Les presento a un escritor: Rodolfo López

18 junio 2009 at 8:57 14 comentarios

 

López consiguió mi teléfono y me dejó un lago mensaje en el contestador. Tenía un escrito que quería que leyera. Insistió y varias veces agotaba en medio de lo que decía el tiempo de espera. No conseguía decirme todo lo que quería. Finalmente me ubicó y le dije que me dejara su escrito en la portería. No sé por qué lo leí, tengo demasiado trabajo de lectura y no me da ni la cabeza ni los ojos para distracciones literarias. Luego le hablé y lo invité a mi casa a ver el partido Argentina-Ecuador. No sabe manejar la computadora, pero al fin logré que me enviara por mail el cuento.

No es escritor, escribe, y poco. No es joven. Tuvo un negocio de carpintería en Villa Urquiza que cerró por aumento de alquileres. Juega en un club de la barrio al ajedrez. No sé mucho más. Creo que vale la pena, y la sorpresa.    

                                        PUENTE CHICO

 

                 

                                         A Karin Arcuschin por su ayuda invalorable.

                                          A Graciela Krichesky por su aliento y apoyo.

 

 

El río Reconquista, estrecho, sinuoso, recorre una buena parte del gran Buenos Aires para desembocar, finalmente, en el caudaloso río Luján.

La amplia y bella costanera de este último, paseo natural de los turistas que visitan Tigre es, además, una frontera: en su ribera oriental comienza el intrincado laberinto de islas que constituye el delta del río Paraná.

Hace muchos años, cuando yo era un pibe, un puente peatonal reunía las márgenes del Reconquista a unos 70 metros de su desembocadura en el Luján. Le decían “puente chico”. Para diferenciarlo del “puente grande” que, 70 metros más atrás (sostenido por vigas de hierro, de mayor porte), podía soportar el paso de los vehículos.

El puentecito era de madera y muy angosto, crujía cuando las personas caminaban sobre él. Separaba el casco urbano de la ciudad de Tigre, de calles asfaltadas, de los suburbios costeros hacia el norte.

Por entonces la gente pescaba y se bañaba en el Reconquista sin temor a contaminación alguna. Proviniendo de su moderado cauce, de tanto en tanto, un pez agitaba la caña del pescador asegurándole comida.

Y los muchachos reos de la zona que en verano tomaban el sol en la barrosa orilla, piropeaban a las pibas al pasar sobre el puente con sus faldas al viento; dos de ellas mis hermanas mayores.

Recién llegados al barrio (con menos de 7 años), por el atrevimiento los desafiaba a pelear desde el puente. Pero aquellos elogios no ofendían a mis hermanas, provocaban en cambio sus risas, el enrojecimiento súbito de sus mejillas. Ofuscado me arrastraban entonces a casa, tironeando cada una de uno de mis brazos.

En poco tiempo yo también me bañaba en el arroyo.

Estaba separado de nuestra casa por una ancha calle de tierra. Después del río, hasta que anochecía o me llamaba mamá, jugábamos en esa calle al fútbol.

 Sólo cuando fui más grande me atreví con las aguas profundas del río Luján; su correntada y la altura de sus olas inspiraban necesariamente mayor respeto.

Aquel lugar poseía la magia de la pintura. La vegetación armoniosa de las costas, la variedad de los verdes, no se alteraba por la presencia del puentecito, arqueado entre las orillas como la rama gruesa de un árbol.

Los cascos de las embarcaciones -todavía de madera-, el horizonte boscoso del delta -la sorprendente sensación de libertad que contagiaba-, eran alternativas latentes del tren que nos comunicaba desde la estación de Tigre con el mundo lejano de la Capital.   

Yo cruzaba el puente casi todos los días, conocía cada una de sus tablas.

 

                                         ————–

 

Es el fin del otoño de 1960 y son casi las 8 de la mañana.

La bruma sube desde el agua cubriendo los botes y las lanchas que están amarrados a estacas, paralelos a las orillas.

El chico, con una tricota encima del guardapolvo, se dispone a ir al colegio. Acaba de cruzar el puente y espera -con el portafolio en la mano-, el colectivo 60 en la parada.  

El piso esta cubierto por las hojas de los árboles costeros: sauces, eucaliptos, paraísos y álamos. Una quietud extraña se ha apoderado del lugar que está desierto. Ayer domingo habría aquí cientos de paseantes bulliciosos, de niños corriendo alrededor de los vendedores de refrescos y de dulces. Pero hoy es lunes y no ha quedado nadie, sólo hay envoltorios de esos caramelos.

Indolentes y sucios varios autos permanecen sobre ambos lados de la calle.

Deslizándose sin hacer ruido sobre el pavimento mojado una cupé negra acaba de estacionar a unos diez metros del chico. El aspecto del coche y de sus ocupantes, su burda elegancia, deja en claro que no son del lugar.

 Tres hombres fuman y conversan, tranquilamente, en el interior de la cabina. Los vidrios no se empañan pese al frío y la humedad que existe afuera.

De pronto, sin motivo aparente, el que está sentado a la derecha del chofer se arranca bruscamente de su puerta, corre hacia la orilla y se arroja de cabeza al arroyo

De mediana corpulencia, enfundado en un grueso sobretodo negro, en la palidez de su rostro el chico vio miedo. También, en su mirada, una firme determinación de sobrevivir.

El chofer y el hombre sentado atrás, tomados por sorpresa, tardan unos segundos en salir del coche a perseguirlo; rápidamente llegan a la costa y esgrimiendo revólveres abren fuego sobre el fugitivo.

Apuntan con cuidado (los zapatos finos pisan con dificultad la resbaladiza orilla), tirando a matar sobre el que acaba de escurrírseles de las manos, al que hubiesen asesinado en la amigable charla del auto. Una palabra o un gesto inoportunos alertaron a la víctima.

Cambian de posición en el terreno mientras descargan las armas con fiereza: quieren cerciorarse de que el otro no vuelva con vida.

 El paisaje acepta el chasquido de las detonaciones con naturalidad, como si se tratara del canto de un pájaro.

Uno de ellos permanece acechando junto al puente y el más joven, de impermeable gris y sombrero, se aleja por la costa en dirección del Luján. En la serenidad de la mañana los revólveres sobrevuelan sombríos el arroyo.

 Camina los 70 metros mirando siempre hacia abajo, tratando de advertir algún indicio de la posición del perseguido si es que vive: una sombra detrás de los botes, un bulto en la cadencia del oleaje.

La neblina se diluye en el sol débil del otoño y el sujeto observa el río atentamente, durante un largo rato.

Pasado ese tiempo (que pudo durar toda una vida), vuelve sobre sus pasos para hablar brevemente con su compañero y entonces, dando por finalizada la búsqueda, se dirigen al coche y se van.

Pero antes de ocupar el asiento junto al chofer, cerca del chico pero sin haberle prestado atención nunca, el de mayor edad -el jefe- vuelve la cabeza repentinamente hacia la orilla. En su última mirada al lugar de la costa por donde escapó el enemigo, en la dureza del gesto, se reprocha no tener la certeza de su  muerte.  

 

 

     

      Esperé un rato antes de acercarme a mirar. Lo que vi (¿la escena de un crimen?) no difería en nada del paisaje habitual del Reconquista. La neblina había levantado y permitía que se vieran las pequeñas embarcaciones meneándose sobre el agua, el mínimo oleaje rompiendo en murmullo contra la costa y flotando, como siempre, los desperdicios que la corriente arrastra.

No sé cuánto tiempo permanecí mirando ensimismado esas aguas. Tampoco recuerdo mi vida cotidiana en las semanas o en los meses posteriores. Debajo del puente, en medio del canto de los pájaros, se había producido una fuga o un homicidio, no sabía bien qué.

El equilibrio alterado en el arroyo parecía pedirme una respuesta; la paz había sido quebrada delante de mis ojos y me tenía por único testigo.

Pero me tomaría un buen tiempo antes de dar esa respuesta. Una enorme nube cubrió el cielo ensombreciendo con su mancha el sol.

 

 

 

Por generosidad instintiva (como se recoge de la calle un perro abandonado), a los 10 años decidí alimentar la esperanza de que ese desconocido hubiera podido escapar. De no haber visto la desesperación de su rostro esto no hubiera ocurrido: no me interesaba, desde luego, la deuda que mantenía con los otros ni si era culpable de algún crimen. 

Otra razón más inquietante (más terrible) se agregó sigilosamente a la anterior. Y esa idea, que al principio fue sólo una intuición vaga, adquirió progresivamente, sin poder evitarlo, la dimensión de la certeza.

 La cara de la muerte ya me era conocida pero nunca había dejado de asustarme. La había visto en la palidez de mi abuela en el ataúd y en la agonía de varios tíos. En aquellos lúgubres cuartos cuyos espejos cubrían con sábanas mis tías, pudorosamente; para que no revelaran al moribundo su apariencia espectral.

Burlona, además, en los cuerpos hinchados de los ahogados cuando eran sacados del río, después de haber pasado su última tarde en familia.

Pero el origen de esas muertes -parecía formar parte de un orden atemporal y cíclico, de un sombrío carrusel que giraba con un sentido oculto y desde siempre- cambiaría en su esencia.

Todavía evitables avizoré, no muy lejanas en el tiempo, otras muertes. Crispadas. Violentas. Persecutorias. Absolutamente innecesarias.

 Que además, y era eso lo que más me importaba, alcanzarían en algún momento a mis seres queridos.

      El hombre arrojándose al río parecía un símbolo, el origen de la premonición. Su cadáver, el primero de la larga serie que le seguiría. Era necesario por lo tanto que ese hombre viviese, más allá de la singularidad de su destino.

      Obstinado entonces y con rabia -pensativo en aquellas tardes junto al puente-, comprendiendo que nada de eso debería ocurrir jamás, de un modo extraño, pretendí detener la rueda que en giraba el fin azaroso de la vida.

      Esfuerzo sobrehumano que también (¿como dudarlo?), fue estúpido.

      El material de la interrupción fueron mis sentimientos, transformados en una cuña endurecida que el engranaje mordió (y que sus dientes trituraron al frenarse), y mi alma, robusta columna que los apuntaló con furia.

       No imaginé a los 10 años que se necesitase tanta energía. Que el futuro y los sueños debieran quedar sujetos a esa estructura.

      Arquitecto de una prisión quedé atrapado dentro de ella.

      Frente al arroyo Reconquista. Como pequeño héroe a quién los dioses ordenan la tarea de detener el tiempo.

       

                                           ———

 

 

En los años setenta –por lo general en los centros urbanos- se produjeron en Argentina revueltas sangrientas.

Insignificantes al ser comparadas con las tragedias que sufrió la humanidad a lo largo de su historia pero no desdeñables en la memoria joven de nuestro país.

   Convocados en las ardientes arengas de sus jefes miles de jóvenes darían su vida por una Revolución. Se aboliría el sistema de producción capitalista (por injusto) y se impondría el socialismo por la fuerza de las armas.

    La mayoría de la población fue indiferente a la lucha de los rebeldes.

    La relativa prosperidad económica de aquellos años, la práctica del culto católico, otras herencias españolas e italianas, prevenían a los obreros y a las clases medias de cualquier revolución socialista.

Perón, el viejo y astuto caudillo, preferido de la gente aún después de su destierro (por quién muchos de aquellos decían luchar), los llamó traidores. Tuvo sumo cuidado en no dejarles su herencia.            

Desconfié yo también (a mi manera), de que aquella revolución pudiese alumbrar algo bueno (mejor de lo conocido que no era tan malo). Por algún motivo, alejado de lo que llamaría hoy “idea política”, descreí de la integridad de aquellos jefes altivos y rencorosos, de la sinceridad de sus consignas.

 Sus voces me inspiraban miedo y no parecían dirigidas al futuro sino al odio y a la violencia del pasado.      

 Entre aquella tropa, confirmando en mala hora la agorera premonición de mi niñez, estuvieron mis dos hermanas y Osvaldo, marido de la menor.

   Las jovencitas que no se dejaban proteger por mí, y Osvaldo, un muchacho sobrio, de mirada limpia, que hubiese querido tener también por hermano mayor. 

 Me llevaban apenas unos pocos años y ofrecían (incomprensiblemente para mí) su corazón generoso a la utopía, a la justicia imprevisible del mañana. Veían con claridad lo que nunca alcancé a ver.

 Ellos tres parecían distintos de todos los demás.

Porque aunque conocí a varios de sus compañeros, en quienes confiaban, en muchos de ellos se reconocía la superficial jactancia de los jefes.

Y la sencillez con que los tres enfrentaron su deber y su destino dejó en evidencia -por mero contraste- mi escepticismo pobre, mi cobardía. El nihilismo tardío que nunca abandoné y que todavía me acompaña como la cicatriz acompaña al cuerpo.    

Durante muchos años, todos los días, imploré por ellos.

En silencio e impotente. Sin saber qué dios escucharía aquel ruego.

Remontaban mientras tanto el río bravo de la esperanza. Tripulantes nobilísimos y valientes (amados por mí) en aquel navío de navegar dudoso.

 Rumbo de aguas abiertas.

 Teniendo enfrente la Tempestad.

 

 

                                         —————-

Los vencedores impusieron, al final, su propio orden.

Verdugos execrables derramaron sangre de sus víctimas hasta la última gota.

Asistí a aquella locura desde mi refugio del puente chico.

 

 

                                          —————-

 

    ¿Pudo salvarse el hombre arrojándose al arroyo?

      Si alcanzó a desprenderse del sobretodo, su principal obstáculo para nadar y esconderse, entonces -aún herido- tal vez sí.

Pero pudo clavarse una estaca en la caída o golpear la cabeza contra un bote. También pudo ser alcanzado por una bala para morir, silenciosamente, debajo de una lancha, prisionero de una rama del lecho.

La lógica indica que fue eso, en efecto, lo que ocurrió; digamos que en una proporción de diez a uno.

La escena final sólo mostraba su ausencia, pero los cadáveres en los ríos pueden aparecer a muchos kilómetros del lugar de la muerte llevados por corrientes del fondo.

A través de los años, dormido o despierto, haciendo valer su diez por ciento a favor, he visto a ese hombre.

Emerge subrepticiamente por debajo de unos arbustos próximos a la orilla donde dos asesinos lo acechan. Se asoma apenas y espera. Que decidan darlo por muerto.

Después de un tiempo prolongado (que pudo durar su propia vida), sabiendo que aquel peligro permanecerá y lo acosará a donde vaya, comienza a escapar lentamente.

 Se desliza por el barro, a todo lo largo de la costa, hasta alcanzar la desembocadura en el Luján que se ofrece generoso ante su vista.

Lo cruza nadando despacio, dejando que lo arrastre la marea, para confundirse en el oleaje espeso que dejan las lanchas de pasajeros o las chatas madereras en el río.

Y una vez en la otra orilla, sorteadas las quintas ribereñas que son sólo una fachada elegante, se ha internado en la espesura del delta del Paraná para seguir la ruta de los prófugos, a través de ríos y de selva, hacia el Uruguay.     

Por el año1960, en un oscuro paraje del Paraná de las Palmas, imaginé durante todos estos años al fugitivo del puente en su huida, probablemente ya sin fuerzas y con el único respaldo de un 38 corto en la cintura.

Si realmente fue un hombre de avería debió hallar entre los isleños a uno de su misma condición capaz de cruzarlo al otro lado. La proverbial cooperación entre los delincuentes de las dos orillas indica que tuvo posibilidades de lograrlo.

 De noche y sin luces he visto un barquito pescador (dedicado por lo general al contrabando), cruzar sigiloso la frontera con una carga adicional a bordo.

El destino en la otra orilla pudo haber sido la boca del río Negro, cercano de Nueva Palmira, o las costas del río de La Plata, en las afueras de la ciudad de Carmelo.

 Allí, con gente de confianza, dejó el patrón de la nave a un nuevo socio: habiéndolo ayudado en las malas -momento en que los actos adquieren relevancia por sobre las palabras-, debieron necesariamente sellar un pacto de amistad con vistas al futuro.

El porteño debió acostumbrarse entonces a la hospitalidad oriental: el sabor de su yerba, de su caña amarga, sus bellas mujeres de ojos negros pudieron ser -si fue afortunado-, su nuevo país.

 

 

                          

                                    —————————

 

 

 

Han transcurrido casi cincuenta años desde que, remotamente, tuve diez.

Hace unos meses, un domingo, estuve de paseo por Tigre después de mucho tiempo.

Mi familia se había mudado a San Fernando cuando yo tenía 15 años. Después, ya de grande, vagué por diferentes barrios de la ciudad de Buenos Aires sin echar raíces en ninguno. Un vacío difícil de explicar se trasladaba conmigo a todas partes.

Proviniendo de ese desierto, acompañado de una mujer apenas conocida, me encontraba de regreso sin saber bien para qué.

Observé, sin asombro, que el puentecito sobre el Reconquista no existía. Quedaba aún la impronta de su base en la costa de enfrente.

Caminamos un rato, sin apuro, por las riberas de mi niñez.

Ese tramo del arroyo permanecía como yo lo recordaba: los botes y las lanchas (todavía de madera) flotaban indolentes junto a las orillas.

El resto de Tigre -desde su gente hasta la última piedra- no era el mismo. El norte de Buenos Aires, enriquecido, resplandecía (la pobreza oscura avanzaba sin embargo en el sur y en el oeste).

Algo se movió dentro de mí en el golpear de aquel oleaje contra aquella costa. La vieja cuña, alcanzada por el eco, crujió.

Mi amiga, alegremente, me invitó a tomar unas cervezas en los concurridos bares del Luján; complacido dejé que me llevara.

 

Las primeras sombras se deslizaban perezosas de los árboles en tanto el sol brillaba todavía en los jardines de la ribera de enfrente; en aquel río engalanado.

Por un momento, mientras el mozo nos traía las bebidas, quise adivinar en el final del archipiélago -en la costa uruguaya- la figura específica de un hombre. Volvió repentinamente su mirada hacia Tigre: saludable a los setenta años, la piel curtida por largas tardes de pesca, pidió un trago en una mesa apartada de la rambla.

 Frente al río de La Plata, solitario, contempló largamente el atardecer.

 Desde su perspectiva el sol se acercaba lentamente a las aguas.

 

     Brindábamos mientras tanto con mi compañera.

     La imagen del hombre, borrosa, parpadeaba intermitente por sobre el bosque del delta.

A nuestro alrededor, debajo de pintorescas sombrillas, la gente hablaba y reía; los chicos corrían alegres por entre las mesas alejándose bastante de sus padres.

 Sudoroso, distraído por el juego, uno de esos pibes nos atropelló con fuerza. Alcancé a sostenerlo para que no cayera; y en su rostro pálido, en aquella mirada en que asomaba el temor ante lo extraño, enmudecido, me vi.  

 La mujer que me acompañaba acarició con suavidad mis brazos fríos. El contacto de su piel me estremeció, fue un pájaro posado sobre una estacada rota a punto de ceder ante un océano.

El andamio, súbitamente, se desmoronó. La cuña zafó del engranaje y el oxidado mecanismo de mi muerte reinició su marcha.

Esquirlas y fragmentos de posibles vidas (ya sin sentido) cayeron en un abismo que los aceptó con neutralidad. 

Las certezas desaparecieron y con ellas, amablemente, la figura de la costa uruguaya.

 

 

La flecha del tiempo, descontrolada, disparó a su vez algunas imágenes.

Parecía absurdo recordar allí la tragedia de los años setenta.

La pasión con qué había tratado de evitarla era apenas un fósil terroso.

No había luchado, no había vencido, estrictamente no había sido derrotado. No tenía compañeros de combate ni causa alguna que reivindicar con nadie. Me estaba vedada la alegría en cualquiera de sus formas, por todo motivo.

 

Aquellas banderas en las que nunca creí, desertadas por quienes arrogantes condujeron su derrota, ondeaban ahora en recuerdos, eran sostenidas por ausentes.

 (Profundo, subterráneo, su legado aguardaba).

      Pero desde el palco oficial en voraz proselitismo, desde nuevas y suntuosas residencias, en la sorprendente locuacidad de aquellos jefes (diputados o funcionarios elegantes), sabiendo que la utopía lejana no habría ya de volver, una nueva dirigencia aprovechaba el beneficio de fingirla viva.

        Como una profanación

        En una mueca del poder con nuevos rostros.

        Voces pretendidas e impostadas del Silencio.

 

                                            ———–

 

Sentí el alma entumecida.

Mi cuerpo, envejecido, no tenía edad.

Sin pasado y sin futuro la prisión me liberaba tarde: cuarenta y siete años podían ser lo mismo que mil o diez mil, de todos modos no tenía memoria para ellos ni quería tenerla.

 El desierto que me precedía continuaba también hacia adelante. Por el corto tiempo que me quedase por vivir…

                                          

 …Hubo un silencio prolongado, el ocaso se reflejó en el río creando el espejismo de un alba incandescente.

 En los gruesos árboles de mi niñez, cuyas ramas se mecían en la tarde, creí reconocer una voz. La espuma de las olas pareció también dejar su mensaje. Como el rostro asustado del chico que fui.

Y la acritud pronunciada del río que bajaba, su contenido mineral ingresando en mi cuerpo al respirar, todo aquello adquirió reminiscencias misteriosas, conocidas y desconocidas a la vez.

Como el limonero en que jugaba de pibe, o los árboles de moras negras.

Como los eucaliptos, las higueras, la fragante magnolia, el alcanforero, los naranjos amargos, los oscuros racimos del parral. Como los dátiles, las palmeras, el nogal, los nísperos, los jazmines, el olivo, la noche. El río.

Los inmensos ríos del delta por los que navegué.

Sus corrientes. Su Esperanza.

La figura querida, laboriosa, peronista de mi padre.

Aquella muchachita del primer amor, su profundo suspiro en nuestro abrazo.  

Por única vez, con la muerte en el horizonte, tuve la sensación de que al llegar esa muerte me encontraría sereno.

En el anochecer, muy cerca de donde alguna vez extravié mi alma pretendiendo evitar una catástrofe, mis ojos buscaron a mi compañera,

 

 

 

 

 

                           Rodolfo López, Buenos Aires Agosto de 2007

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14 comentarios

  • 1. modesto  |  18 junio 2009 en 10:28

    Rodolfo
    me gustó mucho el relato. El río Luján marcó toda mi infancia por su misterio, desde un brazo que cruzaba las quintas de Ingeniero Maschwitz. En un puente se tejió durante décadas una leyenda con variables….los chicos le decíamos EL PUENTE ROTO, solo a pie se podía cruzar para ir hasta ESCOBAR sn pisar la ruta. Y sobre el ARROYO (bracito de este río) dos autos caídos de los años cincuenta, que nadie removia. Solo a fines de los ochenta se reparó el puente y se olvidó la leyenda (sacados las carcazas de los autos).
    Me gustó tu relato, más allá de la tragedia. Y el heroismo de un chico, de querer salvar a otro (hombre, pero también perro, o caballo)………..nuestro instinto no mancillado por ambiciones ni maldades ni nihilismos, nos hace luchar siempre para salvar a un hermano. Más allá de que parezca imposible, da culpa no intentarlo.

  • 2. Pía  |  20 junio 2009 en 0:15

    Muy bueno!!!!!

  • 3. juan el santiagueño  |  20 junio 2009 en 13:07

    ya todo lo dijiste.y hasta lo transmites. enfrentar la muerte desde un relato tan vivo y contundente. Si hasta me parece estar viendo el puente y oliendo el rio. Felicitaciones

  • 4. rodolfo  |  22 junio 2009 en 13:07

    Pía, gracias por tu elocuente (y sintético) comentario. Me gustaría saber desde que lugar lo decís: generación, idea política, vivencias, etc. Te saludo cordialmente. te: 4573-1842

  • 5. Carlos Gatabria  |  22 junio 2009 en 13:13

    Bellísimo y sentido texto, Rodolfo.
    Gracias a Tomás por dárnoslo a conocer.

  • 6. magu  |  24 junio 2009 en 9:18

    Desde el punto de vista psicológico ……..desde el sentir de un chico, me pareció genuino, buenísimo. (quizás se salvó el señor, ojalá)………pero no es solo un cuento, es una confesión, es una historia verdadera, es tu testimonio de la infancia, es un hecho, es mucho.
    http://picasaweb.google.com/fermagubass/MaguYFernando#5310607179606975826
    Ojalá esto haya sido tan sanador para vos (compartirlo) como para nosotros (saber la verdad dicha con belleza)
    pero
    PIA………..PIAAAAAAAAAAAA , Eh PIA ¿dónde estás nena? PIa me compré el banquero anarquista de Pessoa siguendo tu consejo
    saludos
    magú trench de bassetti

  • 7. Pía  |  24 junio 2009 en 12:42

    Magu, estoy en campaña.
    Rodolfo, te llamo en cuanto pueda o te contesto aquí. Vaya como adelanto que los relatos viculados al río y a la infancia como territorio de la memoria me atraen especialmente, me disponen a la lectura. Me hizo acordar por momentos a Sudeste, de Conti. La sigo en otro momemnto o por teléfono. Me voy a laburar. Saludos

  • 8. magu  |  24 junio 2009 en 12:49

    PIA
    Ehhhhhhhhhhhhh ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡………bue……..pero te hice caso, eh, ando leyendo a PESSOA…..¡qué me contás¡
    saludosssssssssss

  • 9. rodolfo  |  1 julio 2009 en 14:06

    Desde hace años me sorprendo al oír las reflexiones de un pensador por la radio o la TV. No lo conocía personalmente, no había leído su obra. El rigor de sus argumentos (despojados de vanidad intelectual, de optimismo infundado) su valentía al sostener posiciones solo, me sacudieron.
    Era la voz distinta y necesaria de un referente ineludible de nuestro tiempo.
    Precisamente ese filódofo me ofrecería su valioso espacio en este blog, después de leer mi escrito y de charlar un rato conmigo. Así de simple.
    Gracias por todo, Tomás.
    Rodolfo. 01-07-09

  • 10. rodolfo  |  1 julio 2009 en 14:32

    Desde hade años me sorprendo al oír las reflexiones de un pensador por la radio o la TV. No lo conocía personalmente, no había leído su obra. El rigor de sus argumentos (despojados de vanidad intelectual, de optimismo infundado) su valentía al sostener posiciones solo, me sacudieron.
    Era la voz distinta y necesaria de un referente ineludible de este tiempo.
    Precisamente ese filósofo me ofrecería su valioso espacio en este blog, después de leer mi escrito y de charlar un rato conmigo. Así de simple.
    Muchas gracias por todo, Tomás.
    Rodolfo. 1-7-09

  • 11. modesto  |  1 julio 2009 en 16:29

    SEÑOR RODOLFO:
    Pero ahora ud, debe segur opinando en el BLOG, sobre los nuevos POST. Si, y debe decirle a PIA que no se amilane, que nada es tan grave si gana fulano o gana mengano. Que la cosa no es tan grave por un cambio de resultado. Que hay que quedarse y seguir remando.
    Mire ud, si lo llaman para trabajos de carpintería, para hacer más mesas, más muebles..¡qué lindo¡.
    EL CUENTO DEBE TENER OTRA CONTINUACIÓN, HACER LA SEGUNDA PARTE…….yo la pienso asi.
    Cuando el chico dejó de mirar aquel auto lleno de asesinos, éstos se convirtieron en pequeñas piedras que se cayeron al río y se pulverizaron completamente.
    En cambio, el hombre que se tiró……..fue rescatado por una Ondina del Río Luján…que tiene acento litoraleño. Y como era soltero, se casó con ella. Y tuvo hijos y nietos remeros y ecologistas que viven repartidos a lo largo de todas las costas del PARANÁ. Y ahora toma mate y también ya viejo, lee este blog…..y no se atreve a decirle…….- si, hijo, sobreviví, sobrevivi pese al horror……..a lo siniestro.
    Como ese sobreviviente del avión de YEMEN.
    Como ese chiquito de diez años (la misma edad que la del protagonista del relato). ..ese chiquito arrojado por su propio padre desde una montaña de 800 metros. Dos veces. Dos veces. Y sobrevivió. ¡ Lo que habrá sentido ese chico con respecto a su propio padre, luego de darse cuenta de como fue todo ¡.. Ojalá que ese chico se reponga y lo supere.
    Sobre el mentor del BLOG, yo me arrimé a escribir sin haberlo visto jamás en persona, ni a él ni a su familia, sabiendo poquito de ellos. Pero para mi fue una alegría poder participar en este blog, como toda la gente que tiene esta maravillosa oportunidad que es la de comunicarnos.

  • 12. poni micharvegas  |  1 agosto 2009 en 8:47

    estimado rodolfo lópez, amigo: su relato “puente chico” es una pequenia maraviya: grasias por escribirlo, conservarlo con amor y darlo a leer! los comentarios que veo son todos muy elogiosos y meresidos ( y, además, como soy de aqueyos barrios sanfernandinos y fui amigo de nora lópez( + ), companiera del pintor mario erlich, en madrid y donde vivo y trabajo actualmente, quien es el que me permite aseder a su cuento, considero que son muchos los palos que resuenan como para asercarle mis felisitasiones!
    tenemos una revista on line ( IPN / i poeti nomadi: http://www.ipoetinomadi.com ), polidiómatica de letras y artes, y sería un orguyo publicar su estupendo relato, siempre que Ud. nos conseda la autorisasión debida… hay notas ayí sobre mario erlich…
    a la espera de alguna respuesta positiva, le saluda deseándole
    salud y poesía!

    poni micharvegas

    http://www.micharvegas.com.ar
    http://www.ipoetinomadi.com
    http://www.autoresvegap.org

  • 13. carlos cola  |  5 abril 2010 en 19:23

    Muy lindo Rodolfo. Estoy totalmente de acuerdo con el Pony, Ya te llamare. Ah… , grande Tomas tambien. El Lobo.

  • 14. carlos cola  |  5 abril 2010 en 19:24

    Muy lindo Rodolfo. Estoy totalmente de acuerdo con el Poni, Ya te llamare. Ah… , grande Tomas tambien. El Lobo.


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