temperamento incómodo del que no se queda quieto. Y el maldito destino se presentó. La semana pasada se me fue, y se nos fue a muchos, alguien que representaba esta actitud. Se fue un hombre joven en este sentido; joven a despecho de la edad. Se murió el Flaco Spinetta. A nadie se le pasaba por la cabeza que algo así podía suceder en algún momento. En ningún momento. Este hecho nunca estuvo asociado a su persona como posibilidad: arrastrados por la corriente de sus composiciones que se proyectan hacia adelante; inspirados por la mirada hacia su propia obra a la cual nunca celebró en pasado; incluso en su propia dinámica corporal exhibía un tiempo que no pasa. Fue explicito al respecto y ya fue mil veces citado: “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor.” Su último disco de estudio se llama “Un mañana”. Su bagaje de metáforas abunda en referencias al mañana, su conjugación es en futuro. A ninguno de los que lo seguimos en su trabajo, en sus conciertos, en sus pocas apariciones públicas se nos cruzaba por la cabeza que algo así le podría suceder de repente, ahora. Y todo se desencadenó rápido a nivel público. Apenas mes y medio. Y hoy ya no está. Y este “ya no está” hay digerirlo con un amargo consuelo: Quedan sus obras. No es pobre como consuelo, claro. Su obra es grande y bella. Siempre es fácil retomarla. Pero es insuficiente y perturbador para un spinettiano. Es una imposición de renuncia. Me declaro spinettiano y no sólo por el amor que profeso por sus discos, ni sólo porque su música es uno de los pocos elementos constantes en mi vida, sino por el tipo de relación conciente hacia el pasado y el futuro que Spinetta mantenía con sus composiciones. Fue su modo de ser, y lo he adoptado. El consuelo inevitable de que nos queden sus obras nos va en contra. Es una carta fuerte que nos juega la fortuna. No tenemos con qué anularla. La tragedia es que no nos queda otra que traicionarnos por resignación. Cocinarnos en esa contradicción es la tragedia; la contradicción irrevocable entre el deseo de la voluntad y lo ineludible. Tenemos que volver al pasado y retomar la obra ya realizada. Nos vemos obligados a honrar y a recordar; a reemplazar el es por el fue. Ya no podemos esperar lo nuevo. Ya no podemos esperar el próximo disco ni la próxima presentación en un escenario. Ya no podemos esperar esa alegría del porvenir incierto que se anunciaba sorprendente y difícil en el primer acorde del disco nuevo apenas puesto a reproducir. Esperar el acontecimiento es el núcleo del ritual spinettiano. Era ansiedad con alegría. Un disco nuevo no era un disco más, era un bucle inserto en una gran obra donde quienes los seguíamos nos deslizábamos lentamente hacia el próximo. Y quienes habitamos esa obra encontrábamos en ese bucle temporal un nueva era personal. Estoy seguro que no exagero. Y no exagero porque quienes hemos recorrido su obra podemos asociar cada disco a un momento específico de nuestra vida. Cada uno a su momento y cada cual a su modo. Eran un hito en la trayectoria personal en donde se enlazaban personas, lugares o impresiones. Las composiciones de Spinetta tienen esa enorme virtud de incrustarse demasiado en la piel de quienes lo siguen. Hagan la prueba de preguntar a cualquiera que cultive para sí su obra o cada uno de sus temas y les terminará hablando de sí mismo y de su relación de tal disco con un momento específico de su vida. Esto mismo trato de evitar aquí. Serían sólo recuerdos personales a escala privada. Y en esto me atrevo de decir que reside el misterio de los llamados “clásicos”, los verdaderos clásicos: en la íntima relación que se establece con los que los hacen perdurar en el tiempo, en este caso sus oyentes y seguidores. No sólo perduran en la memoria como recuerdos, sino que se mezclan y forman el lodo biográfico. Un clásico es tal porque corta la distancia, la disuelve. Se funde en el oído del que escucha, y lo lleva consigo como una marca en la que muchos se reconocen. Y en este caso no hablo de los clásicos que una cultura encumbra rutinariamente. Estos se presentan como artificios administrativos. Hablo de microclásicos personales en los que algunos, que son muchos, se reconocen como si fueran un guiño invisible. Miles de sombras que cruzan miles de rostros. No hay multitudes uniformes detrás de Spinetta. Hay miles de amores dispersos, hermanados por hilos sutiles. No quiero pactar con el pasado en procura de consuelo. Quiero su música, pero no su recuerdo. En este pequeño escrito tuve que debatirme con la conjugación verbal y con mis recuerdos personales. Tengo exactamente la misma edad que el primer tema que grabó Spinetta y editó en un sencillo de Almendra. Cada uno de sus discos se conecta con un momento de mi vida. Su obra es mi calendario personal, me reconozco en cada una sus afinaciones y en cada color de sus notas. No acepto que el Flaco Spinetta haya muerto, y no creo que lo vaya a hacer en algún momento. No obstante, y a mi pesar, ahora empiezo a sentir que ya soy de otra época. Envejecí. Pero voy a resistir por todo el amor que siento por Spinetta, quien me educó en arte de ser del futuro.

Marcelo Pompei

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16 comentarios

  • 1. rodolfo lópez  |  14 febrero 2012 en 17:30

    Bello homenaje hace Marcelo Pompei a su querido y admirado Spinetta. “un nuevo disco no era un disco más, era un bucle inserto en una gran obra…” es metáfora de arte.
    No coincido con sus aseveraciones filosóficas. Si Nietzsche dijo lo que Pompei dice es que ya estaba loco. No es posible despreciar el pasado, o la nostalgia que nos provoca.un recuerdo.
    Al comprobar que la muerte existe, que queremos al que se murió, el argumento cae (tema para expertos como Gustavo Romero).
    Es raro lo que me produce la muerte del flaco, su música me fue ajena siempre. No soñé entonces con lejana muchacha ojos de papel; prefería temas de Tormenta, Roque Narvaja, Leo Dan (más cercanos). Pero ahora que Spinetta murió, y escucho sus hermosos temas desde otro lugar, y veo como los cantaba sobre el escenario, siento que en algo rejuvenezco (Pompei siente que envejece). Spinetta debe ser clásico en el mejor sentido de la palabra.
    Gracias Marcelo Pompei.

    .

  • 2. santos  |  14 febrero 2012 en 20:23

    Gracias Marcelo por expresar tu aflicción con un spinettiano joven que no encuentra espacio para compartir su dolor.
    Tengo 21 pero Luis fue una inflexión descomunal en mi vida. Me enseño a embellecer y afirmar la vida con cada una de su canciones. Cada vez que fui a verlo al teatro o incluso con sus bandas eternas, desperdigaba una calidez que uno tenia la sensación de estar en el living de su casa compartiendo un momento íntimo.
    Su partida fue muy significativa pero sublimare mi dolor con el amor que Luis nos invitaba a cantar.

  • 3. alicia  |  14 febrero 2012 en 22:12

  • 4. santos  |  14 febrero 2012 en 22:19

    No tengo palabras para expresar mi aflicción. Luis fue verdaderamente significativo en mi vida, transmuto mi cosmovisión de una forma descomunal. Me enseño a embellecer y amar la vida, y con su obra voy a seguir aprendiendo por el resto de mis días.
    Gracias Marcelo por este homenaje y por brindarle el espacio a un spinettiano joven como yo para compartir su dolor.

  • 5. alicia  |  14 febrero 2012 en 22:35

    No hay consuelo

  • 6. santos  |  14 febrero 2012 en 23:13

    para llorar

  • 7. Mar  |  15 febrero 2012 en 12:04

    Un disco nuevo no era un disco más, era un bucle inserto en una gran obra donde quienes los seguíamos nos deslizábamos lentamente hacia el próximo.
    Muy bello Marcelo!
    Tu escrito se acerca de alguna manera a mi sentir, porque rechazo esas habituales expresiones solemnes …”se fue un grande pero nos queda su obra”… Qué merde! no para mí. Vos traés una ultraconocida frase del Flaco que siempre esgrimíamos en mi adolescencia: “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor.”

    Pero estoy de acuerdo con Rodolfo, sobre el valor de la nostalgia y la memoria del amor, por eso traigo otra de él, que siempre marcó mi sentir sobre la muerte y la amistad:
    La soledad es un amigo que no está,
    es su palabra que ya nunca ha de llegar;
    si es que sus sueños son luces en torno a ti,
    tu te das cuenta que él ya nunca ha de morir,
    nunca ha de morir.

    Gracias Marcelo por tu homenaje a Spinetta!

  • 8. Mar  |  15 febrero 2012 en 12:08

    y me quedé con ganas de agregar:

    Flaco, sos sos alma de diamante !!

    ahí va

  • 9. FCEyN  |  15 febrero 2012 en 13:09

    Puedo verlo en su corcel, el Flaco jinete del tiempo, cabalgando cada momento.

    Llevándonos cada vez un poco más allá de nuestros propios límites, paso a paso, horadando la piedra desde adentro con infinita paciencia, para que la línea de fuga no cristalice nunca. El más deleuziano de los hombres. El cuerpo sin órganos, pura intensidad creciendo sin centro. Genio, maestro, vas a hacernos mucha fallta…

  • 10. Graciela  |  15 febrero 2012 en 15:44

    Gracias Marcelo por hacernos reflexionar sobre la paradoja del consuelo que significan las obras. Me toca muy de cerca y lo he pensado precisamente como trágico, pero a la larga es el mejor modo de que el pasado retorne como presente, el único que Nietzsche aceptaría, así pasará también con el Flaco…

  • 11. Alejandro  |  15 febrero 2012 en 23:36

    Marcelo tus palabras representan mi sentir y el de muchos mas que habitan el planeta spinettiano. Coincido en lo que significaba la mitica (a partir de ahora y hasta el final de los dias) espera de la obra fonografica, creo que podria afirmarte que sucedia en el momento exacto del primer acorde en tiempo real y con lujo de emociones, digo detalles. Por todo esto gracias y al flaco tambien gracias, porque mi vida fue bendecida por un artista de un nivel magistral con la unica salvedad de que vivia a la vuelta de mi alma. Un gran abrazo y aunque ya no nos volvamos a encontrar en la puerta de la sala del conciert, seguiremos encontrandonos en el mundo magico y sempiterno que recibimos del flaco.

  • 12. Fera  |  16 febrero 2012 en 19:59

    “Y quienes habitamos esa obra encontrábamos en ese bucle temporal un nueva era personal. Estoy seguro que no exagero. Y no exagero porque quienes hemos recorrido su obra podemos asociar cada disco a un momento específico de nuestra vida.” Recuerdo que por julio o agosto de 2003, me sentaba para rendir final -materia: Diseño Gráfico y Publicidad- frente a Marcelo y Felisa; mientras me acomodaba -los nervios, sobre todo- Marcelo miro el reloj -serían las 18 pasadas- y dijo “yo me voy a comprar el disco del Flaco (“Para los árboles”), le dio un beso a Felisa y se fue…

  • 13. Panchito  |  16 febrero 2012 en 22:24

    Como un Juan Pablo Castel espiando quién observaba la ventanita de su famoso cuadro – ¿se llamaba Maternidad?-, quedé inútilmente esperando que alguien que sepa cómo hacerlo subiera el video de Alma de diamante en su versión original, con la maravillosa introducción de Juan del Barrio en el ¿ Oberheim OB-8?, -en las Bandas Eternas utilizó el más actual Roland X7-; o las sucesivas versiones, en las cuales el Flaco solía cambiar “Alma de diamante” por “Alma de durazno perfecto”.
    “Desvarío laborioso y empobrecedor” la espera de que alguien haga las cosas por uno, mejor escucharlo en youtube.

  • 14. ignacio  |  24 febrero 2012 en 11:37

    nuestras vidas mas bellas, sin duda,

  • 15. remo3691  |  26 febrero 2012 en 14:11

    Gracias por recordar a Spinetta. Desde que a los doce años, a mediados de los setenta, descubrí un ejemplar Artaud abandonado sin tapa en casa de un compañero de escuela, me convertí en admirador y propagandista de su obra (la de cassettes que habré regalado a gente que no entendió nada). Sin embargo, debo decir (anticlimáticamente) que siempre estuvo bastante claro que su genio era ante todo musical: era un tano de instinto lírico que no podía reprimir su corazón melódico cuando cantaba -de joven- o cuando largaba un solo de guitarra. Su “poesía”, no obstante, era ingenua. Se basaba en la idea de aglutinar palabras e imágenes sin demasiada reflexión, método que a veces daba líneas muy bonitas, como la del día que “se sienta a morir” o infantilismos como la “frazada de cactus”. Lamento el apunte crítico, pero seguramente a LAS le hubiera interesado tener admiradores que no fueran solo fans.

    Me parece que, aparte del influjo de su música sobre los que no somos músicos, el poder comunicativo de la obra de Spinetta se basa en el hecho perceptible, cada vez más raro en un famoso, de que era un gran, gran tipo.

    Para un modesto homenaje
    http://lanavajadeempedocles.blogspot.com/

  • 16. Marcos Rodríguez  |  23 noviembre 2012 en 22:48

    Me emociona lo que ha escrito, siento exactamente lo que Ud. describe. Gracias


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