Caverna (Novela) 1 por Talismán

27 diciembre 2011 at 19:00 4 comentarios

¿A quién se le ocurre que a los dieciocho años no puede haber otra solución, si es que la hay, que tocar el timbre de un consultorio de un hipnoanalista? ¿Qué tipo de especialidad es esa que combina un arcaísmo terapéutico con una profesión que aún se mantenía a la vanguardia con su misterioso sex appeal? Un médico chino, el doctor Wang, un señor silencioso, de pocas palabras. “Recuéstese por favor”. Una solución, decía, para un malestar por no llamarlo enfermedad, que se llama tartamudez y que las novedades del lenguaje medicinalmente correcto llama disfunción oral, capacidad para cortar palabras, o vaya a saber que otro apelativo en el arcón de las vergüenzas retóricas. El jovencito tan educado y tímido por imperio de su locuacidad trabada, un hombrecito en diminutivo de tan obediente que era, “buenudo” como lo había calificado aquel otro doctor llamado “fenomenólogo”, que se especializaba en adolescentes vírgenes en edad de penetrar pero con horror de ser devorados por vaginas dentadas, estaba ahí en el consultorio a merced del curador de tartamudeces para que dispusiera lo que fuera necesario para concretar el milagro.

¿Cuándo había nacido su hermana la tartamudez? Esa compañía permanente, presente al despertar, acompañante cotidiana, siamesa pegada a todo el ser, invasora de la mente, frazada existencial. Tartamudez de mierda, hija de puta invencible, serrucho voraz, inclemente piraña de mierda, eterna. Había nacido desde siempre. Sólo tenía fecha de  defunción. Es lo único que reconocía, una defunción, nada de nacimiento, hermosura de Botticelli como esa Venus dela Primavera, tan delicada, no, esta no era de Botticelli, era de Edward Munch, el del grito en el puente antes de que esa boca triturada se tirase  a la autopista para que la pisara la muerte.

Le pedían acostarse. El chino no era acupunturista. No estaba de moda la medicina china en el Buenos Aires de 1966, el de la nueva Argentina católica y racional, bigotuda, militar y profesional. Modernidad de tanques, cruces y contabilidad. Aún no existía la fiesta oriental de yoguis y control mental. Nada de New Age. El recurso a la hipnosis era un exotismo. Una salida desesperada. ¿Qué más podía hacer? Había permanecido tres años inmóvil en el consultorio de un psicoanalista de la calle Posadas entre Callao y Ayacucho. Qué coqueto, pacato, repujado y talabertero resultaba el consultorio del doctor Posse, ese petiso cabrón vestido de traje gris a rayas blancas, con esa pipa en gancho, y los libros en una biblioteca de madera oscura, lomos de cuero azul y letras doradas con la palabra “psicopathology”. Ambiente refulgente y seguro de sí. Médico estafador, una lepra, dormía como un escuerzo, el adolescente tartamudo lo miraba roncar. Ese gruñido continuo que a veces se sobresaltaba siempre llegaba a su fin a los cincuenta minutos. Petiso engominado parecido a los generales que hacían la venia en los desfiles patrióticos. Un Julio Alsogaray, un Onganía, todos petisos enojados mandones y recriminadores. Este mercader se hacía el inglés, seguro que había viajado a Londres a hacer una pasantía, un “stage” en alguna clínica de kleinianos mundanos, seguro de estar enla Tavistocky comer un hojaldre con riñones, kidney pie y cerveza tibia, y volver con una bufanda de cachemira, una pipa Dunhill y un par de anécdotas pelotudas sobre algún gurú que interactuó con Ana Freud.

Dormía. Roncaba. A veces lo miraba al adolescente de saco y pantalón al tono que lo miraba a su vez. El pibe luego desviaba la mirada y enfocaba a su derecha. No había  nada. Después miraba al piso. No había nada. Todo era una cuestión de tiempo. Nicolás sabía esperar. Los minutos se distinguían de las horas por su duración. Era una cuestión de medida. Un minuto después de otro. No pasaba nada. No iba a hablar. No diría nada. Había que esperar a que se despertara. Y luego irse al Italpark. Cruzaba la avenida Libertador a las siete de la tarde y entraba al mundo de esos juegos. Le gustabala MontañaRusa.Un par de sacudones y luego a casa. Al departamento de Virrey Loreto y Luis María Campos. Fin de la visita al parque de diversiones.

Estar todo el día callado fue una vida. Nicolás se vestía al tono de sus paños. Prefería combinar un saco de un traje con un pantalón de otro mientras la diferencia de gamas fuera mínima. Lo vio lucir en alguien que le parecía canchero. Un saco gris con pantalón negro. No estaba mal. Un saco azul con pantalón negro. Un saco azul Francia con botones dorados y pantalón negro. En una película Elvis Presley se había contorneado con ese azul refulgente. Zapatos acordonados marrones. Tamangos. No podía usar mocasines porque sus pies no tenían arcos. En especial el izquierdo que era liso. Un pié vencido. El otro casi totalmente inclinado. Caminaba para adentro y las suelas estaban comidas de un solo lado. Las puntas de los pies se miraban entre sí. Las rodillas casi se tocaban. El cuerpo iba para adelante. Así jugaba al futbol. Parecía que se caía y en realidad iniciaba una curva que desorientaba a su  marcador. Como era zurdo giraba a la derecha y aprovechaba la izquierda lenta de su adversario. Se agitaba rápido. Con dos corridas agotaba el aire.

Esto respecto de sus pies. Sus manos eran activas. Organizaba peleas entre sus manos. El índice izquierdo era el cuerpo de un hombre que tenía los dos brazos en el mayor y el pulgar de la misma mano. La derecha estaba conformada del mismo modo, su cuerpo y sus miembros entre los tres dedos. Ponía las manos frente a frente y se iniciaba el combate. La izquierda ganaba. Los índices eran muy distintos, tenían caras. El pliegue superior era la cara. Las uñas parte del pelo. La zona de las huellas digitales la frente del personaje. Pero no eran humanos. Eran dedos. No los dedos dedos, sino los dedos humanoides. Los golpes que se daban las manos se acompañaban de soplidos de la boca de Nicolás. Eran el punch que recibían los índices de los mayores y pulgares del adversario.

Nada de esto hacía Nicolás sentado en el diván del psicoanalista trajeado. Ni en el del hipnotista que le pedía recostarse y relajarse. El doctor Wang le pidió que cerrara los ojos. Que pensara en sus brazos, luego en sus piernas, en sus pies, en su cuerpo, como si fueran de algodón. No usaba otra imagen que la del algodón. Nicolás hizo todo el esfuerzo necesario para ablandarse como si fuera de algodón. Una clínica de desvertebración gradual. Después el chino arriesgó toda su sapiencia y clavó dos pinchos en el brazo de su paciente. Nicolás no sintió nada. Anestesiado en el músculo, pidió que recordara cuando tenía doce, ocho, cuatro, menos años. Nicolás recordaba lo de siempre y no se acordaba lo de siempre. Le sacaba las agujas. Se paraba y lo despedía hasta la próxima. Que jamás ocurrió. Había sido una experiencia rara. Cuando salió del consultorio a la noche, tomó el colectivo y no tartamudeó. Pidió el boleto como si fuera un ser normal. No se atascó en la be ni en la pe ni en la jota, ni en la erre, ni en la ka, ni en la eme, ni en la ene, ni en la ge, ni en la ce, ni en la te. En ninguna consonante. Por una media hora. Volvió en sí, a su mundo de todos los días, cuando en su embale de dicción fluida se le apareció un dique que le frenó de inmediato las aguas y quedó atrapado en una oclusiva que no lo dejó salir. Creía que podía terminar una palabra y a mitad de camino se convirtió en piedra y sólo se escuchó el gemido de siempre. Una lengua dura, paralizada, y un ruido de garganta seca, de amígdala muerta, un aullido felino o unos carrillos hinchados, frente a la mirada de un ser humano fluyente, natural, oral, que entrecerraba los ojos para escuchar o no escuchar lo que se decía. Tartamudez de mierda. Heroína invencible. Rata de de hipnoanalistas y de psicodiagnosticadores. Mundo cerrado y callado. Pensamiento puro.

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Aquel Manifiesto Comunista ( Fröhliche Weihnachten) Poroto Wolff Caverna 2 por Talismán

4 comentarios

  • 1. Anonymous  |  27 diciembre 2011 en 19:53

    Ay Tomás Abraham…Ay! Pensamiento puro, puro dolor.

  • 2. martita  |  28 diciembre 2011 en 0:43

    Buena novela , atrapa y duele , si hubiese tenido un final
    tràgico ,hubiese pensado que la escribiò R.Arlt .

  • 3. Ma.Cristina  |  28 diciembre 2011 en 8:44

    Hay que liberar a los fantasmas, o quedamos atrapados en su mundo. Gracias por este relato, Tomás, Nicolás seguro salió adelante cuando pudo ver que los otros eran imperfectos como él. Muy Buen 2012 para usted y los suyos!

  • 4. Mar  |  28 diciembre 2011 en 11:13

    Qué buen título, Caverna.
    está presente durante todo el escrito


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