De paseo con la filosofía (Revista Pulso)

27 agosto 2010 at 18:24

Jorge Luna Ortuño

A propósito de la visita de Tomás Abraham, filósofo argentino, a La Paz para participar de un Seminario de Filosofía, el autor recoge las ideas compartidas con el pensador que nos recuerda que las ideas se crean a partir de una necesidad por hallar salidas a problemas del presente. La filosofía ocupa una triste casilla en el sistema educativo. Por ser tan poco operativa, se la ha reducido al estatus de saber estéril, de una momia querida, de una sopa que se toma de mala gana, pues tanto recalentarse ha perdido su valor nutritivo. Sin embargo, entre tantos días que se pasan de la misma manera llega finalmente uno que la tendrá por protagonista, aunque sea en un pequeño espacio. Llega el mes de agosto y algo está por pasar. Entre los días 2 y 5 el Auditorio del Goethe Institut acoge el primer Seminario de filosofía para no-filósofos: “El devenir-filosofía del arte”. ¿A quién le podría interesar una cosa que se llama así? A todos y a nadie, no tenemos la menor idea. Y resulta ser una cosa de locos. A pocas horas del inicio están inscritas cerca de setenta personas, entre las cuales encontramos a estudiantes de bellas artes, profesores de física y matemática, diseñadores gráficos, comunicadores, estudiantes y docentes de filosofía, de literatura, de lingüística, además de algunos literatos, tres periodistas culturales, dos sociólogos, un estudiante de cine, una actriz de teatro, y otros más que prefieren no comentar lo que hacen, pero que dan la impresión de desenvolverse en más de un oficio terrestre. Aeropuerto de El Alto. 20.30 horas. Hace un frío del carajo. Mi amiga Mariana y yo conformamos el entusiasta comité de bienvenida. No importa el aire helado ni el hecho de que sea domingo. Tenemos el placer de recibir a Tomás Abraham. Con algo de retraso, finalmente podemos divisarlo. No es ni alto ni bajo. Hombre sencillo, llega con una sonrisa y dos maletas negras en medio del anonimato. Es un filósofo en serio. Trae consigo un mundo, un montón de preguntas y unas ganas enormes de conocer La Paz, que visita por primera vez. En la bajada por la autopista conversamos de todo. La cosa fluye. Tomás es el invitado de lujo del seminario que está a unas horas de dar su puntapié inicial. ¿Y quién es Tomás Abraham? Fue alumno directo de Michel Foucault, ¿les sirve de algo? Bueno, veamos algunas de sus credenciales: es profesor titular de filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y a nivel intelectual es un referente central de ese país. Además, es el creador del Seminario de los Jueves, un espacio en el que –desde hace 27 años– cerca de 50 personas provenientes de todos los oficios imaginables se reúnen para estudiar filosofía. Gracias a un trabajo constante y disciplinado, ya publicaron cinco libros en los que el autor es el mismo Seminario –Vidas filosóficas; El último Foucault; y La Máquina Deleuze, entre otros–. Tomás nos cuenta que entre la gente que conforma el Seminario se cuenta un piloto de aviación, un neurólogo, una pintora, una escenógrafa, un ingeniero, psicoanalistas, filósofos, psiquiatras, artistas, cineastas, literatos… y que las edades varían entre 19 y 84 años. Todo es gratis, los únicos requisitos son la asistencia es obligatoria y llevar una botella de vino de vez en cuando. ¿Pero acaso puede todavía la filosofía atraer a un público tan indiferenciado y heterogéneo? Pues ahí está. El seminario. “Yo no inventé un método para venderle filosofía a todos”. Esto es lo primero que deja claro al comenzar su conferencia. Lo que sí propició es la apertura de la filosofía, su enseñanza como una cuestión de encuentros, de conexiones y de inclusiones con lo externo. Devenires. Todo lo que hacemos en la vida es valioso cuando sirve para conectarnos –con nosotros mismos y con los otros–, no cuando nos aísla. ¿Qué es el filósofo? A quién le importa. Digamos que es un compositor de ideas. Y las ideas les interesan a todos. Las ideas se crean a partir de una necesidad por hallar salidas a problemas del presente. Pensar es trazarle líneas de fuga a lo intolerable del presente. Estas líneas podrán ser retomadas después por un hombre de la calle, un pintor, una escritora… Un verdadero filósofo no se limita a comentar el trabajo de los otros; ante todo piensa en función de los problemas de su presente, de su tiempo, de su ciudad. Y crea, produce salidas, espacios de encuentro. Tomás recalca que el filósofo no es un experto, no es un sabio, y menos un profeta. Piensa y provoca al pensamiento ahí donde a nadie más le interesaba darle una vuelta al asunto. Desde luego, esto también lo puede hacer un cineasta, una artista visual, un fotógrafo… Pero un filósofo trabaja específicamente con las ideas, los conceptos, los cuales generarán luego una sensación, un afecto; al mismo tiempo, es posible que los conceptos provengan de una intensa necesidad de expresión que una sensación ha producido. Así, el artista y el filósofo se conjugan, se prolongan, se hacen cómplices; construyen balsas, y cada una sirve para cruzar distintos trechos. Ambos confluyen en una misma batalla: abrirle paso a la libre expresión del ser humano. Un filósofo se da la tarea de pensar aquello que no (se) sabe bien. Abre caminos, remueve las piezas, borra las fronteras entre las disciplinas, señala la burocratización del saber… y al final: hace lo que puede. No trabaja a partir de la creencia, sino de la duda. Tomás nos previene de no confundirnos acá: el filósofo duda, pero esto no quiere decir que vive todo el tiempo sin saber qué hacer. No se duda para estar todo el tiempo dudando. La duda exige una decisión. Alguien que trabaja en el campo del pensamiento toma todo el tiempo decisiones, pero con la diferencia de que esas decisiones no provienen de un plan prefijado ni de un programa trascendental. “Tomar una decisión es tomar un pedazo de universo y renunciar a tragárselo entero. Pero es una de las cosas que hay que hacer: renunciar a comprender todo, porque el que quiere comprender todo no va a hacer nunca nada”. Por eso el filósofo no es un sabio. La despedida. Durante cuatro días compartimos muchas cosas con este hombre al que sentíamos nuestro amigo antes de conocerlo, cuando leíamos sus libros: Pensadores bajos; La Empresa del vivir; La Máquina Deleuze… y la amistad continuará ahora que leeremos el libro que publicó en mayo, Historia de una biblioteca. De Platón a Nietzsche. Tomás es padre de tres hijas, columnista de un diario en Buenos Aires, hombre con gran sentido del humor, muy afecto al whisky, al buen vino, y al spaghetti servido al dente. Amante del fútbol, es hincha de Vélez Sarsfield. En esos días peinamos a pata y en coche las calles de La Paz, desde El Prado hasta el Mercado Rodríguez, desde los cafés de la Jaén hasta la Plaza Murillo, desde la Arce hasta la 21 de Calacoto… La Paz lo sorprendió, lo asombró, lo tomó por asalto. Los desfiles escolares, la vibra, el bullicio y el desorden vehicular…“Esto es un quilombo –me decía–. Esta ciudad es incluso más caótica que Buenos Aires”. Es que una cosa es ver La Paz cuando se está acostumbrado a vivir en ella, y otra cosa es verla con el asombro del que la ve por primera vez. Asombro de niño, asombro de filósofo. Yo mismo estoy a unos días de irme de La Paz y siento que la descubro otra vez. Ahí estábamos nosotros, saludando y despidiéndonos a la vez. Eso es la vida ¿no? Tomás se fue el viernes por la mañana, y la experiencia de su visita y todo lo que fue el seminario reposará por largo tiempo en los corazones de los que compartimos aquellos días. La filosofía no ha salido de su lugar clandestino, y está bien. Sabemos que sus puertas siempre estarán abiertas para cobijar el encuentro y la amistad. Igual que La Paz. El autor es filósofo, periodista y gestor cultural

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