Apagón, el exterminador (Perfil 15/5/2011)

15 mayo 2011 at 9:20 19 comentarios

 La desaparición física de un hombre de cien años produce una sensación ambivalente. Por un lado si lo estimábamos su muerte nos da pena, pero por el otro creemos que vivió mucho tiempo, quizás demasiado si no estaba bien de salud, inválido, dependiente de otros, etc. Pero Ernesto Sábato murió en su casa y en su cama sin sufrimiento ni agonía. Una bendición de los dioses. Su muerte me dispone a escribir sobre mi juventud, porque Sobre héroes y tumbas fue un libro de juventudes, así como lo fue Rayuela, quizás los dos libros que marcaron con el trazo más grueso a los jóvenes de la década del sesenta. Sábato era un nombre conocido cuando en el firmamento literario y filosófico reinaba Jean Paul Sartre. El escritor francés había rechazado el Premio Nóbel en el año 1960, en los albores de la aparición de las dos novelas mencionadas. Pero mientras Cortázar era un parisino que nos hablaba del jazz en la ciudad luz, Sábato ya estaba en Santos Lugares. Una de las cosas que más me impresionaban de Sabato era su elegancia. Tenía un porte muy canchero para la época. Parecía una vestimenta clásica, tradicional, pero el modo en que la lucía, y la imagen  global de su estampa, lo jerarquizaban. Saco azul, pantalón gris de buena caída, camisa celeste oscuro, casi azul, corbata bordó, zapatos abotinados marrones, de cuero duro, y un par de medias de morley con listones cuatro por dos de streetch caña larga. Sus anteojos eran de armazón oscuro, marco cuadrado, le daban un aire severo de lector penetrante. Hombre de mediana estatura, pelo grisáceo escaso pero visible, y unos bigotes no agresivos sin ser por eso finitos y anticuados. No eran bigotazos de teniente general ni pelusa de gallego, sino más bien bigotes de profesor de secundaria de la materia historia o educación democrática. La voz era uno de sus mejores recursos. Grave, con entonación final carraspeada, y un volumen respetable al que llegaba sin gran esfuerzo. Además escribía. Su personaje Alejandra tenía un temperamento distinto al de  la Maga, la otra diosa literaria de la época. Sábato creaba personajes malditos. Seres que tenían un destino sacrificial. No eran brujas pero tenían algo de hechiceras. Embrujaban sin ser brujas. Me hacen acordar a las sirenas que enloquecen a Ulises que debe atarse a un mástil para no ser devorado por la belleza de su canto. Sábato emparentaba la locura con la belleza, y las dos tenían cuerpo de mujer. El Informe sobre Ciegos como la larga marcha del General Lavalle, fueron muy comentadas en la época, no fui parte de los admiradores de esos dos trozos antológicos. Lo mío era Alejandra y esos hombres que la rodeaban que portaban apellidos de galán argentino como Vidal. La novela El túnel era menor respecto de su gran novela. La locura suicida de un  pintor, un lobo estepario caricatural, no me entusiasmaba demasiado. La película con Carlos Thompson la recuerdo también como un culebrón existencialista como se decía en aquella época. De todos modos esta idea de que un artista debe ser un psicópata irremediable, misógino y de carácter podrido, sin duda que persiste en el imaginario de mucha gente. A mediados del año 1984, en pleno alfonsinismo místico y Conadep activa, invité a Sábato a dar una charla a los alumnos de introducción a la filosofía en la sede de la carrera de Psicología de la calle Independencia. Ya lo había hecho con Borges con un gran éxito ya que el poeta encantaba a todo el mundo. La multitud y las autoridades de la casa estaban encantados con su presencia a pesar de su apoyo a Pinochet, su visita a Videla, su gorilismo, su conservadurismo aristocrático explícito,. Su humor respecto de sí mismo era prioritario frente a su ironía sobre el mundo, y eso desarmaba al más beligerante. Un par de meses después, en el mismo lugar, una tarde, cuando llegó Sábato en un coche oficial, lo conduje al café adyacente a la facultad llamado Psicosis. Ahí estábamos con mi amigo y colega Alejandro Rússovich, dilecto compañero del polaco Gombrowicz al que don Ernesto le había escrito un famoso prólogo a la traducción de la novela Ferdydurke, cuando de improviso Sábato nos dice que se vuelve al auto y se va dejándonos solos y huerfanos de explicaciones ante el expectante público del aula magna supuestamente llena. Nos dijo que creía que iba a asistir a un encuentro íntimo para conversar y no a un acto público. De dónde había sacado eso era un misterio. Que había rechazado infinidad de invitaciones y que no podía quedar mal con aquellos excomulgados de buena voluntad. Ya no sabíamos qué hacer. No sé que acontenció para que accediera finalmente y nos acompañara a la sala, que para mi sorpresa no estaba colmada. Raro. Quizás por la hora, pero la presencia del presidente de la Conadep en el 84, y un apellido mayor de la literatura nacional, podía suponer una mayor ansiedad por escucharlo y verlo de parte de los estudiantes y profesores. No fue así. Todo el resto del encuentro fue como se esperaba. Sábato decía las mismas cosas que en los últimos treinta años. Que la física, que la ciencia, que las máquinas, que la exactitud aritmética nada tienen que ver con la vida, que los fantasmas, que las pesadillas, que la desdicha, sí tienen que ver con la vida y la literatura. Sábato no hizo más que repetirse a sí mismo durante décadas. Cuando quiso cambiar y escribió Abadón, el exterminador, salió mal. Una novela larga, tediosa, pseudoprofética, nada. Luego se dedicó a pintar cuadros lúgubres, oscuros, con rostros pálidos, dráculas interiores. De su casa de Santos Lugares que nunca visité, recuerdo las fotos de sus bibliotecas de madera blanca. Un lujo, un modelo para imitar, y una utopía con la que soñar. Estantes elegantes, tan propios de un  escritor en su ámbito por excelencia, esa madera rústica y la luz de la ventana que daba a un jardín, que verlo en un silla austera con camisa a cuadros rodeado de libros, era estar frente a un emblema sinó inmortal al menos perdurable. Predigital. Siempre me impresionaba que contara que cuando escribía una novela sufría horrores, que le pateaba el hígado, que debía refrescar sus doloridos piés en una palangana, que no dormía. Sábato fue un maestro de mi generación. Yo era un admirador de sus admiradores. Un admirador al cuadrado. Cuando Abelardo Castillo – que para mi en ese entonces era su heredero – iba a Santos Lugares a estrenar su obra de teatro El otro Judas, yo tomaba el mismo tren a distancia del grupo de la revista “El escarabajo de oro”, y miraba como fan condecorado al divino Abelardo, a la divina Liliana Heker, al infante Mario Sábato y otros acompañantes, no estaban lejos de la escena Rodolfo Walsh y Pirí Lugones. Todo ese mundo conformaba la sagrada familia de la literatura de los años sesenta en el que Sábato se destacaba si no es que los lideraba. Luego, trataron de ensuciarlo, y en lugar de mancharlo lo dignificaron. Fue mejor que sus detractores, en lo humano, en lo moral. Su encuentro con Videla que para la mitad más uno del país era un salvador de la patria – aquel que lo ignora sabe que miente – , para pedir la aparición con vida de escritores secuestrados, fue la carnada para que hipócritas y vengadores , lo difamen. Pero esa es una historia triste, que el maestro no merece. Le dedico este largo adiós y gracias, Sábato, gracias, con emoción.

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Entrevista (Qué pasa Buenos Aires) Entrevista Revista Anales de la Sociedad Rural

19 comentarios

  • 1. Mar  |  15 mayo 2011 en 11:10

    Me sumo al agradecimiento y homenaje a Ernesto Sábato, de la raza de maestros de nuevos escritores, y una gran persona.
    En mi caso, ni es necesario mencionar que pidió por la suerte y vida de escritores que fueron abruptamente sacados de sus casas. Recuerdo muy bien que fue citado a pocos meses de iniciada la dictadura, como tantas otras personas de nuestra cultura. La posibilidad de un diálogo con la reciente Junta militar, hubiera sido algo que yo también en su lugar hubiese intentado. De hecho, seguí con atención sus palabras posteriores al encuentro. Fue discreto y cauto. Ese encuentro inicial no implica que posteriormente no haya cambiado su opinión sobre lo que estaba sucediendo. De hecho, nunca más se encontró ni con Videla, ni con ninguno de los generales de turno.

    Ensuciarlo por esto, forma parte de la gran mentira que han impuesto como relato de los 70. Nadie toleraba más a López Rega ni a Isabelita, y el país se incendiaba. Los partidos políticos (especialmente el radical), hubieran tenido que participar e involucrarse más en ese deseo generalizado de bajarla a Isabelita. Seguramente después se arrepintieron, porque ellos sólo veían la posibilidad de sacar al peronismo del gobierno, y volver a los años en que monopólicamente se aseguraban subir al poder.
    La historia de nuestros políticos, es una historia de mezquindades, de acciones de muy poca grandeza.

  • 2. Juan  |  15 mayo 2011 en 11:57

    Un emotivo y digno homenaje, auténtico. No sé si en esa casa (la de INdependencia) todos apoyaban a Pinochet, yo podría decirle que no, que no fue asi, no importa, ud sabrá, también. Sobre la entrevista que Sábato tuvo con Videla, fue de un hombre valiente, y además, educado. Creo que en momentos de peligro, difíciles, cuando el poder no está del lado de uno ni de su entorno, hay que saber ser prudente, para actuar, para hablar, para pedir e implorar…es fácil vociferar treinta y pico de años después, y escrachar como un mono a troche y moche, cuando ya no hay peligro.
    Santos Lugares es modesta, pero tiene lindos rincones, sobre todo, Lourdes (réplica de la de Francia), con canillas de agua bendita.
    Y la última reflexión es: ¡si hubiera aguantado un mes y medio más, hubiera cumplido los cien ¡……una pena
    saludos

  • 3. Mar  |  15 mayo 2011 en 12:25

    No se refería a la facultad psi de la calle Independencia, menciona a Borges, que fue invitado a dar una charla ahí.

  • 4. Ma.Cristina  |  15 mayo 2011 en 12:37

    Leí este post temprano en Perfil, me parece una muy buena decisión hacerle este homenaje a Sábato, contagiado por toda su emoción, Tomás. Una pausa de domingo, en toda la disparatada actualidad.

  • 5. despistada  |  15 mayo 2011 en 12:43

    Buena reseña de su transitar, muy buen homenaje!

  • 6. Juan  |  15 mayo 2011 en 13:00

    Mar, Tomás
    Perdón, me hice una ensalada, tiene razón, era Borges. Lindos recuerdos de Psicosis, también.
    saludos

  • 7. Damian  |  15 mayo 2011 en 14:03

    Lo leì de atrás, primero a ” A.. el exterminador ” lo gastè, iba y volvía, el libraco se despedazò en 3, tenìa siempre una parte a mano, volò la tapa, había que retener las hojas sueltas, lo abrìa en cualquier parte y el caos me abrazaba dulcemente, también reì mucho con las variables del “catzo”. Cuando empezè con ” S H y T” volvìa a “.. el exterminador ”. “Nunca mas” abona su angustia y lo sumerge en la tristeza, era tìmido y valiente, buen hombre.

    La descripción que hace de las medias de ES es algo serio.

  • 8. irenedoreski  |  15 mayo 2011 en 14:40

    ASÍ ES!!!

  • 9. martita  |  15 mayo 2011 en 20:23

    Un escritor , creativo , como Ernesto Sàbato , inteligente
    torturado por sus fantasmas de la genialidad que poseìa.
    Es un honor para un paìs tenerlo como hijo. El resto , si saludò
    o no saludò , si estuvo con personajes odiados què importa
    SR . Ernesto Sàbato , ud fue digno hasta para morirse , su
    amado Santos Lugares , la sencillez de un grande . Coherente
    consigo mismo . Ojalà surgan escritores ,hoy ,y escriban un
    libro que se acerque minimamente a “Sobre Hèroes y Tumbas”
    Gracias Abraham por este homenaje .

  • 10. Marcelo Grynberg  |  15 mayo 2011 en 20:36

    Imagino que su diatriba contra la ciencia fue una pose en la que ni el mismo creia. Un infantilismo
    del que no pudo (o no le intereso) salir.

  • 11. Panchito  |  15 mayo 2011 en 21:29

    “Explicar, querer explicar hechos del espíritu mediante geodésicas es como pretender extirpar una angustia con tenazas de dentista”.
    Ernesto Sabato. Abbadón el exterminador.

  • 12. Marcelo Grynberg  |  15 mayo 2011 en 22:01

    Esta pelicula, eh digo discusion, me parece que
    ya la vi.

  • 13. Panchito  |  15 mayo 2011 en 22:21

    Sí, es una película muy corta, que dura sólo dos parrafos y se llama : “Método de confirmar a los demás en sus errores”.
    Fin.

  • 14. rodolfo lópez  |  16 mayo 2011 en 18:23

    Muy linda nota.
    Leí “Sobre héroes y tumbas” cuando tenía quince años. Coincido con Tomás en el deslumbramiento por Alejandra, la novia que no es posible alcanzar, ni por Martín ni por ninguno. Un ícono
    (Tuve entonces Alejandra en Mary, me enseño a besar frente al río, y llevaba derecho a la locura cuando atiné a dejar, pocos días después, cobarde, creyendo salvarme).
    ¡Grande maestro Sábato!.

  • 15. JorgePayador  |  17 mayo 2011 en 10:22

    Muy bueno el Platón de Pan Rayado; recién me percato de él (por si les pasó, como a mí, está arriba, a la derecha del t´tulo del blog). Felicitaciones Alicia!

  • 16. gustak  |  17 mayo 2011 en 13:04

    A la mitad más uno del país para la cual Videla era un salvador de la patria no se la postula para prócer y si se lo hiciera, nuestro deber sería bajarlos del pedestal. No tengo nada especial en contra de Sábato; si y mucho con el dispositivo mediático que lo santificó

  • 17. martita  |  17 mayo 2011 en 22:10

    Yo me deleito con los dibujos de PAN RAYADO , estàn creados
    por una gran artista Leloutre, es un perrito muy soñador .
    T. Abraham , tengo por costumbre leer varios libros al mismo tiempo ,y en este momento que tengo que leer un tema por obligaciòn ,me gustarìa leer uno suyo ( no por obligaciòn) .
    mi duda es” Vidas Filòsoficas” o (: lo estuve hojeando y
    me pareciò muy interesante : ” Los Senderos de Foucault”
    Para tener un orden de temas , o no importa?”Gracias .

  • 18. juan domingo  |  18 mayo 2011 en 8:58

    Sabato era un viejo renegado, que apoyó todos los golpes militares.

  • 19. narigón  |  11 diciembre 2011 en 16:17

    Muy buen escritor ,un poco denso ,sobre todo cuando se ponía mal por los horrores de china ,o por un tsunami en valla a saber donde
    Me hace acordar a MIchael jackson ,pero ,el talento lo tenían


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