Recordando a Peter Sellers (Perfil 26/9/2010)

26 septiembre 2010 at 8:51 4 comentarios

Mis editores me preguntaron si podía colaborar con una nota sobre la intervención argentina en la sexuagésima quinta Asamblea General de las Naciones Unidas. Estoy hace una semana en Nueva York y pienso quedarme unos diez días más sin otro interés que el de cambiar de ambiente y romper con la rutina de hace años. Ocuparme de las peripecias de nuestra delegación interrumpe el propósito de mi viaje aunque en realidad nadie se escapa de nada ni de la argentinidad y menos en tanto poco tiempo.
No tengo contacto alguno con el mundo político y/o diplomático. Carezco de credenciales y de carnets. Hasta este momento me dediqué a caminar y buscar minas de dos milímetros para el lápiz con el que subrayo libros y una correa para mi reloj al que consulto por manía existencial cada cinco minutos. Es increíble lo difícil que es encontrar estos implementos básicos, hasta arcaicos, en una ciudad que es un megacentro comercial con vidrieras repletas de accesorios en computación y ropas.
Me informaron que el matrimonio presidencial junto a su séquito estaban alojados en el Four Seasons. Allí fui con mi traje negro, anteojos de sol y mi mujer. Lo debo haber aprendido de CQC. Nunca sé si me van a dejar entrar a ciertos lugares. De esposo y con zapatos me siento más seguro más aún cuando no sé con qué gorilas puedo llegar a encontrarme en la entrada. Llego a Madison ave y enfilo por la 57 hasta el hotel. Paso por Louis Vuitton, Yves Saint Laurent, Tiffany, Cavalli, Chanel, Dior, Prada, e ingreso vacilante al bunker marmolado. Mi mujer concentrada en la misión que me adjudicaron dice con un tono firme y una voz sonora que me arma de coraje: “ vamos a tomar algo en el bar”. La sigo. Es la hora del almuerzo. Espero encontrar a alguien de la delegación. Todavía no sé con qué objetivo. Si me presento como periodista de Perfil…o como Tomás Abraham, filósofo…pero además ¿para qué? No tengo libreto, ni ninguna idea sobre el contenido y la forma de la entrevista. Quizás me alcance con sólo observar. Nos sentamos y pido una sopa de crema de pollo con champignones, bebo agua mineral. Como liviano para salir disparando si es necesario. ¿Pero adónde? Pasan dos horas y nada. Veo que un par de argentinos preparan una mesa, agregan unos sillones, y los corren para disponer un rincón para una reunión. Le digo a mi esposa que es la hora señalada. Me aconseja que baje la vista y que no mire fijo todo el tiempo. No se trata dispararle a un objetivo. Me escondo detrás de un Finantial Times. Pienso en Peter Sellers y en sus habilidades junto al Chino. Camuflarme no es lo mío. No baja nadie. Se me prende la lamparita. Una vez el Canciller me pidió un favor, se me ocurre aprovechar la oportunidad para llamarlo a la habitación y dejarle un mensaje. ¿Pero que diga qué? Mi mujer me dice que estoy loco. Se lo dejo igual. Lo saludo y le pido si me puede llamar. Por suerte no me contestó. Pedí un postre horrible con crema plastificada y un grano azul en la cresta, una especie de blackberry pudding. Veo a alguien conocido por las fotos. Es el secretario Zanini, o algo parecido. Y, reflexiono, si me levanto y me acerco ¿pero qué le digo? Le puedo preguntar en donde está el baño, que soy argentino, y que quiero orinar. Es una burrada, no puedo hacer eso.
Una vez cuando era estudiante y vivía en París, en un restaurant veo cenar en una mesa contigua a Atahualpa Yupanqui. Lo miro, supongo que lo hago con la insistencia ya destacada por mi mujer. El artista me devuelve la mirada con severidad. Aclaro con voz temerosa que soy argentino, y replica con furia: ser argentino no significa ser indiscreto.
Ante este recuerdo decido no encarar al funcionario. Son las tres de la tarde, me harté de esperar y pido la cuenta. Dejo la propina sugerida para salir vivo del lugar sin que me persigan los mozos. Otra vez Prada, Chanel…
Es imposible acercarse al Edificio de las Naciones Unidas. Todo está vallado. Además con la presencia de Obama refuerzan los sistemas de seguridad. Ni siquiera sé si tengo ganas de entrar al recinto. Es redundante que les confiese que no conozco a nadie. Tengo el número de teléfono de una compañera de la primaria que vive en Nueva York, parece tener contacto con las altas esferas. No la veo hace medio siglo. Me dijeron que estaba casada con un diplomático africano. La llamo. Sorprendida y amable me dice que fue intérprete en la ONU hasta que se retiró de la actividad. No me habló de su marido, por lo que deduje que estaba divorciada. Me dijo que, además, había otra reunión importante en la ciudad organizada por el foro para la felicidad mundial que preside Clinton. Me recomendó conocer a la esposa de Bill Gates, una mujer muy interesante y una gran filántropa, recalcó. Acá la filantropía es muy meritoria. Todavía no tuve el placer de encontrarme con la señora Gates ni con nadie. Finalmente, decidimos hacer algo con más sentido que estar parados al lado de un semáforo para ver si pasaban los Kirchner.
Me entero después por la agencia DyN que un grupo de los nuestros salió del hotel para almorzar pero en dirección a la otra esquina. El ex presidente, Pampuro, Abal Medina, Diaz Bancalari, la senadora Latorre. Lástima, siempre lo quise conocer a Pampuro.
Tomamos el subte hacia Brooklyn. Existía la posibilidad de que fuera de la zona de preocupaciones se me ocurriría algo sobre este evento tan intrincado de informar. Bajamos en una estación que da a un parque, no recuerdo el nombre. Mi esposa es arquitecta paisajista. Y a mi el verde y los árboles me calman los nervios. Caminamos por los senderos que lo cruzan. Un grupo de muchachos trajeados de negro, camisas blancas, patillas trenzadas, y con grandes sombreros, vienen hacia mí. Me rodean. Me preguntan si soy judío. Respondo que sí. Quieren saber si estoy enterado de que se festeja Zukot, la fiesta de las Cabañas en el calendario hebreo, no soy religioso pero sí lo sabía. Preguntan si quiero acompañarlos en el rezo de la ocasión. Soy respetuoso de la tradición, asiento. Quizás me traiga suerte con la nota. Me ponen un “kipá” ( el sombrerito) en la cabeza, un ramo de una especie de palmera en una mano y algo que se parece a una piña en la otra, y me piden repetir la oración: baruj, atá, Adonai, eloujeinu…etc. Devuelvo los implementos. Me detuvieron numerosos grupos de muchachos como éstos que recorrían la zona para preguntarme lo mismo y saber si seguía siendo judío.
Al cabo de un tiempo llegamos al Botánico de Brooklyn. Cerraba a la media hora pero entramos igual. Mi mujer quería ver el Rosedal. Le saca fotos a cada raíz y pétalo que encuentra. Caminamos entre rosales. Me llama la atención que las plantas tengan una placa con un nombre bien resaltado. Junto a una dice: Barbra Streisand ( Plantada en el año 2000). Vi otra que se llamaba Bob Hope, y otra que me sorprendió: Schwarze Madonna (1992). Era rara esa combinación entre lo italiano y lo alemán sino idish. Traducido literalmente es Señora Negra, más poéticamente: Virgen Negra. Pero schwarze madonna también pertenece a otra semántica doméstica más vulgar e inapropiada.
Vuelvo a mi cuarto de hotel con un espíritu más judío que argentino. Enciendo la tele, está Larry King con Seinfeld, con más años y menos pelo. Hojeo un libro de Hanif Kureishi sobre un hombre ya grande que puede llegar a ser nuevamente joven por un trasplante de su cerebro a un cuerpo de veinte años. Me doy cuenta que me alejo del tema y de la misión.
Decido poner en marcha mi notebook. Me resigno a no ser parte viva de la asamblea. Ingreso a la página de la ONU. Habla Obama. Qué hombre elegante. No hay mejor orador. Habla del mundo como si fuera suyo, aunque dice que es de todos. Me llama la atención que la cámara enfoque los asientos vacíos de la delegación israelí. Los palestinos están todos. La lente se detiene en los rostros de los representantes de Irak y Afganistán cuando el presidente norteamericano habla del proceso de paz y democracia en sus países. Los ví algo preocupados. Imagino lo que los inquieta. Sólo una vez lo interrumpen aplausos, es el momento en que menciona los derechos humanos de las mujeres. Se ve que es el talón de Aquiles del mundo musulmán bien aprovechados por los que bombardearon el país en el que aún conservaban algunos derechos como era el caso del regimen laico de Irak. Hoy ya los perdieron gracias a la democracia.
Escucho los discursos. Evo, Alan García, Piñera, Amorin, es decir nuestros vecinos. Todos hablan de lo bien que les va en sus países. Las cifras son elocuentes. Crecimiento, inclusión, inversión, todos con cada uno de sus modelos de desarrollo en pleno funcionamiento. El único de los que escuché que se veía un poco pesimista por los resultados logrados fue el representante chino. Habló de crecimiento moderado y de todas las carencias que tiene su país. Inequidad, corrupción, pobreza, productos con muy poco valor agregado y en la última escala de la producción industrial. Astuto el chino. No quiere que le pidan nada. Cada país vende su discurso. Las Naciones Unidas dan la sensación de un mundo pulverizado. Escuché al presidente de Irán. Invoca a los de arriba, es decir a los profetas y al Libro Sagrado. Su país lucha contra el ateísmo, el egoísmo, el capitalismo, el sionismo, y a favor del monoteísmo y la familia integrada. Después discute el problema del uranio.
Hace un par de días escuché un largo reportaje a Donald Trump. Es un hipermillonario mediático que siempre está acompañado por una joven rubia escotada. Decía que si en los EE.UU no se hace algo urgente y drástico, el país caerá por la pendiente hacia el abismo. Simpatiza con el movimiento Tea Party de la derecha rabiosa del partido republicano porque sostiene que hace pensar a los norteamericanos en sus verdaderos problemas.
Hay una escalada creciente para cambiar las relaciones comerciales con la China. Hace veinte años el problema eran los japoneses. Recordemos a Lee Iacocca vituperando con la industria automovilística nipona. Pero ahora el planteo parece más grave porque los EE.UU son más vulnerables. Trump pide que todos los productos provenientes de China tengan un impuesto del veinticinco por ciento. Es decir proteccionismo. Recuerda que en una época en su país se hacían cosas. Ahora quiere comprar un par de miles de ventanas para sus hoteles y ya no las fabrican ni en Oregon, ni en Tennesse, ni en ninguno de los estados que antes las producían. Se las compra a los chinos. “Los engordamos mientras nosotros desaparecemos”, dice alarmado. Se acusa a los chinos de dumping a través de un subsidio embozado hacia su tipo de cambio. Quieren que reevalúen el yan, en caso contrario los denunciarán a la OMC. La salida no es fácil. Nadie tiene la certeza de que la actual relación de fuerzas esté a favor de un país tan endeudado como los EE.UU, con un acreedor tan poderoso como el chino.
Exige también que baje el precio del crudo y que los jeques árabes inviertan en los EE.UU al menos para saldar toda la protección que les dieron con vidas y dineros norteamericanos como en la guerra de Kuwait, por ejemplo.
Trump amenaza que si Obama pone fin a las exenciones impositivas otorgadas por el gobierno de G.W Bush, los ricos se irían del país para invertir en otros lugares. No dijo en dónde. ¿Será en China? ¿O en South America? Augura también que una vez retiradas las tropas del Golfo, Irak estará entregado a Irán y a su voracidad, para quedarse definitivamente con el petróleo del país vecino.
Todo una guerra al divino botón, hablando de botón…con toda la bronca que se manifiesta aquí de parte de ricos y pobres, a veces uno tiene la sensación de que hay varios que lo quieren pulsar. Ay! El satánico Dr No y de cómo aprendió a amar la bomba!
Atención, habla nuestra presidenta. El maldito aparato y la maldita trasmisión congelan la imagen. No dejan de dar saltos. Ni siquiera la escucho porque la traducción simultánea le tapa la voz. Habla de los atentados. De las reservas del Banco Central. Malvinas. Salgo del sitio oficial, voy a TN, imagen congelada, sigo al canal 7, lo mismo. Vuelvo a la ONU, está disertando el representante de Gran Bretaña. Me doy cuenta que nuestra presidenta no habló mucho. Desde Buenos Aires me dicen que no me preocupe que tienen a quien cubra la intervención puntual de Cristina Kirchner, y que aproveche el tiempo ahora en más para volver a la calle ya que la presidenta comienza su jornada de descanso. Que la siga. Que haga esquina. Que no le pierda pisada a la delegación. Otra vez los zapatos, el traje, los anteojos de sol, mi esposa, la sopa. Al menos no llueve.

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Como en los tiempos de McCarthy (perfil 25/9/2010) Chicago

4 comentarios

  • 1. Viviana  |  26 septiembre 2010 en 12:35

    Don Tomas un poco de vitamina “B” no vendría nada mal para tanta agitación física y mental.
    ¡Qué día tan agitado!.
    Con la fritanga de inicio del post anterior no pude seguir leyendo con atención. Los aromas llegaron hasta aquí…
    …Astuto el chino y astuto el iraní también…
    Después de la amable y cordial invitación al Zukot y la observación del espacio verde propuesto por su Señora Esposa, el ritmo de su narración se tornó más estable. ¿Casualidad?.

  • 2. Pablo  |  26 septiembre 2010 en 12:46

    El sombrero del Inspector Gadget puede ser una buena adquisición. Radar, paraguas, hélices para salir volando y escapar.

  • 3. daniel rico  |  26 septiembre 2010 en 15:57

    Que patetico!

    Espero que al menos te paguen la cobertura, al fin y al cabo todos hacen lo mismo: miran el discurso por la tele y despues leen que opino el Times; y eso bien se puede hacer desde aca.

    Ademas, Perfil ya tenia opinion formada antes del discurso, ellos han hecho del prejuicio una linea editorial.

    Slaudos!

  • 4. lizme  |  26 septiembre 2010 en 20:32

    Louis Vuitton, Yves Saint Laurent, Tiffany, Cavalli, Chanel, Dior, Prada…
    Pienso que sería más acertado hacer guardia ahí.
    Muy bueno lo del chino! En las Naciones Unidas qué otra cosa mejor podrían decir los chinos?
    La imagen de la presidente congelada… seguramente una mano negra de Magnetto, no?


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