Caverna 39 (novela) por Talismán

29 enero 2012 at 10:48 2 comentarios

39

Se quedaba en París porque se sentía libre. Era raro sentirse libre en la ciudad de la libertad. Ladela des-ocupación. A la mañana se despertaba solo en un hotel del barrio IX. Un barrio medio feo, una fealdad no agresiva, sencilla, sin arte, una zona residencial sin que la palabra residencia connote lujo. Edificios de departamentos de cuatro y cinco pisos con las mansardas en el sexto para mucamas españolas o portuguesas, y una planta baja para porteros chismosos y racistas.  Burgués, pequeño burgués. Comerciantes al por menor, cafés aburridos con flippers y sin música, mozos descorteses, panaderías de pan crocante y masitas con crema pastelera, una almacenera y verdulera que saludaba exultante con esa alegría contable que tienen los comerciantes al recibir a un cliente, el subte, laberinto mitológico que traga cuerpos como un dios griego,la calle Lafayette que desemboca en el centro de consumo de elegantes galerías pre-shopping y los alrededores del Operá con acento en la a.

El día era suyo, todo entero. No tenía con quien hablar salvo una prima francesa embarazada de su tercer hijo. Familia paterna. Una tía abuela encargada de una pensión para estudiantes judíos, la mayoría árabes, marroquíes, tunecinos.

No estaba solo porque tenía familia, pero sin nadie con quien hablar. No del todo solo porque su prima y su tía abuela era muy cariñosos, y el afecto acompaña pero salía solo, iba al curso de civilización francesa solo, tenía recuerdos solo, de su amor, de allá, de la militancia, esa participación en la izquierda universitaria hasta el golpe militar, tenía todo el tiempo  y el espacio por delante, y todo cerrado por detrás.

Volver a la casa paterna era regresar a un pozo negro del que recién había salido sin degustar aún el sabor de la libertad. Por ahora era estar solo. Se encerraba. La  libertad lo encerraba. En su cuarto se encerraba con un libro en castellano. No entendía el idioma. El curso no era tan arduo de seguir, los profesores declamaban el libreto. La dicción era muy clara. Entonaban clases de historia y de ciencia política. Democracia se dice démocratie. Historia histoire. Política politique. No era tan difícil. Compraba el diario, Le Monde, ahí también leía démocratie, politique, économique, ministres, litiges, crise, y otras palabras menos claras que podían sospecharse (palabra patentada por Borges que decía sospechar el latín) una vez establecida la conexión.

Estaba triste, pero no se decía a sí mismo que lo estaba. Extrañaba. Eso era todo, nada menos. A su amor. Poco a poco su destierro se concentraba en su necesidad de Alicia. Todo el resto perdía importancia. El futbol, el castellano, nada de eso necesitaba. Los militares con bigotes, la policía que pedía documentos, el padre que lo vigilaba, la casa de Belgrano con sus muebles lustrados, el comedor diario que respiraba desodorante, las miradas enojadas y alarmadas cada vez que volvía, la Argentina, el país militar, sólo algunas cosas de su entusiasmo militante, pero ahí, en París, abundaban los militantes de causas latinoamericanas, libros antiimperialistas eran los que más se vendían, la librería Maspero traspiraba guerrilla, como una estantería en la Sierra Maestra, y en su país militar qué podía hacer si además ni siquiera tenía pasaporte argentino y amenazaban con aplicarle la ley de residencia. Volver a Rumania era un cuento inimaginable, quién lo recibiría en la tierra en la que no tenía a nadie, de la que toda su familia había emigrado, en la que ni el idioma sabía, en la que sólo había nacido, una Siberia, todo era absurdo.

Argentina se volvía poco a poco imposible, volver atrás se alejaba, de juntarse con su amor, la decisión estaba tomada. Una nueva ciudad se le abría. Una nueva vida. Un nuevo idioma. Una nueva facultad. Una librería en la rue de Seine casi esquina Saint Germain, la librería española. Recorría la feria callejera de la rue de Buci hastala librería. El francés lo fue aprendiendo en la calle, mirando vidrieras, leyendo diarios, escuchando frases, asistiendo a los cursos, a veces mirando la televisión en el televisor enorme blanco y negro de su prima, siguiendo las noticias de un periodista serio, prolijo, confiable, insípido y gordo como Leon Zitrone, con las letras de las canciones.

Era un aprendizaje progresivo, cada día se aprende algo nuevo. No vale la impaciencia. Quizás el cambio no era tan brusco ya que en la Argentina su vida había transcurrido en silencio. La tartamudez lo cohibía. En París las razones eran objetivas,no sabía el idioma. Su silencio no sólo estaba justificado sino de algún modo protegido. Para hacerse entender debía buscar las palabras de un modo diferente. No es que ya las tuviera en la boca sin salir. No las tenía ya catalogadas en la mente y agolpadas en el paladar, sin posibilidades de ser emitidas por el soplo y la distribución de tareas de las que se encargala lengua. Ahora su mente descansaba, no producía palabras rotas, se vaciaba.

Se abría a la théorie, a la pratique, y a la pratique théorique.

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2 comentarios

  • 1. Ma.Cristina  |  29 enero 2012 en 17:24

    Nicolás vivía más relajado, eso seguramente lo ayudó a deshinibirse e integrarse a un mundo nuevo y atractivo.

  • 2. Pablo  |  31 enero 2012 en 13:09

    ¿Qué música escuchaba Nicolás en su estadía en París? ¿The Beatles, Yupanqui?


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