Espiritualidad y política (Perfil 8/11 )

9 noviembre 2008 at 13:03 7 comentarios

 Acabo de leer un escrito de Mariano Narodowski: Foucault, el Ayatollah, los intelectuales y la política. Remite a las notas periodísticas de Michel Foucault en su corresponsalía desde Teherán para un diario italiano en los inicios de la revolución islámica.

Foucault manifestó cierto entusiasmo por ese movimiento liderado por Khomeini que luchaba contra la dictadura del Sha en los finales de la década del setenta. Muchos intelectuales lo condenaron por esos artículos. Un hombre del contrapoder, de la resistencia a la opresión, que había escrito sobre asilos y cárceles, y analizado el modo en que se imbrincan los dispositivos del poder con los del saber,  tomaba partido por una secta de fanáticos misóginos que pregonarán la guerra santa.

Narodowski no se hace eco de esta excomunión e intenta explicar con palabras del mismo filósofo que a veces se adhiere a rebeliones populares sin sentir la necesidad de enmarcarlas en consideraciones de la alta politología. El ministro lo define como una acción lícita de un intelectual antiestratégico. Un hombre así se arriesga y gana o pierde.

Recuerdo que en esas notas había algunas cuestiones interesantes. Una es en la que Foucault hablaba del “arcaísmo” de la sociedad de consumo iraní. Una de las virtudes con  las que se congraciaba el régimen del Sha residía en su intento “modernizador” frente al tradicionalismo religioso. Pero el filósofo ve que en realidad las novedades en los escaparates no son más que reliquias amortizadas de los países centrales. Aunque también es posible que estas modernizaciones aludidas no sólo se limitaran a los objetos sino que se extendieran a algunas costumbres.

No fue mi experiencia – ahora recuerdo que estuve casi un mes en Teherán a comienzos de la década del setenta – ya que una persona con la que vivía, un empleado de banco, estaba desesperado por casarse y no conseguía juntar una dote satisfactoria, en este caso masculina, para salir al mercado conyugal y buscar mujer. Estaba condenado a la soledad por el sueldo con el que tenía que pagar prostitutas o satisfacerse con su mismo sexo. Era un hombre de clase media.

Mujeres por un lado, con sus propias ceremonias y jerarquías – lo vi en una casa de la ciudad de Tabriz cuando me separaron de mi compañera y se la llevaron otro cuarto – y hombres por el otro. Sociedades paralelas en las que los hombres hacen las leyes y las mujeres en secreta complicidad se ríen de las mismas y de sus severos autores.

En Teherán, fui al cine a ver Perdidos en la noche, la de Dustin Hoffman y John Voigt, y en la escena en que la mujer que toma el ácido lisérgico muestra sus grandes tetas, todo el público que colmaba el lugar, se paró y aulló con furia sobre las butacas. Se había despertado una calentura casi asesina.

Terminó la película y no pudimos salir porque al final de la función había que pararse, esta vez en homenaje y sumisión a la figura del Sha en la pantalla.

Por lo tanto esta modernización tenía su dosis de feudalismo y las novedades venían con marcado retraso.

Otro aspecto de interés, de más envergadura esta vez, es que Foucault habla de la “espiritualidad” del movimiento islámico. Esta palabra es un concepto que marca la dirección de sus últimos trabajos. La espiritualidad es un rasgo que se refiere a ciertas técnicas ascéticas que tienen por finalidad una conversión de sí. Una persona pasa de un estado a otro. Pero la espiritualidad no se refiere únicamente a una práctica religiosa, ya que la encontramos en el nacimiento de la filosofía.

El platonismo exige una conversión de sí, un cambio en la subjetividad, para estar preparado para las tareas políticas propias de un ciudadano ateniense.

En Roma, los filósofos estoicos, elaboran un arte de vivir y una estética de la existencia, para estar atentos y receptivos a lo que deparan los azares de la `fortuna´ y para la inevitabilidad de la muerte. Todas éstas son prácticas espirituales, conciernen al `ethos´, es decir a la actitud y a la disposición que tenemos frente a los sucesos de la vida.

Esta espiritualidad no es ajena al arte y a la política. Cuando aquello de lo que se trata pone en juego a la subjetividad, la gravedad y la densidad en las decisiones induce a una conversión de nosotros mismos y nos sitúa en el terreno de la espiritualidad.

Por eso la religiosidad no se conecta directamente con la espiritualidad. La religión puede ser un negocio, una forma más del odio, una perfomance de salón o una perversión social. En la historia de la filosofía, Sören Kierkegaard fue el filósofo que reflexionó sobre las relaciones entre una estética de la existencia y la fe religiosa.

Vuelvo al texto de Narodowski sobre las relaciones entre la espiritualidad y política. La militancia en la que se pone todo puede considerarse una forma de espiritualidad. Es lo que vió Foucault en la revolución islámica. Para él era una novedad histórica que la política dejara su ropaje técnico y administrativo, que no apareciera por un momento con su prestancia de razonabilidad e ilustración, de cordura y legalidad, y bregara por un cambio de raíz.

No es que Foucault ignorara que la militancia revolucionaria de izquierdas era una de las formas de lo que él definía como espiritualidad, pero en el mundo en que vivía, el socialismo francés ya había resuelto portarse como era debido, y la dirección de los asuntos políticos posmayo 68  habían alcanzado la madurez gerencial.

De ahí que acompañara con su bienvenida a una revolución que al mismo tiempo que cuestionaba el orden colonial de la que Francia era coautora, también desafiaba las formas tradicionales de la política representativa occidental.

Esta actitud de Foucault no sólo fue criticada por intelectuales “estrategas” como los llama Narodowski, sino por plumas más inteligentes como Richard Rorty. El filósofo norteamericano sin referirser al caso iraní, dice que el peligro de un pensamiento “espiritual” en la política, es que fabrica una mezcla letal. Combinar estética, ya sea como arte de vivir o como noción romántica de la creación, con política, en nombre de un nietzscheanismo heorico e intenso, puede dar lugar a grandes artistas, a la vez que a mortíferos políticos.

Su propuesta es la construcción de la democracia por medio de la educación sentimental de los pueblos con un mensaje progresista trasmitido por la tecnología audiovisual, los documentales, los trabajos etnográficos, los institutos educativos y la legislación.

Foucault no tenía un programa de cambio ni pensaba en reformas institucionales.  Narodowski recuerda la pregunta de Foucault en Le Monde el 11 de mayo de 1979: ¿ es inútil sublevarse?

Foucault no fue uno de los filósofos más grandes de la historia por ser ducho en asuntos políticos, no tenía un ideal de vida ni de sociedad. Era un pensador anarquizante que trataba de inventarse a sí mismo a través de los libros, de no ser predecible, especialmente para sí mismo, y de señalar los peligros de la autocomplacencia en el ejercicio del poder legitimado por discursos de autoridad.

Por la satisfacción de sí  de la filosofía política ilustrada, por ese pluralismo de abanico y por el sentido particular del progreso vista desde la cima del dinero, por eso y contra eso Foucault se tiró una cana islámica al aire.

 

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7 comentarios

  • 1. ernesto  |  9 noviembre 2008 de 16:41

    no entiendo a Abraham, Foucault no es ni mas ni menos que un Cohelo del desarrollo.

  • 2. aquiles m  |  9 noviembre 2008 de 18:47

    Con permiso.
    Ha caído en mis manos la reimpresión de un opúsculo de Foucault, de septiembre 2008. Editorial Tusquets.
    Denominado El Orden del Discurso.
    “Lección inaugural en el College de France, pronunciada el 2 de diciembre de 1970″, por el susodicho, cuando sucede a Jean Hyppolite, y se hace cargo de la cátedra de Historia de los sistemas de pensamientos”.

    Interpretando que el meollo de la cuestión es la educación, es que, con el permiso de ustedes, transcribo un fragmento que había llamado mi atención.

    Su disección de “educación” me pareció de lo más coherente y cristalina.
    Con el perdón de Ernesto.

    “La educación, por más que sea legalmente el instrumento al cual todo individuo, en una sociedad como la nuestra puede acceder a cualquier tipo de discurso, se sabe que sigue en su distribución, en lo que permite y en lo que impide, las líneas que le vienen marcadas por las distancias, las oposiciones y las luchas sociales.
    Todo sistema de educación es una forma política de mantener o de modificar la adecuación de los discursos, con los saberes y los poderes que implican.
    Me doy cuenta de que es muy abstracto separar, como acabo de hacer, los rituales del habla, las sociedades de discursos, los grupos doctrinales y las adecuaciones sociales. La mayoría de las veces, unos se vinculan a otros y constituyen especies de grandes edificios que aseguran la distribución de los sujetos que hablan en los diferentes tipos de discursos y la adecuación de los discursos a ciertas categorías de sujetos. Digamos en una palabra que esos son los grandes procedimientos de sumisión del discurso.
    ¿Qué es, después de todo, un sistema de enseñanza, sino una ritualización del habla; sino una cualificación y una fijación de las funciones para los sujetos que hablan; sino la constitución de un grupo doctrinal cuando menos difuso; sino una distribución y una adecuación del discurso con sus poderes y saberes? ¿Qué es la “escritura” (la de los “escritores”) sino un sistema similar de sumisión, que toma quizá formas un poco diferentes, pero cuyas grandes escansiones son análogas? ¿Acaso el sistema judicial y el sistema institucional de la medicina no constituyen también, al menos en algunos de sus aspectos, similares sistemas de sumisión del discurso?”

    Disculpen mi atrevimiento.
    Gracias

  • 3. Jeremy Langer  |  9 noviembre 2008 de 22:07

    puedo llegar a entender el razonamiento de Foucault detrás de su apoyo a la revolución islámica, pero me parece que como un riesgo intelectual no es gran cosa. Ese es el problema con ese tipo de “intervenciones”, un intelectual podrá equivocarse o podrá tener razón, nada de extraordinario en eso, pero sus equivocaciones simpre son a costa de otros, aunque “pierda”,no pierde nada realmente. Es similar a las equivocaciones de Sartre, más bien de alguna manera terminan “sumándole puntos”.
    No creo que sea onanismo moral hablar de la responsabilidad intelectual, y por más grande que haya sido Foucault como pensador, no deja de resultarme algo incómodo que a pesar de no tener programa de cambio ni buscar reformas, se haya pronunciado sobre algo tan delicado. No es una posición demasiado diferente a los que hoy dicen que Al Qaeda es la vanguardia de los oprimidos, con el nivel de fanatismo revolucionario que ya no existe en la política occidental.

  • 4. Mishíguene kop  |  10 noviembre 2008 de 2:18

    Lo de Foucault lo entiendo. El librepensador se tiene que jugar siempre, le salga como le salga, siempre preparando un corredor para la fuga rápida, cuando por lo que apostó se vaya al carajo, como siempre. Para eso es un librepensador. De otra forma sería un “contratado” o “consultor” del poder. Pero lo de Narodowski sí que no lo entiendo. ¿Para qué se tiró esa cana al aire macrista que más que cana al aire es un tiro por la culata?

  • 5. janfiloso  |  11 noviembre 2008 de 17:24

    Esto me hace acordar al debate sobre Martin Heidegger y su relación con el nacionalsocialismo en la universidad de Friburgo. Al menos soy coherente, porque en ambos casos pensé lo mismo ¿cómo no reivindicar el derecho a equivocarse y corregir? ¿qué somos dioses o autóamatas? ¿qué sentido tiene dudar de Foucault o de la validez de su obra porque tuvo un error de apreciación política?
    Hay un libro (creo que es de Brown) que pretende desmitificar a personajes como Freud o Einstein porque eran misóginos, infieles o maltrataban a sus esposas o cosas así ¿en que modifica la teoría de la relatividad si Einstein le pegaba o no a la mujer?
    Como anécdota son chusmeríos hasta divertidos, pero no pasan de allí (casi nunca).

  • 6. ricardo carrizo  |  11 noviembre 2008 de 18:39

    Tomás creo que Pierre Hadot y su espiritualidad en la filosofía influye a MF y el sujeto ético. Meter las manos en el barro del fundamentalismo lo hemos hecho todos. No hay porque ser demonizado por eso.

  • 7. carlos gatabria  |  12 noviembre 2008 de 17:32

    Pienso que, en muchos casos, es la misma idealización que algunos de sus seguidores hacen de estos personajes brillantes, la causa que impide la aceptación del error.
    Se daría un proceso de idealización-desencanto-descalificación, pero siempre en bloque.


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