Barack y Bob (Perfil 9/10/2010)

9 octubre 2010 at 8:26 5 comentarios

EE.UU es un imperio. Pero no todos los imperios son iguales. No es lo mismo Ciro que Augusto, ni Carlomagno que Guillermo de Orange. Y dentro de un mismo sistema imperial tampoco se equivalen sus mandatarios. No son iguales Nerón y Marco Aurelio ni los Bushes y Obama. Creer que los “sistemas” tienen leyes inexorables que atan de manos a los sujetos políticos, proviene de una racionalidad absurda  desmentida cada día por la historia. No es menos cierto que la distribución de posibilidades de acción es limitada y el juego social está determinado por reglas específicas.

Hay quienes odian y odiarán a los norteamericanos. Ni el fin de la guerra fría, ni un presidente negro, ni nada, les hará alterar la imagen acerca de una sociedad que califican de genocida, criminal, racista y explotadora universal. Festejarán cada atentado, derrota y fracaso que le toque padecer.

Barack Obama no parece un presidente norteamericano como los que hemos conocido. No sólo por el color de su piel. Su presencia evoca a la de los luchadores sociales y a los que bregan por los derechos civiles. Su oratoria parece provenir menos del discurso académico que del púlpito de los evangelistas. Pero su carácter pastoral no lo emparenta con el ministerio de los fanáticos que linchan herejes sino con el ruido sordo e inextinguible de los esclavos afroamericanos.

Esta voz lejana de la lucha por la libertad de una raza diezmada se mezcla hoy con los intereses de un imperio que es uno de los más poderosos que ha conocido la historia de la humanidad. Se ha asociado con frecuencia este carácter imperial de la sociedad norteamericana con su antecedente romano. Más de una faceta puede tender puentes entre semejanzas a pesar del paso del tiempo. El mestizaje, el carácter permeable del sistema de creencias colectivas, la absorción de costumbres exóticas y su conversión en modas, la formación de legiones y falanges militares subordinadas a jefes con poder de  autonomía creciente, el prestigio de un poder central y la inevitable fragmentación debida a la extensión de fronteras y los conflictos en tierras colonizadas, la decadencia del sistema fundacional de valores y una anomia ética enmarcada por un marco cultural  en el que el poder y la riqueza orientan la ambición social.

Esta asociación frecuente para los aficionados a las comparaciones históricas, es posible  ampliarla de acuerdo con otra perspectiva que también está en las raíces culturales de la sociedad norteamericana. Es la que trajeron a estas tierras – escribo desde Nueva York – los primeros colonos holandeses que provenían de otro imperio que revolucionó el mundo del siglo XVII. El imperio holandés que dominó el capitalismo mercantil desde Djakarta a Recife, en manos de aquellas compañías monopólicas que se atribuían el dominio de las Indias, había consolidado un régimen político con asiento en Amsterdam, de tipo republicano, en el que la tolerancia religiosa, la libertad de expresión política, los principios de austeridad moral y las reglas estrictas que ordenaban el mundo de los negocios, mostraban el triunfo de una burguesía expansionista y democrática a la vez. El colonialismo coexistió con una política generosa que le dió refugio a la disidencia europea perseguida por iglesias y monarquías. Tras haber salvado a sus tierras del anegamiento por las terribles inundaciones del pasado, los mercaderes de Amsterdam no sólo tenían fe en su futuro sino que se creían depositarios de una misión religiosa. Dios había puesto su mirada en ellos.

Ser el pueblo elegido como lo había sido el de Israel, era una  creencia asentada en esta nueva clase social segura de sí y con una confianza ilimitada en su entereza para vencer cualquier tipo de dificultades que le impusiera la naturaleza o la fortuna política.

Esta voluntad imperial de un pueblo elegido con una misión es analizada en lo referente a los norteamericanos por mentes de una lucidez a prueba de ideologismos y rencores vengativos como Edmund Wilson y Harold Bloom, para nombrar a sólo dos hombres de probada calidad intelectual en el universo cultural de los EE.UU. Me refiero a ellos dos porque han incursionado en este tópico desde ángulos no tradicionales como el de  la literatura. Prueba de ello son los libros clásicos Patriotic Gore, sobre la literatura durante la guerra civil norteamericana de E.Wilson, y The American Religión de H. Bloom.

¿Cómo juega Barack Obama en este poder imperial tan poderoso en tanto vocero de los valores de disidencia, libertad y defensa de los derechos civiles luego de dos años de gobierno? Los EE.UU tienen varios frentes políticos. La herencia que recibió Obama abarca una intrincada madeja de problemas. En una reciente entrevista que el Presidente le otorgó a la revista Rolling Stone repite que solo los problemas difíciles de solucionar llegan a su despacho. Son aquellos que se presentan bajo las formas de dilemas que no encuentran una sola posibilidad de resolución y que implican siempre algún costo político. Podemos enumerar algunos de ellos como la regulación en las transacciones de futuros, la búsqueda de mayor transparencia en los mercados, las medidas que hay que tomar contra  el desempleo creciente, la eliminación de impuestos para la clase trabajadora y las capas medias, el incremento de tasas fiscales para los ricos, la derogación de los privilegios de las gerencias financieras, la política de la salud y de las jubilaciones, el calentamiento del planeta y el efecto invernadero, la elaboración de nuevas normas para incluir a los inmigrantes indocumentados, la política energética y las modificaciones en el área del transporte para disminuir el uso de combustibles a base de fósiles, la guerra de Afghanistán y la estrategia de contrainsurgencia en Pakistán, el retiro de tropas de Irak, el control judicial sobre la conducta de las fuerzas armadas en los interrogatorios, el conflicto de Medio Oriente y el intento de convencimiento para que los israelíes modifiquen su política de asentamientos, etc. En cada uno de estos temas hay intereses de enorme magnitud que intentan frenar los cambios, mantener sus posiciones de dominio y reforzar su poderío. Obama puede dar cuenta como en menos de dos años llevó a cabo una política progresista que tiene realizados el setenta por ciento de lo prometido en la campana por la presidencia. Se sabe que hay millones de pobres en los EE.UU, pero también hay una enormidad de ricos, que no quieren ceder nada de sus posesiones y movilizan a la población con persistentes mensajes contra el gobierno por medio de poderosas empresas de comunicación y donaciones secretas que con el amparo de la ley multiplican hasta por diez la recolección de fondos de su partido.

La entrevista termina con la pregunta del editor sobre los gustos musicales de Obama. Escucha a Miles Davis y a Stevie Wonder entre otros, y cuando el cronista quiere saber que le pareció el concierto de Bob Dylan en La Casa Blanca, responde que el cantante hizo lo que todo el mundo espera de el. No ensayó con anterioridad, llegó sobre la hora, no saludó previamente a la pareja presidencial, cantó una sola canción, “The times they are a-changin”, y al terminar se acercó a la butaca y le dio la mano a Barack con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa. Luego se fue. Obama dice que hizo lo que un Dylan hace y debe hacer, ser escéptico, distante y lejos de todo tipo de complacencia y adulación.

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Nueva York 5 La salud en los Estados Unidos de Obama, por Esteban Fridman

5 comentarios

  • 1. Carlos r.  |  9 octubre 2010 en 10:13

    Muy buen artículo. Gobernar lleva, tarde o temprano, a enfrentar los límites que impone la realidad, y el desafío de avanzar aunque sea un poco hacia la consecución de nuestros fines.
    No tener en cuenta esto es lo mismo que practicar el voluntarismo político, como si bastaran la verdad, la justicia de la causa o el espíritu de lucha de los oprimidos para arreglar todos los problemas del mundo.

  • 2. EF  |  9 octubre 2010 en 17:27

    Tomas, por que si Obama hizo el 70% de lo que planteo se le esta yendo todo el gabinete y grupo de asesores mas fuertes con los que jugo en la campania?
    porque de la gente que ahora este cada vez menos popular se entiende desde la economia.
    abrazo

  • 3. tomás abraham  |  9 octubre 2010 en 17:55

    esteban
    hay una nota en la reciente the economist, que ahora no tengo conmigo, que habla de su soledad y de la deserción de sus colaboradores. algunos lo hacen para hacer campaña en chicago, otros porque ya estiman cumplida su tarea, y que vienen de la administración de bush, los generales por desacuerdo con la estrategia del presidente. pero también dan una lista de los que no se mueven. este 70% es confirmado por un artículo en el último número del NY review of books que toma una estadística realizada por una consultora que mide promesas de campaña con realizaciones. pero de todos modos no se trata de números, sino de las fases de una lucha. me gustaría que por tu profesión y tu residencia en EE.UU, pudieras darnos tus impresiones sobre el sistema de salud norteamericano y la reforma de obama. si es extensa va como post. podés enviarmema como archivo word y yo la copio y la pego. este comentario va sin mi avatar para ahorrarme tiempo

  • 4. Tomás Abraham  |  9 octubre 2010 en 17:59

    es muy gracioso. mi comentario se lo tragó el tiburón y tuve que entrar como titular del blog para rescatarlo.

  • 5. EF  |  9 octubre 2010 en 19:09

    vi lo del economist. Le dan duro, que no hay nadie que quiera ser su ministro de economia. Con gusto lo del sistema de salud. Te lo paso,
    abrazo,


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