Caverna 8 (novela) por Talismán

5 enero 2012 at 8:57 6 comentarios

Es extraño cómo los niños pueden llegar a vivir las mudanzas. Quizás más extraño resulte el modo en que los grandes se la hacen vivir a sus hijos. La pedagogía de la participación en las decisiones, de la información sin censura, de la inclusión en modificaciones que atañen a la vida colectiva, la importancia del diálogo, la psicología aplicada a la relación de los padres con los hijos, ninguna de estas virtudes de la socialdemocracia aplicada a la vida familiar, eran conocidas en su casa. Los cambios se vivían una vez producidos. La vivienda de la calle Terrada tenía una entrada de un mármol oscuro granulado con grises y una puerta de ingreso estrecha de color verde con barrotes verticales detrás de un vidrio claro. Por el umbral de al lado se accedía a la casa de los propietarios por una puerta similar pero de doble hoja. Era una casa en alto de dos pisos. Se subía por una escalera que daba a un corredor que distribuía el paso a la cocina, luego al living, y al fondo hacia una ventana que limitaba un cuarto abierto que se usaba de comedor diario y cuarto para planchar. De ahí se subía por otra escalera hacia el cuarto de servicio y una terraza para colgar la ropa. Del living que daba a un balcón a la calle Terrada se pasaba a los dos dormitorios, a la izquierda el de los hermanos y a la derecha el cuarto de los padres. Entre ambos un baño.

La cocina no era grande, pero lo suficiente para colocar una mesa para las comidas de las mucamas y las meriendas de los chicos. Jugaba a la pelota tirándola hacia arriba en la escalera de entrada, y la bola bajaba y volvía a patear. A veces cuando pateaba hacía de delantero y cuando bajaba de arquero. Durante las tardes era uno de sus pasatiempos preferidos. La vida de barrio se circunscribía a las relaciones de vecindad de la cuadra. Se había hecho de algunos amigos como  el hijo del portero de un edificio en diagonal a la casa. De una vecina que tenía una casa petit hotel en frente adonde a veces iba a cambiar figuritas, el  de un muchacho hijo de italianos algo más grande, tres años mayor, que le gustaba apretar sus genitales contra su cuerpo menor, excitarse sexualmente en combates simulados, sacarse los pantalones y gozarlo un  poco a su vecino. Sin culpa, sin historias, sin consecuencias, con cierto desagrado.

No le gustaba mucho esa vida de barrio por la patota de la calle Yerbal que aterrorizaba a los pacíficos pobladores de la manzana. Algunos vivían en un conventillo al lado de un descampado y otros venían de calles aledañas. Provocaban peleas y eran bravos. No daba para quedarse demasiado tiempo en las veredas. Era coleccionista de figuritas de futbol redondas, la pasión de los varones. Con ellas desarrolló un juego que se constituyó en su mundo privado durante años. No le gustaba llenar álbumes ni siquiera competir en la vereda tirándolas contra una pared para llevarse el montón si las suyas eran las que más se acercaban al muro. Era una especie juego de bochas sin bochín. Lanzar las figuritas lo más lejos posible contra la pared de una casa, ganarle al otro y llevarse sus figuritas. La jugada conocida como espejito era la proeza máxima cuando la figurita lanzada quedaba parada contra la pared. El juego del pucherito consistía en dejar caer las figuritas al piso y llevarse las del adversario en caso de taparle alguna. Lo que lo apasionaba era desarrollar un campeonato imitando al futbol oficial, juntar figuritas, armar equipos, y tener su propia cancha en el dormitorio. Era una play station paleolítica. Así conoció a todos los jugadores del campeonato nacional. Disponía dos equipos en un cuadrado sobre el piso o en una alfombra si la había, y con una bolita de papel mojado, comenzaba el partido. Con cada mano movía a los jugadores figuritas y gemía para crear un ambiente de tribuna caliente. A veces relataba el partido como se hacía en la radio. Este juego infantil lo practicó mucho tiempo, demasiado. A los quince años todavía lo disfrutaba ya en la clandestinidad de su nuevo domicilio y bajo llave para que no lo descubrieran en esa regresión vergonzosa. Tenía novia, leía a Platón y jugaba a las figuritas. A los trece años lo mudaron. Aterrizó en un barrio que nunca había oído nombrar. Su conocimiento de Buenos Aires era limitado. A Flores lo había recorrido desde chico. Las calles Pedernera, el pasaje Fray Cayetano en donde jugaba con sus amigos a la pelota de trapo, la plaza Flores y sus hamacas, todos los cines del barrio, el Pueyrredón, el San Martín, el Rex, el Rivera Indarte, luego el San José de Flores. La estación de tren. La calle Nazca y San Pedrito. El almacén de gallegos adonde iba a hacer compras. La casa de pasta de la esquina de Terrada y Rivadavia en la que los socios atendían  vestidos de blanco con sus manos empolvadas en harina, el garage a mitad de cuadra en el que padre guardaba su flamante kaiser carabela de color gris para no llamar la atención de vaya a saber quién si se toma en cuenta su aspecto de pescado gigante que desfilaba por la calle vacía. Conocía el barrio y con los recaudos y el circuito correspondiente, se movía por él con cierta familiaridad. Era costumbre suya permanecer sentado apenas oscurecía en el descanso del fin de la escalera que daba a la calle, para esperar a su padre. Casi todos los días.

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FELIZ 2012 PARA TODOS!!!!! Caverna 9 (novela) por Talismán

6 comentarios

  • 1. EF  |  5 enero 2012 en 15:15

    Loco de pensar lo de las figuritas (las figus). Sobrevivio otra decada ya que en los setenta se seguia jugando, con el famoso espejito pero ya sin el pucherito. Parece que a esa altura se incorporo al juego de figus convencional y se llamaba tapadita, aun cuando simplemente apoyaba una simple puntita encima de la del adversario de turno te la quedabas. Seguian siendo de futbol y la mas dificil de mi epoca era la de rene houseman, de huracan. El que llenaba el album lo podia cambiar por una pelota de cuero. Nunca faltaba el padre salame que le compraba una caja al hermano y la dulce espera por llenar el album se transformaba en un simple suspiro de felicidad empachada.

  • 2. Ma.Cristina  |  5 enero 2012 en 17:24

    La mundanza de chico me trajo a la memoria mi propio cambio a los 11 años y pico, un desastre emocional, bajas notas en la escuela donde había sido casi la mejor, pocas ganas de todo, el ingreso al secundario con recién cumplidos 12, todo mal. Sigo al siguiente capítulo.

  • 3. Mar  |  5 enero 2012 en 19:16

    También a mí me trajo un hermoso recuerdo lo de las figuritas. Era una época de juegos con mi hermano, de mecano y figuritas.
    Horas armando con el mecano edificios y transportes rarísimos, y revisando el pilón de figuritas que iba creciendo, que por supuesto alternaba con las mías de brillantina (la preferida, la que no cambiaba nunca ni por 10, era la del príncipe bailando el vals con la cenicienta, que atrás llevaba escrito con lapicera el nombre del que me gustaba)
    La cuestión es que llegó el cumpleaños de mi hermano y contribuí enormemente a su arca, porque les fui ganando uno por uno todas las que tenían. Todos se sintieron obligados a desafiarme, porque no podía ser que una chica les ganara. Pero esa pared estaba de mi lado, me las llevé a todas! y contribuyó a confirmar mi lugar de respeto como hermana mayor.

  • 4. martita  |  5 enero 2012 en 21:37

    Las mudanzas tema doloroso en la niñez ,pero no en la
    madurez . estando dentro de la panza de mi mamà , mis
    padres comenzaron un ciclo de interminables mudanzas .
    Las incorpore tanto ,que ahora sueño con la maravilla
    de los cambios que implica una mudanza .
    Yo tambièn esperaba a mi papà ,toda las tardecitas , en la
    vereda , con un abrazo grande , cuando èl llegaba de trabajar.
    Graciàs Talismàn , por este regalo de Reyes , si ud. no lo
    hubiese contado , yo ya ni lo recordaba ,simplemente porque
    uno tiene miedo o pena , de lo que ya fuè .
    La niñez . Me hizo llorar .

  • 5. Anonymous  |  6 enero 2012 en 22:17

    Bueno Talismán no es tan viejo, no conoció el potrero?!.
    Eso de sentarse a esperar al padre en el descanso del fin de la escalera que daba a la calle o en el umbral era costrumbre de los niños por esas épocas. (Fue Amor!?).
    La casa, el kaiser sinónimos de niño bien para el resto.
    “…ninguna de estas virtudes de la socialdemocracia aplicada a la vida familiar”. Seguro?
    Hago una profunda reflexión sobre la descripción de la cocina, las mucamas y los chicos. ¡Cuántas, cuántos recuerdos?. Y los juegos. Ni una sola alegría?

  • 6. Miriam Azerrad  |  8 enero 2012 en 17:04

    La verdad, que el tema era maravilloso para pensarlo desde el relax, que significa la niñez, sin resentimientos. Yo perdí a mi padre, cuando tenía seis años, vivía en un pueblo, de la Pvcia de Sta Fe, pero no lo pienso con resentimiento, ni con amargura, que las chicas y chicos, esperaban su papá en la puerta. Que importancia tiene, si alguien recuerda el auto, la cocina? Creo, que todavia estamos en tiempo de dejar de pensar, que alegría es tener. Eso no quiere decir, que sigamos la lucha, para que todos tengan comida, y trabajo, pero, el resentimiento de D´Elias, que decia los blanquitos?…Todo depende de la Educación, estuve estudiando porque adelantó tanto Australia, que hace 40 años, buscaban profesionales, etc. y fueron los sistemas educativos. La preparación, de la gente, que llegaba, sin idiomas, etc. Ténganlo en cuenta, no es la cantidad de cuentas bancarias, para los hijos, sino, los libros, las carreras universitarias, que aqui, no se pagan. Ese pensamiento unico del Kirchnerismo, que es izquierda, esta logrando imponerse en todo, porque hay una propaganda muy intensa y mentirosa.


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