Caverna 6 (novela) por Talismán

29 diciembre 2011 at 20:05 8 comentarios

No es lo mismo tartamudear en voz alta que hacerlo en voz baja. Los especialistas, esos estafadores que cubren sus operaciones con la palabra fonoaudiología, dicen disfluentes. De alguna manera tienen razón. Las palabras son como un río. Un fluído. El aire mueve las cuerdas vocales y la lengua se retuerce para darle forma al viento y convertirlo en sonido. El paladar engloba a la serpiente que vibra inquieta al recibir el estímulo. Los labios se abren y se cierran de acuerdo a la orden emitida por el inconsciente alfabético. Cuando se tartamudea todo se trastoca. Hay un endurecimiento orgánico. La lengua se aprieta contra los dientes inferiores, los de abajo, y se les pega desesperada. Quiere romper esa porcelana. Atravesar el muro blanco. No se da cuenta la pelotuda que por ahí no pasa la cosa. Para emitir una palabra hay que soltar la lengua. Cualquiera lo sabe. El que no suelta la lengua no habla. Pero el tartamudo se empeña en pegarla contra esos dientecitos inferiores y no moverla. Hay que ser obsecado. Cómo no va a padecer el disfluente la neurosis obsesiva si ha decidido tartamudear. Por eso no pueden los fonoaudiólogos destrabar a sus pacientes. Los hacen cantar, reunirse en grupo, someterse a la mirada de sus compañeros tartamudos. Bajaba la persiana de su cuarto y a oscuras hablaba. Luego se acostaba en su cama y colocaba en su abdomen enciclopedias de gran peso para realizar algunos ejercicios de respiración que un idiota le había recomendado.

La tartamudez en voz alta se inicia con la pronunciación de una palabra breve. NO. Comienza conla N, consonante difícil pero no imposible. Decirle que no a un gigante de un metro noventa con el hábito del descontrol físico y el monopolio de la violencia no es tarea sencilla. Bakunin dijo que el Estado era Dios, y se olvidó de otro EL. Se trata de quien tiene el monopolio de la violencia, es decir dela LeyMayor.Dijo que no. Lo apoyaba la imagen del médico que lo había tratado de buenudo y un profesor de inglés contratado que cubría sus espaldas. Después de todo era delegados del Hombre, actuaban en nombre del padre contra el padre. Si hay alguna recomendación para hacerle a los niños disfluentes en situación de clausura es tomar las armas. Para eso hay que robárselas al ejército. Hay quienes se destierran y crean comunidades en el desierto. Se van. Pero no podía irse. Ni siquiera sabía irse. Imaginaba su fuga. Un día a los dieciséis años decidió presentarse a un puesto de cadete de una sastrería del centro de la ciudad. Fue con su traje oscuro y corbata, pelo corto, e hizo la cola junto a otros trajeados como era costumbre en la época. Le tomaron los datos y se fue. Sabía que el dinero liberaba y que por eso era esclavo. No sólo por eso. Otro de los modos de irse era quedarse. Huir hacia adentro. No era el adentro acostumbrado por su vida retirada en el mundo del pensamiento puro con lengua trabada, sino en su casa, con su profesor de inglés ya sospechado de incitación a la rebelión aunque sin pruebas definitivas, y con el nuevo arma letal que lo abastecería de un nuevo tipo de munición: el libro.

Con el libro y el NO, fue construyendo un nuevo nido como un gorrión disciplinado y constante. Cada día una ramita, un librito. Cosas suaves como Platón, un poco de Platón. Ya había estado ingleseando cuatro años con gramática y conversando sobre la vida, esa vida balbuceada, y había que dar el último empujón del NO. Libros pequeños de color gris pálido con diálogos cortos en los que los personajes griegos discutían. Ejercitaban el no. Se llamaba dialéctica y competían para vencer con las palabras. Cinchadas orales. Así se compenetraba en el tema. Meditaba. Leía. Discutir. Decir no. Ser importante e interesante con la ayuda de las palabras. Por el momento esas palabras no fluían por su boca, estaban impresas, pero vio que se producía un milagro inesperado, desconocido, un mensaje divino. Aunque no hablara, el mero hecho de estar acompañado por un libro atesorador de palabras mudas, lo fortalecía. Ponía un freno al invasor. Descubrió que había silencios victoriosos y respetables.

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8 comentarios

  • 1. masciardi-martin  |  29 diciembre 2011 en 21:15

    Muy bueno profe. Quería agradecerle porque sus libros me allanan el horizonte, me permiten estar un tanto más cerca de los autores que leo y son los suyos. Por quienes yo estudio filosofía con pasión y dedicación metódica en mis estudios. Y sus libros son guías, sugerencias de autores, ¨mapas¨ que me ayudan a recorrer mi carrera, en fin… Gracias y feliz año nuevo y también a todos los que participan en su blog. Abrazo amigos!

  • 2. Ma.Cristina  |  30 diciembre 2011 en 9:36

    Bueno, acá estoy con los ojos nublados, algo de esto lo habrá vivido mi hija en mayor o menor medida. Recuerdo los tiempos en que no podía hablar por teléfono, yo hacía de secretaria hasta en los llamados más sencillos porque a ella el aparato la inmovilizaba por completo. Gracias Tomás por compartir todo esto para que comprendamos mejor.

  • 3. FCEyN  |  30 diciembre 2011 en 12:40

    El otro día me compré la autobiografìa del psicoanalista Emilio Rodrigué (se llama “Mi Prontuario”). Es una deliciosa colección de relatos cortos en los que va contando su vida.

    También ando leyendo “Tristes Trópicos”. Levi-Strauss habla del joven etnólogo que se internó en el Amazonas profundo a en busca de los diamantes perdidos de la humanidad.

    Esta novela digital hace un contrapunto azaroso con esas lecturas, porque aparece el trabajo de sumergirse y bucear en la gelatina del tiempo de la propia vida.

    Felicidades y buen comienzo de año…

  • 4. EF  |  30 diciembre 2011 en 14:08

    En el discurso del rey, Jorge VI encuentra su tratamiento a la tartamudez con alguien (Lionel) que ni siquiera tenia titulo de. Leyendo las peripecias de Nicolas parece que por el lado academico no encontro demasiado. Yo vi mucho de eso. Gente que acumula titulos y que salen casi semanalmente en los diarios pero que cuando estan delante de un paciente solo ven letras de articulos que tal vez alguna vez leyeron (sus Peter Pan). No logran imaginar que mas alla de eso hay una persona con su problema. Lo paradojico es que son los mas reconocidos, solo es cuestion de marketing. Alguien conoce una calle Favaloro?

  • 5. David  |  30 diciembre 2011 en 14:35

    “Oh Shit! e is for Ernest!”
    Ricardo III. Shakespeare, fragmentos apocrifos, editorial La Garza

  • 6. Gustavo  |  30 diciembre 2011 en 21:33

    Muros que muchas veces no encajan o chocan entre sí.

    Muros que en el fondo no son mas que miedos.
    Miedo a mostrarnos como somos frente al resto de la sociedad.

    Miedos que pueden transformarse en inmensas murallas que nos van encerrando y aislando cada vez mas del mundo exterior.

    Mostrándonos inmensos valles desiertos.
    Eternas noches sin luna ni estrellas.
    Espesos mantos de niebla que lo van cubriendo todo.

    Solamente quedará en nosotros detenernos a pensar profundamente en lo que queremos.

    Si continuar caminando como sombras perdidas en medio de la oscuridad.
    O decidirnos de una buena vez a vencer los miedos, trepar los muros y ver lo que hay afuera.

  • 7. Ma.Cristina  |  31 diciembre 2011 en 8:13

    Qué bien expresado el sentimiento, Gustavo, un abrazo.

  • 8. Anonymous  |  4 enero 2012 en 20:59

    En este capítulo he descubierto que padezco disfluencia. No me arrepiento! Es más grave ser sordomudo!


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