Caverna 9 (novela) por Talismán

5 enero 2012 at 10:29 4 comentarios

El carpenter, el flexiplast, la fórmica, las venecitas de la cocina, los azulejos acaramelados y negros de los nuevos baños, las luces empotradas azules, amarillas y moradas del living, los bloques de piedra con círculos iluminados por cables de luz de un retiro para que el señor de la casa leyera el diario sobre un Miller de cuero negro, los tapizados con fondo negro y rayas doradas y lilas del sillón principal que daba una curva en uno de sus extremos, las patitas terminadas en un taco de bronce de silloncitos con otro fondo y otras rayas, la mesa comedor brillante rodeada por sillas de cuero verde claro, el bargueño con patas de cangrejo que al abrir sus puertas se iluminaba mágicamente, la mesa ratona redonda con un cristal en el medio y su base curva, el aparador que atesoraba los platos de porcelana que terminaba en un cofre con tapa levadiza desocultando un formidable wincophon para discos de pasta treinta y tres revoluciones, la sala en L, la famosa L de un diagrama obligado de estos edificios de Belgrano C esquina Luis María Campos y sus virreyes.

Había llegado sin preaviso a esta fauna virreynal desde su ordinario barrio de Flores. Todo era nuevo. Lo materiales nunca vistos. Era un boliche y una casa de decoración en una sola pieza. Un baño era suyo y su hermanito. Los cuartos de los hermanos eran contiguos separados por una puerta corrediza de madera oscura. Las habitaciones eran gemelas. La cama era un sofá con un colchón duro cubierto por un tapiz rojo con pintas negras. Sobre la cama un estante de fórmica oscura. Un escritorio con forma de gajo de mandarina o haba, parecida a la forma de la pileta del jardín común del edificio, cubierto por un vidrio que blanqueaba con su caspa mientras se frotaba con furia la cabeza.

La casa tenía dos entradas. Una de servicio que se usaba todo el tiempo, y la principal para los invitados. El acceso al living estaba cerrado durante el día y durante la semana. La madre era la cancerbera del lugar. La señora había decidido que en su nueva residencia las cosas se harían como a ella se le antojara. Y vaya que tenía antojos. Uno de ellos era la limpieza. Todo tenía que estar limpio y sobre todo ordenado. En especial las personas. Como a su cónyuge no le era ajena la manía de la domesticidad regimentada, en ese tema no había discusión. En todos los otros el griterío era incesante. El señor de la casa expresaba su deseo de orden y progreso con un afán constante por plegar. El pliegue era su meta, y mucho antes que lo pensara el filósofo Gilles Deleuze, plegaba las camisas, los pulóveres, le encantaba plegar y desplegar su billetera, plegaba el Argentinische Tageblatt que recibía cada mañana, plegaba la servilleta con la que limpiaba su boca luego de su té con tostadas, manteca y mermelada, plegaba papeles de escritorio que introducía en su portafolio marrón que ya había sido confeccionado con  pliegues, listo para salir al mundo decidido a dar una batalla con su habitual despliegue.

La señora de la casa era dueña del espacio doméstico hasta el umbral del departamento. Más allá de la puerta de entrada, la de servicio, que circunscribía el flexiplast del comedor diario, comenzaba la jungla, el mundo hostil, el nido de ratas ocupada por la cuñada y su marido imbécil en el segundo piso, los residentes rumanos de lengua húngara que trabajaban en la empresa que ocupaban varios de los semipisos del edificio, todos los que le habían envenenado la vida y seguían haciéndolo. Por eso cada puerta debía estar bajo llave para que nadie entrara y nadie saliera salvo que fuera necesario. Una vez todo clausurado, silenciado y plegado, la madre se disponía por las tardes a leer sus novelas en alemán, de contenido romántico y de una sublimidad encantadora.

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Caverna 8 (novela) por Talismán Caverna 10 (novela) Por Talismán

4 comentarios

  • 1. Ma.Cristina  |  5 enero 2012 en 17:29

    Ya el cerrar puertas me pone mal, la higiene era un mal común, las madres morían por las orejas impecables de sus retoños, los jopos engominados en los varones, las trenzas con moños en las nenas.

  • 2. Mar  |  5 enero 2012 en 19:26

    Es cierto, Belgrano C con sus calles de virreyes arboladas y sus departamentos de “doble circulación” y con el living en L, competía con los enamorados de barrio norte, sin el sabor porteño de sus esquinas.

  • 3. Anonymous  |  6 enero 2012 en 22:26

    Fueron años pasados de muchas pestes mortales por falta de higiene y salubridad. Algo a favor de Talismán, a las niñas (algunas) se las obligaba a usar cintas blancas para atar sus cabellos bien tirantes y trenzados. Las cintas blancas no es un detalle menor.

  • 4. Anonymous  |  6 enero 2012 en 22:43

    Claro está que Talismán no era niña y lo mudaron del Alto Flores al Alto Belgrano (dónde está el trauma para no mencionar ninguna alegría?)


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