Caverna 58 (novela) por Talismán

9 febrero 2012 at 8:35 1 comentario

Ahí estaba Victor en el departamento de la rue des Boulangers con Pepe. Las camadas que partían de Buenos Aires se iban sucediendo. Nicolás ya era un residente. Podía exhibir su veteranía. Sabía el idioma y las combinaciones del métro. Conocía las calles. Tenía hash. El pelo coronaba la cabeza con sus rulos gruesos. Su casa era un punto de encuentro. Había cambiado el personal de amistades. Los horarios, la concentración, el entusiasmo por los jerarcas del pensamiento, la devoción althusseriana, las clases de  Hegel, el curso semanal sobre El Capital, las caminatas de la mano con Alicia, todo eso se demolía, no desaparecía, pero se caía, poco a poco, como un edificio abandonado, tapiado, habitado por personajes de alcantarilla y basura. Pero no es que fuera sucio sino más bien pegajoso. Los que se emborrachan seguido dejan un desmadre cuando se duermen tirados en el piso, los que viajan en grupo por las estrellas lisérgicas nunca se sabe qué dejan porque tampoco se sabe en dónde terminan.

Victor estaba conectado a algún aparato de corriente alterna. Era eléctrico. Una anfetamina con su propia inercia lo hacía tiritar mientras hablaba. Pepe estaba contento a pesar de su suicido frustrado por falta de altura al arrojarse de un balcón, años después parece que lo logró. La novia de Victor era chiquita y graciosa. El trío con sus rizos, sus pantalones de lona y sus cintos aborígenes, estaba de viaje por el mundo. Nicolás desconocía el Buenos Aires que le traían. Tanto ellos como otros. Tenían algo de rockeros. Nicolás también tenía su historia rockera, pero la había comenzado de chico cuando ganó el concurso de rock enla Pestalozziy se arrojaba despatarrado al piso como Elvis subido al capot de un auto. Se especializó en Sallyla Lunga, se atrevía conla Bambade Trini López, y aún con guardapolvo blanco tenía sus compactos de color verde y azul de Billy Caffaro, un bizarro de los sesenta, para no decir cincuenta.

Todo el club del Clan había pasado por su televisor blanco y negro. Pero apenas un Johnny Tedesco aprobaba algunos giros de eximio bailarín estilo Eber Lobato. Por eso cuando esos nuevos argentinos le ponían esa cosa que decía jugo de tomate frío, le parecía un poco ridículo. Voces cascadas, ritmo repetido, un idioma extraño, una tonada un poco desagradable, gente rara que creía saber de todo, en especial el detalle de los componentes químicos de la letra chica de los prospectos farmacológicos que estimulaban o sedaban. Desde que se iniciara en su nueva vida y cambiara de aspecto y su Yo mutara hacia una conversión más gelatinosa y permeable al medio ambiente, sin por eso llegar a la locura, su tocadiscos pasaba a los Beatles y Bob Dylan poco a poco lo iba adoctrinando en la nueva ciencia.

Que el Flaco Spinetta se volvía porque extrañaba y en Suiza vaya a saber qué decisión tomaría, no le decía mucho porque no sabia quién era, porque nada sabía dela BuenosAiresmusical salvo las canciones de María Elena, con algunas visitas  al subsuelo de la calle Corrientes, Gotán,  antes de dejar el país, para escuchar a Cedrón y Gelman, bien vestido, serio, sartreano, discípulo de Abelardo Castillo, Sábato, Huberman y Sweezy, para nombrar a un par de marxistas de la izquierda dura de los yanquis, pre-Chomsky.

La contra cultura argentina se la contaban los que llegaban. Algunos fugitivos del di Tella, gente de teatro amiga de Copi, así conoció al primer travesti, críticos de cine como Saer, más amargos y solitarios, y estos rockeros no músicos, oyentes de la música, escuchas de discos y conciertos, esmerados tamborileros que cuando podían tocaban y golpeaban lo que fuere para acompañar un disco, una guitarra, o a salida del sol. Dios mío, que falta de talento, Nicolás hacía lo que podía, pero no era músico, apenas anacrónico bailarín y hombre de letras, mejor dicho de palabras, no muchas, la tartamudez que ya desaparecía le limpió la boca de guijarros, pero aún no salían muchas, y las palabras que leía con fruición en los libros se iban distanciando del iris de su ojos para convertirse en grafos negros de materia inorgánica sin vida, sin voz ni perfume. Poca suerte tenía al ingresar a esa cultura en la que dominaba la musica, la gentes se fumaba hasta los codos, se miraban con ternura, intercambiaban sonrisas de aliento, soñaban viajes y comunidades, compartían todo lo que no tenían, mientras él no dejaba de mirar a un costado para que no se le perdiera Alicia.

 

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SPINETTA Islas Maledivas

1 comentario

  • 1. Ma.Cristina  |  9 febrero 2012 en 18:29

    Es como desinflar un globo el saber que la tartamudez iba desapareciendo al igual que casi todo su mundo anterior.


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