Caverna 47 (novela) por Talismán

2 febrero 2012 at 9:08 5 comentarios

47

Comer en París. Se supone que en París se come bien. Las gastronomía francesaes prestigiosa. El Cordon Bleu, los Chefs,la guía Michelin, las ostras, el ganso trufado, el ganso relleno, el conejo al vino, el chancho a la mostaza, el mundo a la crema, el infierno con canela de las Guyanas, las tripas a la Mode, el queso podrido, el paté grasiento vendido a precio de onza, el escalope de caballo, el cangrejo enmantecado, la pimienta verde en el culo, la costeleta a la Céline, a la Bourgignon, al vino de Voltaire.

Bien, nada de esto se come, nadie come así, ningún francés con monedero gasta en vituallas medievales, ahorran hasta en la miga de pan,  una degustación de esta índole se puede celebrar en algún château de la Loire, o en “un petit restaurant” amanerado. Pero en la calle, en los comederos, bifecito muerto con papas fritas blandas por fuera y por dentro, una ensalada de la huerta de un bretón resentido, queso no hecho, hecho, bien hecho o agusanado, aceite viejo y vino barato.

No hay como comer en París. Nicolás venía del mundo de los guisos húngaros llamados gulash, de las milanesas argentinas, del choripán, de los fideos con tuco y pesto, de la pizza con anchoas, del puchero con caracú, del helado de chocolate y crema americana, y era flaco.

Pero el destierro, o el destete, lo mismo da, le cerró el estómago. En la pensión de su tía abuela cuando ella por las noches debía hacer una recorrida para ver si todos los muchachos dormían, o cuando se quedaba en su dormitorio para ver televisión mientras iba a la casa de su hija, abría una lata de anchoas y las comía con mermelada. No juntaba la vitualla, encimándola, sino en forma sucesiva para disfrutar el paso de lo extremadamente salado al dulce y viceversa, porque lo que más contaba era el viceversa. Y luego agua. No es una actitud inaudita ya que mucha gente la practica de diversos modos. Adultos que abren la heladera de madrugada – por lo general es un comportamiento masculino – y embuchan parados un pedazo de queso parmesano, un reggianito, y lo combinan con dulce de membrillo, un ejemplo usual en la Argentina moderna y de siempre, que debemos admitir, que en el caso de Nicolás se convirtió en una manía hiperbólica quizás motivada por la angustia que le producía estar sin Alicia.

Salía a comer a un restaurant vietmanita, en esa época no existía la onda expansiva de lo étnico, a lo sumo un par de refectorios orientales a los que se iba por lo barato, y se servía de postre kinotos en almíbar, los camquats, redonditos de color blanco.

Las pizzerías de nombre Pino, no se les ocurría otro, le podrían haber puesto Dino, daba de comer una pizza que merecía ser arrojada a la basura por lo insulsa, atomatada con lata de puré dulce, un queso pálido rociado con agua de la canilla en lugar de aceite y un mozo de mierda.

Nicolás que era un fanático de los triples y del flan, sabía que si quería vivir en París debía olvidarse no sólo de Sartre sino de esos recuerdos infantiles que tenía estampados en su memoria gástrica.

Es cierto que descubrió el mundo de la baguette, un pan largo crocante con poca miga sabroso que soñaba con comerlo con jamón – en lo posible crudo – y queso. Jamás, nunca, ni muerto, un cantinero le habría servido semejante salvajada. No se mezclan los alimentos, la vez que pidió con su francés de instituto un sándwiche de jamón y queso, se informó gracias a la cortesía de la casa que si quería dos emparedados los debía pagar a su costo yno hacerse el vivo, estudiante de mierda de algún país italianizado dado su acento, y querer comer dos en uno.

Por una costumbre sin origen, le gustaba tomar un jugo de  naranja a la mañana, y ya fuere cuando vivía en el Welcome o en la pensión de su tía, buscaba un bistrot y se lo pedía al sargento con bandeja.

Entre la policía de Onganía y los mozos de París había tan poca diferencia que en esos bares casi se sentía en casa. El jugo servido constaba de dos medidas de pulpa licuada y otro tanto de agua. O si no quería agua, podía tomarse el jugo puro que era sorbido en medio trago. Para tomarse un jugo a la argentina tenía que pedir un doble como Dean Martin , Dino al fin, en Las Vegas y pagarlo como un almuerzo.

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5 comentarios

  • 1. Odaiba  |  2 febrero 2012 en 10:29

    Viví en Paris entre 2002 – 2009 y es la descripción perfecta !

  • 2. Liliana César  |  2 febrero 2012 en 10:37

    Muy bueno y muy verdadero. Para la época, claro. Ahora en Europa te salvan los étnicos, si andás con poca plata comés bien en los vietnamitas y en algunos indios (confieso que no me les animo a los africanos, perdón). Menos en España y en Italia. Esa gente sí que sabe de comer, aunque en lo muy barato suelen ser malos. Pero imagino que aquí debe pasar lo mismo en los bares de la estación de Constitución, no?

  • 3. Jorge Alonso Pérez  |  2 febrero 2012 en 14:50

    Excelente descripción de la realidad parisina y el vuelo de la imaginación de los turistas y lectores de páginas culinarias. Es como creer que los porteños vivimos a cordero patagónco, ojo de bife, humita en chala, empanadas salteñas, bebiendo malbec y torrentes en nuestra vida diaria.

  • 4. Carmelo  |  2 febrero 2012 en 16:07

    Es inútil, uno lo ve cuando sale: la comida argentina, aún la actual semi destruída por jóvenes de hablar ininteligible -en idioma alguno- risa difícil y aspecto sucio y repugnante, digo aún la actual, es la mejor comida casual del mundo. No entendí la alusión a Dean Martin, a quien, casualmente, acabo de descubrir no hace mucho como el mejor cantante de todos los tiempos: su creación de Sway es casi mística y, su personalidad, misteriosa e indescifrable, que fascinó a Frank Sinatra y quien lloró porque Dean murió, mas triste y lejano que nunca, sin que él ni nadie haya podido entenderlo o llegar a su interior real y blindado tan opuesto a la imagen cool que supo, trabajosamente, dejar en el mundo .

  • 5. Ma.Cristina  |  2 febrero 2012 en 19:44

    Conocí a un señor que comía dulce de batata con cebolla, rarísimo. Y es verdad que la costumbre de la heladera nocturna es más bien masculina, nunca dejan el queso prolijito como lo encuentran.


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