Caverna 5 (novela) por Talismán

29 diciembre 2011 at 16:06 1 comentario

No es fácil ingresar a la vida literaria. Además para qué. Soñar con ser un escritor es un ideal antinatural. Surge por imitación de algún personaje muy valorado por quienes mandan en una casa. Todo niño nace en una casa salvo en las novelas de Dickens, o en películas de Favio o en Mark Twain o en la picaresca española. Pero no en su caso que sí tenía una casa en la calle Terrada después de habitar la primera en Pedernera sesenta y cinco y una breve estancia en Ramos Mejía en calle olvidada. Terrada ochenta y ocho esquina Yerbal. La familia dueña de la vivienda  vivía en la planta baja con un gran patio al que daba su dormitorio y el de su hermano menor. Todas las tardes desde su cama escuchaba las voces que se levantaban desde el patio de sus vecinos antes de que oscureciera. Otra de los tantos exotismos de su casa era la hora de acostarse. A las ocho de la noche a la cama. En el verano decía buenas noches con el sol en el horizonte como si viviera en Noruega. El otro exotismo ocurría al despertarse. El único baño de la casa era ocupado por el hombre mayor que iniciaba su ritual de afeitarse y ponerse brillantina en su pelo lacio y abundante. Se hacía un intervalo y le ordenaba sentarse en el inodoro hasta que despidiera el primer sorullo. Con éxito o no, levantado del trono, le seguía la obligación del cepillado de dientes, obligado y metódico, que el niño odiaba aprovechando la mínima ocasión para arrojar la repugnante pasta dentífrica por el agujero del lavatorio. Le seguía un vaso de leche chocolatada que debía tomar con pausas si no quería recibir un bofetón sonoro y rápido como latigazo ya que era pecado venial que se lo tomara a las apuradas. Después a poner en el portafolio el mantecoso pan de jamón y queso que arrojaría por la ventanilla del micro antes de llegar al colegio y cagarse encima en los recreos. Un día el gran hombre de un metro noventa de estatura le ordenó iniciarse en la lectura con un libro de Peter Pan de tapa dura y roja y sin dibujos. Le exigía leerlo cada día y terminar con sus páginas en un tiempo prudencial con un límite temporal impreciso. Era una vida con momentos de alegría especialmente los viernes a la noche cuando iban a la casa de parientes a comer y mirar televisión. Una morocha que cantaba tangos y un cómico con bigotes postizos amenizaba a la familia. La semana se coronaba los domingos con el partido de futbol del club del que todos eran adictos. Cuatro horas de sufrimiento por las desventuras de un equipo de barrio, que ganaba, empataba y perdía con extrema regularidad. La vuelta al hogar le oprimía el pecho como sucede luego de un acontecimiento de gran intensidad y se calmaba pensando que a la mañana siguiente iría a la escuela, la nueva, la del barrio, la escuela pública en donde la maestra mimaba a los alumnos.

El libro era insoportable. Las letras negras y pequeñas había que deletrearlas una por una hasta llegar a pronunciar mentalmente las palabras, una por una, hasta terminar cada renglón uno por uno, y con sumo esfuerzo poder acabar cada una de las incontables   páginas. Arrancó una. Después guardó el libro. Con los días fue desgajando el libro, de a poco, sin exagerar, disimuladamente, con tal de que el final estuviera un poco más cerca, y para que en caso de ser llamado a declarar no se viera un libro en extremo enflaquecido. Lo que produce una gran desazón cuando se lee un libro como si se descifrara una vasija micénica es que las letras no producen imágenes. Cada letra leída es como tragar una pastilla. No tiene sabor. Nos dicen que hace bien. Leer hace bien. Nuestro bien. Quien no se hace su propio bien hace mal. Transcurrido el tiempo que debía ser prudencial, y efectuada la labor de desfloración discreta y continua a la vez, se le preguntó cómo iba la lectura encomendada. Iba.

Era evidente que algo con ese asunto del libro se fraguaba. Si un libro había que leerlo y terminarlo en un tiempo acotado, alguna razón debía haber. Sabía que existían las obligaciones. Muchas tenían que ver con la higiene, el culo, la caca, los dientes, las pausas en el tomar la leche, el silencio mortuorio que había que sostener en la mesa cuando se comía pescado porque si no volaba las palmas para aplaudir en nuestros cachetes,  escribir con la mano tiesa, hablar con la lengua también tiesa, y ahora callarse y leer pastillas. Obligaciones impuestas por la autoridad cuya tabla de mandamientos comenzaba con un no mentir porque de hacerlo el monstruo dentado llamado consciencia clavaría sus colmillos en nuestro diafragma hasta no soltar la prenda, es decir, el secreto.  Escupir la mentira. Ser opaco es un delito. Ponerse de pié cuando se saluda a un mayor, decir siempre señor en húngaro cuando nos dirigimos a un adulto, cumplir con la tarea escolar los viernes a la tarde antes de iniciar el fin de semana y querer a sus mayores y no a sí mismo. Respeto, como se dice.

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1 comentario

  • 1. Ma.Cristina  |  29 diciembre 2011 en 19:11

    Virginia Luque, Dringue Farías! De aquellos tiempos recuerdo mi visita a una vecina los viernes o sábados por la noche para ver El fantasma de la ópera, Cuando el fantasma decía “Cristinaaa” me elevaba desde el asiento del sillón y quedaba en suspenso unos segundos, un atractivo terror me invadía. Gracias a Nicolás por traerme estos recuerdos, lo seguimos.


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