Caverna 2 por Talismán

28 diciembre 2011 at 14:14 5 comentarios

Había una época en que existían en Buenos Aires las confiterías. Se iba a la confitería. La palabra viene de confites. Los confites son como caramelos. Por eso el ambiente de las confiterías era algo dulzón. Afectado. Los jóvenes también iban a la confitería. A veces antes del cine, otras después. La serie café, bar, restaurant, pizzería, whiskería, boîte, guindado, se coronaba con la confitería. Había horas y días en que los clientes se vestían bien para ir a la confitería. Hoy se puede ver a señoras mayores por lo general viudas que cumplen con el ritual. Van con sus collares a las tardes. La confitería se define por sus macitas. Los dulces. Aún quedan confiterías panaderías. También se destacaban algunas de la zona norte por sus “locatellis”. Un pan pequeño y blando que se agarraba con tres dedos, mayor, índice y pulgar. Su contenido tenía pavita y tomate. El rey de la confitería era el sándwich de miga, el triple más que el simple de jamón y queso. Jamón y tomate era el clásico. En el mundo de la gastronomía confitada, todo adepto al sándwich triple de miga, como lo era Nicolás, un fanático por necesidad y urgencia, disfruta del mismo cuando está húmedo. Se lo puede mojar con mayonesa, manteca, y se lo cubre en una campana de vidrio sobre el mostrador con paños que mantienen la humedad. Por eso el mejor sandwich de miga es el que evita en lo posible la masticación. En cierto modo se lo chupa. Nicolás iba a un colegio privado de origen escocés. Tenía seis años. Después de dos años la madre decidió que lo veía flaco. En aquel comedor escolar se rezaba un padrenuestro antes de comer una carne guisada que parecía un moco deshilachado marrón. A veces en la vida no se es adepto a la comida. No se le da importancia. Mejor correr. Jugar. Comer obliga a estarse quieto. No por eso estaba flaco, pero no rellenaba las medidas de la nutrición matriarcalizada. La madre lo quería ver más redondo. Por ser el colegio una institución de doble turno le preparaba una merienda para la mitad de la mañana. Un emparedado de pan lactal con manteca y jamón que arrojaba por la ventanilla cada día durante el trayecto. Lo tiraba a la altura de Ramos Mejía. Al no verlo engordar satisfactoriamente los padres le inyectaron una serie de jeringas con aceite de hígado de bacalao. El ardor era terrible. Fuego puro dos veces por semana. Nicolás comenzó a tener un hambre descomunal. Cuando el instinto de voracidad llegaba a la cumbre, la madre, llevaba a Nicolás a la confitería en donde se avalanzaba sobre una docena de triples de miga bajados con coca cola. Al terminar su tercer plato de fideos la familia aplaudía el logro conseguido. Engordó en poco tiempo once kilos. Se convirtió en un gordito. No feliz, más bien desdichado. O, mejor dicho, cambió de felicidad. Dejó de correr y de tirar piedras a los compañeros en las batallas campales. Perdió agresividad. Se volvió un eunuco. Este trabajo nutritivo tuvo su descarga compensatoria. Se convirtió en un expulsor de heces en los recreos de su escuela primaria. A pesar de estar obligado a sentarse en el trono todas las mañanas durante una media hora sín éxito, esa constipación temprana se resolvía horas más tarde en un ambiente despojado de los más elementales recursos de higiene anal. Luego del almuerzo tenía una hora de recreación en el campus. En ese intervalo sentía dilatarse su ano y la presión de algo blando que quería salir con cierta urgencia. Buscaba papeles tirados en el suelo de tierra para limpiarse. Por lo general diarios viejos hechos bollos que siempre se encuentran en los descampados. Luego corría a un baño desvencijado de una casona y hacía lo que podía. Es decir, cagarse un poco en las piernas, otro poco en la mano, y frotarse el culo con el papel viejo que no saldaba su permanente insuficiencia. Su guardapolvo tenía manchas. Volvía al aula con olor fétido. En el micro lo aislaban y lo sentaban al fondo del pasillo. Nicolás ya tartamudeaba. No podía leer en clase. En realidad, lo hacía por pedido de la “señorita” y su quijada endurecida y la lengua pegada al paladar se resolvían más bien en gemidos. Tampoco escribía. Era un zurdo contrariado. Varias sesiones con las manos atadas lograron acostumbrarlo a aceptar que su otra mano estaba muerta para la escritura. Era como volver a nacer pero al revés. La primera palabra que le pidieron escribir en el pizarrón era “casa”. No le alcanzó la superficie negra. La “a” no terminaba nunca. Era más larga que un arco iris. Una parábola que aterrizaba fuera de sitio. Podía con alguna facilidad seguir el lomo de la “a” pero le costaba un gran esfuerzo bajar y dar la vuelta del signo. Cuando le tocaba el plumón, agujereaba la hoja del cuaderno. Lo trepanaba. Era grande la presión que ejercía sobre su mano derecha para que siguiera el curso gráfico implementado por el inventor del alfabeto. Por la caca, la mano prohibida, la tartamudez, y el engorde, la vida era se había vuelto muy sensual. No todos los chicos disfrutaban de ese contacto directo con los elmentos primarios. Todos los sentidos interactuaban. El gusto, el olfato, el tacto, y hasta la vista. Gracias a sus ojos descubrió el amor. Se enamoró a los ocho años.

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5 comentarios

  • 1. masciardi-martin  |  28 diciembre 2011 en 14:57

    Muy bueno profe, quede con ganas de seguir leyendo. Felices Fiestas y hasta siempre!

  • 2. Ma.Cristina  |  28 diciembre 2011 en 16:05

    La buena noticia es que la historia continúa, pero claro, si dice novela al comienzo, Tomás, soy toda ojos para seguir leyendo, muy bien contada la atribulada niñez de Nicolás! No sé por qué los grandes pensamos que los chicos son siempre felices con lo que les damos.

  • 3. martita  |  29 diciembre 2011 en 0:56

    Me gustò màs Caverna 2 , me pareciò bello , nada
    mas placentero que sumergirse en la melancolìa y
    cuestionarse el sentido de la vida.
    En Caverna 3 . Nicolàs es muy conflictivo para su edad
    no quisiera haber sido la mamà de èl .

  • 4. martita  |  29 diciembre 2011 en 1:05

    Perdòn , al revès , me gustò màs Caverna 3 ,y el Nicolàs
    Caverna 2 ,evidentemente me alterò .
    El poder de una historia bien narrada produce sus efectos
    en quien la lee.

  • 5. Anonymous  |  4 enero 2012 en 20:21

    Remembranzas de tiempos pasados que nunca volverán “Pericles” por ejemplo entre otros, siempre con la ñata contra el vidrio. Luego de leer las experiencias de Talismán, no me arrepiento. “Pobre pero limpita” (legado de familia, jaja!)


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