Caverna 42 (novela) por Talismán

3 febrero 2012 at 10:23 3 comentarios

42

El boulevard del Italiens era una vía a la que fue muy pocas veces. Nada había allí que pudiera interesarle. En los años en que vivió en París apenas caminó por ella. Lugar turístico, no como ahora que el turismo cubre toda la ciudad, sino uno de los lugares elegidos por los visitantes, como Montmartre, Champs Elyseés, Louvre, Saint Germain, Montparnasse no tan concurrido a pesar de la belle époque, este boulevard pertenecía a la zona del turismo más burgués, el más convencional, el que se concentraba entre dos monumentos de la Francia monárquica e imperial: el Louvre y l`Opéra. El boulevard des Italiens se continuaba en el boulevard de Capucines. Como respaldo al comercio de las dos avenidas, hacia el norte, se levantaban los edificios de las galerías Lafayette. Por eso el turismo de compras tenía todo cerca, las carteras, los artículos de tocador, el café de la Paix y el Grand Hotel en el que ya no se veía pasar a Greta Garbo ni a Melvyn Douglas, ni a Ninoshka, ni a Audrey Hepburn, ni a la Gioconda que estaba siempre amable a un par de cuadras, y si el taxi no los desviaba demasiado los dejaba a pocos pasos – en realidad se podía ir a pié, quedaba ahí nomás – a la Madelaine para circunscribirla rue SaintHonorée ingresar a las casas de los grandes modistos.

¿Qué hacía Nicolás en el boulevard des Italiens? En parte seguía el circuito de la ciudad que había conocido tres años antes cuando fue parte del contingente dela Alianza Francesa, que mapa mediante y programa establecido hizo conocer al grupo el París que podían adorar sus padres, que ellos recordarían a sus hijos cuando fueran padres. Al trazado entre Louvre y Opéra la excursión le había sumado un par de exotismos que por ser jóvenes les era permitido, ir a ver teatro de revistas con Nélida Lobato emplumada mientras bailaba el French can can,la plaza Pigalleen donde se abrían en serie las puertas de los cabarets con desnudos a precio módico, el mercado de abasto de Strassbourg Saint Denis, para quien quisiera disputar un lugar en la cola que obreros españoles, portugueses y norafricanos hacían para echarse un polvo con putas arruinadas que ni botas de caña alta tenían.

Nicolás recorría ese París,no conocía elotro, salvo por un paseo con sus primos que como franceses de la época leían novelas, eran lectores, el ocio era leer, y por lo tanto, quizás porque pensaron que al muchacho de diecisiete años, callado, estudiante de secundaria, podía interesarle visitar librerías del barrio latino.

No sólo le interesó sino que lo asombró. Si bien en Buenos Aires ya era medio pupilo de algunas librerías, todavía no se había lanzado a recorrer las librerías dela calle Corrientescomo lo haría poco después. Lainvitación desus primos a salir un sábado a la noche ala librería Maspéro, La Joie de Lire como rezaba en su escaparate, ahí por la rue de l`Harpe, o Saint Severin, por esa zona que recorrería miles de veces años después, entrar al salón de libros por el que apenas se podía caminar, tanta gente, no sabía cuantas, pero casi había que sacar número para atravesar el umbral, todo el mundo hojeando libros, Nicolás, en esa época, no buscaba nada porque nada conocía, por supuesto que Sartre, Simone, Camus, pero jamás se hubiera atrevido a buscarlos por los estantes con títulos en un idioma desconocido,el deellos, el original, el secreto, la llave de la filosofía y de la literatura: el francés!

Tres años después cuando cavilaba oprimido por la duda existencial, en momentos en que casi había tomado la decisión de quedarse a vivir en París, caminando por el boulevard del Italiens, entró a una librería, zona de librerías para turistas, pero algunas bien nutridas, vio algo que lo devolvía al entusiasmo porteño, el del estudiante místico, el devoto lector de su héroe, vio la tapa blanca con letras azules del libro del que se hablaba hacía años, del libro que los millones de lectores de Sartre desperdigados por el mundo esperaban, del libro del que algunos decían que nunca publicaría, la llave de su filosofía, aquel libro sobre la moral que se decía que escribía pero que atesoraba y sólo compartía con sus íntimos.

Se encontraba con la razón de su futura vida en París, con la obra de su maestro, los Cahiers pour la morale, libro grueso, tabernáculo filosófico, el pasaporte esperado que decidiría, finalmente, que vivir en París ya no era un sueño lejano o temible, sino un llamado de sirena, difícil de no escuchar, difícil de ignorar.

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Caverna 47 (novela) por Talismán De J.L. Cabezas a J.A. Ramos (Perfil 5/2/2012)

3 comentarios

  • 1. Gustavo Romero  |  3 febrero 2012 en 16:27

    Qué maravilla habrá sido esa ciudad en ese momento. Estaba aconteciendo algo culturalmente grande, una actualización de potencias, lo mejor de la filosofía francesa.
    Los libros son cuerpos. Atraen.
    No son simplemente objetos ni mercancías en el sentido empírico más grosero. Son parte de uno. Son nuestros brazos, piernas, corazón y cabeza.
    La biblioteca es un lugar sagrado. Personal. Íntimo. Allí uno guarda sus libros, los protege. Los cuida.

  • 2. Rodrigo  |  3 febrero 2012 en 19:52

    Video muy interesante de José Nun, para ser pensado:

  • 3. Ma.Cristina  |  3 febrero 2012 en 19:54

    Comparto el sentimiento.


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